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Stritfud santanderino: el sandwich peruano de Las Estaciones

Ahora que definitivamente parece que nos hemos vuelto todos estúpidos y el proceso de idiotización gastronómica sigue su inevitable curso, no paramos de leer cosas sobre food trucks -la furgoneta de los perritos de la Porticada de toda la vida- street food -como aquellas guarradas del Zampabollos o del Horno que nos apretábamos sentados en un capó- y el finger food -¡comer con las manos! ¡qué descubrimiento!- en El Perolo nos resignamos definitivamente y  nos rendimos a este Imperio del Mal, que diría un arzobispo, aunque los más conspicuos visionarios de la gastronomía y la sintaxis cubista estén advirtiendo que esta moda, cultura o negocio está tomando tintes de burbuja.

Ignorando uno de los enésimos markets, que no mercadillos, que eso suena a pobres, traemos un bocado que nos fascina, a precio de risa y que se come de pie en la calle. Hablamos del sandwich peruano del carro o puesto de las Estaciones, que ahora se asienta en la esquina entre Calderón de la Barca y Atilano Rodríguez, junto a la salida de los autobuses de cercanías, uno de esos puntos de urbanismo satánico de Santander.DSC_0204

No vais a encontrar aquí ingredientes selectos ni recetas falsamente refinadas, donde hamburguesas vulgares y cutres se trocan en gourmets por arte de pizarras de cuidada tipografía y los congelados más conseguidos, en recetas caseras. Aquí hay comida popular y de calle, en sentido estricto. Tampoco vais a encontrar barbas, gafas de pasta o supuestos modernos acercándose a una caravana decorada y modificada, no. Esto es un remolque modesto, apañado con ingenio en una de las esquinas menos agradables de la zona. No os pase como aquel de los Simpson, que buscando un falso antro acababa en un antro de verdad.

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Entrando en materia gastronómica, el principal elemento del sandwich (o sánguche que escriben en Perú) es el pollo hilado, esto es, un pollo asado hasta deshacerse en hebras, suavemente aromatizado. Junto a él, para acompañar, patatas paja crujientes y, aportando jugosidad, lechuga y tomate. Como colofón una estupenda salsa especial de la casa -el simpático peruano no quiso soltar prenda sobre su fórmula- que muy remotamente puede recordar a una salsa de yogur, pero de textura algo más líquida y, nos atrevemos a decir, cierto aroma a comino. Todo ello encerrado en un panecillo estilo hamburguesa con la suficiente consistencia. Nada de presentaciones cuquis y falsos papeles de periódico: te lo sirven en uno de esos sobres de kebab, y requiere cierta mañana comerlo sin pringarse.

Y todo esto por el módico precio de dos euros. Desde luego, no será una maravilla gastronómica, pero es comida rápida honesta, sin engaños, bastante sabrosa y a un precio tres o cuatro veces inferior a otros productos de igual o parecida calidad.

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La oferta gastronómica del puesto no es que sea muy variada y apostamos a que no hay nada que no esté frito. El nivel de guarrada es alto, pero si queréis rematar la jugada, hay variedades de patatas para todos los gustos e, incluso, salchipapas. Los más aventureros pueden tirarse por otros bocadillos como el tierra aire, el de filete ruso o el de pollo crujiente, y empujar el bolo alimenticio con alguno de los exóticos refrescos andinos. Nosotros, menos intrépidos, nos conformamos con una San Miguel (a euro la lata), aspecto claramente a mejorar.

Cuentan, además, con un local en los bajos de Santa Lucía (donde el antiguo Raices, para los más viejunos) ideal para degustar el sandwich tanto como base para la ingesta inmoderada de alcohol, como para reestablecer el orgullo camino de casa tras la enésima cobra en el Niágara.

Dirección: Plaza de las Estaciones, Santander. También en Santa Lucía 6, Santander

Cantidad: Más que suficiente.
Calidad: Mierda de la buena.
Presentación: A mano.
Servicio: Simpático y rápido.
Precio: De risa.

 

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La mar brava: un viaje al Perú

No somos grandes peritos en El Perolo en cocinas del mundo más o menos exóticas -salvo algún escarceo con el sushi o los mexicanos, con ilustre padrino en el segundo caso- pero no por ello podíamos ignorar que en el pasado año han comenzado su andadura varios establecimientos dedicados a una de las cocinas más de moda en este momento: la peruana. Así, un poco sin saber qué íbamos a encontrar, nos plantamos a comer en La Mar Brava, un peruano situado por la zona de la Avenida de los Castros que, en un sitio un poco escondido, ocupa el lugar de un antiguo bar de barrio.

La carta, no muy larga, se basa, como no podía ser de otra manera, en especialidades peruanas, con especial atención a cebiches, pero también a algún clásico de aquí, como las rabas o los rejos, pasados por un filtro de allí. Como andábamos un poco perdidos, el cocinero, ejerciendo también por momentos de camarero, nos recomendó. Y, tras una pequeña espera entretenida con una rica Cusqueña, cerveza negra del Perú, pudimos comprobar que acertó de pleno.

Abrimos el viaje con un tamal. Este platillo, como dice al otro lado del charco, tiene versiones en toda iberoamérica. En este caso, sobre una hoja de plátano -que le da un toque exótico a la presentación– una especie de masa de maíz, al borde del desastre de blanda, custodia unos pedazos de carne de cerdo muy sabrosa, algunas aceitunas y trocitos de ají que aportaban su picantillo. Como acompañamiento, corona el tamal una generosa cantidad de cebolla morada, marinada con limón y cilantro, lo que resta algo de la agresividad del bulbo. El conjunto combina muy bien sabores más dulces como el del maiz, la carne de cerdo más salada, picantes como el ají y, el ácido y el frescor de la cebolla con cilantro.

TamalComo segundo, prescindimos del tan traído cebiche y nos inclinamos por una de las especialidades chifa, esto es, la cocina que los cantoneses que emigraron a Perú adaptaron a los ingredientes y gustos locales: el arroz chaufa, en este caso, de pollo. Nos presentaron una pequeña gran pirámide de un arroz de grano largo, muy suelto, ligeramente tostado y muy bien especiado con pequeños trozos de pollo, cebolleta, pimiento y toques de jengibre. No penséis en un arroz frito de un chino cualquiera, pues este no resulta nada graso y es sutilmente aromático. Los aventureros de la escala de Scoville pueden probar a acompañarlo de una salsa de ajíes de potencia verdaderamente atómica.

Arroz chaufa

Para cerrar, una tarta de tiramisú al pisco. Si bien no estaba tan estupendo como los anteriores, el bizcocho borracho con el queso crema fueron una combinación bien resultona para cerrar.

Tiramisú pisco

En definitiva, estamos ante un local modesto pero agradable, con personal muy atento y un precio razonable. Una buena y sabrosa opción para iniciarse, sin prisas, porque el servicio no es especialmente rápido, en la comida peruana en un sitio que, a buen seguro, transportará a sus compatriotas al otro lado del Atlántico en los días de nostalgia

Dirección: Ramón Saénz de Andana, 17. Santander

Cantidad: Abundante, las raciones son buenas para compartir
Calidad: Notable, conocen bien su oficio.
Presentación: Sencilla sin renunciar a sus raíces.
Servicio: No es el más rápido pero es muy atento y aconseja.
Precio: Por poco más de 15 euros comes mucho.