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La Vaca Pasiega: La hamburguesa que ríe

En pleno verano  buscar un sitio para comer algo rápido y barato dentro del centro de Santander no siempre es fácil. Además cuando se te vienen a la mente las opciones disponibles se te repiten en la cabeza las mismas alternativas de siempre. Vamos, cómo cuando Revilla y Tezanos decidieron a los miembros de su gobierno. Sin embargo, debido a una efectiva campaña de publicidad o cómo quieres que se llame en estos tiempos modernos (hemos pasado del a “mi me contaron” al “yo he visto en Facebook”) nos iluminó nuestra mente para ir a “La Vaca Pasiega”, un establecimiento que se encuentra en la calle Santa Lucía. Para los licoretas, en el antiguo local que ocupaba el “Benghala” o el “Retros”.

Su propuesta es una adaptación del “fast food” con un punto más elaborado. Su carta no es extensa, aunque está bien diseñada y es clara en los ingredientes de cada plato. Eso sí, algo inflexible en las sugerencias del cliente. Cómo ejemplo, si podías quitar algún ingrediente que no te gustase de alguna hamburguesa pero no añadir, incluso pagando por ello. En este sentido,  un “poquito de por favor” que diría el portero.  Pero aparte de ello, había de todo. Eso sí, no estamos ante una hamburguesería premium. Corta y al pie.

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Pedimos un menú completo con patatas “teja”. El servicio nos informó que eran “Cómo las deluxe pero más gordas”. Macdonalds se ha quedado con la imposición lingüística en el sector de la carne picada. Aprende Artur. Bueno, yendo al lío, pues pedimos esa patata especial y una hamburguesa “raquera”, que para algo somos unos “kies” a la hora de escribir.

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La hamburguesa estaba buena, con un pan artesano triscante y además con miga, para recoger toda la grasa y la salsas del bocadillo; la carne, bien hecha, en opinión del perolero que les escribe un pelín demasiado hecha, pero en este tipo de establecimientos ni preguntan cómo la quieres y están a todo lo que dan trabajando. Por ello nos parece correcto cómo estaba. El resto de ingredientes que forman parte de esta hamburguesa (queso de nata, cebolla caramelizada y bacon) estaban bien buenos y hacían buena química con el resto de la hamburguesa. Nota aparte para los triperos: el tamaño es normal, ni es un “si te la comes te la pagamos” pero tampoco es del tamaño de la del menú infantil.

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Tema aparte las patatas fritas. Buena materia prima, nada de “herederos de McCain S.A” aunque en fritura se hacen a fuego muy fuerte y acaban cociéndose en vez de freírse. Vamos, cómo un autobus del Imserso en Benidorm. Hay casí que refrescarlas. Las patatas “teja” estaban buenas, aunque les pasa lo mismo que la anterior. Y al ser un trozo más grande, pues más cerca del puré que de la fritura.

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A destacar a favor la inversión en imagen del local. Ya basta de hacer cutreces en hostelería con “comic sans”. Además el empaquetado es original, incluso en sus bolsas de para llevarte la comida a casa.  Por otro lado muy a favor de ofrecer un sobre de ketchup gratis para acompañar. Entendemos que para salsas con más enjundia cómo la de aceitunas y anchoas, por ejemplo, se cobre un extra, pero es que la relación amorosa “comida rápida – ketchup” es tan duradera que sólo José Coronado podría romperla.

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Nos ha gustado la Vaca Pasiega como una opción intermedia (aunque tienen sus puntos negativos cómo los alumnos rebeldes que llegan a un nuevo instituto) entre  esas hamburguesas de 12 euros que parecen que sólo se pueden servir en estrellas Michelin y las plastas que te ponen en los locales que abren hasta el amanecer. Esos hornos donde rescatas a tu estomago del “tsunami” de copas que te has tomado.

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Dirección: Calle Santa Lucía 33. Santander

Cantidad: Normal. No te vas a comer la vaca entera.
Calidad: Un punto por encima de la media. Buena.
Presentación: Cantabrian fast-food version.
Servicio: Majos y currando a tope.
Precio: Hamburguesa, patatas y bebida: 7,50 €. Pensad que en las franquicias te cobran lo mismo, así que bien.

 

Nobrac, el algodón no engaña

Nuestra primera temporada coincidió con la aparición en Santander de un gran número de nuevos locales, por los que tuvimos que pasar por el run run generado alrededor de ellos. Dos de los que más nos llamaron la atención fueron, el Cadelo y el Nobrac. Del Cadelo ya hicimos re-post y ahora era el momento de volver a pasar por el Nobrac…

Tarde de domingo de esas que no sabes muy bien que hacer con tu vida. Lo único que tienes claro es que no quieres cocinar y que cualquier plan que te propongan te va a parecer el mejor del mundo mundial, vamos como si te dicen que ponen a un gorila de consejero de cultura en vez de a Marcano. Así que después  de unas cañas y unas rabas alguien del grupo plantea.. ¿y unas hamburguesa en el Nobrac?. Al resto se nos abre el ojo y sin dudar decimos… “palante”.

Al llegar parece que tenemos suerte y hay una mesa en la terraza. Tras una rápida ojeada a la carta, hay mas hambre que voluntarios para ser consejeros, decidimos pedir unos starters para compartir y una hamburguesa por cabeza.

El primer starter en llegar es una de las novedades de la carta, un fish&chips. Un acierto de primera por parte de la gente de Nobrac al incluir este plato. El pescado viene con un rebozado tipo orly, uniforme y crujiente, que le da al pescado una textura excepcional. Un pescado sabroso que además viene acompañado de una ración generosa de patatas y una mayonesa suave. “Aquí no hacen nada en broma” señala uno de los comensales.

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El segundo starter fueron unos krunchys, trozos de pollo rebozados con pan rallado y maíz que le daba crujiente al plato. El pollo estaba muy sabroso y viene además acompañado por una salsa de mostaza suave que te deja ganas de bebértela directamente del vasito.

Krunchys-nobrac

En la elección del bocadillo principal hubo menos variedad que en la parrilla de televisión de un sábado por la noche, la Poulet ganó por goleada… La Poulet es una hamburguesa de pollo que viene dentro de un pan brioche acompañada de queso brie, cebolla confitada, espinaca, mostaza y miel. Esta hamburguesa es probablemente la mejor de la carta, aunque la del otro día no fue la mejor que hemos comido en Nobrac.

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El otro bocadillo que probamos fue la Hamburguesa del mes, 2 piezas de 100 gr de carne de ternera acompañada de queso cheedar, mango y salsa de tomate.

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La hamburguesa estaba muy buena, la carne en su punto y el mango le aportaba un toque dulzón que resaltaba la carne. El único pero de la hamburguesa, es que no fuese acompañado de un bacon fino y crujiente, por cierto, algo imposible de encontrar en ninguna hamburgueseria de Cantabria.

Pero si pensáis que eso termina aquí es que todavía no habéis descubierto lo gochos que podemos ser… En el postre tuvimos que probar todas las tartas que tenían ese día en el local: brownie con helado, red Velvet y tarta de 3 chocolates.

El brownie bien de cocción, esponjoso y sabroso. El único pero la diminuta bola de helado que lo acompañaba.

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La red velvet fue quizá lo más flojo de toda la comida. Sin estar mal se la notaba que no era del día… La que si que estaba realmente buena era la tarta de chocolate, esponjosa y con mucho sabor a chocolate no como esas que hay por algunos locales que lo más cerca que han estado del chocolate es lo mismo que nosotros de ser críticos del País.

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En definitiva el Nobrac paso de nuevo la prueba del algodón con nota alta. Una de las mejores hamburgués rías de Santander que merece una visita. Aquí su web por si queréis cotillear un poco.

Dirección: Travesía de Río de la Pila, 3; Santander

Cantidad: Bien. Todos los platos son de buen tamaño
Calidad: Muy buena.
Presentación: muy cuqui.
Servicio: siguen siendo gente muy maja.
Precio: Calculad entre 10 y 12€ por persona.

1974: Queremos carnaza

Actualización Marzo 2016: el conocido “1974” se ha quedado en ese año. Ahora el bar es conocido cómo “Arte 3”.

En plena semana santa, andábamos de procesión buscando un sitio para cenar en el que nunca hubiésemos estado, la comida estuviese buena, el precio fuese barato y hubiese mesas libres. Ya que estamos celebrando milagros, por pedir que no sea. Tras descartar alguno de nuestros restaurantes favoritos, ya sea por el completo en sus mesas (cómo pudimos comprobar en “La Tasca”) o porque salimos escaldados de otras visitas (cómo en “La Compañia”) paramos en plena plaza de Cañadio en el “1974”; un bar que ocupa desde Daoiz y Velarde hasta la plaza el antiguo local de “La despensa”, bar que era famoso por sus empanadas de carne y pinchos.

El “1974” mezcla la barra de un bar de toda la vida (nada de cristaleras con 20000 tipos de pinchos; parecen las cajas del 1,2,3; adivina cual es la que aciertas) con varias mesas para poder comer algún plato rápido de su carta. Tuvimos la suerte excepcional (aunque también nos daba miedo) que había una mesa libre. Aprovechamos y nos sentamos. Cómo hilo musical, las admoniciones de una familia de turistas sobre amoríos a su hija preadolescente ¡Cómo hubiese disfrutado el crápula de Humbert Humbert ante tan preciosa estampa familiar!

Solicitamos cómo entrante los nachos con guacamole, y una hamburguesa por persona. Para beber una copa de vino y una caña; que no se diga que nosotros no hemos empezado la fiesta de la democracia, ni la borrachera de promesas electorales. Llegó el entrante, y lo que eran nachos se convirtió en unos deliciosos totopos que podías comer solos. Crujientes, grandes y tostados. Una delicia triscante que para nada esperábamos. Algún restaurante mexicano debería aprender de ellos. El guacamole venía con una salsa agria por encima con unas tiras de queso. Puro “gochismo”. La incomodidad del recipiente donde se encontraba impidió rebañar más. La vajilla en la que sirvió ese plató fue más incomoda que el extracto de cuenta de los Pujol en Andorra. A veces lo sencillo es mucho mejor.

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Después llegó el plato fuerte: las hamburguesas. Seguimos con las modas y la incomodidad de los cestillos, al estilo de una freidora, para poner las guarniciones. Las patatas fritas que venían, que estaban buenas por su fritura y tamaño, tenías que buscarlas y destaparlas del papel decorativo del cesto. Así que nos pusimos el sombrero de ala ancha y el látigo para emular a Indiana Jones y extraer hasta la última patatas y poder degustar el sabor de este acompañamiento. Una pura excavación arqueológica. Uno de los comensales pidió la hamburguesa “italiana”. Con este título no podemos dudar de que sus ingredientes serían un derroche de imaginación e introversión en la cocina transalpina. Si, ya lo habéis adivinado… queso mozarella y pesto. Lo dicho, no lo esperábamos. Dejemos de un lado los prejuicios sobre el nombre del plato y vamos al grano. Primer punto a favor: el pan aguanta toda la hamburguesa. No llega a volatizarse a medida que lo vas comiendo. Se acompaña de un palillo para sostener la misma, pero no es necesario. Este pan aguanta más que una lista crítica de “Podemos” en unas primarias. A partir de ahí la mezcla pesto+queso fundido+carne+el resto está muy rica. Igual podrían hacerse un poco más la carne, pero ahí está en vuestra elección pedir con antelación al camarero el punto de la misma. El plato es contudente, y difícil es que llegues con hambre. Pero bueno, si Esperanza Aguirre ha vuelto, porqué no vas a tener sitio para el postre.

1974_hamburguesa_italiana

Sobre la otra hamburguesa que se pidió, se eligió la “mexicana”. Otro título original para que no te pierdas con sus ingredientes. Repetimos lo que hemos dicho sobre carne y pan y los demás elementos comunes. En esta, el guacamole y la salsa mexicana -perdonad nuestra memoria, tenía un nombre más específico- hacían un buen tandem y aportaban un punto fresco y picantillo (tampoco mucho) a una hamburguesa bien equilibrada.

1974_hamburguesa_mexicana

Finalmente, todo salió por una cuenta de 13,70 € por cabeza. Teniendo en cuenta el entrante y que las hamburguesas llevaban su ración de patatas fritas no está tan mal, aunque en lo que es la presentación de los platos podrían volver al año del nombre de local, y presentarlos en duralex, por ejemplo. Seguro que sería más fácil comer sus especialidades. En definitiva, “1974” está en la transición entre una hamburguesería cualquiera o pasar al estado de los “premium” y ser referente de trozo de carne picada entre pan y pan. De momento, sigue ganando tiempo para llegar a 2015.

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Dirección: Plaza de Cañadio, Santander.

Cantidad: Grande. Esta preparado para recibir a hombres con 3 estómagos.
Calidad: Bien. No estará entre las mejores hamburguesas, pero en caso de urgencia cumple.
Presentación: Incómoda. Se tomaron demasiado en serio lo de "se come por la vista".
Servicio: Un pelín lentos, pero nada que os haga mirar el reloj varias veces.
Precio: Normal. No es barato, pero es que no estamos pidiendo un Mc Menu. 13,50€/persona.

La Oliva: La dificultad de las elaboraciones sencillas

El mandamiento que siempre nos ha gustado más es el de “Santificarás las fiestas” y por ello celebramos recientemente el patrón de Astillero, San José (el padre que nunca lo fue), acudiendo a un restaurante de este municipio llamado “La Oliva” en la antigua carretera nacional. Fuimos a cenar y probar su especialidad, las sartenes de huevos fritos, una receta que viene del antiguo restaurante que llevaron (La Vegana) y que siguen ofreciendo con una variedad de complementos mucho más amplia que la lista de sectores de “Podemos”.

Antes de acudir al plato principal con la voracidad que nos caracteriza, pedimos un par de entrantes para ver cómo andaban en el resto de opciones que ofrecían en una carta muy amplia. Sorprendente en estos tiempos de reducir el abanico de opciones al comensal y sólo presentar una hoja cómo carta que “La Oliva” ofrezca bastantes secciones de picoteo y platos principales. Sin embargo, el diseño de la misma no lo hace parecer una guía telefónica de la posguerra ni el último guión completo de la trilogía de ” El Hobbit”.

Solicitamos la ración de croquetas caseras (en otro giro inesperado de nuestro blog) y setas a la plancha. La ración de croquetas era variada, con rellenos de distintos sabores. Probamos la croqueta de bacalao (“It’s vigilia time”), la de morcilla y la de carne de cocido. Las tres bien fritas, bechamel suave y sabores fuertes. En cada una de ellas podías distinguir al primer mordisco cual estabas comiendo. A destacar las de morcilla que en nuestra opinión eran una delicia comprimida de los productos de la matanza (“Vigilia what?”).

Croquetas_la_oliva

A continuación, llegó a nuestra mesa la ración de setas a la plancha. Una parrillada en condiciones, con las setas condimentadas con el ajo y perejil que alegran el plato. Textura buena, sabor supremo y de regalo esa grasilla para mojar el pan que sabes que en la dieta que te ha dado tu nutricionista de cabecera (¿quien no tiene hoy en día un dietista, un “coach” y un “personal trainer”?) es objeto de delito penado con 3 días a verduras. Pero no estamos en tiempo de amarguras, que ya nos lo dice el gobierno que va todo bien. Así que a gastar miga en el plato cómo si no hubiese mañana…que tirar de tupper de nuestras madres.

setas_la_oliva

Y llegamos al plato estrella: los huevos fritos con patatas y lo que surja. En este caso, pedimos la ración de “Huevos al Picón” y “Huevos con Foie”. En ambos casos, el camarero llegó, nos sirvió los platos, y en un ejercicio de interpretación que inspiró al mismísimo Tim Burton para su escena de la poda en “Eduardo Manostijeras”, llegó con un cuchillo y un tenedor y nos partió los huevos delante nuestro para mezclar todos los ingredientes.  Los huevos al picón, mezcla arriesgada donde las haya: Llevaban gulas y queso picón en cantidades similares. Estábamos indecisos por conocer si esta coalición extrema de campo y “mar” (que os vamos a contar de las gulas que no sepáis…) llegarían con éxito a nuestros estómagos. Y por mayoría absoluta nos encantó. El queso se funde con el calor de la sartén y hace una salsa con la yema del huevo frito en las patatas que es soberbia. Qué desgracia es ver con resignación que el plato se ha acabado y que no queda más para comer. Si, nos sentíamos mas desangelados que los astrónomos del IFCA esperando el próximo acontecimiento planetario (no otro mundial de vela) porque ya no había nada que untar.

huevos_picon_La_Oliva

Después, tras el buen sabor de boca de la primera ración de huevos, llegó la segunda y más conocida: los huevos con foie. Por segunda vez, el camarero se puso a cortar el plato cómo Llongeras desplumaba a sus modelos. Zas, zas, zas. El florecer de la yema del huevo volvía a impregnar todo el plato. Una guarrindogada, si, pero que estaba cojonuda. El foie le da una untuosidad a un plato básico con unas buenas patatas fritas. Además aquí ya llegamos casi al final de nuestra estación en le recorrido por La Oliva. Estamos a punto de reventar.

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Pero nosotros no nos rendimos y quisimos rematar nuestra opípara cena con unos postres para bajar el festín de grasa que nos habíamos pegado a gusto. Probamos el helado de vainilla con Pedro Ximenez y la mousse de chocolate. Postres fríos, digestivos, y en el caso del helado de buen tamaño, en el que de los 4 comensales 3 podrían comer bastante. Si, podemos afirmar que en este último caso la ecuación “pareja que pide postre uno sólo pero traéme una cucharilla para mi novio/a” no deja una sensación en el estómago de vacío unos de los dos componentes de la relación. En La Oliva no acabarán en divorcio las relaciones por una cucharilla de menos. La mousse estaba bien montada y fría. Igual sobraba el “chorretón” de nata montada, pero para gustos están los colores y las encuestas electorales de los periódicos.

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En resumen, esta cena de platos sencillos, pero con buenos ingredientes y cocinados de forma notable, junto a dos botellas de agua, copa de vino y copa de cerveza, salió a 15 euros por persona en una mesa de 4 clientes. A este precio tan bueno, en un comedor muy bien decorado y con un servicio excelente, creo que no sólo visitaremos “La Oliva” por fiestas. Es más, estamos pensando celebrar con más frecuencia el día del señor, o mejor la víspera del Domingo, no sea que nos pille en casa y tengamos que ver “La sexta noche” en la televisión cómo expiación a nuestros pecados.

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Dirección: Calle La Prosperidad 2, El Astillero (Cantabria).

Cantidad: Bien. No es a reventar los platos, pero quedas satisfecho. 
Calidad: Buena mano para hacer cosas sencillas.
Presentación: No estamos en un museo. Así que ni te vas a dar cuenta.
Servicio: Cómo los buenos árbitros de fútbol, su presencia no se notó. Muy bien.
Precio: Barato. Con postre y sin botella de vino salió por menos de 15€.

Bibo en el Mc Donald’s: la última frontera

Ahora que la alta cocina se ha convertido en el nuevo rock ‘n’ roll (ahí tenéis a Ferrán Adrià diciendo cada cosa que ni Jim Morrison todo empapadito de ácido lisérgico), no iba a tardar en salir algún irredento pureta a reprochar a una de las nuevas estrellas que es un vendido, como cuando aquel grupo tan duro, genuino y comprometido sacó aquella mierda de disco comercial y mainstream. Pues, más o menos, eso ha hecho Dani García, chef marbellí con dos estrellas Michelin, creando una hamburguesa para McDonald’s, el gran satanás gastronómico, en entender de muchos. A nosotros no nos parece mal, que conste: Dani García tiene derecho a ganarse las alubias como mejor considere -como hacemos todos nosotros- y McDonald’s está en su pleno derecho de intentar dignificar su producto, como esas actrices porno que salen en JotDown hablando de libros, y atraer nuevos clientes.

Como no tenemos vergüenza, y después de ser preguntados por algunos amables tuiteros sobre si íbamos a probar el nuevo engendro producto de McDonald’s, le dimos una vuelta a la cabeza y dijimos, “¿y por qué no?”. Total, hemos venido aquí a jugar y, como decimos en el decálogo, nos vamos a reír hasta de nosotros mismos. Seguramente a más de uno le parecerá mal, pero, como decía el facha de González Ruano, cuando los caciques de vía estrecha partan el bacalao, nosotros comeremos salmón.

Después de esta lamentable justificación, pasamos al bocado en sí. Para la cata esperamos un tiempo prudencial y fuimos, a la hora de comer, al flamante smartrestaurante McDonald’s de la S-20, que parece lleno a todas horas, Así que, tras apenas un par de minutos de espera, ya teníamos nuestra bandeja con el menú completo (ya que nos íbamos a autodestruir un poco, que fuese en condiciones): Hamburguesa “Bibo” (en caja de cartón, todo un lujo), patatas deluxe con su salsa reglamentaria, y medio litro de Lipton, que nos habían dicho que la nueva añada era afrutada en boca y con un retrogusto mineral.

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El objeto de la polémica: BIBO de Dani García

Empecemos por la carne. Como todos los sándwiches de McDonald’s la carne es lo que es: una pastilla de picado vacuno, siempre en el mismo punto, siempre con el mismo sabor, sea 100% de Extremadura o de Papúa Nueva Ginea. Nada nuevo bajo el sol, pero seríamos muy inocentes si lo esperásemos. El bollo, así como con un recuerdo del pretzel y demás variedades centroeuropeas, no era malo, pues mantiene la consistencia, abarca bien las pastillas de carne y tiene un sabor y textura decentes. La lechuga, totalmente irrelevante, para qué extendernos más. La laminita, casi transparente, de queso aportaba su regusto, aunque quizá demasiado escondida por el resto de ingredientes. La cebolla crujiente nos encanta en este tipo de guarradas, que siempre les da un punto especial, entre su textura y su sabor intenso y reconcentrado.

Mención aparte merece la salsa secreta, que es donde, imaginamos, se ha plasmado el genio de Dani García. Su sabor se sale de lo común (a veces notas de anchoa, otras un toque de olivas… seguimos discutiendo) y lo generoso de su cantidad consigue empapar toda la hamburguesa y hacerla jugosa. En resumen, la salsa por sí sola justifica el sobreprecio de la “Bibo” sobre el resto de productos de la cadena.

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La BIBO ya seccionada. Noten lo bien que muerde uno de los nuestros

Rematamos con las siempre deliciosas patatas deluxe. Absolutamente comerciales, en el mejor sentido de la palabra: siempre bien fritas, con la sal adecuada, con esa salsa cremosa. Sí, son congeladas, a saber cuanto tienen de patata, obstruirán nuestras arterias, pero nos chiflan. Un guilty pleasure en toda regla.

En conclusión: la “Bibo” se deja comer más que bien, especialmente la salsa, que está para rebañar con los dedos en el cartón. El que esperase otra cosa -una hamburguesa gourmet de verdad- o es tonto o vive en la inopia: McDonald’s no deja de ser una malvadísima multinacional (música de terror aquí) que busca maximizar el beneficio con personal poco pagado y no cualificado (como tú y yo cuando curramos aquel verano a los 20). El que quiera otra cosa, que vaya a Musli, Nobrac, el Baruco, o similares, que los hay y muchos. Como diría Clinton: es el McDonald’s, estúpido.

No os dejamos ni mapa ni dirección, que ya sabéis donde está.

Cantidad: Es McDonald's.
Calidad: Es McDonald's. La salsa está tremenda.
Presentación: Es McDonald's. En caja de cartón.
Servicio: Es McDonald's. Muy rápido.
Precio: Menú grande (patatas y bebida), por 7,75€.

Aquí te pillo, aquí te como en La Cátedra

Día de entre semana, poco tiempo para comer, hambre mucha… Sin duda es un panorama crítico para un perolista, ya que aquí somos de acomodar las posaderas y disfrutar sin prisa pero sin pausa de las viandas que se crucen en nuestro camino.

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Sin embargo cuando no es así, cuando el hambre y el tiempo aprietan toca tomar decisiones rápidas y acertadas. Una buena solución es acercarse a La Cátedra, en la calle Del Medio, 5 de Santander.

Nos sorprendió de todas formas que no ofrecieran menú. A cambio plato del día… unos espaguetis a la boloñesa. Cuando todo parecía perdido vino a nuestra mente una visita en el año 2013 A.P. (Antes del Perolo) en la que disfrutamos de un buen entrecot. Y eso hicimos, fiarlo todo a la carne.

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Plato único. Entrecot al punto y entrecot poco hecho. Acompañamiento de patatas fritas, una salsa picante que identificamos con el mojo picón (muy picón) y ensalada.

La realidad es que la carne al punto estaba un pelín seca, aunque sabrosa, sin nervios y una grasa aceptable. Acertó más el perolista que optó por la carne poco hecha, con todo lo bueno de su acompañante y encima más jugosa.

En cuanto a las patatas, de diez. No eran congeladas, con el punto de fritura ideal, crujientes, sabrosas e irregulares, cortadas minutos antes por la cocinera. Así sí.

La ensalada no era nada del otro mundo. Unos “matojos” de esos que venden en bolsas a un euro en el Mercadona.

El supuesto (porque no lo sabemos) mojo picón estaba un pelín agrio para nuestro gusto. Aceptable.

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Acompañamos la comida con una copa de Ribera del Duero (La Planta). Correcto.

A la hora de pagar, también tomamos café, la “broma” se fue a doce euros y medio. Correcto también.

 Dirección: Calle del Medio, 5; Santander

Cantidad: Suficiente.
Calidad: Bien.
Servicio: Eficiente y agradable.
Precio: Entrecot, pan, copa de vino y café 12,50 € -  Correcto.

Casa Sampedro, el paraíso del congelado.

Andábamos un Viernes noche con cero expectativas de buscar algún sitio. Nuestro “buscador” particular de un sitio bueno, bonito y barato ofrecía menos resultados correctos que las previsiones del gobierno en economía. Al final  alguien pensó y propuso que fuesemos a “Casa Sampedro”, un local veterano de la hostelería cántabra situado en Peñacastillo, a las afueras de Santander.

El restaurante no hace reservas, algo lógico, ya que el bar tenía lleno hasta las terrazas; y eso que corría “la fresca” en el exterior: no hacía falta echar hielos a las bebidas; ya venían con escarcha incluida. Por ello, decidimos esperar cerveza en mano para que nos diesen mesa.  Una vez dentro, nos sentaron en una bonita estancia decorada con objetos vetustos o/y hipsters (un vinilo de Albano y Romina nos observaba cómo comíamos) teniendo que acceder cruzando la barra; el local se aprovecha hasta el último rincón para hacer caja.

La carta está llena de raciones y una pequeña selección de platos individuales. Cómo eramos un grupo numeroso, aunque tampoco muchos cómo para formar un equipo de fútbol, nos tiramos por seleccionar raciones varias.  No teníamos mucha idea de qué pedir, y el servicio ayudaba menos que “Clipo” en un documento en blanco de Word. En primer lugar pedimos los platos que consideramos básicos para calibrar el nivel de la cocina: rabas y croquetas.

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Las rabas, las definiríamos cómo “chiclosas”. La fritura estaba buena, pero tampoco es que fueran una maravilla. Aunque veáis en la foto el limón, no se le echó ya que en caso contrario seriamos expulsados del club de puristas de la cocina regional. Las croquetas que pedimos eran de cecina y queso picón. Las de cecina, si las hubiesen puesto un par de minutos más en la freidora hubiese sido perfecto. Lo que ocurrió es que acabamos masticando una bechamel y unos trozos de cecina que parecían piedras. Trozos duros y fríos. Un error de libro en un restaurante. Por otra parte las de queso picón estaban bastante buenas.

Solicitamos luego jijas, tiras de pollo rebozadas y patatas con salsas. Las jijas, saladas (¡Qué noche la de aquel día! y no porque viésemos la pelicula de los Beatles; no paramos de beber agua); las tiras de pollo buenas, destacando la salsa de queso picón. Las patatas, bastas, grasientas y con un pegote de salsas. No tenían ninguna gana en presentar los platos.
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A continuación llegó una cecina bastante buena, para hacerte un bocadillo con ella,  y una morcilla de Burgos frita sin ninguna gracia, con una cebolla que más que pasada por la sarten estaba chamuscada. En serio, con la cantidad de comensales que van y la cola que había para sentarse, no les hace falta preparar para nada los platos.  Su idea parece que es la de “soltamos las raciones y que engullan cómo pavos”.

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Aunque las fotos que os mostramos están tomadas muy cerca de cada ración; no os engañéis: las raciones son enanas, minúsculas, infantiles. Presentado todo en cazuelitas, platos de postre y otros recipientes salidos de la cocina de “playskool”, tuvimos que pedir una ración extra de setas a la sartén y pimientos del Padrón (que no picó ni uno de los que comimos, sospechoso) para poder decir que habíamos cenado en unas mínimas condiciones.

Algunos nos lanzamos al postre, y cómo anécdota la foto inferior es de un Tiramisú. Si, pensamos lo mismo, que  suerte que  Toto Riina no ha pasado por aquí. Hubiese sido una carnicería.

tiramisu-casa-sanpedroPara resumir, un sitio con fama, siempre lleno y que pensábamos que íbamos a salir satisfechos, acabó convirtiéndose en un local que no recomendamos en absoluto si queréis ir a picar algo. Casi mejor que paréis en el Mc Auto y os llevéis la cena a casa.

Dirección: Calle Adarzo, 94; Santander

Cantidad: Han atomizado las raciones
Calidad: Pasarían el control de calidad de Findus
Presentación: Ganadores del lanzamiento de comida al plato, estilo libre. 
Servicio: No les preguntes sugerencias, no te las van a dar.
Precio: más inflado que la burburja inmobiliaria