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El Museo de la Música: sinfonía pastoral

Lo reconocemos. Hay días que nosotros mismos nos dejamos llevar por ese mismo sopor en el que a veces parece felizmente suspendida Santander  y acabamos  parando en los sitios de siempre, algunos glosados en este blog y otros, que son un placer culpable como las canciones de la Carrá, que nunca verán la luz.

Así, ante el riesgo de quedarnos sin novedades que contaros (y para que Galindo Berana no nos compare con Nacho Diego otra vez por publicar poco) salimos cuchillo y tenedor en mano a por El Museo de la Música.

Un coqueto localito, así como para salir en un video de Belle & Sebastian, cerca de la iglesia de los jesuitas, con una terracita cubierta en la entrada que seguro es una delicia en verano. La carta es cortita y al pie: raciones, arroces, pasta fresca y algo más. Por fortuna, no era uno de esos horrores plagado de palabros italianos mal puestos que te tiene que traducir el camarero.

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Para ir aplacando el hambre, tiramos de nuestros clásicos, croquetas y rabas. Sí, las tenemos más trilladas que los primeros discos de Los Planetas, pero nos gustan demasiado para dejarlas.  Las croquetas en este caso de bacalao nos convencieron, acompañadas de unos crujientes pétalos de remolacha, su consistencia a punto del desastre, su fino rebozado y el intenso sabor a bacalao levantaron severos murmullos de aprobación.

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Las rabas de chipirón, ricas pero un poco sositas: fritura correcta, bastantes rejitos, consistencia adecuada pero poco sabor.

Luego llegó la pasta fresca rellena, especialidad de la casa. Y aqui tenemos que dar una rotunda ovación al Museo de la Música, huyendo de salsazas convencionales y platos atiborrados de queso que saben todos a lo mismo: sonaban a clásico de la Motown entre tanta canción con autotune que predomina entre los platos de pasta.

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Los ravioli de pollo al curry, suaves y elegantes, acompañados de una salsa de vino reducido, sutil pero adecuada, que armonizaba a la perfección con el suave curry y el picante de alguna de las guindillas que salpicaban el plato. por su parte, las medias lunas de espinacas con su relleno de ricotta y el complemento de la rúcula con tomate templado fue una formula perfecta. Ningún ingrediente se imponía al resto y todos juntos creaban una mezcla inigualable. Podría parecer un plato más pesado que un casette de los chungitos en reproducción continua, pero salió más que airoso ya que no salías lleno hasta reventar.

Para cerrar, las medialunas de verdura apuntaban cosas interesantes con un pesto suave y nada estridente, pero tampoco podemos deciros más, que no queríamos dejar a una de nuestras simpáticas y queridas acompañantes sin cenar.

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Ponemos punto y final con los postres. La tarta de queso con almendras daba la talla, pero le sobraba el sirope de fresa, absolutamente inoportuno. La tarta de manzana estaba buena, con una cobertura de caramelo perfecta para tomar junto a la capa churruscada de manzana que cubría el bizcocho.

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Buenas raciones que, sumadas al vino Beronia, salieron a 23 euros por cabeza. Nada mal, para un local agradable y un servicio simpático y acogedor.

Os dejamos su Facebook.

Dirección: Calle San Jose, 9. Santander.

Cantidad: No te quedas con hambre, no
Calidad: Notable. Buena pasta fresca.
Presentación: Hay esfuerzo en el enplatado. Bien.
Servicio: Simpático y amable.
Precio: Adecuado a la calidad. Los hay más baratos pero bastante peores
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¡Viva el Vino!: Albiker

A partir de septiembre ya empieza a oler a uva madura. En las diferentes denominaciones de origen vendimian según los criterios de cada viticultor en busca de la formula perfecta para esta añada.

Los vinos tardarán en hacerse, uno más y otros menos, pues el mimo y la paciencia han de ir a partes iguales. Cosecheros, crianzas, reservas, grandes reservas, crianza bajo lías, en depósitos de acero, tinajas de barro… todo vale para llegar a ese néctar afrodisíaco que nos nubla las ideas y nos suelta la lengua.

En Francia es muy tradicional la fiesta de la vendimia y la salida al mercado el tercer jueves de noviembre del Beaujolais nouveau, un vino de maceración carbónica con muy poco tiempo de fermentación, vino en estado puro sin engaños, fresco y de trago largo. Vinos para beber con la familia y amigos, para festejar y para sonreír; no es vino para guardar, pues el propio método de elaboración no garantiza la longevidad del mismo más allá de un año o como mucho dos.

Aquí en España hace tiempo que comenzaron algunas bodegas a hacer algo parecido. La primera toma de contacto con este tipo de vino la recuerdo hace casi 20 años de la mano de Fariña y su Primero: moras, palote de fresa y frescura a chorrón. Hace ya años que quizá no es el mejor pues otras bodegas han adelantado por la derecha al de Toro.

El vino de este mes que me sirve de referencia todos los años es Albiker, de Bodegas Altún.

Albiker

Vino joven de Rioja, golosinas, regaliz, frutas del bosque, frescura y claridad para un vino disfrutable, que no engaña, expresivo a más no poder y que nos da más de lo que cuesta.

Buscadlo y nos lo comentáis.

Nombre: Albiker
Tipo: Tinto jovén
Precio en tienda: entre 5 y 6 euros en tienda
Puntuación relación calidad precio: 8,5

¡Viva el Vino!: el Perro Verde

Empecemos por el principio:  ¿qué es esto?. “¡Viva el vino!” es nuestra nueva sección dedicada al vino dentro de su abanico más popular.  ¿Por qué esta sección?, pues básicamente porque no tenemos ni idea de vinos y siempre tiramos de los mismos en los restaurantes, así que buscamos a alguien que si sabia para que escribiese sobre ello.

En esta sección vamos a hablar de algunos vinos que nos gustan y que por su relación calidad precio merece la pena que los compréis y los pidáis si es que dais con ellos en algún restaurante de esta nuestra región. Basta ya de vinos (mal llamados caldos por algunos modernos) que difícilmente se pueden beber sin echarles gaseosa o de blancos tan ácidos que vienen acompañados por un sobre de almax.

En España se hace buen vino, no tanto como el que nos gustaría, pero se hace. Sin embargo las cartas están repletas de etiquetas conocidas y brebajes que ni el propio dueño de los locales se echaría al coleto. Siempre tendemos a beber lo mismo, lo conocido o lo que el cuñado que fue a una cata de vinos te recomendó; esas etiquetas o nombres de relumbrón que aseguran una experiencia “religiosa”.

Pero dejémonos de preámbulos inútiles. Estamos en verano y lo suyo es tomar cosas ligeras y que entren bien. Vinos hechos con verdejo hay muchos, muchísimos. La gran mayoría hechos mecánicamente para servir de base a bares de chiquiteo y menús del día de tercera categoría. Muchos opinan que la verdejo es una uva menor, pueden tener parte de razón, pero lo importante es tratarla correctamente y, si se puede, beber siempre una añada anterior. No pasa nada por beber ahora en 2014 un Rueda de 2012, esa creencia de beberse el vino en el año es una estupidez de cuidado, otro día hablaremos de ello.

La recomendación de hoy tiene un nombre peculiar, muy del gusto de las nuevas modas del marketing enológico: El Perro Verde.

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Lleva pocas añadas con nosotros pero se muestra fresco, cítrico y herbáceo en nariz y con una buena estructura en boca, con un final con un toque amargo. Si a esto le añadimos que por poco más de 6 euros nos hacemos con él, tendremos una apuesta segura.

Nombre: El Perro verde
Tipo: blanco verdejo
Precio en tienda: entre 6 y 8 euros
Puntuación relación calidad precio: 8

La Cava: Enterrados en la cocina chic

Últimamente parece que la “escenografía” de los restaurantes tiende a ser más importante que lo que probamos del plato, y ya sólo por comer en un edificio bonito, o ante un paisaje precioso, o incluso porque los platos son cuadrados o cuencos en los que haces un sondeo con taladradora para comer, es motivo para que te cobren mucho más que por lo que comes. Esto es lo que nos ocurrió en “La Cava”, un restaurante en el municipio de la La Cavada.

En “El Perolo” estamos empezando a comprobar un axioma que sospechábamos hace tiempo pero se está empezando a ratificar con nuestras críticas: si llamas con poca antelación para reservar y te indican que sin problemas, desconfía, puede que sea la última vez que vayas. Así ocurrió, llamamos para una reserva mediana (más de 4 personas) ya que queríamos cenar en la misma tarde  y nos tomaron nota sin problemas. Una vez  reservado, acudimos al citado local; un espacio muy amplio y restaurado en el que predominaba el gusto por la buena decoración. Indicar que el restaurante se identifica también como vinoteca, lo que hace que la sección de vinos destaque en la barra.

A continuación nos trasladaron al comedor, una habitación restaurada y con cuadros de arte abstracto, lo que te hace pensar que vas a comer en una galería de arte más que en un restaurante. La maître nos indicó las sugerencias fuera de carta, de forma muy amable, pero se le olvidó traer la carta de vinos, y autodenominándose vinoteca… Al final nadie de la mesa pidió vino. Optamos por pedir varios platos para compartir y así poder opinar toda la mesa sobre la comida. Además aceptamos la sugerencia de fuera de carta: ensalada de queso “burrata” (un queso similar a la mozzarella) importado por el restaurante. La ensalada estaba buena, aunque si se nos “vende” el queso cómo producto principal, no se puede “matar” el sabor con una vinagreta fuerte. Por cierto, la “ensalada” no era más que canónigos y tomate. Así que el “fuera de carta” se convirtió en una “caprese” un poco más elaborada.

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A continuación solicitamos una ración de rabas. Estaban buenas, había mezcla tanto de rabas de peludín cómo pulpo, y la fritura estaba en su punto. Además no añadieron limón para servir.  También pedimos una ración de croquetas (si, es nuestro producto estrella del blog) de… eh, bueno, si…  no sabemos a que sabían, pero ahí sólo había bechamel. Se habían quemado en la freidora y nos sirvieron en vez de un entrante, un surtido de pelotas negras con sabor a carboncillo. Cómo apunte, indicar que cuando se nos tomó nota se nos indicó que se nos servirían morcilla, ya que las que venían en la carta no había.  Además también tomamos una tempura de espárragos con salsa romesco (la salsa que se usa para untar los calçots) que no eran nada del otro jueves.

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Con esta selección se nos hacía difícil hacer un juicio positivo, ya que además no se nos sugirió solicitar más platos, error de primera categoría en cocina, ya que sólo con indicarnos que los que solicitábamos eran escasos, añadiríamos más opciones a nuestra comanda. Aparte, en un servicio de 2 mesas en el comedor, para cenar todo lo que os hemos comentado tardaron más de dos horas, interrumpidas periódicamente por el tintinear de los cubiertos caídos al suelo. Algún camarero necesita más horas “de vuelo” para evitar estos errores. También incluir, que se pidieron las raciones por pares, pero en cocina o en sala no estaban muy al loro, y servían individualmente, en vez de traerlas a la vez. Qué pena no haber traído un libro para entretenerme en las esperas.

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Si algo podemos salvar de nuestra experiencia fueron los postres. Solicitamos un “coulant” de chocolate, exquisito. Al desmontarlo, el chocolate fluía cómo catarata en el plato, aparte de la salsa que lo acompañaba muy fina. Además, algún comensal más de la mesa pidió helado artesanal y nos indicaron que estaba de lujo.

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En conclusión, es un restaurante con aspiraciones mayores a las que luego se reflejan. Errores puntuales en servicio, unos platos  con una calidad normal, y una cuenta excesiva (con agua y cervezas nos salió por 20€ por cabeza) aparte del esfuerzo del desplazamiento, hacen poco recomendable ir a este local. Cómo se decía en clase cuando dan las notas, “Insuficiente, necesita mejorar” para por lo menos ser atractivo.

Dirección: Avenida de Alisas, 33; Santander

Cantidad: Pelea de tenedores por las raciones.
Calidad: Discreta. Pasa desapercibidos
Servicio: Torpe e inexperto. Necesitan clases.
Precio: Regalarles una escalera para que se bajen de la parra.

Aquí te pillo, aquí te como en La Cátedra

Día de entre semana, poco tiempo para comer, hambre mucha… Sin duda es un panorama crítico para un perolista, ya que aquí somos de acomodar las posaderas y disfrutar sin prisa pero sin pausa de las viandas que se crucen en nuestro camino.

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Sin embargo cuando no es así, cuando el hambre y el tiempo aprietan toca tomar decisiones rápidas y acertadas. Una buena solución es acercarse a La Cátedra, en la calle Del Medio, 5 de Santander.

Nos sorprendió de todas formas que no ofrecieran menú. A cambio plato del día… unos espaguetis a la boloñesa. Cuando todo parecía perdido vino a nuestra mente una visita en el año 2013 A.P. (Antes del Perolo) en la que disfrutamos de un buen entrecot. Y eso hicimos, fiarlo todo a la carne.

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Plato único. Entrecot al punto y entrecot poco hecho. Acompañamiento de patatas fritas, una salsa picante que identificamos con el mojo picón (muy picón) y ensalada.

La realidad es que la carne al punto estaba un pelín seca, aunque sabrosa, sin nervios y una grasa aceptable. Acertó más el perolista que optó por la carne poco hecha, con todo lo bueno de su acompañante y encima más jugosa.

En cuanto a las patatas, de diez. No eran congeladas, con el punto de fritura ideal, crujientes, sabrosas e irregulares, cortadas minutos antes por la cocinera. Así sí.

La ensalada no era nada del otro mundo. Unos “matojos” de esos que venden en bolsas a un euro en el Mercadona.

El supuesto (porque no lo sabemos) mojo picón estaba un pelín agrio para nuestro gusto. Aceptable.

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Acompañamos la comida con una copa de Ribera del Duero (La Planta). Correcto.

A la hora de pagar, también tomamos café, la “broma” se fue a doce euros y medio. Correcto también.

 Dirección: Calle del Medio, 5; Santander

Cantidad: Suficiente.
Calidad: Bien.
Servicio: Eficiente y agradable.
Precio: Entrecot, pan, copa de vino y café 12,50 € -  Correcto.