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La Oliva: La dificultad de las elaboraciones sencillas

El mandamiento que siempre nos ha gustado más es el de “Santificarás las fiestas” y por ello celebramos recientemente el patrón de Astillero, San José (el padre que nunca lo fue), acudiendo a un restaurante de este municipio llamado “La Oliva” en la antigua carretera nacional. Fuimos a cenar y probar su especialidad, las sartenes de huevos fritos, una receta que viene del antiguo restaurante que llevaron (La Vegana) y que siguen ofreciendo con una variedad de complementos mucho más amplia que la lista de sectores de “Podemos”.

Antes de acudir al plato principal con la voracidad que nos caracteriza, pedimos un par de entrantes para ver cómo andaban en el resto de opciones que ofrecían en una carta muy amplia. Sorprendente en estos tiempos de reducir el abanico de opciones al comensal y sólo presentar una hoja cómo carta que “La Oliva” ofrezca bastantes secciones de picoteo y platos principales. Sin embargo, el diseño de la misma no lo hace parecer una guía telefónica de la posguerra ni el último guión completo de la trilogía de ” El Hobbit”.

Solicitamos la ración de croquetas caseras (en otro giro inesperado de nuestro blog) y setas a la plancha. La ración de croquetas era variada, con rellenos de distintos sabores. Probamos la croqueta de bacalao (“It’s vigilia time”), la de morcilla y la de carne de cocido. Las tres bien fritas, bechamel suave y sabores fuertes. En cada una de ellas podías distinguir al primer mordisco cual estabas comiendo. A destacar las de morcilla que en nuestra opinión eran una delicia comprimida de los productos de la matanza (“Vigilia what?”).

Croquetas_la_oliva

A continuación, llegó a nuestra mesa la ración de setas a la plancha. Una parrillada en condiciones, con las setas condimentadas con el ajo y perejil que alegran el plato. Textura buena, sabor supremo y de regalo esa grasilla para mojar el pan que sabes que en la dieta que te ha dado tu nutricionista de cabecera (¿quien no tiene hoy en día un dietista, un “coach” y un “personal trainer”?) es objeto de delito penado con 3 días a verduras. Pero no estamos en tiempo de amarguras, que ya nos lo dice el gobierno que va todo bien. Así que a gastar miga en el plato cómo si no hubiese mañana…que tirar de tupper de nuestras madres.

setas_la_oliva

Y llegamos al plato estrella: los huevos fritos con patatas y lo que surja. En este caso, pedimos la ración de “Huevos al Picón” y “Huevos con Foie”. En ambos casos, el camarero llegó, nos sirvió los platos, y en un ejercicio de interpretación que inspiró al mismísimo Tim Burton para su escena de la poda en “Eduardo Manostijeras”, llegó con un cuchillo y un tenedor y nos partió los huevos delante nuestro para mezclar todos los ingredientes.  Los huevos al picón, mezcla arriesgada donde las haya: Llevaban gulas y queso picón en cantidades similares. Estábamos indecisos por conocer si esta coalición extrema de campo y “mar” (que os vamos a contar de las gulas que no sepáis…) llegarían con éxito a nuestros estómagos. Y por mayoría absoluta nos encantó. El queso se funde con el calor de la sartén y hace una salsa con la yema del huevo frito en las patatas que es soberbia. Qué desgracia es ver con resignación que el plato se ha acabado y que no queda más para comer. Si, nos sentíamos mas desangelados que los astrónomos del IFCA esperando el próximo acontecimiento planetario (no otro mundial de vela) porque ya no había nada que untar.

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Después, tras el buen sabor de boca de la primera ración de huevos, llegó la segunda y más conocida: los huevos con foie. Por segunda vez, el camarero se puso a cortar el plato cómo Llongeras desplumaba a sus modelos. Zas, zas, zas. El florecer de la yema del huevo volvía a impregnar todo el plato. Una guarrindogada, si, pero que estaba cojonuda. El foie le da una untuosidad a un plato básico con unas buenas patatas fritas. Además aquí ya llegamos casi al final de nuestra estación en le recorrido por La Oliva. Estamos a punto de reventar.

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Pero nosotros no nos rendimos y quisimos rematar nuestra opípara cena con unos postres para bajar el festín de grasa que nos habíamos pegado a gusto. Probamos el helado de vainilla con Pedro Ximenez y la mousse de chocolate. Postres fríos, digestivos, y en el caso del helado de buen tamaño, en el que de los 4 comensales 3 podrían comer bastante. Si, podemos afirmar que en este último caso la ecuación “pareja que pide postre uno sólo pero traéme una cucharilla para mi novio/a” no deja una sensación en el estómago de vacío unos de los dos componentes de la relación. En La Oliva no acabarán en divorcio las relaciones por una cucharilla de menos. La mousse estaba bien montada y fría. Igual sobraba el “chorretón” de nata montada, pero para gustos están los colores y las encuestas electorales de los periódicos.

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En resumen, esta cena de platos sencillos, pero con buenos ingredientes y cocinados de forma notable, junto a dos botellas de agua, copa de vino y copa de cerveza, salió a 15 euros por persona en una mesa de 4 clientes. A este precio tan bueno, en un comedor muy bien decorado y con un servicio excelente, creo que no sólo visitaremos “La Oliva” por fiestas. Es más, estamos pensando celebrar con más frecuencia el día del señor, o mejor la víspera del Domingo, no sea que nos pille en casa y tengamos que ver “La sexta noche” en la televisión cómo expiación a nuestros pecados.

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Dirección: Calle La Prosperidad 2, El Astillero (Cantabria).

Cantidad: Bien. No es a reventar los platos, pero quedas satisfecho. 
Calidad: Buena mano para hacer cosas sencillas.
Presentación: No estamos en un museo. Así que ni te vas a dar cuenta.
Servicio: Cómo los buenos árbitros de fútbol, su presencia no se notó. Muy bien.
Precio: Barato. Con postre y sin botella de vino salió por menos de 15€.
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El Museo de la Música: sinfonía pastoral

Lo reconocemos. Hay días que nosotros mismos nos dejamos llevar por ese mismo sopor en el que a veces parece felizmente suspendida Santander  y acabamos  parando en los sitios de siempre, algunos glosados en este blog y otros, que son un placer culpable como las canciones de la Carrá, que nunca verán la luz.

Así, ante el riesgo de quedarnos sin novedades que contaros (y para que Galindo Berana no nos compare con Nacho Diego otra vez por publicar poco) salimos cuchillo y tenedor en mano a por El Museo de la Música.

Un coqueto localito, así como para salir en un video de Belle & Sebastian, cerca de la iglesia de los jesuitas, con una terracita cubierta en la entrada que seguro es una delicia en verano. La carta es cortita y al pie: raciones, arroces, pasta fresca y algo más. Por fortuna, no era uno de esos horrores plagado de palabros italianos mal puestos que te tiene que traducir el camarero.

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Para ir aplacando el hambre, tiramos de nuestros clásicos, croquetas y rabas. Sí, las tenemos más trilladas que los primeros discos de Los Planetas, pero nos gustan demasiado para dejarlas.  Las croquetas en este caso de bacalao nos convencieron, acompañadas de unos crujientes pétalos de remolacha, su consistencia a punto del desastre, su fino rebozado y el intenso sabor a bacalao levantaron severos murmullos de aprobación.

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Las rabas de chipirón, ricas pero un poco sositas: fritura correcta, bastantes rejitos, consistencia adecuada pero poco sabor.

Luego llegó la pasta fresca rellena, especialidad de la casa. Y aqui tenemos que dar una rotunda ovación al Museo de la Música, huyendo de salsazas convencionales y platos atiborrados de queso que saben todos a lo mismo: sonaban a clásico de la Motown entre tanta canción con autotune que predomina entre los platos de pasta.

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Los ravioli de pollo al curry, suaves y elegantes, acompañados de una salsa de vino reducido, sutil pero adecuada, que armonizaba a la perfección con el suave curry y el picante de alguna de las guindillas que salpicaban el plato. por su parte, las medias lunas de espinacas con su relleno de ricotta y el complemento de la rúcula con tomate templado fue una formula perfecta. Ningún ingrediente se imponía al resto y todos juntos creaban una mezcla inigualable. Podría parecer un plato más pesado que un casette de los chungitos en reproducción continua, pero salió más que airoso ya que no salías lleno hasta reventar.

Para cerrar, las medialunas de verdura apuntaban cosas interesantes con un pesto suave y nada estridente, pero tampoco podemos deciros más, que no queríamos dejar a una de nuestras simpáticas y queridas acompañantes sin cenar.

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Ponemos punto y final con los postres. La tarta de queso con almendras daba la talla, pero le sobraba el sirope de fresa, absolutamente inoportuno. La tarta de manzana estaba buena, con una cobertura de caramelo perfecta para tomar junto a la capa churruscada de manzana que cubría el bizcocho.

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Buenas raciones que, sumadas al vino Beronia, salieron a 23 euros por cabeza. Nada mal, para un local agradable y un servicio simpático y acogedor.

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Dirección: Calle San Jose, 9. Santander.

Cantidad: No te quedas con hambre, no
Calidad: Notable. Buena pasta fresca.
Presentación: Hay esfuerzo en el enplatado. Bien.
Servicio: Simpático y amable.
Precio: Adecuado a la calidad. Los hay más baratos pero bastante peores

Casa Setién: Camino a la perdición

En un momento de lucidez ( o no ) gastronómica, decidimos acudir a uno de los restaurantes con mayor popularidad en Cantabria: Casa Setién, en Oruña, un pueblo a 20 minutos de Santander en coche. Aparte de varios comentarios positivos sobre este local, nos pareció muy positivo que tuviera una página web completa, detallada y bien maquetada. Este hecho es inusual en nuestra región, ya que con tener una página en Facebook (y gracias) muchos empresarios de la hostelería se creen que ya están en Internet.

Llegamos al restaurante, con un ambiente muy fino, así que pensamos que no habíamos errado en la elección, y que nuestra apuesta era más segura que un voto del PP en el Sardinero. Dispone de varios comedores, con diferente temática, y nos pusieron la mesa, con el resto de comensales en el espacio denominado “jardín”: rodeados de arboles y vegetación de la finca, pero dentro de una estructura de cristal y madera, ajena a bichos y cambios de temperatura.

Nada más llegar observamos el primer defecto: dos camareros para 13 mesas. Nuestra comida iba a ser lenta.  Es una pena que en épocas de crisis se recorte personal en todos lados, aunque este hecho no corresponde con una bajada de precios. A continuación, el segundo fallo: Eramos 4 adultos, pero sólo nos dieron 2 cartas. Así que la mitad de la mesa tenía que esperar a que la otra parte eligiese sus platos.

Solicitamos dos entrantes a compartir, un plato principal y los postres. Si amigos, nos repetimos más que el ajo, y sin croquetas no nos vamos. El servicio nos indicó que las redondas eran de jamón y las alargadas de bacalao… o ¿al revés? Da igual, no había tropezones en ninguna de los dos tipos. Se habían pasado en la “turmix” con la bechamel. No sabían a nada.

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Después llegó el segundo entrante, tartar de atún toro marinado en soja, con pimientos y aguacate.  La presentación fue de lo más de moda que hay ahora: sobre hoja de pizarra. Andamos con ansias a ver cual es el primer restaurante en el que ponen platos sobre tejas. O sobre ladrillos directamente. La comida, tenía un defecto fundamental: si el atún está marinado en soja, y además le echas escamas de sal, ¿Cuantas botellas de agua nos vamos a beber? Estaba muy salado, no podías distinguir los ingredientes y fue un desperdicio gastar el maravilloso atún en un plato en el que no podías comer nada sin tragar agua antes.

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Llegamos al plato principal, lubina al horno. Un plato que estaba fuera de carta. No es muy difícil, si eres un chef  profesional, que el pescado te salga mal. Pues lo consiguieron. Las almejas sabían de forma sospechosa (aunque os confirmamos que no nos ha producido intoxicación alguna); el pescado estaba bueno pero  su acompañamiento de patatas panadera impregnaba todo el plato de una grasa, posiblemente aceite, que hacía que el plato brillase. Vamos, parece que el sobrante de freír las croquetas lo hubiesen echado en la lubina, y de paso en el pastel de cochinillo que pidieron el resto de comensales. En definitiva, tanto el pescado cómo la carne tenían la misma textura (y casi sabor) por este “sebo” que cubría los platos.

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La comida estaba siendo una decepción tras otra. Lo poco que los salvo fue el postre, un “coulant” con helado de frutos rojos. La combinación de sabores estaba muy buena, y no era un postre nada pesado. Pero claro, cómo siempre, el desprecio a que los clientes pidan postre hace que la cuenta suba. La moda que se está extendiendo de cobrar 5€ por cada uno es un abuso.

coulant_casa_Setien

Además para rematar: del vino que pedimos sólo les quedaba una botella; tuvimos que recordar de nuevo después de tomar nota que nos faltaba una bebida (un mosto que llegó iniciado el primer plato) y que se cobró por un chupito de orujo blanco a precio de 2,50 €, sin traer ni la botella para por lo menos contrastar la marca… (el orujo más suave que hemos tomado, sospechamos que era agua con unas gotas de aguardiente) hace que la experiencia sea nefasta. Dos horas y media de continuas decepciones; creíamos que nos habíamos metido en un mitín de las europeas, eso sí, no vimos a Cañete devorar los platos.

En definitiva, tiene mala pinta el camino que lleva este restaurante, más cercano al cierre que a ganar un reconocimiento en una guía gastronómica. Reflejo de ello es que varias mesas alrededor nuestro pagaron con cheques restaurante y se ahorraron el gastar de sus bolsillos, algo que a nosotros todavía nos duele.

Dirección: Barrio el Puente, 5; Oruña de Pielagos

Cantidad: Te quedas a gusto.
Calidad: Más decepcionante que Prosinecki.
Presentación: Nivel premium.
Servicio: Escaso. Ahorro en el personal, gasto en nuestra espera.
Precio: Muy caro. 33€ por persona. Una puñalada.

EL BARUCO: Edición especial “Hamburguesa Premium”

Actualización Abril 2016:  Por desgracia “El Baruco de San Martín” ha cerrado. Sus propietarios siguen ofreciendo sus platos en “El Cocinero”, a unos paso del anterior, muy cerca del Palacio de Festivales.

En esta web somos muy “fanérrimos” de conocer lo que pasa en la comunidad bloguera que hay alrededor nuestro, principalmente en Cantabria. Y no podía pasar desapercibido el blog de moda de “El Diario Montañes” llamado “Cantabria de Moda”. Es tan “chupiguay” que parece que te estás comiendo una tarta con fondant todo el rato.  Aparte de visitar comercios de ropa “fashion”,  buscar a la “it girl” local y hacer desfiles entre las pescaderías del Mercado de la Esperanza (el encantador perfume de los verdeles que llegan a puerto) sacaron un post sobre hamburguesas de moda.

Siento decirles si nos leen, que en “El Perolo” ya nos adelantamos y con gran éxito a esta tendencia: desde los locales más en alza cómo Musli o Nobrac hasta los más típicos cómo Casa Cabo. Aún así, nos dieron la idea para repetir (novedad en este blog) a uno de los bares seleccionados: El Baruco de San Martín, justo enfrente del Palacio de Festivales de Santander. La opción del menú especial de hamburguesa está disponible sólo los jueves, aunque el resto de la carta sigue disponible. En este enlace podréis comprobar nuestra opinión sobre el resto del menu.

Acudimos sin reserva, pero aun así el servicio nos buscó una mesa rápidamente para que pudiésemos cenar.  El gerente nos presentó toda la carta y además nos dio las recomendaciones de fuera de carta de una forma detallada, muy simpático y amable. Vamos, un “outsider” en la hostelería regional. Nosotros le preguntamos por la opción de la hamburguesa y rápidamente nos explicó en qué consistía:  Carne de buey del valle de Esla, acompañada de diversos ingredientes según elección del chef, acompañado de una ración de patatas panadera. Además dentro de la opción, una cerveza (tamaño media) de la marca local “La Grua” que además, cómo promoción, te invitan al segundo botellín si lo quieres tomar tras el plato.

En un plazo muy corto de tiempo nos sirvieron, ya que es sorprendente que para un local tan reducido dispongan de un número de camareros amplio (hoy en día se tiende a ahorrar en personal, provocando que esperes más en que te sirvan que en la cola de la cantina de la cárcel) incluyendo en primer lugar la cerveza. Es una cerveza artesanal, Pilsen para los críticos cerveceros (o rubia para los bebedores sin criterio) con un toque amargo, pero sin disgustar al bebedor medio, fresca y con poca burbuja. En definitiva, en un día caluroso puedes tomarte una caja de ellas sin ningún remordimiento. Además al presentarse en tamaño medio, puedes perfectamente acompañarla con la hamburguesa sin necesidad de pedir el segundo botellín que ofrece el local gratuitamente, aunque si deseas mantener tu barriga alejada de “six-packs” y tabletas varias, es obligatorio tomarte la segunda.

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Y llegamos al plato fuerte: La hamburguesa. Presentada con el pan típico de estos platos (lo siento “panarras”) que a la mitad de comerla se rompe, acompañada de tomate, lechuga, cebolla y bacon; además de incluir una salsa de kétchup, pero más suave, parecido a una agridulce más que a  una de tomate frito. Sólo podemos calificar de excelente y maravillosa la carne. Estaba jugosa, en su punto, con un nivel de picado medio, para que aprecies los tropezones de la carne y hecha a la plancha de forma homogénea por todas partes. Después de probarla estamos decididos a ir al valle del Esla y pillar un buey para comérnoslos a dentelladas. Y por este motivo también os podemos afirmar: muerte a la m… de la carne de Kobe.

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Para rematar unas de las mejores hamburguesas que hemos comido según unanimidad de los comensales, pedimos para rematar el postre. “Muerte por frutos rojos” se tenía que haber llamado, aunque el restaurante lo llamó “Consomé de fresas”. Básicamente es una compota con un helado de mango que está cómo para coger al cocinero, subirle a hombros y  dar la vuelta a ruedo. Delicioso, increíble, de vicio.

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Finalmente, llegó la “dolorosa” y tras un arduo debate entre los perolistas, consideramos que la cuenta está al nivel de lo que comimos. El menú hamburguesa + patatas + cerveza (2X1) son 14,50 €. El postre fueron 5 € más. Además cómo detalle se nos incluyó una coca-cola en vez de una cerveza sin coste alguno por petición de un comensal. Por tanto, por 20 € cenamos mucho mejor con un menú más básico que en muchos restaurantes de la región en el que con el mismo precio sales con el estomago (y la cartera) más vacíos.

Dirección: Avenida de la Reina Victoria, 39; Santander

Cantidad: No te quedas con ganas de repetir
Calidad: No recordamos una hamburguesa mejor.
Presentación: De lo mejor visto para servir "fast food"
Servicio: Saben muy bien atender al cliente
Precio: Pagas la calidad que obtienes. Nos parece justo.

Menú de cuchara en el Cañadio

Ahora que ya habéis picado con el título dejadme que os cuente mi última visita al Cañadío. Como antecedente os señalaré que es uno de mis restaurantes favoritos de Cantabria. El lugar en el que suelo celebrar casi todas las cosas celebrables de este mundo: cumpleaños, aniversarios, cierres de contratos….. bueno esto último era en otros tiempos.

Para los que no conocéis el local os diré que es un local de diseño agradable, sin grandes pretensiones, que cuenta con una zona de barra con pinchos muy atractivos y mesas para picar, y otra zona más de restaurante elegante.

Pues bien, la semana pasada nos acercamos a comer allí. Nuestra intención era comer un apetecible cocido montañés que ofrecen los martes por 9 €. Nos sentamos a la mesa y nuestra sorpresa viene cuando nos señalan que se ha terminado pero que nos lo cambian por una ENSALADILLA, un plato que a mí me encanta pero que en un día en que los pingüinos circulaban en libertad por la Plaza de Cañadío no me parecía el plato más adecuado.

Una vez desechada la opción ensaladilla me decanté por un cachón en su tinta con arroz cremoso, un plato que siempre me recuerda a la casa de mis abuelos. El plato en sí estaba bueno pero lejos de lo que es para mi el nivel habitual del Cañadío. Los trozos de cachón variaban entre los que estaban en su punto y alguno más parecido a un chicle cheiw. En cuanto a la cantidad, un punto siempre importante para los triperos que escribimos este blog, es correcta pero sin alardes, vamos que un poquito más sobre todo de arroz que casi tengo que buscarlo con el hubbel, no vendría mal.

Cachón en su tinta con arroz cremoso en el restaurante Cañadio
Cachón en su tinta con arroz cremoso en el restaurante Cañadio

Tras “degustar”, esa bonita palabra tan de moda en Cantabria, el cachón me decidí por tomar de postre su famosa tarta de queso, famosa sobre todo en su local de Madrid. Está tarta es completamente diferente a la habitualmente comemos en la mayoría de los restaurantes, es la “verdadera” receta de cheesecake americana, les queda de muerte. A diferencia de la que hace mi madre desde hace más de 20 años siguiendo la misma receta, en el Cañadío el queso les queda más cremoso y líquido y no por ello empeora. Para los amantes de la tarta de queso este es sin duda su plato si visitan este restaurante.

Tarta de Queso restaurante Cañadio
Tarta de Queso restaurante Cañadio

En general comimos bien aunque por debajo del nivel de otras visitas. El precio fue de 20 € por cabeza sin vino pero con 3 medias.

Lo que me rompe los huevos de comer en la zona de barra del Cañadío es que estás como sardinas en lata. Todas las mesas pegadas y con menos intimidad que cualquier líder mundial espiado por la inteligencia norteamericana.

Su web, en tripadvisor, en foursquare, en Google

Dirección: Calle de Gomez Oreña, 15; Santander

Cantidad: ni frío ni calor.
Calidad: un valor seguro.
Presentación: muy cuqui.
Servicio: gente maja.
Precio: si estas ahorrando no es tu mejor opción