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Las Piscinas de Villacarriedo: Chapuzón de calidad.

Hemos vuelto de manera puntual a nuestro formato porque publicar todo lo que sentimos y probamos en nuestra última visita se quedaba más corto que las lista de los que votaron en contra de Rajoy en el último congreso del PP.  Y es que lo pasamos muy bien en nuestra excursión a los valles pasiegos y en concreto a comer (según lo que vimos antes de reservar)  en uno de los mejores restaurantes en calidad/precio de la región: Las Piscinas de Villacarriedo.

Su nombre viene de la piscina municipal que se encuentran pegada al local, además de contar con pista de “futbito” (prohibido pegar “punterón”) y columpios para que tus críos reboten en el suelo cual muelles tras tirarse por el tobogán boca abajo. Si lo haces con 6 años es una chiquillada y tu padre te castiga; si los haces con 22 lo grabas, viene Red Bull, te paga un millonada y lo llamarían “toboganing”. Cuestión de edad.

Vamos al lío. Lo primero a destacar fue el impecable servicio desde el inicio hasta el final. Para empezar cambiaron una copa por no ser igual al resto, y nos atendieron correctamente, además de insistir por dos veces en la invitación al chupito, que renunciamos gustosamente ya que teníamos que conducir, y con tener a Miguel Ángel Rodríguez en este país, ya había suficientes peligros en la carretera. A continuación nos explicaron tanto la carta en los platos que no tenían así como las especialidades “fuera de carta”: esas manzanas de la tentación, que sabes que vas a degustar pero con riesgo de que te condene la cuenta.

Y como nosotros al cielo no vamos a ir, pedimos la sugerencia del revuelto de matanza como entrante. Un conjunto de huevo poco cuajado, con patata paja y trozos de chorizo, morcilla, tocino, etc. Miedo tenemos a encontrarnos un plato pesado, pero el sabor era bueno, la textura melosa pero sin llegar a ser sopa de yema, y los trozos de gorrino numerosos y jugosos.

las_piscinas_revuelto

A continuación cada uno de los tres comensales optó por opciones distintas pero siempre con el objetivo de comer de su propio plato  y coger del de los demás; Es lo que llamamos la teoría “Vistalegre II” o “déjame para mi todo Iñigo”. El primer comensal, carnívoro de cuna, pidió cabrito al horno. Con la ración que nos sirvieron podíamos luego segar todo el “verde” de la Braguía. Una ración generosa, con una carne tierna, jugosa, bien salseada y con una guarnición de patatas fritas buena. Habíamos elegido bien.

las_piscinas_cabrito

A continuación, uno de nuestros compañeros de mesa, con bastante menos hambre que el cavernícola del cabrito pidió los escalopines. Un plato que sorprende por estar rebozados, con un toque de sal en láminas por encima. La carne no estaba muy seca, y en la fritura no había exceso de grasa. Así que una elaboración sencilla que podría pasar sin pena ni gloria  (como una escalera mecánica más inaugurada por Gema Igual) acabó siendo un plato muy bueno y con ganas de repetir.

Las_piscinas_escalopines

Por último, la “tercera vía”, aquella que va a su bola, pidió el confit de pato. Un plato donde la carne y la salsa venía acompañada de piña. Y si, a pesar de oponernos  a las pizzas hawaianas cómo arquitectos a los edificios de Calatrava, en este caso quedó muy bien aderezada. El confit debía de ser un pato culturista porque la ración era bien grande. Recomendable para amantes de la pluma (no le busquen dobles sentidos).

las_piscinas_confit

Para acabar este banquete solicitamos 3 postres: Tarta de queso, flan de queso y crema de limón. A destacar la tarta por su base de sobao pasiego; si, el que tiene color amarillo radiactivo de la mantequilla que lleva. Los otros dos postres, cumplieron, tampoco eran el último descubrimiento de Zinc del mundo mundial.

Las_piscinas_tarta_de_queso

Finalmente, y aunque estábamos en el medio rural, se nos había  olvidado el carnet de consejero, así que pagamos muy gustosamente. El resultado fue acorde a lo que nos sirvieron. Se notaba que los alimentos eran buenos, que había sido cocinados con un resultado notable, el espacio era agradable y nos atendieron fenomenal. Aparte al salir vimos el particular “muro de celebridades” que han pasado por el lugar.  Con las fotos que tiene podrían hacer un especial del “Mondo Sonoro” con los músicos que han comido allí. Y si, no echamos en falta “Viento del Norte”.

Si queréis más información os dejamos su Facebook.

Dirección: Barrio La Pesquera s/n; Villacarriedo.

Cantidad: Hay que venir con más hambre que el Rockambole a las 6 de la mañana.
Calidad: Amor por cómo lo hacen. Fantástico.
Presentación: no hemos venido a perder el tiempo a que hagas fotos de los platos.
Servicio: Varios camareros distintos atendiendonos y organizados. El triple mortal conseguido.
Precio: 27€ / persona. Incluye una consumición en barra y una botella de Cuné. Así como la calidad está por encima de la media, el precio también. Depende de cada uno lo que quiera. No nos pareció caro para su calidad.

 

La Cuchara del Camesa: el gusto de repetir

No es costumbre nuestra la de hacer más de una crónica sobre los sitios que visitamos, pero, ocasionalmente, hay algunos lugares que merecen la excepción. Sin duda, La Cuchara del Camesa, en Olea, es merecedora de esta distinción, teniendo en cuenta además que fue de los primeros post que publicamos.

Aprovechando los ya pasadosdías de fresco, hemos visitado por partida doble este remoto templo del puchero y la leguminosa y, como nos habían advertido algunos amigos del blog, sigue manteniendo un nivel excelente a precios más que aceptables.

En la primera visita dimos cuenta de una de las más arraigadas especialidades de la casa, la olla ferroviaria, en este caso de patatas con rabo de ternera. Ahora entraremos en detalles pero el resultado fue excepcional. En la última ocasión, probamos el excelente cabrito al horno con verduras, un manjar casi insuperable.

Primer asalto: la olla ferroviaria. Si hay un guiso que en este sitio dominen, haciendo honor a su nombre, es una de las cumbres del cuchareo regional. La variedad es amplia y para todos los gustos, dominando las legumbres y carnes de la zona, como por ejemplo la que encargamos de patatas con rabo de ternera.

Se nos agotan los adjetivos para calificar la olla, tanto en cantidad como en calidad. De una de seis personas pueden comer hasta ocho personas sin problema, repitiendo con abundantes tajadas de carne, suficientes para satisfacer a la banda más hambrienta de peroleros. Y en el paladar no iba a la zaga: sabor intenso de la carne y aromas sutiles en el fondo gracias a las setas que acompañan al guiso para envolver unas patatas con el punto justo de firmeza y untosidad. Ideal para rebañar con un estupendo pan de pueblo que sirven en generosas raciones y mancharse las manos comiendo a dedo los trozos de rabo. Un guiso sencillo, sí, pero no por ello menos gozoso que otras alambicadas preparaciones.

Además, el precio es ajustado. Con unos quesos de entrantes, postre, vino -aquí hay que darles un aplauso, porque han mejorado sustancialmente el vino de la casa- se puede salir por menos de 20 euros, teniendo en cuenta que las raciones son abundantísimas.

olla_rabo_camesa

Segundo asalto: cabrito al horno. Aunque quizá resulte un poco más caro que las ollas, merece la pena rascarse el bolsillo, porque la experiencia es casi mística, y uno llega a entender porqué las versiones más pequeñas del cordero están tan presentes en la cosa religiosa. Ya os dijimos, la primera vez, que la olla era digna de Jehová, que dirían en La Vida de Brian En todo caso, tened en cuenta que solo se sirve bajo encargo, porque el bicho necesita sus buenas horas en el horno en cazuela de barro.

Con medio cabrito comen bien tres o cuatro personas, según el hambre. Y el resultado es maravilloso. Una piel crujiente y tostada, de sabor más intenso, hace de contraste con una carne blandita, sabrosa y delicada. Un verdadero vicio, por ejemplo, es agarrar el costillar y repasar a mano la carne que recoge. Las verduras que acompañan -patata, cebolletas, trigueros, etc.- no hacen más que ayudar y recoger el jugo estupendo del animalito.

La Cuchara del Camesa se consolida entre los fans de la cocina tradicional cántabra como un clásico, un poco como las críticas de Boyero a las películas de Almodovar, siempre cumpliendo a su cita.

Dirección: Olea, Cantabria

Cantidad: Da para repetir hasta hartarse
Calidad: excelente.
Presentación: rústica, en el mejor sentido.
Servicio: Estupendo.
Precio: La olla con más cosas, menos de 20. El cabrito, algo más.

 

 

 

 

Posada Casanova: nos enamoramos de su cabrito

Nos habían llegado noticias de que en nuestra “cantabria infinita” había un sitio donde la carne se convertía en mantequilla  y en el que tenías que venir con mucha hambre porque las raciones eran para poder alimentar a una prole durante meses. Ese sitio se llamaba “Casanova” y se encuentra en Arredondo, un pequeño pueblo del interior de la región. Así que aprovechamos que en Ampuero estaban en fiestas para entre encierros y charangas “escaparnos” a conocer este restaurante.

En este restaurante su especialidad es el cabrito al horno (a partir de aquí aquellos que tengan amor por las crías de animales absténganse de seguir leyendo) con patatas. Ojo, si se quiere comer este plato es necesario indicarlo al realizar la reserva.

Para empezar, cuando llegamos al comedor vimos un detalle que nos gustó. Había diez mesas en un espacio donde seguramente entrarían un par mas, pero la comodidad que se gana para el cliente es un punto a su favor. Parece que en otros sitios cuantos más entren mejor, a pesar de que te enteres más de las conversaciones ajenas que las de tu propia mesa y estés mas incómodo que Paco Marhuenda en un circulo de “Podemos”.

A continuación el camarero nos sugirió algún entrante previo para esperar al plato principal. Decidimos pedir los espárragos rellenos y la ración de fritos de la casa (si, es que las croquetas nos pierden…)

Los espárragos fueron un previo relajado, para justificar que somos gente sana y no nos de un ataque de conciencia “made in Pujol” y confesar la cantidad de carne que nos ibamos a zampar más los fritos. Llevaban una crema elaborada con mayonesa, surimi, cebolla y… bueno que tampoco tenemos el paladar tan fino. La presentación no es para tirar cohetes pero tampoco estamos en un local “chic”.

esparragos_casanova

Después nos llegó el segundo entrante, la ración de fritos compuesta de morcilla, chorizo (lo de fritos no tiene que ver con el rebozado en este caso) croquetas de carne y tempura de verduras. Un buen cambio el de incluir las verduras y sustituirlas por unas rabas que igual no serian tan buenas por el hecho de que estábamos en interior.

Hablando de rabas, hacemos un “kit kat”, si os encontráis de excursión y queréis por el art. 33 probar una buena ración de este producto típico, ir derechos a “La Solana”, el restaurante con estrella Michelín. No estábamos como para pedir su menú pero su ración de rabas es excelente, al nivel de su estrella y mucho mejor que en algunos bares de la capital que se creen con el monopolio de la raba. Si queréis tomaros este capricho, por 10 € os sirven una ración cómo la de la foto. Merece la pena.

rabas_la_solana

 

Volviendo al Casanova, la ración de fritos estaba buena. Si tenemos que hacer un veredicto sobre las croquetas de carne, digamos que pasan el aprobado por muy poco; no son congeladas pero las comimos y había mucha bechamel y poco “alimento”. Mucho mejor probar la morcilla o las verduras.

Fritos_casanova

 

Una vez llegado a este punto y ya con más ganas de empezar el plato principal que cuando estas esperando al cine a que empiece la película y se te está acabando las palomitas, llegó la estrella de la casa. El cabrito al horno con su ración de patatas asadas y de “acompañamiento” el bol con su lechuga y cebolla, cómo toda la vida.

Si el aspecto de la foto es bestial, comerlo fue casi una “experiencia religiosa”. La carne se sacaba limpia del hueso, podías desmenuzarlo correctamente y al llevarlo a la boca reconocías tanto el tiempo que había llevado en el horno, el sabor fuerte de la carne y una textura mantecosa que lo hacían un capricho religioso. Además, la ración era grande, para 4 personas nos daba a 2 trozos del cabrito con su guarnición. Y para el que optase por la lechuga, también.

ensalada_casanova

La comida estaba siendo una goleada a favor del restaurante, y “El Perolo” intentó meter algún tanto del honor, pero no pudo ser ni con el postre. Una copa de helado “hecho en la casa” (y podemos dar fé de que si lo era) con nata fue el remate final para la comida. Así que tuvimos que relajar un poco el cinturón, que no estamos en forma suficiente para poder ir “apretados” tras el atracón que nos habíamos metido.

helado_artesano_casanova

 

Por último, y para que conste en acta, el camarero nos invitó a los chupitos de la casa, que salvo para el que tuvo que conducir, eran de orujo de la marca “Marrubio”. Así que hasta el licor estaba bueno.

El resultado final con cafés, vino de la casa (todavía necesitamos algún post más de “Viva el vino” para poder elegir correctamente) y agua fue de 30 € por cabeza. Así que todo salió bien.

En definitiva, que si quereís volver a los orígenes y devorar carne asada cómo hacían en Altamira, “Casanova” es un homenaje a la elaboración del cabrito cómo debe de ser.

Dirección: Calle Arturo López, 4. Arredondo.

Teléfono +34942678084

Cantidad: A reventar.
Calidad: ¡Viva la comida del pueblo!
Servicio: Muy atentos y además recomiendan. 
Precio: Bien. Pagas cantidad y calidad.