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Casa Cofiño: Berza, Alubia y Rock and Roll

Recordarán nuestros lectores que hace un tiempo, se levantó en la costa levantina una ruta por la que los jóvenes, provistos de ayuda química, se entregaban al disfrute sin freno. Sin embargo, aquí, nuestro carácter atlántico y montañoso nos lleva a sustituir el bacalao como ingrediente principal de la ruta por el cocido montañés. Por la región -perdonen algunos la expresión- encontramos pequeños y recónditos templos de la alubia y la berza a los que peregrinar, que conforman nuestra propia ruta, en la que entregarse al deleite sin fin del paladar y al goce, sin cuidado por el cuerpo y la salud.

Parada fija en esta ruta debería ser Casa Cofiño en Caviedes, bien cerquita de Cabezón de la Sal, un auténtico templo de nuestra gastronomía popular en un bar de pueblo (con su tiendecita), con detalles bien cuidados, como el estupendo queso que ponen de tapilla con el blanco (¡a 50 céntimos, señora!) . Aunque estábamos allí por el cocido, la carta de Cofiño no se queda allí, y pudimos ver como desfilaban estupendas carnes hacia otras mesas.

croquetas_cofino

Yendo al grano, o mejor, a la leguminosa, empezamos el combate con nuestro bechameloso fetiche. Un surtido de croquetas bastante amplio de diferentes tipos. Nada excelente pero sí más que correctos ejercicios de croqueta casera: muy buenas las de queso picón, bastante sabrosas las de bacalao, menos lúcidas, que no malas, las de carne. Después siguieron las afamadas albóndigas de la casa. Sólo dos por ración, pero de un tamaño descomunal, y excepcionales en cuanto a su calidad: doradas por fuera, tiernas, esponjosas, repletas de sabor, bañadas en una salsa clara y suave, de esas que piden mojar un pan entero.

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Si en estos entrantes Casa Cofiño salió con buena nota, el cocido montañes era hors catégorie. Buena cantidad -de dos raciones comimos bien tres- de un cocido espectacular. La alubia pequeña, se aparta de esa aborrecible moda de usar alubias alargadas y enormes, estaba entera, banda y consistente, sin hollejos; el verde, perfectamente picado en fino, solo hoja. Aparte, el compaño, servido en otro plato era de una nota muy alta. Aunque debido a la espectacularidad de la sopa de cocido casi cómo que se nos olvidó que teníamos que meternos morcilla -de arroz y ahumada-, chorizo y tocino por pecho y espalda. Un notable esfuerzo para rematar la faena.

Cocido_Montanes_Cofino

Para los valientes todavía quedaba el postre. Un mousse de limón que hacía verdadero honor a su nombre, con un estupendo punto de ácido y una textura real a lo que se sirve. Es decir, ESPONJOSO. Perdón por las mayúsculas, pero es que últimamente en los fogones de los restaurantes, calificaban cómo mousse cualquier engrudo de leche condensada y zumo de limón.

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También pedimos tarta de queso, por no olvidar ese famoso tópico de para bajar la comida”(aunque si luego te tomas 17 gin tonics seguro que echas hasta el desayuno) y expiar nuestra gula. Nos zampamos una ración generosa. Podría parecer por el aspecto que la tarta sería de las que llaman las madres rencorosas de polvos pero todo lo contrario. Untuosa, con galleta triscona y una buena cobertura de mermelada. Remate perfecto.

Tarta_queso_cofino

Acabamos de llegar al nirvana de la comida regional tradicional. Cómo la mousse que habíamos tomado de postre, salimos inflados y no sólo en el estomago. Con la cabeza bien alta y muy satisfechos por el resultado de la experiencia,  a un precio que ningún camello de la Pénelope podría igualar en este viaje sensorial. Podemos dar con total unanimidad el “seal of approval” de El Perolo a esta casa de comidas. No habíamos bajado al Levante, pero estábamos de extasis hasta arriba.

Dirección: Lugar Barrio Caviedes, S/N, 39593 Caviedes (Muy recomendable reservar. Tlfno.: 942 70 80 46)

Cantidad: Raciones para elefantes. Cuidado con pedir 1 ración por persona de cocido.
Calidad: Porno salvaje.
Presentación: Mucho mejor de lo esperado. Es un pueblo pero se lo curran.
Servicio: Muy majos y cercanos. Supieron recomendarnos.
Precio: Todo lo que habéis leído en esta crónica por 19€ por persona. Hasta para tiraduros.

Collado de Cieza también tiene restaurante

En uno de esos pequeños valles por los que nunca pasarás salvo que vayas directamente allí, está Collado de Cieza y allí está el restaurante La Casona, un sitio del que habíamos oído hablar los perolistas y que decidimos probar para uno de nuestros cónclaves.

Llegar allí no es sencillo pero para eso tenemos el gps, para meter la ubicación de Collado de Cieza y que nos enseñe cómo se llega a esa carretera hábilmente diseñada por el asno del ingeniero que fue quien la trazó. Si queremos reservar el teléfono es +34942832219.

Lo primero a recomendar es la terraza del restaurante, tomarse allí un vermouth al solecito es una forma genial de arrancar la tertulia de la comida y con precios de los que ya no se ven (ej mosto + blanco 1,10€) pero vamos con la comida que es a lo que hemos venido.

La carta es tirando a corta y manuscrita, de primeros 2 ó 3 tipos de legumbres y otros 2 ó 3 tipos de ensalada y en los segundos también 5 ó 6 opciones y ni rastro de carta de vinos o cosas semejantes. Echamos de menos unos entrantes para ir calentando motores.

Nos repartimos el trabajo y de primeros escogimos un cocido montañés, correcto aunque con pocos sacramentos, unas alubias blancas con almejas (buenas) y una ensalada con queso de cabra que hizo las delicias del perolista que la escogió.

Alubias con almejas en Cieza
Alubias con almejas en Cieza

Las raciones son en todos los casos contundentes pero nadie dijo que esto era un trabajo fácil así que vamos a por los segundos.

Veníamos con ganas de carne así que la elección se fue a por unas chuleta de novilla y unas costillas. En ambos casos te ofrecían poner un huevo frito en la guarnición que eran patatas fritas y ensalada..

La chuleta en su punto, nada que objetar, si acaso que no era un chuletón que era la idea preconcebida con la que veníamos.

Chuleta de novilla

Las costillas no nos gustaron tanto, una pizca demasiado hechas y también con demasiada sal para el adobo que ya traían.

Costillas con guarnición
Costillas con guarnición

Para terminar de llenar algún pequeño hueco que pudiese quedar entre el omaso y el ablomaso nos fuimos a los postres: de nuevo una carta muy corta con 3 ó 4 propuestas aunque eso sí, todas ellas caseras. Escogimos unos flanes de huevo y de chocolate que cumplieron con su función, nada espectacular pero nada que reprochar.

El momento de pagar no supuso ningún disgusto: 18€ la comida, las rondas de vermouth previas, el café y los chupitos.

Dirección: Carretera 295, Collado de Cieza

Cantidad: si ese día no has desayunado casi mejor.
Calidad: cumple.
Presentación: No sacaron la vajilla fina.
Servicio: Muy simpáticos y un servicio muy rápido.
Precio: menos de 20€ con todos los extras posibles.

Restaurante La Hérmida, una grata sorpresa.

Hace unos días quedamos para comer en un restaurante del que nunca había oído hablar, La Hérmida. Lo primero que hay que destacar del lugar es su enclave. Se encuentra a las afueras de uno de esos pueblos con algo especial que hay en Cantabria, Herrera de Ibio. Para llegar al restaurante, metido en un pequeño valle entre montañas de difícil acceso,  hay que conducir unos kilómetros  por un camino de cabras plagado de baches. Nada preocupante si vas despacio.

Paisaje la Hérmida

Al llegar te encuentras con una casa de doble planta completamente rehabilitada. El interior está muy cuidado. Sin romper del todo con la tradición de la piedra y la ambientación rural, si es cierto que tiene un toque de diseño cuidado y agradable. El comedor es pequeño como para unos 20 comensales. Un lugar donde te sientes cómodo, ideal para una comida con amigos.

Interior La HérmidaY ahora pasemos a lo que nos ocupa en este blog, la comida. Empezaremos señalando que el menú es cerrado y se acuerda por teléfono (942091211) a la vez que se reserva. Lo componen unos entrantes, que no sabrás cuales son hasta que te sientes a la mesa, y un plato principal de cuchara a elegir entre cocido montañés, menestra de cordero, alubias rojas, garbanzos, guiso de ternera y arroz con langostinos, lo que ya es motivo de salivación para un perolista.

Al sentarte la primera sorpresa es el pan, un pan de verdad, de esos que huelen y saben a pan. Un pan de pueblo de los de antes.

Nuestros entrantes empezaron por unas croquetas de carne, que sin estar mal, tampoco eran nada del otro mundo, lo cual no fue un inicio muy prometedor. Lo siguiente fue un plato de embutidos compuesto por un muy sabroso salchichón, un lomo bastante apañado y un jamón serrano que no llegue a probar pero que su aspecto no es lo que uno espera de un buen jamón. Y hasta aquí han llegado los escasos defectos que encontré en La Hérmida. Lo siguiente que pasó por nuestra mesa fue una ensalada de lechuga, queso de cabra y calabacín asado montada como si fuese una pieza de lasagna, y unos sabrosísimos pimientos asados rellenos de verdura a los que si tuviésemos que poner un pero, es el palillo con el que son presentados.

Pimientos rellenos La Hérmida

Tras una abundante tanda de entrantes llega el plato fuerte que en nuestro caso fue el cocido montañés. Presentado por separado, cosa que cada vez se ve menos, por un lado un “perolo” de toque moderno con las alubias y por otro lado los sacramentos. Las alubias blandas y cremosas con mucho sabor y la proporción adecuada de berza. Los sacramentos con una morcilla suave pero con mucho sabor y un chorizo de verdad, del resto no puedo opinar porque no los llegue a probar. Un cocido rico, sabroso y abundante, dos platos me metí entre pecho y espalda, que hará que repita visita tan pronto como pueda.

Cocido montañes La HérmidaComo cierre los postres todos caseros con una pinta increíble pero que por mis excesos cometidos con el cocido no llegue a probar. Mi recomendación es que si vas dejes un hueco para el postre. Yo me arrepentí de no hacerlo y de probar las natillas que tenían una pinta de estar de muerte lenta.

En conclusión, un restaurante agradable de la mejor tradición cántabra en el que comerás francamente bien en un ambiente muy relajado.

Dirección: Herrera de Ibio; Cantabria

Cantidad: El summun de un perolero. Paseo obligatorio para bajar la comida.
Calidad: éxito seguro.
Presentación: Cuidada.
Servicio: Ágil y rápido.Gente muy maja.
Precio:sobre 20€ por persona.

Olla ferroviaria en La Cuchara del Camesa

La Olla Ferroviaria es uno de los iconos de nuestra cocina y ahora que aprieta el fresco apetece mas. Así que estábamos en las fechas ideales para darle al “cuchareo” y decidimos atacar un sitio donde se nos prometía cuchara de la vieja escuela: La Cuchara del Camesa, en Olea (Viaje cómodo; hasta Reinosa por autopista, después salida por las carreteras comarcales; está señalizado cómo llegar al sitio).Un bar de pueblo remozado, agradable – con una curiosa colección de cucharas de todo tipo- con un comedor pequeño pero no atiborrado de mesas, acogedor, con su chimenea y las preciosas vistas al valle de Olea.El menú fue extremadamente sencillo, y nos limitamos a dar cuenta de una olla ferroviaria de patatas con ternera, que habíamos encargado previamente, cómo es necesario; si bien su carta es más amplia. Aunque éramos ocho comensales (cuatro de ellos con un saque digno de Pete Sampras) y habíamos encargado olla para seis, la amable camarera disuadió nuestra intención de pedir algún tipo de entrante o picoteo, garantizándolos que con la olla bastaría.Y a fe que tenía razón. De la bonita olla salieron más de dos docenas de generosos platos de patatas con carne, que nos dejaron a todos más que satisfechos.

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La gran dama de la tarde: la Olla Ferroviaria

Excepcionales, no solo en cantidad, si no también, y esto es lo fundamental, en la calidad. La patata, de gran finura, firme pero no dura, cocida en su punto ideal, sin quedar blanda, nada harinosa. La carne, de ternera, especialmente sabrosa, suave, se deshacía en pequeñas hebras con la cuchara. pura mantequilla en el paladar. El resto de verduras – un guisante por aquí, un trozo de zanahoria por allá, algún pimiento perdido- no molestaban, más bien al contrario. El caldo del guiso era sublime, con un puntito oscuro, sabroso, con un suave regusto y aroma de cominos, sin rastro de fécula para engordarlo ni de esos “Satanases” que son los caldos de sobre o pastilla, ideal para rebañarlo con todo el pan disponible. Pan que, por cierto, merece una sonora ovación: recio, de pueblo, con olor a pan de verdad y calentito.

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Las patatas con carne. Apréciese el magnífico caldo

Tras la ‘patatada’ no pudimos obviar el postre. Optamos por una tarta de chocolate, nata, bizcocho y mermelada de arándanos, donde este último elemento sobresalía: intenso y casero, sobre una tarta más que correcta y nada empalagosa.

La tarta
La tarta, con su mermelada casera de arándano

Como broche, un chupito de pacharán casero, elaborado por el propio restaurante. Nos dejó la sensación de joven promesa, de canterano que va a hacer grandes cosas en el primer equipo: se notaba que era muy reciente -la temporada de endrinos ha sido hace cuatro días- y aunque de buen sabor, le faltaba un poco de tiempo y reposo para la excelencia.

Llegados a la cuenta, grata sorpresa: olla más postre, vino, pan, cafés y pacharán por 16 euros por cabeza. Sin comentarios.

Por poner un pero, que no parezca esto El Mule Carajonero, el vino de la casa (cosechero del Bajo Duero) no pasará, desde luego, a los anales de los vinos buenos, bonitos y baratos; y la falta de algún postre más ‘de siempre’ (leche frita, tarta de queso, flan, etc.).

Dirección: Olea, Cantabria

Cantidad: como si te lo pusiese tu abuela .
Calidad: digno de Jehová, que dirían en La Vida de Brian.
Presentación: vieja escuela, olla en medio y cacillo para servir.
Servicio: de pueblo, en el mejor de los sentidos.
Precio: asequible, atendiendo a calidad y cantidad.