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La Bombi: a la luz de la excelencia

No, ni nos ha tocado la lotería, ni una dirección general del gobierno regional o un cargo en la directiva del Racing. Es que, a veces, vamos sumando (pocos) euros al mes y teníamos ganas de un homenaje. Tiramos de los clásicos y fuimos a uno de los restaurantes seguramente más caros y con más nombre de Santander. La prueba del programa de hoy era conocer si la calidad estaba a la altura de su fama y las joyas que habíamos empeñado merecían la comida que ibamos a tomar.

Con un servicio excelente y que nos fue mucho más útil que la ayuda de windows, seleccionamos varias viandas a compartir y después un plato principal por comensal.  En el recorrido por la carta y las sugerencias fuera de ella, decidimos hacer algo de “fuera de pista” y lanzarnos a algunas de las delicias que no estaban en el encartado principal de La Bombi, porque jugábamos a grande y no íbamos de farol (se nos da muy mal no decir las cosas cómo son). Llevábamos varios “chones” en la mano.

Empezamos por una ración de mejillones en escabeche. Si, ya sabemos que muchos de vosotros no pasáis de abrir una lata, o que llevan mucho trabajo cómo para hacerlos en casa. Pues no sabéis lo que os estáis perdiendo hijos. Los “mejis” estaban bien carnosos, con un escabeche equilibrado en todos sus sabores, y con un acompañamiento de ajo picado muy bueno para rematar con pan este plato. Empezamos muy bien.

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A continuación fuimos por un plato típico de nuestra ciudad, de los que te comerías cómo pipas e incluso devorarías hasta la cola (no hagáis segundas lecturas por favor, no nos vamos a presentar a concejal) si están bien buenos. Nos referimos a los bocartes. Rebozados y abiertos a la mitad, estaban deliciosos, en una ración amplia y con lechuga de acompañamiento. Sí, sólo de acompañamiento, nada de lechugas iceberg con exceso de agua del lavado. Algunos de los comensales al pedir este plato miraban extrañados, pensando que este es un plato más vulgar que un programa cualquiera de Telecinco.  Pero al probar los bocartes rebozados se tragaron su palabras. Pidieron perdón y entregaron las armas. Si es que hay que dejar a un perolero elegir…

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Tras probar “la joya plateada del cantábrico” (toma ahí titular periodístico-gastronómico) terminamos los entrantes probando las almejas a la sartén.  Una almeja de tamaño grande, con mucha “chicha” y envueltas en un salteado agradable, con su ajo bien picado, y ese toque de picante pero sin desaprovechar que la materia prima que habían cocinado era de primera división. Esto de comer almejas tan buenas de día no era algo esperado por nosotros. Igual se nos fue la mente a otros lados y otros momentos.

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Y vamos ahora con el plato principal; el momento en el que la comida que tomamos podía o llegar al nivel de las pegatinas de la guía michelín que están a la entrada, o por el contrario al de las pegatinas del kebab de al lado en la farola de enfrente. Fina frontera de comer bien o comer contundente. Seguimos recomendación del maitre y pedimos cómo pescado el machote al horno con patatas panadera. “Acertada elección” que diría el jefe del servicio del restaurante. Aquí fue un simple pero efectivo “te va a gustar fijo”. Y vaya si lo hizo. Una pieza de pescado perfectamente cortada, horneada de forma igual por todas las partes, casi sin espinas y con sus patatas panadera en perfecto estado de revista. Estaba el plato cómo para pedir en change.org hacerle un monumento. Más que machote el pobre pez se había convertido e un perfecto caballero.

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El cabr… de nuestro reportero perolero, no se quedó sin hambre y dijo que sin postre no se iba a realizar la crónica de esta visita.  Pues nada, pedirle al niño un postre que si no se pone a llorar cómo plañidera en funeral. Venga, pues una tarta de queso para rebajar la comida. “¡Ostras, Pedrín! que diría el superhéroe nacional. Una tarta con base de sobao pasiego, no galleta, con un queso fresco, posiblemente de las Garmillas, con su mermelada de frutos rojos del bosque para completar la santa trinidad del postre. Ya sabéis que los postres siempre (en la Bombi y en Casa Cuesta, por poner dos ejemplos diferentes) aumentan la cuenta final, pero es casi imprescindible para rematar la experiencia.

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Y ahora con todo viene el momento preferido de su programa favorito: “El precio justo”.  Y vamos a “calzón quitado”, no os vamos a engañar: el precio es alto. Sin embargo cuando notas al saborear que la calidad de los productos, el cocinado y la presentación es toda igual de buena, te entran hasta dudas de conciencia sobre lo que has pagado y que es justo o no. Seguramente y por desgracia, no mucho podáis permitiros esta comida, pero si os gusta “comer bien” hay que parar obligatoriamente. O que te inviten, que siempre hay que tirar de los amigos en los malos momentos.

Os dejamos su web.

Dirección: Calle Casimiro Sainz, 15. Santander. 

Cantidad: Adecuada. Quedas saciado con lo que te sirven.
Calidad: Más alta que las torres Pretonas.
Presentación: Comes antes por el ojo que con la boca.
Servicio: Adaptado al cliente y muy atento. Perfecto.
Precio: 50 € por cabeza con vino y postre. Gama alta.
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Entre el cisma y el catacrack

Este es un post difícil porque aunque lo tenemos que hacer muchas veces, no nos gusta repartir a diestro y siniestro. Y si encima te tratan bien y te sirven con eficiencia todo se pone aún más cuesta arriba. Pero si tenemos que ser fieles a nuestro decálogo y a nuestros lectores, debemos ser objetivos, y objetivamente nuestra cena en el Catavinos fue un pinchazo tan grande como inesperado.
Era una cena especial ya que nos acompañaron buenos amigos a los que quisimos agasajar con un menú puramente perolista, es decir, variado, sabroso y ajustado de precio.

Para abrir fuego apostamos por un valor seguro, su tortilla de patata. Aquí habéis leído que, para los perolistas, la del Catavinos está en el podio de las mejores de Santander. Y precisamente con la tortilla empezaron las sorpresas… al menos para una parte de los nosotros. Y es que, aunque no os lo creáis, no a todos los editores de este blog nos gustan las mismas cosas, y la tortilla es una de ellas. Hemos discutido en dos facciones hasta el punto de parecer el Perolo Popular de Judea y el Perolo Judaico Popular, aunque no nos tomamos tan en serio como para pelearnos de verdad.

La corriente mayoritaria es que estamos ante la capilla sixtina de las tortillas, el no va más, el “después de probarla ya puedo morir tranquilo”. Y que esta noche, la tortilla mantenía su excepcional nivel. Enfrente el sector minoritario (aunque convencido de representar a la mayoría social) agradecemos que estuviera recién hecha (faltaría), nos pareció demasiado poco cuajada incluso para los que nos gusta poco cuajada y con un regustillo a huevo quemado que destrozaba el conjunto.

 Ante este irreconciliable cisma solo nos queda recomendaros que la probéis y nos contéis. Más no podemos hacer, porque si seguimos discutiendo esto acaba con uno de los nuestros fundando el perolismo protestante, clavando en una pared sus tesis reformistas sobre la tortilla y, la facción contraria, montaría un Concilio de Trento para expulsar a los herejes de la tortilla cuajada.

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La siguiente parada era la cecina, acompañada de una gigantesca rodaja de tomate y un poco de aceite (quizás demasiado poco, aunque para gustos). Con el recuerdo reciente de las cuasi transparentes laminas del Casimira era difícil fallar. Tenemos que decir que el tomate era bueno tanto en textura como en sabor, pero se quedaba aún lejos de la excelencia del relatado en Casimira. La cecina, sin embargo, mucho mejor, aunque metidos a cismas y debates, tampoco despertó unanimidad entre los comensales: para unos, sabrosa y cumplidora, para otros el mayor problema residía en la presentación, demasiado uniforme e impersonal. Vamos, que deseaban haberse encontrado lonchas irregulares y bañadas en algo más de aceite.

Pinchazo sin paliativos, y aquí sí hubo unanimidad, en las croquetas. Templadas, casi frías, con un deficiente rebozado y una discreta bechamel, demasiado gomosa, poco trabajada y de discreto sabor. Flojas, my flojas. Hay cosas que no perdonamos y lo advertimos, siempre aquí, aunque no cuando nos sentamos en la mesa, ya que no queremos que nos inviten. Somos muy Lanister, pagamos nuestras deudas.

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Siguiente parada una bola de arroz y patata, al estilo colombiano. Muy especiada, grande… y poco más. Quizá en ocasiones demasiado seca -la estupenda salsa picante Valentina nos ayudó en la deglución- pero sin más que destacar. Esto si que fue un muro y no el de la maratón.

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Siguiente pinchazo y cisma de la noche, el huevo con foie. Era otro de los hitos esperados por quienes confeccionaron el menú y decepcionó. Nuevamente mal de temperatura, de textura y discreto de sabor. La noche era de pesadilla, sobre todo si no eras pro-tortilla del Catavinos (es que la minoría además de guerrera es quien escribe este post).

El cisma, aunque menor, vino motivado porque algunos sí estaban bien ejecutados y correctos de sabor aunque sin volvernos locos. En definitiva, estando la mitad tibios, o rotas las yemas o con demasiada cebolla, el balance creemos que no llega al aprobado. Una pena, porque tanta irregularidad no ayudaba a remontar el vuelo de la cena.

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Uno de los comensales, nada fan del foie, optó por un pincho de chuleta. Es uno de los fuertes del establecimiento y cumplió. Algunos, en ese precioso instante, lamentamos no ser “alérgicos” al foie.

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A trancas y barrancas llegamos a los postres. Solo tres en carta,  helado de chocolate, queso de cabra y tarta de chocolate. Nada destacable.

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Finalmente conviene apuntar que todo ello estuvo acompañado de uno de nuestros valores seguros, un Luis Cañas (bueno, una no, varias botellas, que había sed y eramos unos cuantos).

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A la hora de pagar, en circunstancias normales nos hubiéramos quedado en un precio correcto, pero tras las decepciones de la noche nos salió caro.

Nos fuimos tristes, la verdad. Esperábamos un buen festín en Catavinos, para poder cantaros aquí las alabanzas de un sitio con buen nombre. Creemos que no es un problema ni de producto ni de pericia de la cocina.  Nos inclinamos por pensar que la cocina de pinchos y barra de Catavinos no se adapta bien al ritmo y tiempos de una cena para un grupo mediano, y que algunos de sus platos pierden así inmediatez y calidad.

Dirección: C/ Marcelino Sánz de Sautuola, 4, 39003 Santander

Cantidad: Correcta
Calidad: Irregular. Necesita mejorar
Presentación: Correcta
Servicio: Rápido y eficiente
Precio: No es barato

Navajeda Sport’s Tavern: Alta tensión

Hemos vuelto en Octubre 2015 y nuestra opinión ha cambiado. La podéis ver en este enlace

Seguimos en búsqueda del elemento dorado del pincho de tortilla mejor elaborado y desde el “imaginario colectivo” (ese bonito eufemismo para enmascarar el “pues yo había oído…”) conocíamos que la taberna “Navajeda Sport’s tavern” solía ofrecer buenos pinchos de tortilla y contundentes por su cantidad. Con estas premisas es difícil que un perolero no se pase para comprobar lo que se dice y poder exponerlo en el blog. Así que allá que nos fuimos para desayunar y empezar la mañana “¡Con mucha marcha!” (Leticia Sabater que estás en nuestra memoria) para tirar todo el día.

La carta de tortillas que tiene es amplia, pero nosotros tiramos por una de las especialidades más comunes por su nombre pero con una variedad de alternativas en su elaboración que parece que en vez de elegir tortilla estamos seleccionado nuestra papeleta para las elecciones. Nunca sabes cual puede ser el menos malo. Estamos hablando del pincho de tortilla “vegetal”. Esta denominación a menudo lleva algún producto de fuera de la huerta que altera el nombre original de plato. Vamos, que al final no el del todo cómo lo que pides, cómo los pliegos de construcción de un teleférico.

Navajeda_tortilla_vegetal

El pincho ni es grande cómo esperábamos (es más un tamaño medio sin ser tampoco una birria) ni está tan bueno cómo habíamos oído. La tortilla en sí está bastante cuajada, tirando un poco a duro tipo “suelo random de cualquier parque de Santander”, y la patata estaba bastante hecha. Si la tortilla no se salva, la boina que lleva encima tampoco pasa el corte. Lo “vegetal” era lo más parecido a un “potito” de Nutriben formado por mayonesa y trozos de lechuga con tomate. Puede incluso que llevase bonito. ¿Y por qué decimos puede?. Pues el motivo es que la tortilla estaba tan salada que romperíamos la maquina anti-doping de la federación de atletismo (y mira que por esa maquina ha pasado de todo) por subida de tensión arterial anormal. La consecuencia es que al final no sabes si llevar anchoa, atún o lascas de sal Maldón. En conclusión, estamos ante una decepción mayúscula. Esperábamos mucho más de este pincho.

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Para rematar la faena llegó, nunca mejor dicho, el rejón de muerte. El precio del café grande más el pincho llega hasta los 3,10 €. Ya ni queremos calcular el esfuerzo en gasolina por desplazarnos por allí, pero que casi que preferimos no pensarlo. Aquí, al revés que en la noche electoral, no ganan todos. Esperamos que no aprendan de los partidos políticos y renueven la “estructura” de sus tortillas.

Os dejamos su web, facebook y Google +.

Dirección: Av. Marqués de Valdecilla, 159. Soto de la Marina.

Cantidad: Pincho medio. No llega a ser un pincho "godzilla"
Calidad: más "salao" que chiquito de la calzada contando chistes en la feria de Abril.
Presentación: Normal. Llegó compacta la tortilla al plato.
Servicio: Correcto. Nos atendieron bien.
Precio: Lujo. 3,10 € café con leche grande más pincho de tortilla vegetal.

La Cava: Enterrados en la cocina chic

Últimamente parece que la “escenografía” de los restaurantes tiende a ser más importante que lo que probamos del plato, y ya sólo por comer en un edificio bonito, o ante un paisaje precioso, o incluso porque los platos son cuadrados o cuencos en los que haces un sondeo con taladradora para comer, es motivo para que te cobren mucho más que por lo que comes. Esto es lo que nos ocurrió en “La Cava”, un restaurante en el municipio de la La Cavada.

En “El Perolo” estamos empezando a comprobar un axioma que sospechábamos hace tiempo pero se está empezando a ratificar con nuestras críticas: si llamas con poca antelación para reservar y te indican que sin problemas, desconfía, puede que sea la última vez que vayas. Así ocurrió, llamamos para una reserva mediana (más de 4 personas) ya que queríamos cenar en la misma tarde  y nos tomaron nota sin problemas. Una vez  reservado, acudimos al citado local; un espacio muy amplio y restaurado en el que predominaba el gusto por la buena decoración. Indicar que el restaurante se identifica también como vinoteca, lo que hace que la sección de vinos destaque en la barra.

A continuación nos trasladaron al comedor, una habitación restaurada y con cuadros de arte abstracto, lo que te hace pensar que vas a comer en una galería de arte más que en un restaurante. La maître nos indicó las sugerencias fuera de carta, de forma muy amable, pero se le olvidó traer la carta de vinos, y autodenominándose vinoteca… Al final nadie de la mesa pidió vino. Optamos por pedir varios platos para compartir y así poder opinar toda la mesa sobre la comida. Además aceptamos la sugerencia de fuera de carta: ensalada de queso “burrata” (un queso similar a la mozzarella) importado por el restaurante. La ensalada estaba buena, aunque si se nos “vende” el queso cómo producto principal, no se puede “matar” el sabor con una vinagreta fuerte. Por cierto, la “ensalada” no era más que canónigos y tomate. Así que el “fuera de carta” se convirtió en una “caprese” un poco más elaborada.

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A continuación solicitamos una ración de rabas. Estaban buenas, había mezcla tanto de rabas de peludín cómo pulpo, y la fritura estaba en su punto. Además no añadieron limón para servir.  También pedimos una ración de croquetas (si, es nuestro producto estrella del blog) de… eh, bueno, si…  no sabemos a que sabían, pero ahí sólo había bechamel. Se habían quemado en la freidora y nos sirvieron en vez de un entrante, un surtido de pelotas negras con sabor a carboncillo. Cómo apunte, indicar que cuando se nos tomó nota se nos indicó que se nos servirían morcilla, ya que las que venían en la carta no había.  Además también tomamos una tempura de espárragos con salsa romesco (la salsa que se usa para untar los calçots) que no eran nada del otro jueves.

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Con esta selección se nos hacía difícil hacer un juicio positivo, ya que además no se nos sugirió solicitar más platos, error de primera categoría en cocina, ya que sólo con indicarnos que los que solicitábamos eran escasos, añadiríamos más opciones a nuestra comanda. Aparte, en un servicio de 2 mesas en el comedor, para cenar todo lo que os hemos comentado tardaron más de dos horas, interrumpidas periódicamente por el tintinear de los cubiertos caídos al suelo. Algún camarero necesita más horas “de vuelo” para evitar estos errores. También incluir, que se pidieron las raciones por pares, pero en cocina o en sala no estaban muy al loro, y servían individualmente, en vez de traerlas a la vez. Qué pena no haber traído un libro para entretenerme en las esperas.

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Si algo podemos salvar de nuestra experiencia fueron los postres. Solicitamos un “coulant” de chocolate, exquisito. Al desmontarlo, el chocolate fluía cómo catarata en el plato, aparte de la salsa que lo acompañaba muy fina. Además, algún comensal más de la mesa pidió helado artesanal y nos indicaron que estaba de lujo.

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En conclusión, es un restaurante con aspiraciones mayores a las que luego se reflejan. Errores puntuales en servicio, unos platos  con una calidad normal, y una cuenta excesiva (con agua y cervezas nos salió por 20€ por cabeza) aparte del esfuerzo del desplazamiento, hacen poco recomendable ir a este local. Cómo se decía en clase cuando dan las notas, “Insuficiente, necesita mejorar” para por lo menos ser atractivo.

Dirección: Avenida de Alisas, 33; Santander

Cantidad: Pelea de tenedores por las raciones.
Calidad: Discreta. Pasa desapercibidos
Servicio: Torpe e inexperto. Necesitan clases.
Precio: Regalarles una escalera para que se bajen de la parra.

Casa Setién: Camino a la perdición

En un momento de lucidez ( o no ) gastronómica, decidimos acudir a uno de los restaurantes con mayor popularidad en Cantabria: Casa Setién, en Oruña, un pueblo a 20 minutos de Santander en coche. Aparte de varios comentarios positivos sobre este local, nos pareció muy positivo que tuviera una página web completa, detallada y bien maquetada. Este hecho es inusual en nuestra región, ya que con tener una página en Facebook (y gracias) muchos empresarios de la hostelería se creen que ya están en Internet.

Llegamos al restaurante, con un ambiente muy fino, así que pensamos que no habíamos errado en la elección, y que nuestra apuesta era más segura que un voto del PP en el Sardinero. Dispone de varios comedores, con diferente temática, y nos pusieron la mesa, con el resto de comensales en el espacio denominado “jardín”: rodeados de arboles y vegetación de la finca, pero dentro de una estructura de cristal y madera, ajena a bichos y cambios de temperatura.

Nada más llegar observamos el primer defecto: dos camareros para 13 mesas. Nuestra comida iba a ser lenta.  Es una pena que en épocas de crisis se recorte personal en todos lados, aunque este hecho no corresponde con una bajada de precios. A continuación, el segundo fallo: Eramos 4 adultos, pero sólo nos dieron 2 cartas. Así que la mitad de la mesa tenía que esperar a que la otra parte eligiese sus platos.

Solicitamos dos entrantes a compartir, un plato principal y los postres. Si amigos, nos repetimos más que el ajo, y sin croquetas no nos vamos. El servicio nos indicó que las redondas eran de jamón y las alargadas de bacalao… o ¿al revés? Da igual, no había tropezones en ninguna de los dos tipos. Se habían pasado en la “turmix” con la bechamel. No sabían a nada.

croquetas_casa_setien

Después llegó el segundo entrante, tartar de atún toro marinado en soja, con pimientos y aguacate.  La presentación fue de lo más de moda que hay ahora: sobre hoja de pizarra. Andamos con ansias a ver cual es el primer restaurante en el que ponen platos sobre tejas. O sobre ladrillos directamente. La comida, tenía un defecto fundamental: si el atún está marinado en soja, y además le echas escamas de sal, ¿Cuantas botellas de agua nos vamos a beber? Estaba muy salado, no podías distinguir los ingredientes y fue un desperdicio gastar el maravilloso atún en un plato en el que no podías comer nada sin tragar agua antes.

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Llegamos al plato principal, lubina al horno. Un plato que estaba fuera de carta. No es muy difícil, si eres un chef  profesional, que el pescado te salga mal. Pues lo consiguieron. Las almejas sabían de forma sospechosa (aunque os confirmamos que no nos ha producido intoxicación alguna); el pescado estaba bueno pero  su acompañamiento de patatas panadera impregnaba todo el plato de una grasa, posiblemente aceite, que hacía que el plato brillase. Vamos, parece que el sobrante de freír las croquetas lo hubiesen echado en la lubina, y de paso en el pastel de cochinillo que pidieron el resto de comensales. En definitiva, tanto el pescado cómo la carne tenían la misma textura (y casi sabor) por este “sebo” que cubría los platos.

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La comida estaba siendo una decepción tras otra. Lo poco que los salvo fue el postre, un “coulant” con helado de frutos rojos. La combinación de sabores estaba muy buena, y no era un postre nada pesado. Pero claro, cómo siempre, el desprecio a que los clientes pidan postre hace que la cuenta suba. La moda que se está extendiendo de cobrar 5€ por cada uno es un abuso.

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Además para rematar: del vino que pedimos sólo les quedaba una botella; tuvimos que recordar de nuevo después de tomar nota que nos faltaba una bebida (un mosto que llegó iniciado el primer plato) y que se cobró por un chupito de orujo blanco a precio de 2,50 €, sin traer ni la botella para por lo menos contrastar la marca… (el orujo más suave que hemos tomado, sospechamos que era agua con unas gotas de aguardiente) hace que la experiencia sea nefasta. Dos horas y media de continuas decepciones; creíamos que nos habíamos metido en un mitín de las europeas, eso sí, no vimos a Cañete devorar los platos.

En definitiva, tiene mala pinta el camino que lleva este restaurante, más cercano al cierre que a ganar un reconocimiento en una guía gastronómica. Reflejo de ello es que varias mesas alrededor nuestro pagaron con cheques restaurante y se ahorraron el gastar de sus bolsillos, algo que a nosotros todavía nos duele.

Dirección: Barrio el Puente, 5; Oruña de Pielagos

Cantidad: Te quedas a gusto.
Calidad: Más decepcionante que Prosinecki.
Presentación: Nivel premium.
Servicio: Escaso. Ahorro en el personal, gasto en nuestra espera.
Precio: Muy caro. 33€ por persona. Una puñalada.

“El Marinero” de Castro Urdiales

Tras una jornada en IKEA, que es como estar por tu casa pero con más habitaciones, el cuerpo te pide premios.

Con esta filosofía nos acercamos al Marinero de Castro Urdiales. Casa de gran solera y merecida fama o eso es lo que pensábamos.

Sorprende que un local campeón del concurso de pinchos de Cantabria no tenga en expositores su mercancía. Sabemos que es muy bonito ver esas barras llenas de pinchos pero la higiene es más importante. En principio, creemos que los locales de hostelería están obligados a utilizar expositores de ahí nuestro primer toque.

Pedimos unas cañas, una ración de pulpo a la gallega y unos bocartes. Vaya por delante que la calidad fue buena, muy buena pero las formas dejaron mucho que desear.

Lo primero, y más chocante, que nos sucedió fue que retiraron el cesto del pan a unos clientes que ya habían acabado, añadieron unos pedazos más y nos lo pusieron a nosotros. En pocos sitios, por no decir ninguno, hemos visto esto.

La ración de bocartes rebozados no fue tal pues se venden por unidades, al no darnos ticket no sabemos cuánto puede valer cada uno. Pedimos media docena, el camarero cogió nuestros bocartes y pasaron al microondas. No hay mucho más que añadir.

Bocartes_Elmarinero_Castro

Llegó el turno al pulpo a la gallega. Lo hacen en el momento, cogen de una fuente patatas cocidas y de otra el pulpo, salpican con aceite y añaden el pimentón y sal y al microondas. ¿Estaba bueno? Sí, con un pero: la presentación fue lamentable.

pulpo_gallega_Marinero_castro

Cuando pedimos la cuenta, nos maravilló la capacidad de cálculo del camarero. Mirando al techo, echó unos números y nos cobró 23,50 €.

La conclusión es que nos decepcionó. Esperábamos algo más de un referente de la hostelería en Cantabria. También somos conscientes de que un mal día lo tiene cualquiera.

Dirección: Calle la Correría, 23; Castro Urdiales

Cantidad: a "ojimetro" del camarero.
Calidad: Decepcionante para tener premios.
Presentación: Aquí no hablamos ese idioma.
Servicio: Roban los cestos del pan entre clientes...
Precio: Atraco a las 3.

QUEBEC: Referendum sobre el estado de su tortilla

En este blog seguimos en la búsqueda del Santo Grial de la patata, la cebolla y el huevo para localizar la tortilla perfecta, aquella que combine sabor, textura y precio para proclamar la mejor tortilla de la ciudad. Ya hemos estado en “Manila”, “Oporto” y otros más… la siguiente parada del viaje de “Bares con nombres de ciudades que no sabemos porque los bautizan así” es el “Quebec”. Una cadena de bares, porque ya hay más de dos y tres, especializado en las tortillas. Cuenta con gran fama y popularidad, causa y consecuencia de que tengan más bares y siga rellenando espacios en los vacíos locales de una ciudad que  parece que hace esfuerzos considerables para que “The Walking Dead” ruede su próxima temporada.

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La prueba la hicimos en las mismas condiciones que en los otros sitios donde hemos probado su tortilla: día laborable, 11 de la mañana y pasado el “chute” de la cafeína del desayuno. Vamos, con más hambre que Arias Cañete en el pasillo de refrigerados del super.

La variedad de tortillas que ofrecen es abusiva, te da miedo salirte de lo convencional . Por ello, solicitamos un pincho de tortilla con bonito y atún, más un mediano (para los que nos lean de fuera de Cantabria, un café con leche). El servicio fue rápido y eficaz, teniendo en cuenta que era hora punta y tanto en la terraza (fuimos al último bar de la cadena inaugurado en Amós de Escalante) cómo en barra estaban hasta arriba.

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Vamos al quid de la cuestión: la tortilla. Ración mediana, sin ser un mazacote ni tampoco una “pulguita” que te ofrecen ahora a precio de local “de lucecitas”. Pero el grosor de la tortilla dejaba mucho que desear. Era un pincho fino, cómo si le hubiese hecho la dieta Dunkan; estaba salado, cómo para pedirte un vaso de agua y pasar el trago; tenía la “tapa” de atún y mayonesa puesta de cualquier modo, sin mezclar una cosa y otra; las “lascas” de patata no eran de la mejor calidad; estaba sin cuajar, pero llegando a un punto de que parecía que comías sopa de “huevina”. En definitiva, unos se llevarán la fama, pero “Quebec” no es de los que carden la lana. Teniendo en cuenta el alto nivel de “tortillismo” local que hay, es increíble que siga gente picando en estos locales.  Para rematar, el precio fue de 2,90 €. Las vistas que tenía eran al parking del ayuntamiento, así que debí pagar una hora gratis para el coche o así, porque es excesivo a cualquier bolsillo.

Dirección: Amos de Escalante; Santander

Cantidad: Es un pincho mediano que te dejará con ganas de más si eres un tripero.
Calidad: más fama que la que en realidad tiene.
Presentación: A todo trapo. No hay que perder tiempo.
Servicio: Cortita y al pie. Muy profesional.
Precio: Más crecido que un madridista tras ganar la copa al Barça.