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Escala pija en el Bar Cos

Nos comentaba hace unos días nuestro bienamado Remartinez que las rabas podrían ser, en sí mismas consideradas, objeto de estudio casi sociológico, trazando un mapa donde distingamos la rabas según su clase social – La raba y el territorio, en sentido homenaje a Houellebecq, quien siempre habla de comida en sus libros. Partiendo de estas coordenadas, podemos encuadrar, dentro de esta sociología de la raba, a las del Bar Cos dentro de las más pijas de nuestra ciudad.

Nos dejamos caer un mediodía entre semana por este clásico del frente marítimo de Calderón de la Barca, zona que ya lleva un tiempo en lo más cotizado de Santander: el Bahía, el Italiano, el Machi, etc. El público, el esperado: canas, jersey al hombro, camisa blanca por dentro de los vaqueros en plan sport (ese favorito de @patricianuro) náuticos y, para los más atrevidos, converse. Entre la terraza y el comedor elegimos el segundo, que es una pequeña delicia para los que sean de gusto marinero: escalera de caracol, vigas a modo de baos, faroles, fotos de barcos en construcción…, solo nos faltaba un telégrafo náutico para pedir las raciones.IMG_1559[1]

Dentro de una carta cortita, pero bien elegida, por razones de tiempo nos tiramos con desenfreno a las raciones más clásicas posibles, aunque nos quedamos con alguna espina clavada por no haber elegido mejor. Levamos anclas con las afamadas rabas del local que, si bien no defraudaron, tampoco resultaron absolutamente excelentes: un perfecto rebozado, fritura limpia y correcta, profundo sabor yodado pero, quizá, demasiado anchas en el corte, lo que le restaba algo de encanto a cada bocado. No llegan al 10 pero puntúan muy alto. Pueden clasificarse en el grupo “raba de pulligan y náutico”, porque el precio no es precisamente popular.

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En segundo lugar, pusimos rumbo a unas gambas con gabardina oficiadas con el suficiente mimo para dignificar un plato que ha sido calificado como comida viejuna. Nuevamente, limpísima la fritura, sin causar interferencias en el sabor, rebozo de pasta nada excesivo ni pesado y una gamba decente, elementos suficientes para restaurar el honor de este frito. Nos gustó mucho, y la ración fue generosa.

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Con las croquetas nos pusimos ya avante toda, porque la verdad, estaban excelentes, dignas de figurar en nuestro olimpo bechamelístico personal. Una masa finísima y fluida, muy bien trabajada, con los tropezones justos y el sabor intenso con una acertada combinación de jamón y queso. Otra vez, la cobertura resultó crujiente y muy bien frita, consiguiendo una croqueta verdaderamente redonda en su ejecución.

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Finalizamos nuestra escala con unos huevos con patatas y morcilla -sí, muy ligerito todo- que puntuaron muy alto. Unos huevos frescos y recogidos, nada de claras inmensas, una morcilla sabrosa y unas patatas caseras de escándalo. Sin embargo, pese a los estupendo del plato, nos quedamos con las ganas de hincar el diente a otras especialidades más marítimas y finas de la casa. No pudo ser, por motivos ajenos a nuestra voluntad.

Rematamos con el imprescindible postre. En este caso, probamos una muy buena y sencilla tarta de manzana, prescindiendo de horribles rellenos de crema pastelera o coberturas imposibles, acompañada de helado de mantecado. Tampoco podemos olvidar la original torrija de arroz con leche -sí, como suena, arroz con leche rebozado y frito- acompañada de helado y tofe, un gran acierto la combinación de texturas y sabores que supone.

En definitiva, el Cos cumple con lo esperado y esperable: calidad en el producto y en la ejecución -insistimos en las croquetas maravillosas-, STVismo en el ambiente por los cuatro costados y, sin ser barato, un precio aceptable.

Cantidad: Bastante generosa
Calidad: buen producto, y muy buena ejecución
Presentación: Sencilla pero decente
Servicio: impecable y eficiente
Precio: no es barato, pero es justo (25-30 €)
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La Buena Moza: raciones al fresco

Santander –eressssnoviadelmaaaar– puede parecer una ciudad apática y hasta un punto aburrida y plana en verano, un sitio que no llega a quitarse nunca el jersey sobre los hombros y los náuticos y se lanza al desenfreno de otras plazas norteñas. Y quizá así lo sea, pero ello no impide que de vez en cuando nos regale sitios y momentos encantadores donde disfrutar del estío. Uno de esos rinconcitos está en un modesto y popular restaurante de San Román: La Buena Moza.

Aunque cuenta con un buen comedor, el verdadero placer en La Buena Moza es sentarse en su amplio patio y disfrutar del agradable verano santanderino -un saludo a los hosteleros, que no tendrán queja del tiempo- y, en ocasiones de actuaciones de música tradicional. También, el sitio se presta para dejar triscar por ahí a los niños, para diversión de estos y descanso de los demás clientes. Allí instalados, echamos un ojo a la carta, sencilla y directa, donde dominan las raciones para compartir.

Inauguró el desfile una solvente media tabla de ibéricos. Correctos todos, aunque ninguno de ellos hiciese saltar nuestro resortes, como la esplendorosa cecina de La Conveniente. Perdonad la ausencia de foto, pero nos pudo el ansia de comer.

Siguieron dos raciones de croquetas. La primera de ellas, de mejillón, anunciadas fuera de carta. La segunda, mezcla de croquetas de repollo y de queso picón, las dos grandes especialidades de la casa. De las primeras, os contaremos que estaban bien resueltas, algo que no siempre es sencillo tratándose de croquetas con moluscos: se notaba su sabor y presencia y la bechamel estaba muy bien trabajada. Del combinado de especialidades de la casa, mantienen el estupendo nivel de siempre: sabor intenso, bechamel muy fluida, excelente empanado y fritura. Solo un pero: la ración se hace escasa, más cuando no son croquetas de gran tamaño.

De queso y berza y de mejillón
De queso y berza y de mejillón
Pasamos, a continuación, a las rabas.Ya dijimos en su momento que eran de las que más nos habían gustado en Santander. No decepcionaron aunque tampoco estuvieron excelsas. La ración era de buen tamaño y con un punto de fritura y textura estupendo, aunque un puntín sosas. En todo caso, buena nota para sus rabas.

Las rabas
Las rabas
Cerramos con una estupenda ración de morcilla con patatas y pimientos. Más simple que el mecanismo de un chupete, sí, pero no por ello menos bueno, que hasta en algunos sitios hemos dicho meh a una morcilla frita. Las patatas, caseras, de primera y los pimientos ideales para coger pan y hacerse unos montaditos sobre la marcha con la estupenda y bien frita morcilla.

Empezamos antes de la foto
Empezamos antes de la foto
Como colofón, los postres. Muy bueno el pastel de queso, bien puesta la mousse y grandioso el helado de almendra, que llevarán haciendo en esta casa desde la noche de los tiempois. Un buen remate para una cena de buena nota.

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Todo ello, con bebidas y pan sale a unos 15 euros por cabeza, un precio razonable por una sitio, que sin ser de diez, cumple con creces para disfrutar del fresco veraniego santanderino a dos pasos de la ciudad.

Os dejamos su web.

Dirección: Victoriano Fernández 49, San Román; Santander

Cantidad: Correcta, aunque las croquetas sean un poco escasas.
Calidad: Notable.
Presentación: Sin complicaciones.
Servicio: agradable y atento.
Precio: Unos 15€ por cabeza.

El Bosque, ¿encantado?

Por casualidad habíamos oído hablar de la apertura de  un pequeño restaurante en la frontera entre Solares y Hoznayo y decimos acercarnos. El local, llamado El Bosque, se encuentra en la carretera general junto a un antiguo bar conocido por su actividad nocturna… Su propuesta parte de una carta corta y sencilla, compuesta de raciones y  un plato de cuchara a elegir.

Como somos de probar un poco de todo, en eso nos parecemos a Jorge Verstrynge o a cualquier candidato de Ciudadanos, nos decidimos por empezar por unas raciones para luego dar el salto a algo más contundente; un arroz negro.

De las raciones lo primero en llegar fue un lacón con pimentón. El lacón estaba bueno a pesar de estar cortado en lonchas finas. Una pena que en un plato como este se haya perdido el corte a cuchillo como ya comprobamos también en nuestro paso por el Casimira.

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Simultáneamente al lacón llego un jamón serrano que resultó estar bastante bien. Una ración generosa y bastante sabrosa.

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Para ir aumentando el grado de consitencia progresivamente, lo siguiente en aterrizar en nuestra mesa fue la morcilla. La morcilla estaba realmente buena. Bien frita y poco grasienta venia acompañada además de unos pimientos rojos asados cortados en tiras y una cebolla bien pochada.

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Para cerrar la ronda de raciones llegaron las croquetas, sin ellas la comida es como un Al bano sin Romina, y unos jalapeños rellenos. Las croquetas son el punto a mejorar, y los jalapeños (se piden por unidad) vienen rellenos de mahonesa y bonito.

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Ya sólo con esta ración de “starters”, como los llama un buen amigo del Perolo, quedamos bastante contentos con el sabor y satisfechos con el tamaño de las raciones, pero lo bueno aún estaba por llegar…

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El arroz negro estaba estupendo. Una ración generosa que no tenía nada que envidiar a ninguno de los referentes arrociles de la región y que hubiese sido perfecta con el acompañamiento de un alioli. El arroz negro es como esa chica que nunca sale favorecida en las fotos pero que está buenísima.

Para cerrar el homenaje llegaron los postres, una serie de tartas estupendas de las que no pude hacer fotos al quedarnos sin batería.

Al final de la comida siempre entre los peroleros vienen nuestras apuestas de a cuanto va a salir el homenaje… nadie acertó. El Bosque cumple la regla de las 3 bes; bueno, bonito y barato.

Señalar además que cuenta con un jardín que le puede convertir en un sitio estupendo para ir con niños en cuanto llegue el buen tiempo.

Os dejamos mapa para que sepáis como llegar.

Dirección: Lugar Barrio Alto del Bosque, 4. El Bosque

Cantidad: Raciones generosas, especialmente el plato de cuchara.
Calidad: Cumple las 3 "B's"
Presentación: La propia de un restaurante de pueblo. Correcta y sin pretensiones.
Servicio: Ágil y muy majos.
Precio: Un paraíso. 12€ por cabeza

El Solórzano: volver, volver,… o no.

Para nosotros el vermú dominical en El Solórzano era nuestra forma de santificar las fiestas, siempre acompañadas de unos estupendos mejillones en salsa  y unas rabas notables. Pero un día reformaron el local y debieron quitar la cocina porque los mejillones perdieron la gracia y las rabas eran dignas de la Bridgestone. Adiós, un placer habernos conocido.

Pero, recientemente, unos simpáticos pajarillos nos chivaron que, en su última vista, este clásico parecía haber recuperado el pulso. Se imponía una visita por parte de El Perolo y decidimos que lo mejor serían unas raciones variadas para cenar, y así volver, volver, volver, a su carta otra vez… que diría Chavela.

Abrimos fuego con un pudding de puerros y gambas. Para nuestro desconcierto, nos llegó algo caliente a la mesa, lo cual hacía que estuviese poco asentado y homogéneo. Bastante soso, únicamente con sabor a puerro, potenciado por una salsílla verde que, entendemos, procedía de los tallos del puerro. La gamba, o al menos su sabor, desaparecida en combate. Desde luego, no le encontramos la gracia a un pudding tan insípido.

Pudding de gambas y puerros
Pudding de gambas y puerros

Seguimos con algo más clásico que la colección Austral, y así llegaron las rabas. La ración, queridos, es la que ven en la foto, ni una raba más ni una menos, y se hace realmente escasa, especialmente en relación a su precio (11 €… sí, ONCE EURAZOS, y no ponía la carta que fueran de calamar fresquísimo, magano o similar). No estaban mal -buena fritura, nada duras ni chiclosas- pero desde luego no para volverse locos en cuanto a su sabor y calidad.  Por ese precio hemos probado las soberbias de La Solana, y su estrella Michelín, que sacan un par de cuerpos de ventaja a estas.

La ración de rabas intactas
La ración de rabas intactas

Con las rabas llegaron las croquetas y estas tampoco despertaron en nosotros lagrimas de emoción como cada vez que nuestras madres ven Memorias de África. Correctas, nada más: poquito sabor a carne y demasiado a nuez moscada; bien fritas, pero demasiado grandes.

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El siguiente palo que tocamos fue puramente autóctono, una ración de queso Divirín fundido. Un estupendo queso de La Jarandilla que, en crudo, nos había fascinado por su pasta blanda e intensa. No sabemos si es que se les fue la mano con el calentado, pero en aquél plato que nos trajeron se había fundido hasta la mohosa corteza del queso. Acompañado de una confitura de tomate y tostaditas de pan  resultó realmente sabroso, hasta el punto de que el más pantagruelico de los peroleros acabó con la corteza,  ante las dudas generales sobre si ese proceder era el adecuado y recomendable.

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Por último, cerró el desfile una morcilla correctamente frita, adornada de cebolla caramelizada. Corriente, sin nada especial, hasta el punto que juraríamos que era de algunas de las marcas más habituales de los lineales de los supermercados. La cebolla, aburrida (¡oh! ojalá hubiesen arriesgado y hubiesen acompañado esta de la confitura de tomate, tendría su gracia).

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Para el postre, nos aferramos a nuestros clásicos y tiramos por la tarta de queso y una torrija de brioche. La tarta, en la tónica de la noche, aprobaba, pero su textura, un tanto arenosa, y una base discreta la alejan de nuestras favoritas. La torrija no era torrija, puesta que esta se supone que es una rebanada empapada, no un bloque poroso que, a mayor abundamiento, sabía demasiado al requemado del caramelo.

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Conclusión: el Solórzano parece salir de las catacumbas, pero aprueba, y gracias. Nada realmente memorable, todo a falta de un punto para ser realmente bueno. Y la competencia es feroz en las noches de raciones santanderinas.

Cantidad: normal, tirando a escasa (especialmente las rabas)
Calidad: Aprobado. Y poco más
Presentación: Normal, sin mayor complicación
Servicio: Excesivamente amable y de colegueo.
Precio: unos 15€ por cabeza, vinos incluídos.

Fuente Dé: mucho y bien

Autor: @cachondina

Santander. Viernes, 20:30. Surge la posibilidad de una cena entre amigotes, así, sobre la marcha. Tras un intento fallido de brainstorming, decido obviar las propuestas del resto y apostar sobre seguro.

Marco el número de teléfono del Fuente Dé, uno de mis baluartes gastronómicos santanderinos, y pregunto que cómo lo tienen para una comida de 5 a las 22:00. Sorprendentemente, dado lo lleno que suele estar, nos hacen un hueco. Y allá que vamos.

Para los que no conozcáis este templo de la gastronomía popular, el Restaurante Fuente Dé podría resumirse con un “Mucho y Bien”, en general. Es un pequeño bar/restaurante ubicado en pleno centro de Santander. No es un sitio elegante, moderno, mierdero, de esos que se han puesto de moda de unos años para acá. Es una especie de restaurante de pueblo ubicado en medio de la ciudad. Basa su oferta en comida tradicional, casera, muy bien hecha, y servida en raciones abundantes.

Es bastante famoso, a nivel local, por sus cocidos, montañés y lebaniego, aunque en esta ocasión, dada la hora (y muy a mi pesar), no pudimos disfrutar de ellos.

Una vez sentados a la mesa, cada uno con su respectiva cerveza, echamos una breve mirada a la carta. Aunque no nos hace demasiada falta, porque como buenos habituales del sitio ya sabemos lo que queremos. Hoy toca picoteo de raciones, así que pedimos una ensalada de la casa, cecina de León, albóndigas, jijas, morcilla, y media de queso picón.

A primera vista no parece demasiada comida, pero, como os comentaba antes, las raciones en el Fuente Dé son muy generosas, así que no hay que cegarse a pedir.

Pocos minutos después, comenzó a llegarnos la comida. Una ensalada muy rica, variada y fresca; una cecina de León que te cortan en el momento, bañada con un chorrito de aceite que le da la untuosidad que necesita. A continuación, unas albóndigas de ternera deliciosas, tiernas, no demasiado grandes, acompañadas de una salsa riquísima y de un puñado de patatas fritas caseras;  una fuente de jijas (picadillo, para los no cántabros) tiernas, con un toque picantón; buenísimas y, además, acompañadas de abundantes patatas fritas caseras.

Para cerrar, una generosa ración de morcilla frita, rodajas gordas, bien fritas, nada grasientas, y las que para mí son dos de las estrellas de la carta: el queso picón y los pimientos de padrón.

Empezaré por los pimientos: abundantes, bien fritos, y servidos sobre un lecho de patatas fritas, que te ayudan a pasar los que sales picantes como el demonio.

A continuación, el queso. Quizá os sorprenda que pidiéramos sólo media ración para cinco personas, pero es que lo del queso picón de Tresviso en el Fuente Dé es mágico: no sólo sirven unas raciones muy generosas, sino que, a medida que las vas comiendo, no disminuyen. Sé que es difícil de creer, pero así es. Si algún día vais y sois capaces de terminar una ración, yo os la pago, palabra de honor.

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Por fin, tras terminar con todo lo comestible, decidimos cerrar la cena con otro de los clásicos del Fuente Dé: el té del puerto con su correspondiente chorro de Orujo. El té del puerto es una infusión que se hace con una planta típica de la zona de Liébana, muy rica, y, sobre todo, muy digestiva.

Una vez finiquitado el té, cumplimos con el trámite de pedir la cuenta y pagara, otro de los mejores momentos de venir al Fuente Dé. Una comilona como está, regada con 2 jarras de cerveza y una botella de rioja, nos salió por 65€ en total, véase, 13€ por persona.

Conclusión: en caso de duda, vete al Fuente Dé.

Dirección: Calle Peña Herbosa 34, Santander.

Cantidad: como para salir rodando.
Calidad: muy bien. Buenos productos, elaborados de forma tradicional.
Servicio: muy bien, trato muy amable, aunque en ocasiones es un poco incómoda la excesiva aglomeración de gente.
Precio: de chiste. Cena de raciones, con abundante bebida, unos 15 €/persona.

La Taberna del Herrero: Aquí no hay cuchillo de Palo

Había una vez en una pequeña ciudad del norte un restaurante que nada más abrir tenía elogios y buenos comentarios, contaba sus noches por llenos absolutos y ofrecía una carta de buenos productos a un precio competitivo. Este local se llamaba la “Taberna del Herrero” y nuestro blog quería conocer si este cuento tenía final feliz o acabamos cómo en una película de Tarantino, a guantazo limpio.

Por ello, decidimos ir a cenar a este restaurante en pleno “Prime Time”: un sábado a las 22:00. Así comprobaríamos si en plena hora punta este negocio soportaría tan bien las demandas de sus clientes cómo el servidor de hacienda el último día  de pagar la declaración de la renta. Cuando llegamos al punto de destino (Para los de la logse se encuentra en el antiguo “Limonar de Soano”, para los que hicieron COU al lado del mítico restaurante mexicano “Antonio”) nos encontramos que el sitio estaba hasta la bandera. Llegamos a las 21:55, y el gerente (En otras temporadas gastronómicas conocido por ser el jefe de sala del Riojano) nos indicó si podíamos esperar unos minutos para poder preparar la mesa. Ocasión perfecta para nosotros de acudir a la barra a saciar la garganta.

Unos 5 minutos después (sobre las 22:00, hora de nuestra reserva) para compensar la espera nos ofrecieron una tapa de cecina por cortesía de la casa.  Este detalle nos “sulibella”.  Ojalá el trato a todos los clientes fuera así en todos los lados. A las 22:10, sin haber terminado la ración del delicioso embutido, nos indicaron que podíamos sentarnos en nuestra mesa, donde nos trajeron el resto de la cecina para poder terminarla.  De 10.

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La carta no es muy extensa pero lo compensa que tienen varias sugerencias fuera del menu, por tanto el abanico de opciones a degustar es más amplio que los candidatos a las primarias del PSOE. Los cuatros comensales de la mesa decidimos ir picando de varias raciones y acompañarlo de una frasca de vino de litro. Porque aquí puedes tomar el vino a granel, a la vieja usanza; los camareros tienen a su disposición una serie de grifos que parece San Sebastián en Reinosa.

Para empezar, en un homenaje al sector vegano de nuestra audiencia pedimos los trigueros a la plancha pero sin olvidarnos de nuestro sector carnívoro, acompañados de jamón serrano. Los espárragos estaban tersos, triscones, con la sal gorda por encima que los hacía un manjar muy rico. El acompañamiento del jamón, cortado muy fino lo convertía una elección acertada. A continuación catamos el pulpo a la brasa con verduras, que estaba rico y en el punto justo. Para nada tenía esa textura de chicle de Boomer que hacen algunos locales con el cefalópodo.

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Después nos metimos en harina, o más bien nos la comimos; pasamos a la sección fritanga. Pedimos media ración de rabas (a un nivel muy alto para no ser un bar especializado en ello) y el plato estrella de “El Perolo”: las croquetas. Y señores, “La Taberna del Herrero” dio el do de pecho: Una croqueta irregular, rellena de tiras de jamón, una bechamel ligera y una fritura al punto. Nos supieron tan bien que repetimos.

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Para finalizar, pedimos las albóndigas de merluza con almejas y la morcilla de burgos encebollada. Las albóndigas bastante buenas, no era un “puré” de pescado al desmenuzarlas, si no que se podían distinguir las “lascas” de la merluza, mientras que la salsa española de acompañamiento con su picante, las hacían para poder mojar y mojar pan hasta que inauguren el Centro Botín. La morcilla que pedimos inmediatamente nos llevó a pensar que todavía Sotopalacios existe a pesar de la autovía. Una morcilla con sabor, con poco arroz y algo picantona. Las patatas fritas de acompañamiento, artesanas, se agradecen.

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Para finalizar un festín que casi nos pone en pie a bailar cómo en “la Bella y la Bestia”,  rematamos probando de su carrusel (deportivo) de postres la tarta de trufa negra. Muy apropiada para cerrar la velada.

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El servicio fue muy profesional y experimentado, simpáticos (sí, hay que decirlo, que parece que en Santander a veces sólo se mira el color de la tarjeta de credito y no la cara del cliente) nos repusieron el pan sin pedirlo y llevaron el ritmo de la comanda muy ágil pero sin agobiar a la mesa. El precio fue lo mejor de todo. Cenar 4 personas todo lo que os hemos relatado más cafés y chupito por 21 € por cabeza nos parece una bicoca. Así es normal que esté siempre lleno. En definitiva, aunque no somos Tripadvisor, nosotros pegaríamos nuestro “sello” a la entrada.

Dirección: Calle del Rubio, 4; Santander

Cantidad: Raciones ideales para picar
Calidad: "Lagrimones" de emoción
Servicio: Se merecen un buen sueldo
Precio:Cenas cómo Felipe VI y pagas cómo un mileurista.

Rosso Vero, ¿la mejor pizzeria de Santander?

Un SI rotundo y contundente. Este pequeño local situado en el Paseo de Pereda de Santander hace la mejor pizza que se puede comer en la ciudad.

Con este inicio ya podrías dejar de leer pero si te gusta la pizza te recomiendo que no lo dejes.

El Rosso Vero no es una pizzeria al uso como las que solemos encontrar en nuestra ciudad. Para empezar su concepto es diferente, vende pizza al taglio, es decir pizza al corte en porciones a la más pura tradición italiana. Se pueden saborear de pie en el local o llevar para tomar por la calle o en tu casa. Cuenta con un cocinero italiano y como ellos dicen un “horno italiano”.

Para mi se ha convertido en una costumbre pasar semanalmente por esta pizzeria a probar sus novedades semanales y su ya sabores clásicos. Esta semana nos acercamos atraídos por su pizza de la semana de morcilla de León, calabaza y provolone.

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La masa es fina y crujiente. Predominaba el sabor de la morcilla como no podía ser de otra manera, pero la calabaza le daba un contrapunto dulce que convierte la combinación en un éxito rotundo. El único pero es que el sabor del queso se perdía quizás con un queso un poco más fuerte mejoraría más si cabe.

La segunda porción que elegimos para llevarnos a casa fue esta de patata y bacon. Muchos diréis, ¿patata?. Si has visitado Roma probablemente la hayas probado y si no lo has hecho, vete antes de que los de Ryanair nos quiten el vuelo. Para los que ya la habíaiamos probado un ingrediente que echábamos en falta en la oferta santanderina.

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Estando buena es de inferior nivel a la anterior. Su principal problema es que son dos ingredientes poco jugosos y al recalentar queda un poco seca aunque muy buena de sabor.

Como última porción nos decantamos otra vez por la patata, que original ¿no?, pero esta vez combinada con pimientos, calabacín y setas.

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Está mejoraba la combinación de patata y bacon. Las verduras le daban el toque de jugosidad que le faltaba a la anterior convirtiéndola en una combinación muy recomendable si no tienes claro que elegir.

En total pedimos 4 porciones, dos especiales y dos normales, y el precio fue de 9 €.

El único problema que tiene es que te tienes que amoldar a las pizzas que tengan en el momento en el que entres en el local. Aun así una visita imprescindible si te gusta la pizza.

Dirección: Paseo de Pereda, 8; Santander

Cantidad: Bien. Cuatro porciones equivalen aproximadamente a una pizza mediana.
Calidad: Cojonuda.
Presentación: Minimal pero cuqui.
Servicio: Gente muy maja.
Precio: Muy bueno