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IKEA: viviendo al límite

“y sigue la escondida senda/ por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!”
Fray Luis de León

Cuando las vicisitudes de la vida te llevan a cruzar las puertas de Ikea (Barakaldo City, El Perolo sale de Cantabria, pronunciado con la entonación purriega de Revilla) uno puede tomárselo a la tremenda y, en lugar de bienvenida, leer en el cartel de entrada un “vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza” o, por contra, echarle humor al asunto y, apoyándose en la inspiración de algunos prestigiosos polígrafos cántabros, entusiasmarse ante la posibilidad de paladear el menú sueco de los Reyes de la llave Allen.

Siguiendo algunas sesuda recomendaciones –una sandalia  y tras recorrer toda la primera planta de exposición, arrasar con los lápices y preguntarte como has sobrevivido todos estos años sin un escurreplatos Fintorp, se llega al restaurante, para coger fuerzas antes de bajar hasta el último círculo del infierno, digo, el almacén.

Dentro ya del autoservicio del restaurante, donde cada uno coge su bandejita, cubiertos, servilletas vasos, y siendo nuestra primera visita, nos decantamos por unas albóndigas clásicas, de ternera, con su salsa, puré de patatas y salsa de arándanos. De beber, aunque nosotros también somos de beber mucho, rechazamos la tentación del vaso de refresco rellenable ad infinitum, y tiramos por una sidra de pera, guarrería a la que nos enganchamos en Irlanda (caraja fácil con las pintas de Kopparberg). De postre, tarta de queso con arándanos. No esta nada mal el menú.

Bodegón sueco
Bodegón sueco

Comencemos por las albóndigas. Navegan quince pequeñas esferas de carne picada (köttbullar) en una salsa de nata (grässdas) de un sabor tan neutro y genérico que nos cuesta identificar, así como de papilla. Las albóndigas, ni muy secas ni muy jugosas, saben a hamburguesa de ternera de sitio de comida rápida. Aquí el gran dilema ¿se diferencian albóndigas y hamburguesas solo en la forma o deberían saber distinto? ¿que fue primero en el mundo de la carne picada, la pelotilla o la pastilla? ¿sueñan la hamburguesas con ser albóndigas y viceversa?

Sobre la guarnición, poco que decir. El puré de patata (potatismos) igual de aburrido que cualquier otro puré de sobre y la mermelada de arándanos (ni puñetera idea del nombre sueco de esto) cumple con funcionarial eficiencia esa labor de agradable contraste de los sabores dulces en los asados. En definitiva, el plato se dejaba comer, sin entusiasmo. Podríamos decir que no estaba nada mal.

La tarta cumplía el expediente, porque todos sabemos que no hay ninguna tarta de queso que esté mala, por muy industrial que sea. Es imposible fallar en eso. Además, nuestras acompañantes en este emocionante periplo le dieron a los macarrones con tomate -sorprendentemente no sobrecocidos- y a un codillo que aprobaba con dignidad.

Los precios moderados. Desde los 2 euros de los macarrones, hasta los 8 del codillo, pasando por los 5 de las albóndigas. Por menos de 10 euros se hace la labor y con la tarjeta Ikea Family -bienvenido a la secta- te invitan a un café. Pena que no rellenáramos el refresco a muerte, hasta mearnos encima o sufrir un coma diabético.

En el fondo, nos arrepentimos de no haber pedido el perrito.

Dirección: en Barakaldo. Pero sus delicias están a la venta en la tienda sueca o por internet, junto a mucho salmón, para que disfrutéis (!) en casa

Cantidad: Correcta
Calidad: Estamos vivos
Presentación: Historias de la puta mili
Servicio: Autoservicio
Precio: Menos que una mesilla lack
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Casa Cofiño: Berza, Alubia y Rock and Roll

Recordarán nuestros lectores que hace un tiempo, se levantó en la costa levantina una ruta por la que los jóvenes, provistos de ayuda química, se entregaban al disfrute sin freno. Sin embargo, aquí, nuestro carácter atlántico y montañoso nos lleva a sustituir el bacalao como ingrediente principal de la ruta por el cocido montañés. Por la región -perdonen algunos la expresión- encontramos pequeños y recónditos templos de la alubia y la berza a los que peregrinar, que conforman nuestra propia ruta, en la que entregarse al deleite sin fin del paladar y al goce, sin cuidado por el cuerpo y la salud.

Parada fija en esta ruta debería ser Casa Cofiño en Caviedes, bien cerquita de Cabezón de la Sal, un auténtico templo de nuestra gastronomía popular en un bar de pueblo (con su tiendecita), con detalles bien cuidados, como el estupendo queso que ponen de tapilla con el blanco (¡a 50 céntimos, señora!) . Aunque estábamos allí por el cocido, la carta de Cofiño no se queda allí, y pudimos ver como desfilaban estupendas carnes hacia otras mesas.

croquetas_cofino

Yendo al grano, o mejor, a la leguminosa, empezamos el combate con nuestro bechameloso fetiche. Un surtido de croquetas bastante amplio de diferentes tipos. Nada excelente pero sí más que correctos ejercicios de croqueta casera: muy buenas las de queso picón, bastante sabrosas las de bacalao, menos lúcidas, que no malas, las de carne. Después siguieron las afamadas albóndigas de la casa. Sólo dos por ración, pero de un tamaño descomunal, y excepcionales en cuanto a su calidad: doradas por fuera, tiernas, esponjosas, repletas de sabor, bañadas en una salsa clara y suave, de esas que piden mojar un pan entero.

albondigas_cofino

Si en estos entrantes Casa Cofiño salió con buena nota, el cocido montañes era hors catégorie. Buena cantidad -de dos raciones comimos bien tres- de un cocido espectacular. La alubia pequeña, se aparta de esa aborrecible moda de usar alubias alargadas y enormes, estaba entera, banda y consistente, sin hollejos; el verde, perfectamente picado en fino, solo hoja. Aparte, el compaño, servido en otro plato era de una nota muy alta. Aunque debido a la espectacularidad de la sopa de cocido casi cómo que se nos olvidó que teníamos que meternos morcilla -de arroz y ahumada-, chorizo y tocino por pecho y espalda. Un notable esfuerzo para rematar la faena.

Cocido_Montanes_Cofino

Para los valientes todavía quedaba el postre. Un mousse de limón que hacía verdadero honor a su nombre, con un estupendo punto de ácido y una textura real a lo que se sirve. Es decir, ESPONJOSO. Perdón por las mayúsculas, pero es que últimamente en los fogones de los restaurantes, calificaban cómo mousse cualquier engrudo de leche condensada y zumo de limón.

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También pedimos tarta de queso, por no olvidar ese famoso tópico de para bajar la comida”(aunque si luego te tomas 17 gin tonics seguro que echas hasta el desayuno) y expiar nuestra gula. Nos zampamos una ración generosa. Podría parecer por el aspecto que la tarta sería de las que llaman las madres rencorosas de polvos pero todo lo contrario. Untuosa, con galleta triscona y una buena cobertura de mermelada. Remate perfecto.

Tarta_queso_cofino

Acabamos de llegar al nirvana de la comida regional tradicional. Cómo la mousse que habíamos tomado de postre, salimos inflados y no sólo en el estomago. Con la cabeza bien alta y muy satisfechos por el resultado de la experiencia,  a un precio que ningún camello de la Pénelope podría igualar en este viaje sensorial. Podemos dar con total unanimidad el “seal of approval” de El Perolo a esta casa de comidas. No habíamos bajado al Levante, pero estábamos de extasis hasta arriba.

Dirección: Lugar Barrio Caviedes, S/N, 39593 Caviedes (Muy recomendable reservar. Tlfno.: 942 70 80 46)

Cantidad: Raciones para elefantes. Cuidado con pedir 1 ración por persona de cocido.
Calidad: Porno salvaje.
Presentación: Mucho mejor de lo esperado. Es un pueblo pero se lo curran.
Servicio: Muy majos y cercanos. Supieron recomendarnos.
Precio: Todo lo que habéis leído en esta crónica por 19€ por persona. Hasta para tiraduros.

La Taberna del Herrero: Aquí no hay cuchillo de Palo

Había una vez en una pequeña ciudad del norte un restaurante que nada más abrir tenía elogios y buenos comentarios, contaba sus noches por llenos absolutos y ofrecía una carta de buenos productos a un precio competitivo. Este local se llamaba la “Taberna del Herrero” y nuestro blog quería conocer si este cuento tenía final feliz o acabamos cómo en una película de Tarantino, a guantazo limpio.

Por ello, decidimos ir a cenar a este restaurante en pleno “Prime Time”: un sábado a las 22:00. Así comprobaríamos si en plena hora punta este negocio soportaría tan bien las demandas de sus clientes cómo el servidor de hacienda el último día  de pagar la declaración de la renta. Cuando llegamos al punto de destino (Para los de la logse se encuentra en el antiguo “Limonar de Soano”, para los que hicieron COU al lado del mítico restaurante mexicano “Antonio”) nos encontramos que el sitio estaba hasta la bandera. Llegamos a las 21:55, y el gerente (En otras temporadas gastronómicas conocido por ser el jefe de sala del Riojano) nos indicó si podíamos esperar unos minutos para poder preparar la mesa. Ocasión perfecta para nosotros de acudir a la barra a saciar la garganta.

Unos 5 minutos después (sobre las 22:00, hora de nuestra reserva) para compensar la espera nos ofrecieron una tapa de cecina por cortesía de la casa.  Este detalle nos “sulibella”.  Ojalá el trato a todos los clientes fuera así en todos los lados. A las 22:10, sin haber terminado la ración del delicioso embutido, nos indicaron que podíamos sentarnos en nuestra mesa, donde nos trajeron el resto de la cecina para poder terminarla.  De 10.

Cecina_taberna_herrero

La carta no es muy extensa pero lo compensa que tienen varias sugerencias fuera del menu, por tanto el abanico de opciones a degustar es más amplio que los candidatos a las primarias del PSOE. Los cuatros comensales de la mesa decidimos ir picando de varias raciones y acompañarlo de una frasca de vino de litro. Porque aquí puedes tomar el vino a granel, a la vieja usanza; los camareros tienen a su disposición una serie de grifos que parece San Sebastián en Reinosa.

Para empezar, en un homenaje al sector vegano de nuestra audiencia pedimos los trigueros a la plancha pero sin olvidarnos de nuestro sector carnívoro, acompañados de jamón serrano. Los espárragos estaban tersos, triscones, con la sal gorda por encima que los hacía un manjar muy rico. El acompañamiento del jamón, cortado muy fino lo convertía una elección acertada. A continuación catamos el pulpo a la brasa con verduras, que estaba rico y en el punto justo. Para nada tenía esa textura de chicle de Boomer que hacen algunos locales con el cefalópodo.

Pulpo_Taberna_herreroTrigueros_taberna_herrero

Después nos metimos en harina, o más bien nos la comimos; pasamos a la sección fritanga. Pedimos media ración de rabas (a un nivel muy alto para no ser un bar especializado en ello) y el plato estrella de “El Perolo”: las croquetas. Y señores, “La Taberna del Herrero” dio el do de pecho: Una croqueta irregular, rellena de tiras de jamón, una bechamel ligera y una fritura al punto. Nos supieron tan bien que repetimos.

rabas_taberna_herrerocroquetas_taberna_herrero

Para finalizar, pedimos las albóndigas de merluza con almejas y la morcilla de burgos encebollada. Las albóndigas bastante buenas, no era un “puré” de pescado al desmenuzarlas, si no que se podían distinguir las “lascas” de la merluza, mientras que la salsa española de acompañamiento con su picante, las hacían para poder mojar y mojar pan hasta que inauguren el Centro Botín. La morcilla que pedimos inmediatamente nos llevó a pensar que todavía Sotopalacios existe a pesar de la autovía. Una morcilla con sabor, con poco arroz y algo picantona. Las patatas fritas de acompañamiento, artesanas, se agradecen.

albondigas_merluza_Taberna_herrero Morcilla_taberna_herrero

Para finalizar un festín que casi nos pone en pie a bailar cómo en “la Bella y la Bestia”,  rematamos probando de su carrusel (deportivo) de postres la tarta de trufa negra. Muy apropiada para cerrar la velada.

tarta_trufa_taberna_herrero

El servicio fue muy profesional y experimentado, simpáticos (sí, hay que decirlo, que parece que en Santander a veces sólo se mira el color de la tarjeta de credito y no la cara del cliente) nos repusieron el pan sin pedirlo y llevaron el ritmo de la comanda muy ágil pero sin agobiar a la mesa. El precio fue lo mejor de todo. Cenar 4 personas todo lo que os hemos relatado más cafés y chupito por 21 € por cabeza nos parece una bicoca. Así es normal que esté siempre lleno. En definitiva, aunque no somos Tripadvisor, nosotros pegaríamos nuestro “sello” a la entrada.

Dirección: Calle del Rubio, 4; Santander

Cantidad: Raciones ideales para picar
Calidad: "Lagrimones" de emoción
Servicio: Se merecen un buen sueldo
Precio:Cenas cómo Felipe VI y pagas cómo un mileurista.

Bar Cuesta o las tres B: bueno, bonito y barato

Hace unas fechas pasamos por uno de los restaurantes de más éxito de la actualidad en Cantabria, el Bar Cuesta. En este caso, el éxito no se mide por estrellas michelin ni tonterías de esas; lo marca un local lleno todos los días, en el que sin reserva previa es prácticamente imposible comer.  Su secreto: comida de toda la vida a precios de los de antes.

El Bar Cuesta es una casona de estilo montañés que se encuentra en Cerrazo, muy cerca de Torrelavega, y que cuenta con una zona de terraza con bolera. Su carta es la de cualquier restaurante tradicional de Cantabria: platos de cuchara, carnes, pescados y mucha variedad para picar.

Al ser nuestra primera visita, decidimos pedir un poco de todo para así poder hacernos una idea más aproximada de lo que el Bar Cuesta ofrece. Así que para empezar, como no puede ser de otra manera en este blog, llegaron unas croquetas de carne.

croquetas_Bar_Cuesta

La ración fue generosa. Catorce croquetas, bien fritas, sin exceso de aceite y, aunque la bechamel no era todo lo cremosa que nos gusta a los que escribimos en este blog, sabrosas y más que aceptables.

Posteriormente, llegaron casi a la vez una ración de rabas y otra de albóndigas.

rabas_bar_cuesta

Aquí se produjo el pinchazo de la tarde. Las rabas, que tenían un aspecto inmejorable, estaban sosas, más sosas que Ana Mato,  y quedaba claro que en la cocina lo más cercano que habían estado de la sal era como la Real Sociedad de ganar la Champions de este año. Pero para contrarrestar esta decepción estaban las albóndigas, o mejor dicho, albondigones.

albondigas_Bar_cuesta

Esta fue la ración que a primera vista podía parecer más pequeña, pero el tamaño de cada unidad, y la abundante y estupenda salsa en la que no paramos de hacer barquitos, lo convirtieron en un plato contundente.

Para los segundos pedimos variedad: huevos fritos con patatas, chuletillas y cocido montañés. Del cocido, del que no tenemos fotos, sólo diremos que se sirve en perolo individual (podrían comer dos) y que estaba elaborado con alubia pequeña pero muy suave y con sabor.

huevos_fritos_bra_cuesta

Los huevos eran de granja, y la yema, tal como tiene que estar para los que nos gusta untar las patatas en su interior.  Las patatas caseras y abundantes, aunque las hemos comido mejores.

chuletillas_Bar_cuesta

Por último atacamos las chuletillas. Las chuletillas eran de  carne jugosa y de mucho sabor,  aunque sí que echamos en falta que estuviesen un poquito más pasadas. La decoración del plato muy de semana santa con ese capuchon de pimiento de lata prescindible a todas luces.

La valoración general fue bastante buena. Una comida más que aceptable y a unos precios que ya no se encuentran ni en la España más profunda.

Dirección: Barrio de Cerrazo, 2B; Cerrazo

Cantidad: se recomienda prudencia a la hora de pedir para no salir como una boa constrictor.
Calidad: buena y más si sopesamos lo pagado.
Presentación: de combate. En esa cocina no hay tiempo que perder. 
Servicio: muy rápido. En Ferrari los envidian.
Precio: chollo. Huevos con patatas 3 €. Carnes y pescados 11 € + IVA