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Bar Cantabria: A más, a más; a menos, a menos.

Era un fin de semana post-navidad en el que la afluencia a los bares y locales había disminuido (el invierno parece que llega más triste que nunca) y moverse por la ciudad ya era más cómodo que durante las semanas previas. Por ello, decidimos quedarnos en el centro, y de improviso poder picar algo rápido y barato, ya que andamos a final de mes y no era plan de sacar la tarjeta “Black”, que luego en unos meses te lo saca el diario.es y no es plan de presumir (qué hijos de…).

Al final, de improviso ,ya que no teníamos reserva previa, fuimos cómo los zombies de “The Walking Dead” buscando un sitio para una mesa de 7. Al final paramos en el mesón “Cantabria”, en pleno Río de la Pila, un bar muy popular por su carta de raciones de cocina tradicional española. El lugar no tiene desperdicio, por su jamones colgados, por ese azulejado “typical spanish”, su barra llena de pinchos, etc. Así que nos lanzamos a probar su carta. A destacar que el servicio se sacó una mesa de la manga para poder servirnos. Punto a favor.

Cómo era una cena de picoteo y tampoco queríamos salir a reventar, pedimos las raciones más tradicionales del lugar: Cecina, rabas, croquetas variadas y una tabla de quesos para cerrar la comanda. Todo ello regado por una sangría bastante buena para mitigar el calor del local (lleno hasta la bandera).

La cecina fue lo primero que nos sirvieron. Habíamos oído que era bastante buena e incluso te la podías llevar para casa, cual charcutería de barrio. Lo que nos sirvieron no tenía nada que ver. Era un embutido bastante más seco de lo que pensábamos y a pesar del chorro de aceite, se hacía duro al masticar. Esperábamos más.

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A continuación llegaron las rabas de calamar, con su rodaja de limón que no se echó (no cometimos sacrilegio) en un plato bastante abundante. Nos gustaron, la fritura era la justa y la raba era buena y triscante, pero sin llegar a modo “chicle”. En la carta esta era la ración más cara de las rabas. Pagamos la calidad.

Rabas_bar_Cantabria

Y llegó el momento “el perolo”: las croquetas. En este caso de jamón y queso picón. Abundantes raciones, las croquetas eran de un tamaño respetable, pero la calidad era normalita. No llegaban al estilo congelado, pero la bechamel podría valer para levantar paredes de Pladur. Sabor fuerte las de Picón (cómo debe ser), las de jamón más bien normales. En general está ración se fue del “ruedo” con “división de opiniones y silencio” del respetable.

croquetas_bar_cantabria

Para finalizar, la tabla de queso a modo de postre. Había varios tipos, desde el fresco con membrillo, pasando por el curado y el picón. Ninguno de ellos pasará a la gloria del olimpo quesero. Tras probarlo, creemos que es una opción a no repetir. No te aporta nada a la cena.

Quesos_ bar_cantbria

El resultado final fue barato, pero acorde al nivel que probamos. Su cocina no es para echar cohetes precisamente y seguramente nosotros creemos que con un punto más de calidad de sus platos sería una opción excelente para cenar. De momento, no estará entre nuestras prioridades. Esperamos más en el futuro.

Dirección: Calle Río de la Pila, 10. Santander.

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Cantidad: Abundante, su raciones dan para comer 5 o 6 personas.
Calidad: Aprobado raspado
Presentación: Decente, si. Apetitosa, no.
Servicio: Muy bien. Nos buscaron mesa y estuvieron pendientes. 
Precio: 14 €/persona. Asequible para todos los bolsillos.
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El Solórzano: volver, volver,… o no.

Para nosotros el vermú dominical en El Solórzano era nuestra forma de santificar las fiestas, siempre acompañadas de unos estupendos mejillones en salsa  y unas rabas notables. Pero un día reformaron el local y debieron quitar la cocina porque los mejillones perdieron la gracia y las rabas eran dignas de la Bridgestone. Adiós, un placer habernos conocido.

Pero, recientemente, unos simpáticos pajarillos nos chivaron que, en su última vista, este clásico parecía haber recuperado el pulso. Se imponía una visita por parte de El Perolo y decidimos que lo mejor serían unas raciones variadas para cenar, y así volver, volver, volver, a su carta otra vez… que diría Chavela.

Abrimos fuego con un pudding de puerros y gambas. Para nuestro desconcierto, nos llegó algo caliente a la mesa, lo cual hacía que estuviese poco asentado y homogéneo. Bastante soso, únicamente con sabor a puerro, potenciado por una salsílla verde que, entendemos, procedía de los tallos del puerro. La gamba, o al menos su sabor, desaparecida en combate. Desde luego, no le encontramos la gracia a un pudding tan insípido.

Pudding de gambas y puerros
Pudding de gambas y puerros

Seguimos con algo más clásico que la colección Austral, y así llegaron las rabas. La ración, queridos, es la que ven en la foto, ni una raba más ni una menos, y se hace realmente escasa, especialmente en relación a su precio (11 €… sí, ONCE EURAZOS, y no ponía la carta que fueran de calamar fresquísimo, magano o similar). No estaban mal -buena fritura, nada duras ni chiclosas- pero desde luego no para volverse locos en cuanto a su sabor y calidad.  Por ese precio hemos probado las soberbias de La Solana, y su estrella Michelín, que sacan un par de cuerpos de ventaja a estas.

La ración de rabas intactas
La ración de rabas intactas

Con las rabas llegaron las croquetas y estas tampoco despertaron en nosotros lagrimas de emoción como cada vez que nuestras madres ven Memorias de África. Correctas, nada más: poquito sabor a carne y demasiado a nuez moscada; bien fritas, pero demasiado grandes.

croquetas-el-solorzano

El siguiente palo que tocamos fue puramente autóctono, una ración de queso Divirín fundido. Un estupendo queso de La Jarandilla que, en crudo, nos había fascinado por su pasta blanda e intensa. No sabemos si es que se les fue la mano con el calentado, pero en aquél plato que nos trajeron se había fundido hasta la mohosa corteza del queso. Acompañado de una confitura de tomate y tostaditas de pan  resultó realmente sabroso, hasta el punto de que el más pantagruelico de los peroleros acabó con la corteza,  ante las dudas generales sobre si ese proceder era el adecuado y recomendable.

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Por último, cerró el desfile una morcilla correctamente frita, adornada de cebolla caramelizada. Corriente, sin nada especial, hasta el punto que juraríamos que era de algunas de las marcas más habituales de los lineales de los supermercados. La cebolla, aburrida (¡oh! ojalá hubiesen arriesgado y hubiesen acompañado esta de la confitura de tomate, tendría su gracia).

morcilla-el-solorzano

Para el postre, nos aferramos a nuestros clásicos y tiramos por la tarta de queso y una torrija de brioche. La tarta, en la tónica de la noche, aprobaba, pero su textura, un tanto arenosa, y una base discreta la alejan de nuestras favoritas. La torrija no era torrija, puesta que esta se supone que es una rebanada empapada, no un bloque poroso que, a mayor abundamiento, sabía demasiado al requemado del caramelo.

tarta-queso-el-solorzano

torrija-brioche-solorzano

Conclusión: el Solórzano parece salir de las catacumbas, pero aprueba, y gracias. Nada realmente memorable, todo a falta de un punto para ser realmente bueno. Y la competencia es feroz en las noches de raciones santanderinas.

Cantidad: normal, tirando a escasa (especialmente las rabas)
Calidad: Aprobado. Y poco más
Presentación: Normal, sin mayor complicación
Servicio: Excesivamente amable y de colegueo.
Precio: unos 15€ por cabeza, vinos incluídos.

La Conveniente: croquetismo punk

Hay sitios míticos en Santander, y luego está la bodega La Conveniente: el piano, los bancos corridos, la fama de sus fritos y bechameles. Un sitio único que goza de gran popularidad en nuestra ciudad, salvador de muchas noches en las que nadie encuentra respuesta al “¿dónde cenamos?. Así que ya era hora de que El Perolo posase su ojo clínico sobre este mito. Para los no inicados en el lugar, La Conveniente tiene su comedor en su antigua bodegaza, no reserva mesa -hay que esperar en una cola a la entrada, que suele ir rápido- hay mesas de bancos corridos, no sirve ni café ni postres y suele levantar a los comensales rápido de las mesas para que nadie espere mucho en la cola.

Que nadie busque fusión, sofisticación, mezclas, armonías ni demás palabrería sinfónica aquí. En La Conveniente son como The Clash en su primer disco: tocan tres acordes, los tocan rápido y alto y, sobre todo, sabrosos. Carta pequeña, centrada en fritos -que no fritangas- embutidos y conservas como pimientos, bonito y anchoas. Ni compotas, ni reducciones, ni tartares o carpaccios.

Pasemos a los platos. Las croquetas, de tamaño correcto y generosa ración (12 unidades) harían llorar a José Carlos Capel: una bechamel sabrosa y fluida, generosa en tropiezos, encerrada en un empanado crujiente, casi a punto de romperse. Si las croquetas son un punto clave para valorar un restaurante, La Conveniente no puede salir mejor parada, más si la comparamos con otros desastres pasados, como Casa Sampedro. Lo dicho, como comparar a Los Ramones con El Canto del Loco.

croquetas_conveniente
Hey Ho Let’s Go

Luego, los rollos conveniente (jamón y queso enrollados y empanados) están buenos y nada grasientos, aunque no sea la receta más complicada. La cecina, uno de los tesoros ocultos del local, realmente estupenda, regada con un hilo de aceite, como para comerse un kilo. Ojo con las cantidades, porque con dos raciones y media, tres personas con algo de hambre quedan satisfechas, algo de lo que avisa el servicio, rápido y atento. Para cerrar, lo más parecido a un postre, media tabla de quesos, generosa -da para que todos prueben de cada uno- desde queso azul a un estupendo ahumado y un potente manchego.

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¿Y de precio? Pues sumando el pan y una jarra de sangría a 15 euros por cabeza. Nada mal atendiendo a calidad a cantidad.

Nuestro veredicto es simple: La Conveniente rocks, aunque haya despistados en tripadvisor que hablen mal de ella. Ven por su fama, disfruta de sus croquetas de primera, quédate por la cecina y sal dando botes mientras cantas aquello de Hey Ho Let’s Go!

Dirección: Calle de Gomez Oreña, 9; Santander

Cantidad: Hay que pedir medias raciones para no explotar.
Calidad: Top. Quizá de las mejores croquetas de Cantabria.
Presentación: De rancho. 
Servicio: Rápido como Los Ramones. Modera tus ansias de pedir.
Precio: Buena relación calidad-cantidad-precio.

 

Menú de cuchara en el Cañadio

Ahora que ya habéis picado con el título dejadme que os cuente mi última visita al Cañadío. Como antecedente os señalaré que es uno de mis restaurantes favoritos de Cantabria. El lugar en el que suelo celebrar casi todas las cosas celebrables de este mundo: cumpleaños, aniversarios, cierres de contratos….. bueno esto último era en otros tiempos.

Para los que no conocéis el local os diré que es un local de diseño agradable, sin grandes pretensiones, que cuenta con una zona de barra con pinchos muy atractivos y mesas para picar, y otra zona más de restaurante elegante.

Pues bien, la semana pasada nos acercamos a comer allí. Nuestra intención era comer un apetecible cocido montañés que ofrecen los martes por 9 €. Nos sentamos a la mesa y nuestra sorpresa viene cuando nos señalan que se ha terminado pero que nos lo cambian por una ENSALADILLA, un plato que a mí me encanta pero que en un día en que los pingüinos circulaban en libertad por la Plaza de Cañadío no me parecía el plato más adecuado.

Una vez desechada la opción ensaladilla me decanté por un cachón en su tinta con arroz cremoso, un plato que siempre me recuerda a la casa de mis abuelos. El plato en sí estaba bueno pero lejos de lo que es para mi el nivel habitual del Cañadío. Los trozos de cachón variaban entre los que estaban en su punto y alguno más parecido a un chicle cheiw. En cuanto a la cantidad, un punto siempre importante para los triperos que escribimos este blog, es correcta pero sin alardes, vamos que un poquito más sobre todo de arroz que casi tengo que buscarlo con el hubbel, no vendría mal.

Cachón en su tinta con arroz cremoso en el restaurante Cañadio
Cachón en su tinta con arroz cremoso en el restaurante Cañadio

Tras “degustar”, esa bonita palabra tan de moda en Cantabria, el cachón me decidí por tomar de postre su famosa tarta de queso, famosa sobre todo en su local de Madrid. Está tarta es completamente diferente a la habitualmente comemos en la mayoría de los restaurantes, es la “verdadera” receta de cheesecake americana, les queda de muerte. A diferencia de la que hace mi madre desde hace más de 20 años siguiendo la misma receta, en el Cañadío el queso les queda más cremoso y líquido y no por ello empeora. Para los amantes de la tarta de queso este es sin duda su plato si visitan este restaurante.

Tarta de Queso restaurante Cañadio
Tarta de Queso restaurante Cañadio

En general comimos bien aunque por debajo del nivel de otras visitas. El precio fue de 20 € por cabeza sin vino pero con 3 medias.

Lo que me rompe los huevos de comer en la zona de barra del Cañadío es que estás como sardinas en lata. Todas las mesas pegadas y con menos intimidad que cualquier líder mundial espiado por la inteligencia norteamericana.

Su web, en tripadvisor, en foursquare, en Google

Dirección: Calle de Gomez Oreña, 15; Santander

Cantidad: ni frío ni calor.
Calidad: un valor seguro.
Presentación: muy cuqui.
Servicio: gente maja.
Precio: si estas ahorrando no es tu mejor opción