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Umma, peregrinación obligatoria

Sí, sí, ya os estamos escuchando… tanto idolatrar las croquetas y todavía no habían  escrito nada sobre el Umma… tenéis toda la razón, somos un fraude, pero a estas alturas ya os debíais de haber dado cuenta.

La verdad es que llevábamos bastante tiempo pendientes de visitar el Umma pero  la divina providencia no  había querido que esto sucediera, y nos había hecho  deambular por un purgatorio croquetil en el que en escasas ocasiones veíamos las puertas del cielo entreabiertas. Pero como todo buen creyente nunca abandonamos nuestra fe y esta termino por guiarnos al Umma.

Llegamos a cenar sin reserva y tuvimos la suerte de que quedase una mesa para dos libre.  Una vez sentados revisamos la carta y la camarera nos cantó los platos fuera de carta, con precio incluido como se debe hacer. Tras revisar la carta y atender a las recomendaciones nos decidimos por compartir tres platos: media ración de croquetas, empanadas de gambas al ajillo y un lomo de vaca.

Lo primero en llegar a la mesa fueron las croquetas.  Se nos aparecieron en la mesa con una forma redondeada casi perfecta  propia de una divinidad. La partimos  para probarla con delicadeza y nos la llevamos a la boca. Fue en ese instante cuando   surgió nuestra revelación, igual que les paso a los argentinos con la “mano de dios” de Maradona, no pudimos más que adorar esa croqueta cremosa, sabrosa y delicada. Los argentinos crearon la iglesia maradoniana y a nosotros no nos va a quedar más remedio que crear la “iglesia croquetiana” cuyo primer mandamiento es ir al menos una vez al año a comer croquetas al Umma.

croquetas umma

El segundo plato en llegar a la mesa fueron las empanadas de gambas al ajillo que eran unas gyozas rellenas y acompañadas de algas y de salsa  sriracha. La pasta de las empanadillas estaba quizás un poco dura, pero el conjunto del plato era bueno  con un buen equilibrio de ajo y un muy buen aporte del alga  a la combinación de sabores del plato.

empanadillas-gambas-ajillo

Por último llego el lomo de vaca. El lomo de vaca venía acompañado de una ensalada de rúcula, peras y queso de Tresviso.  El lomo lo pedimos poco hecho y llegó justo en el punto solicitado. Una pieza de carne de muy buena calidad que cuando combinabas con el dulzor de la pera y la potencia del queso de Tresviso el resultado era estupendo. Un acierto de plato aunque algo caro.

lomo-de-vaca

Para rellenar algún hueco que nos debía de quedar pedimos  una tarta de pera. La tarta eran unas peras confitadas entre unas obleas crujientes y acompañadas por un helado de menta casero y unas nueces tostadas en exceso lo que amargaba un poco el sabor de la tarta. Aún con este pequeño defecto el resultado era bueno.

Nuestro paso por el Umma fue muy satisfactorio y sin duda volveremos pronto aunque sólo sea a comer unas croquetas en la barra. Es el lugar de peregrinación de la iglesia croquetiana.

Si queréis más información sobre el Umma os dejamos enlace a su web y a su FB.

Dirección:  C/ del Sol 47. Santander

Cantidad: las raciones están bien de tamaño. La ración de croquetas es de 12 unidades.
Calidad: muy buena.
Presentación: moderna sin estridencias.
Servicio: bueno y muy agradable.
Precio: alto. De 30€ por cabeza en adelante.

Papanao: En este contenedor hay buena mercancia.

Santander se encuentra en invierno con su “día de la marmota” particular: ciclogénesis explosivas, proyectos fantasma que podrán a la ciudad en la vanguardia internacional, discusiones sobre si hay que soltar pasta al racing o la crisis de la hostelería hasta que llegue el buen tiempo y semana santa. Bueno, este año, sobre el aspecto meteorológico podríamos discutirlo, pero en general parece que por el número de amaneceres soleados del Padre Mariano y del Tomavistas, estadísticamente ha hecho mucho mejor que otros años.

Este buen tiempo anima también a frecuentar los bares, y además ahora un poco menos llenos después del “tsunami” navideño. Todos hemos comenzado la dieta que cómo jubileo lebaniego (en 2017 hablaremos de ello, todo sea por pillar subvención) nos perdone nuestros pecados de gula pasados. Así que nos lanzamos a la calle y estuvimos en un local que precisamente, durante las pasadas fiestas estuvo a reventar entre benjamines de cava y raciones de rabas. Se llama “Papanao”, y desconocemos el origen del nombre, aunque suponemos que no tenga relación ni con antiguos locales “explosivos” ni con horrorosos estribillos (y lo sabes) que se pusieron de moda por cantantes en su senectud.

Es un local nuevo, en pleno centro y desde fuera se ve la intención de ofrecer que quieren ser algo diferente a lo que hay alrededor: su fachadas representa varios contenedores de puerto apilados. Así no hay motivo para no localizarlo. Fuimos sin reserva y rápidamente nos encontraron hueco (igual que la mierda de Guipúzcoa en el vertedero de Meruelo) para poder cenar.

Su carta está compuesta por raciones y algún plato para compartir pero es corta y concreta. Al ser 3 personas para cenar preferimos pedir medias raciones para poder probar un poco de todo y así ver cómo se manejan en cocina. Avisamos sobre el tamaño de la ración porque realmente eran grandes y así tenéis cuidado al elegir; no vaya a ser que tengáis que pedir un tupper al final de la cena y esto no es la casa de vuestra madre.

Comenzamos con uno de los platos por antonomasia para empezar una cena: el pudding de cabracho.  Pobre pez, siempre destinado a ser triturado para untarlo.  Abocado a su exterminio, como un congreso de UPyD. Normalmente no hay mucha complicación en elaborarlo, y el personal no le presta ni la más mínima atención: a engullirlo. En el caso de “Papanao” resalta su textura, punto justo para el unte en el pan pero sin ser papilla, consistente, sabor más fuerte que la media y con una mayonesa casera de rechupete. Sorpresa entre los peroleros por este buen plato.

Papanao_cabracho

Vamos a por la segunda media ración: rejos. Aunque en la carta informaba de rabas de calamar, el camarero, muy atento, nos informó que sería esta variedad la que serviría. Y fue un acierto. Un rejo “triscón”, con una fritura crujiente, nada grasienta, y como complemento un pequeño bol con ali-oli. Esta combinación está empezando a ser más frecuente de los habitual. Parece que ya no quedan suficientes rodajas de limón para los Giin-Tocnics y hay que redistribuir la producción. Aún así, estos rejos estaban de vicio.

Papanao_rejos

Y ahora, señoras y señores, viene la prueba de verdad: las croquetas. Pedimos las de jamón, las más clasicas. Presentada sobre una cama de patatas paja que aportaban menos que una comida de fraternidad en Podemos Cantabria, las croquetas estaban buenas. No llegan al punto de premio propio de nuestro blog y seguramente, de otros galardones que se han repartido sobre la masa de bechamel empanada (tranquilos que también iremos a hacer nuestra cata) pero cumplen y con nota. Además del minipunto a favor del regusto a nuez moscada. Un arte el de hacer croquetas que parece que si saben hacer en Papanao.

Papanao_croquetas

El plato principal y fin de la cena fue su solomillo a la plancha. Media ración acompañada de patatas fritas caseras y pimientos hechos también en la sarten. Aunque se les pasó pedir el punto en el que queriamos la carne, lo que nos ofrecieron estaba bastante bueno. La carne estuvo bien elaborada y sazonada. La guarnición también fue un acierto y estaba sabroso.

Papanao_solomillo

En definitiva, salimos del bar más contentos que Rita Barberá cuando se enteró que es aforada. El local es apetecible, las raciones son grandes y generosas, el servicio que nos atendió y colaborador, y la comida que se ofreció estaba bastante buena. El precio fue más barato que lo que esperamos aunque no pedimos postre (el elemento que infla las facturas más que un Palma Summit) y las bebidas no fueron de categoría premium.  Papanao ha entrado y muy fuerte en la guía “vamos a tomar unos vinos” de esta ciudad.

Os dejamos su Facebook e instagram.

Dirección: Hernán Cortés, 22. Santander

Cantidad: Sus medias raciones en otros bares son completas. 
Calidad: Muy bien. Ingredientes y elaboración de alto copete.
Presentación: más cuidada que un reportaje fotográfico del ¡Hola!
Servicio: Simpáticos y colaboradores. Con ganas de hacerlo bien.
Precio: 12 €/persona con dos copas de vino, una cerveza y agua. Atractivo para comer bien.

Zissou un universo acuático

Allá por 2004, Wes Anderson filmó Life Aquatic, una delirante comedia en la que el oceanógrafo Steve Zissou, un híbrido entre Cousteu y el Capitán Ahab interpretado por Bill Murray, se lanzaba a una loca aventura en busca del tiburón que había matado a su padre.

Inspirado en el personaje de Murray, abrió hace unos meses en Santander un nuevo restaurante llamado Zissou y es ahí donde entramos en acción los locos documentalistas del Perolo.

El primer plato en ser filmado por nuestra tripulación fueron dos raciones de rabas, ese plato tan mitológico en la gastronomía cántabra como Moby Dick en la literatura. Unas rabas en su punto de fritura, sabrosas y acompañadas por un suave alioli, un buen plato.

El siguiente espécimen en ser filmado por nuestros documentalistas fueron unas almejas en salsa verde.  En este caso, parecían submarinos en el potingue verde. Estaban sabrosas aunque en el lado negativo algunas de ellas estaban más cerradas que la cueva de Altamira (salvo que seas un multimillonario y conozcas a Francisco Martín). Así que nuestro gozo en un pozo.

Los entrantes los completamos con un steak tartar. Nos llegó ya realizado, nada de shows en directo realizandolo en la mesa (tampoco hay espacio en el local, todo hay que decirlo). Para los que no es nuestro plato más apetitoso hay que decir que estaba bueno. Carne fresca, bien macerada y frío, quizás demasiado.

Así como en los entrantes el pescado fue la elección mayoritaria, en los platos principales la carne ganó por mayoría absoluta.

Varios pedimos el lomo de vaca a la plancha con patatas y pimientos de guarnición. Carne al punto, tirando a poco hecha (cómo se pidió), en una ración donde la guarnición estaba a la misma altura del plato, con unas patatas fritas, sin exceso de aceite y unos pimientos asados bien elaborados. El plato nos gustó sin reservas.

El solomillo estaba en su punto justo, tal como lo pedimos, tierno como la mantequilla y bien secundado por las patatas, las salsas y unos toques de romero que realzaban el sabor limpio de la carne.

El plato de carilleras bajó un poco el nivel general, buen producto pero para nuestro gusto un poco secas.

Para rematar la cena algún perolero goloso se ánimo a pedir postre. Pedimos la tarta de manzana con helado, un hojaldre caramelizado con la manzana, similar a los pasteles que puedes encontrarte en cualquier bandeja de fiesta de cumpleaños en tu casa. Sin más mérito.

La cena la acompañamos de un par de botellitas de un rioja que está ajustado de precio y nos gusta, El niño.

En definitiva, Zissou nos gustó por la buena elaboración, cuidada presentación y variedad en su carta, aunque tiene puntos que mejorar como la coordinación del servicio o “un poco de por favor” en el tamaño de sus raciones, por lo menos para triperos como nosotros. Un local muy interesante y que creemos puede llegar lejos. Os dejamos su web, Facebook y twitter.

Dirección: Calle Ataulfo Argenta, 35. Santander.

Trás esta aventura acuática no os podíamos dejar sin una banda sonora adecuada para ella.

Cantidad: Un poco más en el plato no va a sobrar.
Calidad: Bien. Hay ganas de hacerlo bien.
Presentación: Muy buena. Los platos entran por los ojos.
Servicio: Les falta un poco de coordinación con la sala llena.
Precio: Un poco por encima de la media, pero acorde a su calidad. Sobre 30€ por persona.

Agave Azul: dame, dame, dame, dame el power

Después de la genialidad escrita en nuestro blog por Galindo Berana con su “Guía inútil de la gastronomía mejicana”, no teníamos muy claro si podríamos volver a escribir sobre un restaurante mejicano sin quedar con el culo al aire. Como somos un poco descerebrados y la vergüenza nos abandono a la vez que el desodorante, decidimos visitar el Agave Azúl para que nos puedan crujir a gusto desde el otro lado del océano o todo aquel que lo desee.

Al llegar al local echamos un ojo a la decoración y encontramos el cuadro de una virgen, la cual para nosotros lo mismo podía ser la de Guadalupe que la del Carmen, para que vean hasta donde llega nuestra cultura mariana, pero que nos dio tranquilidad ya que aunque solo sea por aproximación se cumplía un “principio Berana”.

La segunda señal de que estábamos en el buen camino  se produjo cuando el “mesero” nos trajo lo primero de todo las “3 salsas” que como las gracias de Rubens eran abundantes, suntuosas y unas más picantes que otras.

Tras una ojeada a la carta y ver que no aparecía por ningún lado la palabra fajita, lo que nos confirmó que no estábamos en Valladolid, nos decidimos por 5 platos que pasamos a valorar y que acompañamos de unas Pacífico.

El primer plato en llegar a la mesa fueron unos Chilaquiles que venían con queso bañados en salsa de chile verde y con un poco de salsa de chile rojo por encima. Un plato muy bueno al que por ponerle un pero le echamos en falta un puntito de picante. Si van al Agave les recomendamos los Chilaquiles por encima de los Nachos.

chilaquiles-agave-azul

El segundo plato en pasar por nuestra mesa fueron unas Enchiladas Mole Poblano. Las enchiladas estaban rellenas de pollo y bañadas en un mole poblano con el punto perfecto de dulce y picante.

enchiladas-mole-poblano-agave

Nuestra tercera elección fueron unas Quesadilla pastor, que son unas tortilla  envuelta y rellena de queso y carne marinada. El peligro de este plato es que el queso mate el sabor de la carne, algo que en las del Agave no sucede. Aquí el queso le da cremosidad al plato y no le resta nada de sabor a la carne.

quesadilla-pastor-agave

El órdago a grande llego con los Chiles rellenos, que son como los pimientos de padrón, unos pican un poco y otros de cojones… en el caso del que escribe estas lineas fue lo segundo lo que provoco una nueva ronda de Pacíficos. Aunque bastante picantes, disfrutamos cada bocado.

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Para cerrar llego el Chamorro. La carne estaba en un punto perfecto, se desmigaba con la mirara y facilitaba la preparación de las tortillas que acompañamos de la salsa más picante de las tres. Después de los chiles ya estábamos en un claro “from lost to the river”, casi como los del “junts pel si” pero en versión picante.

Chamorro-agave-azul

En definitiva una gran cena rematada por un precio más que razonable, y si Galindo, al día siguiente se cumplió el efecto Kardashian.

Os enlazamos su FB por si queréis cotillear más.

Dirección: C/ del Sol, 40. También hay otro en el Pasaje de Arcillero junto a la Plaza Porticada. Ambos en Santander.

Cantidad: muy bien. Si eres de poco comer pide con moderación.
Calidad: de visita obligada.
Presentación: sin lujos pero correcta.
Servicio: agradable sin resultar pesado.
Precio: 22 € por cabeza. Teniendo en cuenta que éramos 3 y las 2 rondas de Pacíficos nos parece más que razonable.

Anna: comer, beber, amar

Ni te has equivocado de blog, ni somos Carlos Boyero, ni vamos a escribir una crítica de la película de Ang Lee. Hoy os vamos a contar  lo que nos encontramos en el Anna, una cocina elaborada con cariño que se refleja en el resultado de cada plato.

Por situarnos un poco, señalar que el Anna está en la C/ Menéndez Pelayo en lo que toda la vida fue “el Segoviano”, y a su vez, es un spin off, como todos veis series no os explicamos que es, de lo que fue “la Nueva Torruca” sobre el que ya os dimos nuestra opinión.

La decoración es agradable pero sin alardes decorativos, lejos de moderneces y cuqui-moñerias . Tras una ojeada a la carta e intentar memorizar el gran número de platos ofrecidos fuera de ella, todos con precio lo que es fundamental para evitar sorpresa,  nos decidimos por pedir de entrante unas gambas a la plancha, un plato marcado por la calidad de la gamba. Sencillo y sabroso.

gambas-plancha-ann

Para los principales elegimos un Tataki de atún y una paletilla de cordero asada a baja temperatura.

El Tataki, un plato tan sencillo de elaborar como complicado de acertar con el punto exacto. En el Anna acertarón con la precisión de un clavadista de la costa de Acapulco . Una pieza de atún excepcional acompañado de una mayonesa de wasabi, que siendo muy suave, le daba ese punto de fuerza que a todos los que adoramos la cocina japonesa no nos puede faltar nunca. Un plato de sobresaliente.

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La paletilla ya a primera vista llamaba la atención. Se presenta deshuesada y acompañada de una patata asada. La carne estaba tan bien de punto que se deshacía en la boca. Un plato con un sabor intenso a cordero pero a la vez de gusto suave que no resulta para nada pesado, lo contrario que las elecciones catalanas.

paleta-cordero-anna

Ahora os preguntareis por los postres pero en está ocasión tuvimos que pasar aunque nos quede en pendiente una próxima visita para probarlos.

Si tuviésemos que dar nota al Anna, sería sin duda un notable alto pendiente de probar los postres para ver si la nota mejora.

El rango de precio con vino y postre estará entre 35-45 € por persona. Nosotros pagamos 56 € sin postre y bebiendo dos cervezas y dos vinos blancos.

Su web y su FB por si quereís echar un ojo.

Cantidad: correcta hasta para un perolero
Calidad: muy buena. Totalmente recomendable
Presentación: cuidada sin ser rimbombante
Servicio: atento y agradable.
Precio: 30€ por persona aproximadamente.

El Solórzano: volver, volver,… o no.

Para nosotros el vermú dominical en El Solórzano era nuestra forma de santificar las fiestas, siempre acompañadas de unos estupendos mejillones en salsa  y unas rabas notables. Pero un día reformaron el local y debieron quitar la cocina porque los mejillones perdieron la gracia y las rabas eran dignas de la Bridgestone. Adiós, un placer habernos conocido.

Pero, recientemente, unos simpáticos pajarillos nos chivaron que, en su última vista, este clásico parecía haber recuperado el pulso. Se imponía una visita por parte de El Perolo y decidimos que lo mejor serían unas raciones variadas para cenar, y así volver, volver, volver, a su carta otra vez… que diría Chavela.

Abrimos fuego con un pudding de puerros y gambas. Para nuestro desconcierto, nos llegó algo caliente a la mesa, lo cual hacía que estuviese poco asentado y homogéneo. Bastante soso, únicamente con sabor a puerro, potenciado por una salsílla verde que, entendemos, procedía de los tallos del puerro. La gamba, o al menos su sabor, desaparecida en combate. Desde luego, no le encontramos la gracia a un pudding tan insípido.

Pudding de gambas y puerros
Pudding de gambas y puerros

Seguimos con algo más clásico que la colección Austral, y así llegaron las rabas. La ración, queridos, es la que ven en la foto, ni una raba más ni una menos, y se hace realmente escasa, especialmente en relación a su precio (11 €… sí, ONCE EURAZOS, y no ponía la carta que fueran de calamar fresquísimo, magano o similar). No estaban mal -buena fritura, nada duras ni chiclosas- pero desde luego no para volverse locos en cuanto a su sabor y calidad.  Por ese precio hemos probado las soberbias de La Solana, y su estrella Michelín, que sacan un par de cuerpos de ventaja a estas.

La ración de rabas intactas
La ración de rabas intactas

Con las rabas llegaron las croquetas y estas tampoco despertaron en nosotros lagrimas de emoción como cada vez que nuestras madres ven Memorias de África. Correctas, nada más: poquito sabor a carne y demasiado a nuez moscada; bien fritas, pero demasiado grandes.

croquetas-el-solorzano

El siguiente palo que tocamos fue puramente autóctono, una ración de queso Divirín fundido. Un estupendo queso de La Jarandilla que, en crudo, nos había fascinado por su pasta blanda e intensa. No sabemos si es que se les fue la mano con el calentado, pero en aquél plato que nos trajeron se había fundido hasta la mohosa corteza del queso. Acompañado de una confitura de tomate y tostaditas de pan  resultó realmente sabroso, hasta el punto de que el más pantagruelico de los peroleros acabó con la corteza,  ante las dudas generales sobre si ese proceder era el adecuado y recomendable.

queso-divirin-solorzano

Por último, cerró el desfile una morcilla correctamente frita, adornada de cebolla caramelizada. Corriente, sin nada especial, hasta el punto que juraríamos que era de algunas de las marcas más habituales de los lineales de los supermercados. La cebolla, aburrida (¡oh! ojalá hubiesen arriesgado y hubiesen acompañado esta de la confitura de tomate, tendría su gracia).

morcilla-el-solorzano

Para el postre, nos aferramos a nuestros clásicos y tiramos por la tarta de queso y una torrija de brioche. La tarta, en la tónica de la noche, aprobaba, pero su textura, un tanto arenosa, y una base discreta la alejan de nuestras favoritas. La torrija no era torrija, puesta que esta se supone que es una rebanada empapada, no un bloque poroso que, a mayor abundamiento, sabía demasiado al requemado del caramelo.

tarta-queso-el-solorzano

torrija-brioche-solorzano

Conclusión: el Solórzano parece salir de las catacumbas, pero aprueba, y gracias. Nada realmente memorable, todo a falta de un punto para ser realmente bueno. Y la competencia es feroz en las noches de raciones santanderinas.

Cantidad: normal, tirando a escasa (especialmente las rabas)
Calidad: Aprobado. Y poco más
Presentación: Normal, sin mayor complicación
Servicio: Excesivamente amable y de colegueo.
Precio: unos 15€ por cabeza, vinos incluídos.

Agua Salada, muchos claros y algún nubarrón

El Agua Salada es una de esas aperturas que se han producido en el verano santanderino y del que habíamos leído muy buenos comentarios. Con la perspectiva de una cena interesante, nos acercamos a la calle Santa Lucia.

El local, antigua “la Estrella” para jueguistas nostálgicos, está muy acogedor. Una decoración sencilla pero cuidada, pensado para cenas románticas, si no fuese por el poco espacio entre mesas que hay y el ruido, problema que achacamos a las dimensiones del restaurante.

Interior del Agua Salada

La carta es corta, pero tiene la virtud de provocar que te apetezcan todos los platos según la vas repasando. Cuenta con la posibilidad de pedir 1/2 raciones y hay varios platos fuera de carta que la camarera nos cantó con su precio correspondiente, algo muy poco habitual y que está muy bien, que los platos de fuera de carta los carga el diablo.

Nuesta atracción por la comida asíatica hizo que nos decantáramos por iniciar la cena con 1/2 ración de tartar de salmón salvaje y 1/2 de fideos Yaki Udon, descartando las croquetas por primera vez en muchos años.

Lo primero en llegar a la mesa, tras una espera un poco larga, fue el “Tartar de salmón salvaje”.  La presentación del plato es buena, decorado con unas esferificaciones de aceite de oliva y algas que dan aún más colorido al plato. De sabor está muy bien, aunque nosotros lo preferimos un poquito más potente. En lo referente al tamaño, la 1/2 ración cumple nuestro objetivo de probar el plato sin llenarnos, da aproximadamente para 4 barquitas.

tartar-de-salmon

El segundo plato en aparecer por nuestra mesa fue la 1/2 ración de fideos Yaki Udon. El yaki udon es un fideo grueso hecho con agua, harina y sal que se puede combinar de muchas maneras. En el Agua Salada se saltea con pollo, langostinos y verduras. Un plato muy sabroso que deberás pedir obligatoriamente si te gusta la comida asiática.

tallarines-udon

Para continuar, aparecieron por la mesa los chipirones rellenos, que traían consigo la primera nube, el arroz. Los chipirones en sí estaban muy sabrosos, el cilantro y la ralladura de naranja le daban un toque diferente. Pero el arroz, el arroz estaba más pasado que Bertin Osborne. Un fallo gordo en la parte más sencilla del plato.

chipirones_rellenos

Ya sólo quedaban los nuggets de pollo almendrado, que los habíamos pedido por la curiosidad que nos había despertado verlos en la carta de un local como este. Este fue el nubarrón de la noche. Los nuggets se convirtieron en unos tronchos de pollo con el empanado 0 crujiente. Es más, blando, secos por dentro y con dnada de sabor. La compota de manzana, o algo así decía la carta -ahora no recordamos-, quedaba enterrada sobre una selva vegetal que no aportaba absolutamente nada al plato. Una auténtica decepción y más si tu último recuerdo de unos nuggets son los del Nobrac.

nuggets_pollo

En lineas generales, la cena estuvo bien pero quedo empañada por ese ultimo plato que te hace levantarte de la mesa un pelín decepcionado. Aún así, el restaurante tiene cosas muy interesantes y seguro que volveremos a probar otros paltos. Si, ya sé que estáis pensando: tenemos que volver para probar ¡las croquetas!.

Dirección: Calle San Simón, nº 2 esquina Santa Lucia;  Santander

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Cantidad: normal, un perolero con hambre podría pensar que escasas.
Calidad: bien, lástima de los dos borrones ya comentados.
Presentación: de todo pero mejorable
Servicio: bien y atentos. El detalle de dar los precios de los platos fuera de carta muy bien.
Precio: 20€/persona. Hay que tener en cuenta que no pedimos vino ni postre, por lo que os podríais ir a unos 25€/persona