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Picoteo en Le Bistró

Hay veces que por más vuelta que le das resulta difícil buscar  locales en Santander donde  ir a comer de picoteo y más si hay niños en el grupo. Uno de esos día y después de muchas consultas decidimos  acercarnos a Le Bistró,  un restaurante situado  en la C/ Bonifaz  en el local que  los más viejunos recordarán como el Ítaca.

Le Bistró   (preferimos  poneros un enlace  a  la wikipedia  que copiarlo aquí directamente y haceros creer   que sabemos mucho) es un local de esa tendencia actual de decoración sencilla con toque retro-rural que  el hipsterismo ha puesto tan de moda.  Su carta es sencilla y cuenta con variedad de raciones para picotear que es a lo que íbamos.

Empezamos el picoteo con una ensalada de tomate. El inicio no fue muy prometedor… el tómate estaba frío y  el aliño apenas le sacaba sabor.

ensalada_tomate-bistro

La tarde empezó a mejorar con la llegada de las rabas, que sin ser excelsas, estaban bastante bien, correctas de fritura. Para  talibanes del cantabrísmo señalar que se sirven acompañadas de  una mahonesa suave.

rabas_bistro

Con las alitas de pollo volvimos a dar un paso atrás, esto ya empezaba a parecer la canción de Ricky Martin,  secas y con una salsa barbacoa con menos gracia   que Pablo Motos.

alitas-bistro

La siguiente ración que llego a la mesa fueron unas croquetas de bacalao y chorizo con el mismo problema generalizado de lo que llevábamos probado, una preocupante falta de sabor, y en este caso, una sospechosa similitud a las de  Silvia Cocinitas (extendida broma tuitera).

croquetas_bistro

Pero como si del R. Madrid se tratase llego la remontada en el último minuto y esta vez no fue de penalty. Los huevos fritos con morcilla y patatas  levantaron claramente  la comida, alguno dirá bueno un plato sencillito  pero como se demuestra a diario este axioma no se cumple en todos los sitios. Un plato que se resuelve  con un principio básico, si la materia prima es buena  el plato tiene que salir bueno.
huevos_morcilla

Nuestro paso por Le Bistró  nos deja una conclusión clara, si buscas un sitio para comer huevos fritos en el centro de Santander, Le Bistró es una buena  opción y más teniendo en cuenta que es un plato que escasea en las cartas de los restaurantes de la zona.

Os dejamos su FB por si queréis echar un ojo.

Dirección: C/ Bonifaz nº 5, Santander.

Cantidad: las raciones son de un tamaño decente.
Calidad: altibajos.
Presentación: bien, de nueva tendencia hipster.
Servicio: bueno.
Precio: el picoteo sobre 16€ por persona.
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Papanao: En este contenedor hay buena mercancia.

Santander se encuentra en invierno con su “día de la marmota” particular: ciclogénesis explosivas, proyectos fantasma que podrán a la ciudad en la vanguardia internacional, discusiones sobre si hay que soltar pasta al racing o la crisis de la hostelería hasta que llegue el buen tiempo y semana santa. Bueno, este año, sobre el aspecto meteorológico podríamos discutirlo, pero en general parece que por el número de amaneceres soleados del Padre Mariano y del Tomavistas, estadísticamente ha hecho mucho mejor que otros años.

Este buen tiempo anima también a frecuentar los bares, y además ahora un poco menos llenos después del “tsunami” navideño. Todos hemos comenzado la dieta que cómo jubileo lebaniego (en 2017 hablaremos de ello, todo sea por pillar subvención) nos perdone nuestros pecados de gula pasados. Así que nos lanzamos a la calle y estuvimos en un local que precisamente, durante las pasadas fiestas estuvo a reventar entre benjamines de cava y raciones de rabas. Se llama “Papanao”, y desconocemos el origen del nombre, aunque suponemos que no tenga relación ni con antiguos locales “explosivos” ni con horrorosos estribillos (y lo sabes) que se pusieron de moda por cantantes en su senectud.

Es un local nuevo, en pleno centro y desde fuera se ve la intención de ofrecer que quieren ser algo diferente a lo que hay alrededor: su fachadas representa varios contenedores de puerto apilados. Así no hay motivo para no localizarlo. Fuimos sin reserva y rápidamente nos encontraron hueco (igual que la mierda de Guipúzcoa en el vertedero de Meruelo) para poder cenar.

Su carta está compuesta por raciones y algún plato para compartir pero es corta y concreta. Al ser 3 personas para cenar preferimos pedir medias raciones para poder probar un poco de todo y así ver cómo se manejan en cocina. Avisamos sobre el tamaño de la ración porque realmente eran grandes y así tenéis cuidado al elegir; no vaya a ser que tengáis que pedir un tupper al final de la cena y esto no es la casa de vuestra madre.

Comenzamos con uno de los platos por antonomasia para empezar una cena: el pudding de cabracho.  Pobre pez, siempre destinado a ser triturado para untarlo.  Abocado a su exterminio, como un congreso de UPyD. Normalmente no hay mucha complicación en elaborarlo, y el personal no le presta ni la más mínima atención: a engullirlo. En el caso de “Papanao” resalta su textura, punto justo para el unte en el pan pero sin ser papilla, consistente, sabor más fuerte que la media y con una mayonesa casera de rechupete. Sorpresa entre los peroleros por este buen plato.

Papanao_cabracho

Vamos a por la segunda media ración: rejos. Aunque en la carta informaba de rabas de calamar, el camarero, muy atento, nos informó que sería esta variedad la que serviría. Y fue un acierto. Un rejo “triscón”, con una fritura crujiente, nada grasienta, y como complemento un pequeño bol con ali-oli. Esta combinación está empezando a ser más frecuente de los habitual. Parece que ya no quedan suficientes rodajas de limón para los Giin-Tocnics y hay que redistribuir la producción. Aún así, estos rejos estaban de vicio.

Papanao_rejos

Y ahora, señoras y señores, viene la prueba de verdad: las croquetas. Pedimos las de jamón, las más clasicas. Presentada sobre una cama de patatas paja que aportaban menos que una comida de fraternidad en Podemos Cantabria, las croquetas estaban buenas. No llegan al punto de premio propio de nuestro blog y seguramente, de otros galardones que se han repartido sobre la masa de bechamel empanada (tranquilos que también iremos a hacer nuestra cata) pero cumplen y con nota. Además del minipunto a favor del regusto a nuez moscada. Un arte el de hacer croquetas que parece que si saben hacer en Papanao.

Papanao_croquetas

El plato principal y fin de la cena fue su solomillo a la plancha. Media ración acompañada de patatas fritas caseras y pimientos hechos también en la sarten. Aunque se les pasó pedir el punto en el que queriamos la carne, lo que nos ofrecieron estaba bastante bueno. La carne estuvo bien elaborada y sazonada. La guarnición también fue un acierto y estaba sabroso.

Papanao_solomillo

En definitiva, salimos del bar más contentos que Rita Barberá cuando se enteró que es aforada. El local es apetecible, las raciones son grandes y generosas, el servicio que nos atendió y colaborador, y la comida que se ofreció estaba bastante buena. El precio fue más barato que lo que esperamos aunque no pedimos postre (el elemento que infla las facturas más que un Palma Summit) y las bebidas no fueron de categoría premium.  Papanao ha entrado y muy fuerte en la guía “vamos a tomar unos vinos” de esta ciudad.

Os dejamos su Facebook e instagram.

Dirección: Hernán Cortés, 22. Santander

Cantidad: Sus medias raciones en otros bares son completas. 
Calidad: Muy bien. Ingredientes y elaboración de alto copete.
Presentación: más cuidada que un reportaje fotográfico del ¡Hola!
Servicio: Simpáticos y colaboradores. Con ganas de hacerlo bien.
Precio: 12 €/persona con dos copas de vino, una cerveza y agua. Atractivo para comer bien.

Zissou un universo acuático

Allá por 2004, Wes Anderson filmó Life Aquatic, una delirante comedia en la que el oceanógrafo Steve Zissou, un híbrido entre Cousteu y el Capitán Ahab interpretado por Bill Murray, se lanzaba a una loca aventura en busca del tiburón que había matado a su padre.

Inspirado en el personaje de Murray, abrió hace unos meses en Santander un nuevo restaurante llamado Zissou y es ahí donde entramos en acción los locos documentalistas del Perolo.

El primer plato en ser filmado por nuestra tripulación fueron dos raciones de rabas, ese plato tan mitológico en la gastronomía cántabra como Moby Dick en la literatura. Unas rabas en su punto de fritura, sabrosas y acompañadas por un suave alioli, un buen plato.

El siguiente espécimen en ser filmado por nuestros documentalistas fueron unas almejas en salsa verde.  En este caso, parecían submarinos en el potingue verde. Estaban sabrosas aunque en el lado negativo algunas de ellas estaban más cerradas que la cueva de Altamira (salvo que seas un multimillonario y conozcas a Francisco Martín). Así que nuestro gozo en un pozo.

Los entrantes los completamos con un steak tartar. Nos llegó ya realizado, nada de shows en directo realizandolo en la mesa (tampoco hay espacio en el local, todo hay que decirlo). Para los que no es nuestro plato más apetitoso hay que decir que estaba bueno. Carne fresca, bien macerada y frío, quizás demasiado.

Así como en los entrantes el pescado fue la elección mayoritaria, en los platos principales la carne ganó por mayoría absoluta.

Varios pedimos el lomo de vaca a la plancha con patatas y pimientos de guarnición. Carne al punto, tirando a poco hecha (cómo se pidió), en una ración donde la guarnición estaba a la misma altura del plato, con unas patatas fritas, sin exceso de aceite y unos pimientos asados bien elaborados. El plato nos gustó sin reservas.

El solomillo estaba en su punto justo, tal como lo pedimos, tierno como la mantequilla y bien secundado por las patatas, las salsas y unos toques de romero que realzaban el sabor limpio de la carne.

El plato de carilleras bajó un poco el nivel general, buen producto pero para nuestro gusto un poco secas.

Para rematar la cena algún perolero goloso se ánimo a pedir postre. Pedimos la tarta de manzana con helado, un hojaldre caramelizado con la manzana, similar a los pasteles que puedes encontrarte en cualquier bandeja de fiesta de cumpleaños en tu casa. Sin más mérito.

La cena la acompañamos de un par de botellitas de un rioja que está ajustado de precio y nos gusta, El niño.

En definitiva, Zissou nos gustó por la buena elaboración, cuidada presentación y variedad en su carta, aunque tiene puntos que mejorar como la coordinación del servicio o “un poco de por favor” en el tamaño de sus raciones, por lo menos para triperos como nosotros. Un local muy interesante y que creemos puede llegar lejos. Os dejamos su web, Facebook y twitter.

Dirección: Calle Ataulfo Argenta, 35. Santander.

Trás esta aventura acuática no os podíamos dejar sin una banda sonora adecuada para ella.

Cantidad: Un poco más en el plato no va a sobrar.
Calidad: Bien. Hay ganas de hacerlo bien.
Presentación: Muy buena. Los platos entran por los ojos.
Servicio: Les falta un poco de coordinación con la sala llena.
Precio: Un poco por encima de la media, pero acorde a su calidad. Sobre 30€ por persona.

Escala pija en el Bar Cos

Nos comentaba hace unos días nuestro bienamado Remartinez que las rabas podrían ser, en sí mismas consideradas, objeto de estudio casi sociológico, trazando un mapa donde distingamos la rabas según su clase social – La raba y el territorio, en sentido homenaje a Houellebecq, quien siempre habla de comida en sus libros. Partiendo de estas coordenadas, podemos encuadrar, dentro de esta sociología de la raba, a las del Bar Cos dentro de las más pijas de nuestra ciudad.

Nos dejamos caer un mediodía entre semana por este clásico del frente marítimo de Calderón de la Barca, zona que ya lleva un tiempo en lo más cotizado de Santander: el Bahía, el Italiano, el Machi, etc. El público, el esperado: canas, jersey al hombro, camisa blanca por dentro de los vaqueros en plan sport (ese favorito de @patricianuro) náuticos y, para los más atrevidos, converse. Entre la terraza y el comedor elegimos el segundo, que es una pequeña delicia para los que sean de gusto marinero: escalera de caracol, vigas a modo de baos, faroles, fotos de barcos en construcción…, solo nos faltaba un telégrafo náutico para pedir las raciones.IMG_1559[1]

Dentro de una carta cortita, pero bien elegida, por razones de tiempo nos tiramos con desenfreno a las raciones más clásicas posibles, aunque nos quedamos con alguna espina clavada por no haber elegido mejor. Levamos anclas con las afamadas rabas del local que, si bien no defraudaron, tampoco resultaron absolutamente excelentes: un perfecto rebozado, fritura limpia y correcta, profundo sabor yodado pero, quizá, demasiado anchas en el corte, lo que le restaba algo de encanto a cada bocado. No llegan al 10 pero puntúan muy alto. Pueden clasificarse en el grupo “raba de pulligan y náutico”, porque el precio no es precisamente popular.

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En segundo lugar, pusimos rumbo a unas gambas con gabardina oficiadas con el suficiente mimo para dignificar un plato que ha sido calificado como comida viejuna. Nuevamente, limpísima la fritura, sin causar interferencias en el sabor, rebozo de pasta nada excesivo ni pesado y una gamba decente, elementos suficientes para restaurar el honor de este frito. Nos gustó mucho, y la ración fue generosa.

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Con las croquetas nos pusimos ya avante toda, porque la verdad, estaban excelentes, dignas de figurar en nuestro olimpo bechamelístico personal. Una masa finísima y fluida, muy bien trabajada, con los tropezones justos y el sabor intenso con una acertada combinación de jamón y queso. Otra vez, la cobertura resultó crujiente y muy bien frita, consiguiendo una croqueta verdaderamente redonda en su ejecución.

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Finalizamos nuestra escala con unos huevos con patatas y morcilla -sí, muy ligerito todo- que puntuaron muy alto. Unos huevos frescos y recogidos, nada de claras inmensas, una morcilla sabrosa y unas patatas caseras de escándalo. Sin embargo, pese a los estupendo del plato, nos quedamos con las ganas de hincar el diente a otras especialidades más marítimas y finas de la casa. No pudo ser, por motivos ajenos a nuestra voluntad.

Rematamos con el imprescindible postre. En este caso, probamos una muy buena y sencilla tarta de manzana, prescindiendo de horribles rellenos de crema pastelera o coberturas imposibles, acompañada de helado de mantecado. Tampoco podemos olvidar la original torrija de arroz con leche -sí, como suena, arroz con leche rebozado y frito- acompañada de helado y tofe, un gran acierto la combinación de texturas y sabores que supone.

En definitiva, el Cos cumple con lo esperado y esperable: calidad en el producto y en la ejecución -insistimos en las croquetas maravillosas-, STVismo en el ambiente por los cuatro costados y, sin ser barato, un precio aceptable.

Cantidad: Bastante generosa
Calidad: buen producto, y muy buena ejecución
Presentación: Sencilla pero decente
Servicio: impecable y eficiente
Precio: no es barato, pero es justo (25-30 €)

La Buena Moza: raciones al fresco

Santander –eressssnoviadelmaaaar– puede parecer una ciudad apática y hasta un punto aburrida y plana en verano, un sitio que no llega a quitarse nunca el jersey sobre los hombros y los náuticos y se lanza al desenfreno de otras plazas norteñas. Y quizá así lo sea, pero ello no impide que de vez en cuando nos regale sitios y momentos encantadores donde disfrutar del estío. Uno de esos rinconcitos está en un modesto y popular restaurante de San Román: La Buena Moza.

Aunque cuenta con un buen comedor, el verdadero placer en La Buena Moza es sentarse en su amplio patio y disfrutar del agradable verano santanderino -un saludo a los hosteleros, que no tendrán queja del tiempo- y, en ocasiones de actuaciones de música tradicional. También, el sitio se presta para dejar triscar por ahí a los niños, para diversión de estos y descanso de los demás clientes. Allí instalados, echamos un ojo a la carta, sencilla y directa, donde dominan las raciones para compartir.

Inauguró el desfile una solvente media tabla de ibéricos. Correctos todos, aunque ninguno de ellos hiciese saltar nuestro resortes, como la esplendorosa cecina de La Conveniente. Perdonad la ausencia de foto, pero nos pudo el ansia de comer.

Siguieron dos raciones de croquetas. La primera de ellas, de mejillón, anunciadas fuera de carta. La segunda, mezcla de croquetas de repollo y de queso picón, las dos grandes especialidades de la casa. De las primeras, os contaremos que estaban bien resueltas, algo que no siempre es sencillo tratándose de croquetas con moluscos: se notaba su sabor y presencia y la bechamel estaba muy bien trabajada. Del combinado de especialidades de la casa, mantienen el estupendo nivel de siempre: sabor intenso, bechamel muy fluida, excelente empanado y fritura. Solo un pero: la ración se hace escasa, más cuando no son croquetas de gran tamaño.

De queso y berza y de mejillón
De queso y berza y de mejillón
Pasamos, a continuación, a las rabas.Ya dijimos en su momento que eran de las que más nos habían gustado en Santander. No decepcionaron aunque tampoco estuvieron excelsas. La ración era de buen tamaño y con un punto de fritura y textura estupendo, aunque un puntín sosas. En todo caso, buena nota para sus rabas.

Las rabas
Las rabas
Cerramos con una estupenda ración de morcilla con patatas y pimientos. Más simple que el mecanismo de un chupete, sí, pero no por ello menos bueno, que hasta en algunos sitios hemos dicho meh a una morcilla frita. Las patatas, caseras, de primera y los pimientos ideales para coger pan y hacerse unos montaditos sobre la marcha con la estupenda y bien frita morcilla.

Empezamos antes de la foto
Empezamos antes de la foto
Como colofón, los postres. Muy bueno el pastel de queso, bien puesta la mousse y grandioso el helado de almendra, que llevarán haciendo en esta casa desde la noche de los tiempois. Un buen remate para una cena de buena nota.

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Todo ello, con bebidas y pan sale a unos 15 euros por cabeza, un precio razonable por una sitio, que sin ser de diez, cumple con creces para disfrutar del fresco veraniego santanderino a dos pasos de la ciudad.

Os dejamos su web.

Dirección: Victoriano Fernández 49, San Román; Santander

Cantidad: Correcta, aunque las croquetas sean un poco escasas.
Calidad: Notable.
Presentación: Sin complicaciones.
Servicio: agradable y atento.
Precio: Unos 15€ por cabeza.

Pico Paloma

Encontrar un lugar en el que compaginar familia y comida se ha convertido en una búsqueda tan desesperada como la del PP de aliados para mantener alcaldías.  Alguno de vosotros nos habéis sugerido algún post de “restaurante familiar” y es por ello que hemos estado en Pico Paloma.

Pico Paloma es un bar/restaurante muy conocido por sus especialidades en cachón. Está situado justo enfrente de la entrada principal del Club Parayas en la zona del Alto de Maliaño. Las vistas desde este punto son espectaculares, todo Santander y por supuesto el aeropuerto. Si hubiese nevado, hubiésemos visto hasta un pene dibujado sobre las pistas. Dispone de comedores interiores y una amplísima terraza con jardines para que los enanos corran y nos dejen tranquilos un ratito… “Keep calm and drink beer”

Zona de juego para niños
Zona de juego para niños

Mucha gente de los alrededores se congrega al son de las medias de Mahou y las raciones de rabas, pero lo que nos importa hoy es el menú de fin de semana que por 15 euros promete sensaciones fuertes. Los platos varían cada semana y tiene un punto de innovación interesante. Esta vez, ya acomodados, nos disponemos a darle matarile al dueto con unas buenas medias en la mano.

Alubias con cachón y almejas, muy buenas de sabor, con el cachón en su punto justo de cocción y trabada la salsa. Nos gustó mucho.

Alubias_con_cachon

El otro primero fue una ensalada de aguacate y bacalao, la mar de ilustrada, con un buen mezclum, tomates secos, aguacate, queso fresco, cebolla frita y abundante salsa de mostaza y miel. Una ensalada diferente que entra de maravilla.

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De segundos elegimos una merluza en salsa. Ésta resultó ser una buena tajada de merluza, fresca y en su punto, acompañada de una base de patatas panadera y una rica salsa de marisco que pedía a gritos rebañamiento a muerte.

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El otro segundo fue el pinchazo del día. Sobre el papel pintaba bien, pero las chuletillas de lechal estaban cortadas a machete y el lechal debía ser del tamaño de un dinosaurio de la nueva entrega de Parque Jurásico. Lo acompañaban unas patatas panaderas con setas, buenas pero pelín grasientas. Mal.

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Postres caseros de buen nivel, sólo dio tiempo a sacar la foto a una tarta de queso, fresca, individual que estaba de rechupete. Cafés aparte y GT´s a 4 euros bien preparados hacen que la tarde se alargue hasta la hora de la merienda. Y todo por 15€, perfecto para padres en apuros.

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También hemos disfrutado de una menú arrocero con dos entrantes y un arroz en paella francamente bueno. Ronda los 20€.

Una vez más salimos airosos en la búsqueda de un templo perolero para todos los públicos. Jardín para dejar a los enanos a su aire, buena y abundante comida, sobremesas interminables repletas de copazos y una cuenta ajustada. Si a esto le sumamos un servicio amable y eficiente podemos cantar bingo sin dudarlo.

Os dejamos su FB por si queréis echar un ojo.

Dirección: Avenida Parayas, 69, 39600. Maliaño.

Cantidad: Raciones amplias, tanto en los menús como en las cartas.
Calidad: Mejor de lo que te esperas por el precio que se paga.
Presentación: Se esmeran mucho aunque pecan de usar miles de semillas de amapola, ajónjoli o centeno.
Servicio: Rápido, eficiente y simpatico.
Precio: Menús de 15 o 20€, compensan por la tranquilidad de los niños.

Bar Cantabria: A más, a más; a menos, a menos.

Era un fin de semana post-navidad en el que la afluencia a los bares y locales había disminuido (el invierno parece que llega más triste que nunca) y moverse por la ciudad ya era más cómodo que durante las semanas previas. Por ello, decidimos quedarnos en el centro, y de improviso poder picar algo rápido y barato, ya que andamos a final de mes y no era plan de sacar la tarjeta “Black”, que luego en unos meses te lo saca el diario.es y no es plan de presumir (qué hijos de…).

Al final, de improviso ,ya que no teníamos reserva previa, fuimos cómo los zombies de “The Walking Dead” buscando un sitio para una mesa de 7. Al final paramos en el mesón “Cantabria”, en pleno Río de la Pila, un bar muy popular por su carta de raciones de cocina tradicional española. El lugar no tiene desperdicio, por su jamones colgados, por ese azulejado “typical spanish”, su barra llena de pinchos, etc. Así que nos lanzamos a probar su carta. A destacar que el servicio se sacó una mesa de la manga para poder servirnos. Punto a favor.

Cómo era una cena de picoteo y tampoco queríamos salir a reventar, pedimos las raciones más tradicionales del lugar: Cecina, rabas, croquetas variadas y una tabla de quesos para cerrar la comanda. Todo ello regado por una sangría bastante buena para mitigar el calor del local (lleno hasta la bandera).

La cecina fue lo primero que nos sirvieron. Habíamos oído que era bastante buena e incluso te la podías llevar para casa, cual charcutería de barrio. Lo que nos sirvieron no tenía nada que ver. Era un embutido bastante más seco de lo que pensábamos y a pesar del chorro de aceite, se hacía duro al masticar. Esperábamos más.

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A continuación llegaron las rabas de calamar, con su rodaja de limón que no se echó (no cometimos sacrilegio) en un plato bastante abundante. Nos gustaron, la fritura era la justa y la raba era buena y triscante, pero sin llegar a modo “chicle”. En la carta esta era la ración más cara de las rabas. Pagamos la calidad.

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Y llegó el momento “el perolo”: las croquetas. En este caso de jamón y queso picón. Abundantes raciones, las croquetas eran de un tamaño respetable, pero la calidad era normalita. No llegaban al estilo congelado, pero la bechamel podría valer para levantar paredes de Pladur. Sabor fuerte las de Picón (cómo debe ser), las de jamón más bien normales. En general está ración se fue del “ruedo” con “división de opiniones y silencio” del respetable.

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Para finalizar, la tabla de queso a modo de postre. Había varios tipos, desde el fresco con membrillo, pasando por el curado y el picón. Ninguno de ellos pasará a la gloria del olimpo quesero. Tras probarlo, creemos que es una opción a no repetir. No te aporta nada a la cena.

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El resultado final fue barato, pero acorde al nivel que probamos. Su cocina no es para echar cohetes precisamente y seguramente nosotros creemos que con un punto más de calidad de sus platos sería una opción excelente para cenar. De momento, no estará entre nuestras prioridades. Esperamos más en el futuro.

Dirección: Calle Río de la Pila, 10. Santander.

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Cantidad: Abundante, su raciones dan para comer 5 o 6 personas.
Calidad: Aprobado raspado
Presentación: Decente, si. Apetitosa, no.
Servicio: Muy bien. Nos buscaron mesa y estuvieron pendientes. 
Precio: 14 €/persona. Asequible para todos los bolsillos.