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Pommodoro: todo por la pasta

Un tranquilo mediodía de la peculiar primavera norteña aparece en nuestros estómagos una gusa sobrehumana y, ante  la perspectiva de otro aburrido menú del día para afrontar una tarde de trabajo duro, no nos queda otra que agarrar el teléfono y buscar a alguna camarada perolero para una sesión de terapia frente a la comida. La respuesta al otro lado de la línea es clara: pasta, pasta, pasta. Maravilloso trigo con alguna salsa que de energía y reconforte el alma. Curiosamente, el centro de Santander no parece muy pródigo en buenos italianos, aunque parezca que la tendencia se invierte, pero sí las afueras, donde aparecen diseminados.

Tras intentarlo en L’Arrabiatta -todavía no sabemos si estaba cerrado o la falta de nutrientes nos impidió discernir correctamente- encontramos Pommodoro (¿cuántos italianos puede haber en el mundo con ese nombre? ¿un millón?), una casa con cierto recorrido y de la que teníamos decentes referencias.

Acomodados en un local no muy grande pero con aparcamiento más o menos fácil, empezamos nuestro festín de carbohidratos (un saludo a la Reina Letizia) con unos crostini. Cuatro tostaditas con queso y algún aditamento encima, algunos mejores que otros: bueno el de gorgonzola, sabroso el de berenjena, un poco extraño el de champiñones y aburrido el de jamón. En todo caso, ración generosa para empezar sin ser nada del otro jueves.

Pommodoro_crostini

Luego atacamos la pasta. Por un lado aparecieron unos farfalle con salsa de Gorgonzola. Plato inmenso, océano de queso derretido entre “mariposas” un poco más allá pasadas de cocción de lo habitual en el país de la bota pero sin ser un pasta de cantina escolar.

Pommodoro_farfalle_gorgonzola

La opción más gocha nos empujó a unos gnocchi (ñoquis para los amigos) a la puttanesca. Aprueban los ñoquis, que afortunadamente ni estaban pasados ni parecían de chicle, y una muy buena impresión de la salsa, bastante equilibrada, pues a un buen fondo de tomate debemos añadir no resultaba ni demasiado aceitosa, ni muy salada por las anchoas ni con demasiado gusto a alcaparra. Un plato correcto de pasta que, sin llegar a excelente, si resulta satisfactorio.

Pommodoro_gnocchi_puttanesca

Para rematar, de postre un tiramisú del cual podíamos haber prescindido o haber elegido otra cosa: sin mucha gracia ni arte, aunque sin ser desagradable.

Pommodoro_tiramisu

En definitiva, Pommodoro cumple bien en su labor de satisfacer nuestras ansias de una pasta decente, aunque no excelente (¡viva la poesía!). Cumple con seguridad y elegancia, más como uno de esos viejos guardametas italianos que como un central leñero: no es el más barato pero tampoco te irás con una buena patada en la cartera.

Dirección:  Avda. Marques de Valdecilla, 83. Soto de la Marina

Cantidad: Como para salir rodando.
Calidad: Bien, cumple sin brillar.
Presentación: Sencilla y ajustada al lugar. 
Servicio: Correcto.
Precio: No es el más barato: 15-20€.

Britannia: Pim, pam… ¡pizza!

Teníamos ganas de venir a la pizzería Britannia, uno de los negocios más vetustos a la hora de llevar comida a domicilio en Santander. Ahora que se pide la comida a golpe de click, Britannia fue de los primeros en traer sus pizzas a tu casa, y del éxito de su negocio se expandió, con dos locales en General Dávila y desde hace unos años cambiandolo por un local más grande a las afueras de la ciudad. Ahora están en el comienzo de la autovía S-20, allí donde hasta hace poco los prados con vacas se convirtieron en  promociones inmobiliarias durante la era dorada del cemento.

Una decisión arriesgada, ya que para poder llegar es casi imprescindible usar vehiculo privado, pero damos fé de que no ha restado público a su local ni a sus pedidos. Tal es su éxito que era la tercera vez que intentamos cenar en el local, y esta vez tuvimos que esperar un cuarto de hora para poder sentarnos. La demanda de espacio es más complicada que el orden de los escaños en el congreso de los diputados.

Así que una vez en nuestra mesa nos trajeron su carta. Una lista de platos detallados punto por punto, lo que la convertía en una guía más larga que las instrucciones de uso de una termomix. Los peroleros queríamos probar la variedad de la carta, asi que cada uno pidió un plato diferente.

En primer lugar, el integrante del grupo más talibán contra las dietas pidió pasta para cenar. Hidratos por la noche, porque nos gusta reventar el régimen norcoreano de verdura hervida. Y hablando de radicalismos, atención amantes de la cocina italiana: se pidió tallarines a la carbonara, que evidentemente estaban hechos con… nata. Que queréis que os digamos, salvo que aquí en la carta ya especificaron los ingredientes de su salsa. El plato era muy grande, tan profundo que se podía hacer natación sincronizada en su fondo ,igual con más suerte que la selección española. La pasta no estaba “al dente” pero tampoco recocida y la salsa estaba bien de gusto, sobretodo por el sabor a pimienta negra.

Britannia_carbonara

El siguiente comensal pidió lasaña de carne con curry. En otro plato inmenso, tan grande que te traen una paleta para extraerlo (un poco más y suena la marcha nupcial en el restaurante) y hasta arriba de carne especiada con curry. Ahí está a la vez su mayor fortaleza y debilidad: el sabor es diferente y sabroso pero acabas hasta la coronilla de la lasaña. Así que ojo, porque puedes acabar del curry más harto que la elección de la sede del MUPAC.

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Por último el tercer perolero pidió pizza vegetal; si, como siga este integrante vamos a dejar de ser “compi yoguis”. Y Britannia sigue haciendo las pizzas con la misma receta que tanto éxito le ha dado durante estos años: una pizza de tamaño individual suficiente, con una base de pan fuerte y siempre con esa capa de grasa que te convierte en experto en “gochismo” desde el primer bocado.  Una delicia prohibida.

Britannia_pizza

Pizzeria Britannia sigue fiel a su estilo, algo lógico teniendo en cuenta lo bien que les va. No es una opción para sibaritas de la cocina internacional, pero por precio y cantidad quedas más que satisfecho. Antes de que triunfase el naranja en las encuestas de Metroscopia ya había una cocina que tenía más apoyos que Pedro Sánchez en una sesión de investidura.

Os dejamos su web y Facebook.

Dirección: Calle Luis Riera Vega S/N. Santander, 39012.

Cantidad: Brutalismo.
Calidad: Batalla de las Ardenas.
Presentación: Sobria. Nada de aderezos decorativos.
Servicio: Excelente. Cómo mayordomos del anuncio de Ferrero Roché.
Precio: Normal. Draghi no bajará más los tipos para que vayas a comer.

Pizzería Vittorio: La caída del Imperio Romano

Es verdad que a veces vamos a restaurantes muy finos y otras veces nos dejamos llevar por la pereza sobre qué sitio elegir y aceptamos lo primero que nos den. Y en cuanto a comida italiana en Santander puedes elegir entre el restaurante fino (muy apropiado para aquellos que quiera iniciar sus proyectos de pareja y/o chuscamiento) y las tascas baratas donde vas a ponerte hasta las trancas de pizza.

Anoche elegimos de los últimos (nuestros proyectos de pareja y/o chuscamiento son más escasos que un dirigente del PSOE de Cantabria sin cargo) y nos fuimos a una opción que siempre tenemos en nuestra recamara. Es la pizzeria Vittorio, antigua “Archetto”, en la bajada de la Encina, justo unos metros por encima del bar Manila, el templo (o no según quien preguntes) de la tortilla de patata.

La carta del Vittorio está fundamentalmente compuesta por pizzas en sus diversas modalidades, con una sección de ensaladas y platos de pasta. Tampoco es que sea muchas las opciones a elegir, pero tampoco vamos a comernos la carta completa. De momento probaremos un poco de todo para ver si la cocina mantiene el buen nivel que nos comentan desde hace tiempo.

Uno de los peroleros pidió la lasaña de carne; el pobre había estado todo el día en el sofa y sufría el síndrome de Garfield. El plato estaba, y no es exageración, hasta arriba de queso “presuntamente” parmesano por todo el plato. Directamente había que pedir un permiso de perforación para llegar hasta la lasaña. Cuando una vez que la consejería de industria nos lo concedió y pudimos extraer la pasta rellena de carne picada, nos encontramos con un plato de elaboración normal. No es que una lasaña precocinada de Findus esté mejor, pero la verdad es que este plato pasó sin pena ni gloria por nuestros estómagos. Seguramente, si sirviesen este plato en el país de la bota, los gestos de exageración de los clientes con las manos crearían energía cinética para iluminar todo Napoles por un año.

Lasaña_Vittorio

Otro de nuestros compañeros pidió la pizza romana. Podemos decir que generó en nosotros sentimientos encontrados. Por un lado, la masa nos parece bastante conseguida, quizá no excelente pero sí muy decente, con un punto crujiente por el borde pero nada seca y cierto aroma a buena fermentación. Sin embargo, el relleno de la pizza es donde la misma baja sus puntos. Siguiendo a grandes entendedores de la materia como Ibán Yarza, en la pizza, menos es más, por lo que si tienes una buena masa, no es necesario empapuzarla y rebosar la pizza con un relleno excesivo y grasiento. Así, a Vittorio le sobra un poco de tomate, bastante queso y, en nuestra modesta opinión, un punto menos de horno para que ingredientes como la anchoa no se desintegren.

Pizza_romana_Vittorio

Para ver finalmente cómo andaban en la cocina con las recetas italianas pedimos postre. Por un lado, un tiramisú que cómo todos los que se hacen en España (o el 90% que hemos probado en restaurantes locales) tiene café para alimentar todo un bar de funcionarios un lunes por la mañana. Aparte que no estaba frío y por ello se desmoronaba al primer bocado. La crema de mascarpone estaba buena así cómo el cacao pero sin salvar el sabor a café. El otro postre que se pidió fue una pannacotta, discreta, sin demasiado sabor ni una textura especiales, pero tampoco para fusilar a su creador.

Tiramisu_Vittorio (1)

Finalmente, el resultado por el precio que pagamos estaba bastante bien, porque fue muy barato. Pero así como “Il cavaliere” cambia de siglas políticas sin modificar ni un punto de su programa político, el cambio de nombre de Pizzeria Vittorio es sólo un lavado de cara, porque el resto sigue igual, para bien (sus pizzas están buenas y tienen un precio equilibrado) cómo para mal (sus platos están con aprobado justo y cada vez hay más restaurantes italianos que los hacen mejor por un precio parecido). Así que queda en vuestras manos, lectores. Al final los clientes, cómo los votantes, son los que dan la razón si es suficiente con lo que se hace o se deben hacer reformas. Y eso que en Italia llevan unos cuantos años sin parar de cambiar gobiernos…

Os dejamos su web (old school versión), facebook y para pedidos a domiclio en just-eat.

Dirección: Bajada de la Encina 6, Santander, 39005

Cantidad: Acabas cómo Pavarotti.
Calidad: Cómo el AC Milán. Lleno de viejas glorias que ya no rinden cómo antes.
Presentación: No son obras de arte de los museos vaticanos, pero sus platos son correctos
Servicio: Muy bueno. Estuvieron muy atentos y explicaron los platos.
Precio: Más barato que un "vaporetto" en Venecia. 14 €/persona aprox.

El Museo de la Música: sinfonía pastoral

Lo reconocemos. Hay días que nosotros mismos nos dejamos llevar por ese mismo sopor en el que a veces parece felizmente suspendida Santander  y acabamos  parando en los sitios de siempre, algunos glosados en este blog y otros, que son un placer culpable como las canciones de la Carrá, que nunca verán la luz.

Así, ante el riesgo de quedarnos sin novedades que contaros (y para que Galindo Berana no nos compare con Nacho Diego otra vez por publicar poco) salimos cuchillo y tenedor en mano a por El Museo de la Música.

Un coqueto localito, así como para salir en un video de Belle & Sebastian, cerca de la iglesia de los jesuitas, con una terracita cubierta en la entrada que seguro es una delicia en verano. La carta es cortita y al pie: raciones, arroces, pasta fresca y algo más. Por fortuna, no era uno de esos horrores plagado de palabros italianos mal puestos que te tiene que traducir el camarero.

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Para ir aplacando el hambre, tiramos de nuestros clásicos, croquetas y rabas. Sí, las tenemos más trilladas que los primeros discos de Los Planetas, pero nos gustan demasiado para dejarlas.  Las croquetas en este caso de bacalao nos convencieron, acompañadas de unos crujientes pétalos de remolacha, su consistencia a punto del desastre, su fino rebozado y el intenso sabor a bacalao levantaron severos murmullos de aprobación.

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Las rabas de chipirón, ricas pero un poco sositas: fritura correcta, bastantes rejitos, consistencia adecuada pero poco sabor.

Luego llegó la pasta fresca rellena, especialidad de la casa. Y aqui tenemos que dar una rotunda ovación al Museo de la Música, huyendo de salsazas convencionales y platos atiborrados de queso que saben todos a lo mismo: sonaban a clásico de la Motown entre tanta canción con autotune que predomina entre los platos de pasta.

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Los ravioli de pollo al curry, suaves y elegantes, acompañados de una salsa de vino reducido, sutil pero adecuada, que armonizaba a la perfección con el suave curry y el picante de alguna de las guindillas que salpicaban el plato. por su parte, las medias lunas de espinacas con su relleno de ricotta y el complemento de la rúcula con tomate templado fue una formula perfecta. Ningún ingrediente se imponía al resto y todos juntos creaban una mezcla inigualable. Podría parecer un plato más pesado que un casette de los chungitos en reproducción continua, pero salió más que airoso ya que no salías lleno hasta reventar.

Para cerrar, las medialunas de verdura apuntaban cosas interesantes con un pesto suave y nada estridente, pero tampoco podemos deciros más, que no queríamos dejar a una de nuestras simpáticas y queridas acompañantes sin cenar.

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Ponemos punto y final con los postres. La tarta de queso con almendras daba la talla, pero le sobraba el sirope de fresa, absolutamente inoportuno. La tarta de manzana estaba buena, con una cobertura de caramelo perfecta para tomar junto a la capa churruscada de manzana que cubría el bizcocho.

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Buenas raciones que, sumadas al vino Beronia, salieron a 23 euros por cabeza. Nada mal, para un local agradable y un servicio simpático y acogedor.

Os dejamos su Facebook.

Dirección: Calle San Jose, 9. Santander.

Cantidad: No te quedas con hambre, no
Calidad: Notable. Buena pasta fresca.
Presentación: Hay esfuerzo en el enplatado. Bien.
Servicio: Simpático y amable.
Precio: Adecuado a la calidad. Los hay más baratos pero bastante peores

Mamma Angelina: Platos “Al Dente”

En pleno verano los perolistas buscabamos un restaurante para cenar que estuviese alejado del bullicio de la capital mundialista pero que en el que todavía se sintiese el ambiente del verano, así que haciendo “requiebros” a las cartas infladas de precio y los platos de mala calidad acudimos a un local al otro lado de la bahía.

Tras una búsqueda en profundidad, elegimos al final el restaurante italiano “Mamma Angelina”, en Somo, en los bajos del hotel Bemón. Tenemos que reconocer que no fue nuestra primera opción, pero el “todo completo” en el resto de alternativas que teníamos en nuestra lista (cómo diría vuestro cuñado “y luego dicen que hay crisis”) nos hizo decantarnos por este local.

Solicitamos un entrante para compartir entre toda la mesa y luego un plato individual cada uno. El servicio, que estuvo “al quite”, nos recomendó cómo inicio el queso “Provolone” fundido: un clásico de las cartas standard de los restaurantes italianos. En este caso, lo acompañaba las hojas de rúcula y el tomate (seguimos con la ronda de alimentos típicos del país de la bota). El entrante estaba bueno, igual un poco “churruscado” pero por dentro estaba para untar. El resultado nos dejó indiferentes.

Queso Provolone

A continuación llegaron los platos individuales. El autor de esta entrada pidió unos “rigatoni” al pesto. Un plato clásico para evaluar si estábamos más cerca de una trattoria del Trastevere o de un Gino’s cualquiera. Los “rigatoni” son, para los que en el pasillo de pastas del hiper no pasan nada más que para comprar el kilo de macarrones para sobrevivir toda la semana, unos tubos de pasta corta bastante grandes y rayados. En el caso de “Mamma Angelina” la ración es bastante grande; nos la sirvieron en esos platos que se van hundiendo en el fondo hasta que tienes que pedir permiso al Ministro Soria para hacer una extracción petrolifera (que visto lo visto seguro que te la concede).

El pesto estaba suave, igual un poco demasiado grasiento, pero nada exagerado. El plato estaba acompañado de unas virutas de parmesano que le daban un sabor distinto y bueno. Lo que si no perdonaremos, si este restaurante quiere destacar en su cocina, es que la pasta estuviese más cocida al nivel de tu abuela que al punto de cocción típico italiano llamado “Al dente”. El resultado es que entre la cocción y que habían “empapado” en el pesto, los “rigatoni” se te derretían en la boca. Así que tampoco estaban muy bien, pero entre la generosidad de la ración y la calidad del pesto pasaban el corte de los perolistas.

Pesto_Mamma_angelina

También probamos los “Gnocchi alla Siciliana” donde primaba también más la cantidad que la calidad.

gnocchi_Mamma_angelina

Finalmente, aunque el resultado de la calidad de lo que probamos fue bastante discreto, tanto la cantidad de los platos cómo el precio (en una cena de más de 5 personas sólo con una botella de agua y una jarra de sangría no pasamos de los 11€ por cabeza) lo convierten en una opción alternativa por si os encontráis por la zona y tenéis más ganas de recordar la cultura italiana que el alcalde de Noja trayendo a Albano (a cualquier precio).

Su página de Facebook.

Dirección: Calle La Fuente, 3. Somo.

Cantidad: Para convertirte en Bud Spencer.
Calidad: No es "bocata di Cardinale" pero cumple.
Servicio: Bien. Se compenetraron cómo un buen coro de Verdi.
Precio: Barato. No nos sentimos cómo un guiri estafado en Venecia.

 

El Solecito, ex-italiano y (ex-restaurante, ha Cerrado)

Editamos esta entrada. Hoy al pasar por el local hemos visto que ha cerrado. Un clásico de Santander que nos deja. Imaginamos que siga con su servicio a domicilio….

Un día te propones ir a un restaurante italiano y como es domingo al mediodía te encuentras con que tus dos primeras opciones están cerradas así que, tirando de memoria, llegar hasta el Solecito en la calle Bonifaz de Santander. Puede que esté equivocado pero este creo que fue de los primeros restaurantes italianos que se pusieron en Santander,  posteriormente se ha volcado en la comida a domicilio y eso le ha hecho perder mucho como italiano pero qué demonios, todo sea por los recuerdos de buenas cenas que hemos tenido allí, ¡vamos a darle una oportunidad!.

El local no es gran cosa, una parte de abajo con barra y tres mesas de estilo moderno y un comedor, en la parte superior con una extraña decoración tribal que te recuerda que allí vas a comer comida italiana de la mismísima Nairobi. Accesibilidad, por cierto, tendiendo a cero, escaleras para entrar al local y escalerazas para subir al comedor,

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Ofrecen un menú un tanto extraño por 10€ que decidimos dejar pasar, ya teníamos el italiano en la cabeza y de ahí no nos iban a mover, queremos nuestros espaghetti, pizza y demás. La carta no va a ganar ningún premio de diseño (ni la web) pero tiene bastantes cosas:

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Al lío, que aquí hemos venido a hablar de comida. Pedimos tres platos de  espaghetti con salsas boloñesa (muy buena), carbonara (bastante buena) y alfredo (salsa de champiñones) que estaba correcta. Las raciones de pasta son para una persona, no se quedan escasas pero tampoco va a sobrar nada en el plato.

Para seguir unos canelones de estilo catalán que no me llamaron mucho la atención ni por el sabor ni por la cantidad (sólo dos canelones cuando un buen tripero se acaba media docena como está mandado). Y por último una pizza que me pareció lo mejor, muy muy rica, con la masa en su punto justo de horno y con el queso abundante y perfectamente derretido. Pedimos una que tenía bonito, anchoas, pimiento rojo y aceitunas negras pero como he dicho lo mejor son la base y el queso así que supongo que estará buena casi cualquiera que elijas (siempre que no lleve piñas ni cosas chungas de esas).

De postre, tiramisú y profiteroles, con aspecto de caseros.

Mención especial para el pan, que te lo traen casero y recién hecho/calentado, muy muy rico, eso sí, a un euro cada bollito.

El precio: unos 55€, no nos quedamos con hambre y menos de 15€ por cabeza, no es caro, en todo caso los postres, el tiramisú 5€ es demasiado para el tamaño que tenía. Eso sí, 3€ por una botella de agua de un litro, miedo me da saber lo que nos habrían cobrado por vino si hubiese sido día propicio para ello.

Dirección: Calle Bonifaz, 19; Santander

Cantidad: lo que se espera en un italiano, no más.
Calidad: Buena, pero sin pasarnos
Presentación: Normal, algún plato de esos grandes
Servicio: Sin quejas ni motivos de albanzas
Precio: No te vas a arruinar