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“El Marinero” de Castro Urdiales

Tras una jornada en IKEA, que es como estar por tu casa pero con más habitaciones, el cuerpo te pide premios.

Con esta filosofía nos acercamos al Marinero de Castro Urdiales. Casa de gran solera y merecida fama o eso es lo que pensábamos.

Sorprende que un local campeón del concurso de pinchos de Cantabria no tenga en expositores su mercancía. Sabemos que es muy bonito ver esas barras llenas de pinchos pero la higiene es más importante. En principio, creemos que los locales de hostelería están obligados a utilizar expositores de ahí nuestro primer toque.

Pedimos unas cañas, una ración de pulpo a la gallega y unos bocartes. Vaya por delante que la calidad fue buena, muy buena pero las formas dejaron mucho que desear.

Lo primero, y más chocante, que nos sucedió fue que retiraron el cesto del pan a unos clientes que ya habían acabado, añadieron unos pedazos más y nos lo pusieron a nosotros. En pocos sitios, por no decir ninguno, hemos visto esto.

La ración de bocartes rebozados no fue tal pues se venden por unidades, al no darnos ticket no sabemos cuánto puede valer cada uno. Pedimos media docena, el camarero cogió nuestros bocartes y pasaron al microondas. No hay mucho más que añadir.

Bocartes_Elmarinero_Castro

Llegó el turno al pulpo a la gallega. Lo hacen en el momento, cogen de una fuente patatas cocidas y de otra el pulpo, salpican con aceite y añaden el pimentón y sal y al microondas. ¿Estaba bueno? Sí, con un pero: la presentación fue lamentable.

pulpo_gallega_Marinero_castro

Cuando pedimos la cuenta, nos maravilló la capacidad de cálculo del camarero. Mirando al techo, echó unos números y nos cobró 23,50 €.

La conclusión es que nos decepcionó. Esperábamos algo más de un referente de la hostelería en Cantabria. También somos conscientes de que un mal día lo tiene cualquiera.

Dirección: Calle la Correría, 23; Castro Urdiales

Cantidad: a "ojimetro" del camarero.
Calidad: Decepcionante para tener premios.
Presentación: Aquí no hablamos ese idioma.
Servicio: Roban los cestos del pan entre clientes...
Precio: Atraco a las 3.
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A ración limpia en el Baruco de San Martín

Actualización Abril 2016:  Por desgracia “El Baruco de San Martín” ha cerrado. Sus propietarios siguen ofreciendo sus platos en “El Cocinero”, a unos paso del anterior, muy cerca del Palacio de Festivales.

Teníamos buenas referencias en El Perolo de este establecimiento, situado en una zona algo apartada de los habituales circuitos gastronómicos de la capital, pero a la que merece la pena acercarse para degustar una carta bien presentada, suficientemente abundante, y con un precio razonable.

Empezamos la tunda con una ración de “nuestras queridas” rabas, no siempre bien tratadas a pesar de que en Santander son consideradas Patrimonio de la Humanidad. Debemos decir que el Baruco está a la altura. Cantidad razonable, buen tamaño, textura en su punto (ni chicle, ni bechamel), rebozado en un aceite al menos del mismo día (es que hay sitios donde es demasiado vintage, lo que se nota en el color), en definitiva, recomendables. En la foto se observa un hueco en el plato. No es que las presenten así, es EL ANSIA. Imagen La siguiente parada fue una ensalada de jamón y virutas de foie. Bien, conviene apuntar que la tendencia que venimos observando en los últimos tiempos es que el término “virutas” habría de ser sustituido por el de “espuma” o “polvillo”, porque el foie es cada vez más indetectable en según qué sitios.

Aquí el Baruco pinchó. Bien es cierto que el jamón estaba espectácular, pero tanto el enunciado como la presentación eran engañosas. Por un lado lo ya referido del foie, y por otro una orgía de forraje que a primera vista te hace pensar que es un platazo inabordable. Si lo acabas es posible que te hagas vegetariano, más que nada porque a buen seguro ya se te habrá olvidado que en ese plato hubo también un poco de jamón y algo de foie. Ah, y otra cosa, no hace falta aliñar con media botella de aceite por muy bueno que sea. Muy pasado de aceite el aliño. Post ensalada  Continuamos nuestro viaje con un pulpo a la gallega del que tenemos que decir que cumplió. Por un lado las piezas, de buen tamaño, bien presentadas, y cocinadas en su punto. La textura, perfecta. Al igual que con las rabas se agradece sobre todo no estar mascando pulpo media hora para poder proceder a su deglución, y tampoco esperas que se deshaga en la boca. Lo dicho, el pulpo bien. Las piezas estaban colocadas sobre una cama de sabroso puré de patata quizás un pelín demasiado caliente (con soplar antes de engullir es suficiente, no nos pongamos tiquismiquis). Lo dicho, el plato cumplió y aunque entre los perolistas hay de todo como en botica, a quienes nos sentamos en la mesa nos gustó más el acompañamiento de puré de patata que la clásica patata cocida. Para gustos. Post pulpoPara rematar la faena nos dedicamos una tabla de quesos que tenemos que decir que también cumplió. Sabroso quesuco de Liébana y espectacular el picón, que picaba sin llegar a ser desagradable, y sobre todo tenía un punto cremoso que lo hacía “peligroso”. Hubo polémica en el reparto de raciones, que sin ser escasas, tampoco daban mucho margen dado el número de comensales. El picón, como decía, fue sin duda el gran protagonista. De todas formas recomendamos la tabla en general. Post quesos  Para no repetirnos nos saltamos la tarta de queso del postre y apostamos por un brownie que nos demostró que se puede servir sin que esté frío y duro. En el Baruco se lucieron también en esta cuestión con una pieza muy bien presentada, abundante, sabrosa y CALIENTE, porque el brownie se sirve CALIENTE. Y no, no necesitamos un picahielos para abordarlo. Les felicitamos por ello. Post brownie      La cena fue regada con vino de La Rioja. En este apartado tuvimos la anécdota… bueno no, las anécdotas porque sin duda fue un apartado que pudo haber cambiado muy mucho la impresión general que nos causó este establecimiento. Apostamos por un Luis Cañas y la camarera se presenta con unos “botellines” de medio litro, ante la sorpresa de todos los comensales. En ese momento varios empezamos a afiliar los cuchillos, pensando que iban a cometer la torpeza de cobrarnos 50 cl a precio de 70 cl. Preguntada la camarera se resolvió el entuerto, y nos explicó que no les quedaban botellas normales y que pensó que así al menos podríamos probarlo. No contenta con este “error” que consideramos venial, en el siguiente viaje salió a buscarnos una botella de Melchior a un restaurante cercano, El Cocinero, con el fin de no decirnos lo que al final no quedó más remedio, que tampoco tenían existencias suficientes de ese vino. En ambos casos hubiera acabado antes si nos hubieran mostrado los vinos que sí tenían, y además se habrían ahorrado nuestro breve mosqueo con el tamaño de las botellas y el precio de la carta. Post vinoEl balance final es positivo. Es un sitio para ir a comer raciones más que un picoteo y plato principal, ya que no tiene una carta demasiado extensa.

Decoración y ambiente agradables. Cuidan tanto la calidad del producto como su presentación. Mejorables sin duda el servicio (desbordado con apenas seis/siete mesas), y algunos detalles menores que hemos mencionado arriba.

Dirección: Avenida de la Reina Victoria, 39; Santander

Cantidad: Suficiente a no ser que seas un troglodita.
Calidad: Media. Las rabas y el brownie algo por encima de la media.
Presentación: Cuidada pero sin pasarse.
Servicio: Desbordado por momentos. Unos 30 euros por persona (con lo que bebimos... hasta barato!!!).