Taberna Bambara: Caos africano

De forma aleatoria y extraordinaria buscamos un bar por la zona de San Román -Santander- en el que los comensales pudiesen tanto cenar, picar alguna ración o sólo tomar una bebida. Por ello, nos decidimos por la “Taberna Bambara”, un bar con una mezcla decorativa entre la mansión de Flavio Briatore en África y un bar de Cork o Galway.  Si alguno de nuestros lectores tiene intención de ir les indicamos cómo llegar pasando estas 4 zonas:

-El cementerio municipal

-El camping abandonado

-El campo de Baseball

-Llegar al santuario en la isla de la Virgen del Mar

(Son indicaciones reales, no las pantallas del” Super Mario Bros”)

Aunque en un principio rápidamente nos habilitaron una mesa para 6 comensales, parece ser que se les acabó la gasolina. En primer lugar, en un sitio con “media entrada” el camarero no llevaba muy bien lo de tomar nota. Tal es así que tuvimos que explicarle 2 veces las bebidas que queríamos. A continuación,  se olvidó de nuestra comanda (no muy complicada ya que la carta se basa en raciones y comida rápida), llegando al punto de apuntarlo en una servilleta y llevárselo a la barra (habíamos detectado que sería lo más rápido para evitar quedarnos a desayunar allí) para agilizar que nos sirviesen.

En primer lugar, catamos una ración de patatas con dos salsas: alioli y brava. Las patatas, ligeramente pasadas de fritura, eran buenos trozos y de la ración podían picar 3 o 4 personas. Las salsas eran abundantes, no muy picantes  ni molestas al paladar para quien no le gusten los sabores muy fuertes. Eso sí, ni un tenedor para poder pinchar, no sea que los gastemos del uso.

Patatas con salsas: Gochismo
Patatas con salsas: Gochismo

El plato fuerte fue una hamburguesa “Nº 3” que es cómo el “Channel Nº 5”: te echas unas pocas gotas (en la garganta) y ya puedes dormir feliz. Contundencia absoluta: lleva tomate, lechuga, queso, huevo y bacon, además de buena carne hecha al punto y con un pan artesano, que debido al calor o a que los ingredientes excedían su tamaño, se desmigó en un plis-plas. Si vas con hambre, te va a saber a gloria, pero cuidado al comerla, ya que aunque no se le añadió ninguna salsa (porque tampoco nos trajeron los botes de ketchup y mostaza) te puedes manchar más que en la “Tomatina”. Claro, cómo tampoco nos trajeron servilletas en condiciones, agotamos los dispensadores de las de “papel de fumar”. Resultado  final: hamburguesa en el estomago, comensal lleno y la mesa llena de bolitas de papel.

Hamburguesa para carnivoros
Hamburguesa para carnívoros

Si no nos trajeron ni cubiertos, ni botes con las salsas, ni servilletas, ¿Nos traerían la cuenta? Pues tampoco, ya que el camarero andaba todavía con la resaca de Nochevieja, incluyendo que aún tuvimos que repetirle qué bebimos. Aún así, nos apuntó una bebida de más. Qué figura.  Obviando eso, el precio es normal. Para haceros una idea, la hamburguesa más media pinta de cerveza rubia son 5,75 €

Por ello, nuestro juicio no puede ser más dispar: Aunque la comida estaba buena (tampoco teníamos grandes pretensiones) y el lugar donde está situado puede dar mucho juego en verano,  necesita mejorar el servicio mucho para que decidamos embarcar de nuevo y volver a “este rincón de África”  que toda la vida fue el bar de la playa de la Virgen del Mar donde ibamos de pequeños a pedir “frigopies” y “colajets”  cuando salíamos de la playa.

Dirección: Avenida Virgen del Mar S/N; San Román de la Llanilla; 

Cantidad: Bien, no hace falta repetir.
Calidad: baja, comida de zafarrancho.
Presentación: Pasapalabra
Servicio: Necesitan "Espabilina"
Precio: Para no sufrir en la cuesta de Enero
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El Solecito, ex-italiano y (ex-restaurante, ha Cerrado)

Editamos esta entrada. Hoy al pasar por el local hemos visto que ha cerrado. Un clásico de Santander que nos deja. Imaginamos que siga con su servicio a domicilio….

Un día te propones ir a un restaurante italiano y como es domingo al mediodía te encuentras con que tus dos primeras opciones están cerradas así que, tirando de memoria, llegar hasta el Solecito en la calle Bonifaz de Santander. Puede que esté equivocado pero este creo que fue de los primeros restaurantes italianos que se pusieron en Santander,  posteriormente se ha volcado en la comida a domicilio y eso le ha hecho perder mucho como italiano pero qué demonios, todo sea por los recuerdos de buenas cenas que hemos tenido allí, ¡vamos a darle una oportunidad!.

El local no es gran cosa, una parte de abajo con barra y tres mesas de estilo moderno y un comedor, en la parte superior con una extraña decoración tribal que te recuerda que allí vas a comer comida italiana de la mismísima Nairobi. Accesibilidad, por cierto, tendiendo a cero, escaleras para entrar al local y escalerazas para subir al comedor,

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Ofrecen un menú un tanto extraño por 10€ que decidimos dejar pasar, ya teníamos el italiano en la cabeza y de ahí no nos iban a mover, queremos nuestros espaghetti, pizza y demás. La carta no va a ganar ningún premio de diseño (ni la web) pero tiene bastantes cosas:

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Al lío, que aquí hemos venido a hablar de comida. Pedimos tres platos de  espaghetti con salsas boloñesa (muy buena), carbonara (bastante buena) y alfredo (salsa de champiñones) que estaba correcta. Las raciones de pasta son para una persona, no se quedan escasas pero tampoco va a sobrar nada en el plato.

Para seguir unos canelones de estilo catalán que no me llamaron mucho la atención ni por el sabor ni por la cantidad (sólo dos canelones cuando un buen tripero se acaba media docena como está mandado). Y por último una pizza que me pareció lo mejor, muy muy rica, con la masa en su punto justo de horno y con el queso abundante y perfectamente derretido. Pedimos una que tenía bonito, anchoas, pimiento rojo y aceitunas negras pero como he dicho lo mejor son la base y el queso así que supongo que estará buena casi cualquiera que elijas (siempre que no lleve piñas ni cosas chungas de esas).

De postre, tiramisú y profiteroles, con aspecto de caseros.

Mención especial para el pan, que te lo traen casero y recién hecho/calentado, muy muy rico, eso sí, a un euro cada bollito.

El precio: unos 55€, no nos quedamos con hambre y menos de 15€ por cabeza, no es caro, en todo caso los postres, el tiramisú 5€ es demasiado para el tamaño que tenía. Eso sí, 3€ por una botella de agua de un litro, miedo me da saber lo que nos habrían cobrado por vino si hubiese sido día propicio para ello.

Dirección: Calle Bonifaz, 19; Santander

Cantidad: lo que se espera en un italiano, no más.
Calidad: Buena, pero sin pasarnos
Presentación: Normal, algún plato de esos grandes
Servicio: Sin quejas ni motivos de albanzas
Precio: No te vas a arruinar

Thrilla in El Manila

Si hay un debate más duro y encarnizado que un combate de boxeo por el título de los pesos pesados ese es el de la tortilla en Santander. Concursos, premios, opiniones para todos los gustos en una ciudad abiertamente tortillera, donde encontramos desde la sabrosa sencillez blues desnuda de Catavinos hasta el barroquismo de rock progresivo del Bar Juani y sus imposibles coberturas que anuncian un día de sal de frutas.

Hay de todo claro, desde muy malo a muy bueno, donde salen nombres como La Compañía, el Davila’s (del que ya hablamos aqui), Oporto, las múltiples encarnaciones del Quebec, Arrabal 11, y un larguísmo etcétera. Sin embargo, hace pocas fechas, @brunocendon hablaba de la baja calidad de uno de los totems santanderinos, para sorpresa de muchos otros insignes paladares del tuiterío cántabro: el Manila, ganador de múltiples premios.

Aquí mi fusil...
Aquí mi fusil, aqui mi pistola…

Pues allí fuimos dos días seguidos un pequeño comando de perolistas, para comprobar si aquello era posible.

El primer día atacamos la tortilla sola, normal, sin nada encima, que es, en nuestra modesta opinión, como se prueba y se mide la calidad de la tortilla: sin disfraces, a pelo. Y el juicio tiene que ser positivo: razonablemente jugosa, aunque podría estarlo más, pero consistente, sin que se desarmase en el plato o en el tenedor, la patata bien frita y en cachos pequeños, la cebolla discreta al ojo, pero presente en en paladar, con este toque dulce de la que está bien pochada. Una buena tortilla, sin exagerar -no creemos que sea la mejor de nuestra ciudad- pero de calidad, aunque quizá demasiado cuajada para los amantes de la tortilla a la gallega.

MANILA
La tortilla de la discordia

El segundo día probamos con la ya clásica de jamón y queso. Repetimos aquí lo que decíamos de la anterior sobre la tortilla base, sumando que la cobertura era sutil pero se notaba. Solo jamón y queso, sin dos kilos de pseudomayonesa, como acostumbran en algunos lugares para disimular la escasa calidad del elemento primario.

Acompañada de lata de cocacola, 2’70 €; con café 2’50 €, precios en la media santanderina.

En definitiva, una tortilla notable, no excelente.

Su web, en tripadvisor, en foursquare

Dirección: Colonia de Los Pinares A-5 (Bajada de La Encina); Santander

Cantidad: Mediano, ni lo miras con lupa, ni te sorprendes por su tamaño.
Calidad: Notable, pero no excelente.
Presentación: Tortilla y pan, tampoco tiene mucho misterio.
Servicio: Indiferente sin ser borde
Precio: Decente, los hay más caros. Y más baratos.

La Rana Verde: Parque natural de las patatas con Salsas

Galería de "Ranas"
Galería de “Ranas”

“La Rana Verde” no es una tienda de mascotas, y tampoco es que ofrezcan pienso para comer; es un bar en el centro de Santander, con bastantes años de historia en el que se decidieron por especializarse en un plato “Typical Spanish”, las bravas, que fuera de Cantabria es  uno de los más populares y famosos (vamos, cómo Revilla).

Reconozcámoslo, Cantabria no es una plaza fácil para degustar unas buenas bravas. Por ello, probamos suerte en este clásico local (no hay zona de comedor salvo las barras del local y los taburetes con altura “Torres Petronas”, notablemente incomodos para los bajitos) y, para intentar tener una opinión fundamentada,  pedimos un plato degustación de patatas con todas sus salsas y dos coca-colas. Ojo, porque el tamaño de las bebidas es de 35 cl;  horrenda moda esta de ofrecer botellas más grandes a costa de que acabes cómo una “burbuja freixenet” de hinchado. El resultado fue el siguiente:

Plato degustación de "La Rana Verde"
Plato degustación de “La Rana Verde”

Una buena ración de patatas para dos personas acompañadas de salsa brava, salsa brava más picante, mostaza, mayonesa y ali oli.

Entre las salsas hay de todo. Siguiendo el orden de la foto, la primera es una brava auténtica, de verdad, a la madrileña, de caldo y pimentón, suave pero muy sabrosa. La mostaza, bien, pero quizá demasiado aguada. La mayonesa es correcta (poco margen aquí por los temas sanitarios). La brava de tomate y tabasco tampoco te hace enloquecer. Y el alioli, muy sosito. Las patatas, aprueban sin problemas, aunque creemos que tras confitarlas les falta una fritura un poco más intensa.

Además se acompaña de cesta de pan para poder rebañar al finalizar el plato: un punto a favor del triperismo. No obviamos para los “patatofobos” que ofrecen sandwiches, hamburguesas y perritos calientes. Por ello, los precio no son excesivos (plato degustación más dos coca-colas fueron 7,80€).

Eso si, el servicio fue más que lento. Sinceramente,  para 8 comensales y dos camareros, tenían menos ritmo que un concierto de Bjork. Incluso para cobrar la cuenta estuvieron parados: les debe ir bien el negocio y no tenían ganas de que les pagasemos.  A veces parece que la hostelería cree que el dinero cae del cielo, y no, sólo Botín lo ve asi.

Su página en Google , foursquare

Dirección: Calle Daoiz y Velarde, 30; Santander

Cantidad: Bastante, para comer dos de cada ración
Calidad: normal, no esperes delicatessen
Presentación: Pioneros del plato cuadrado
Servicio: "La tortuga verde"
Precio: No te arruinaras.

Menú de cuchara en el Cañadio

Ahora que ya habéis picado con el título dejadme que os cuente mi última visita al Cañadío. Como antecedente os señalaré que es uno de mis restaurantes favoritos de Cantabria. El lugar en el que suelo celebrar casi todas las cosas celebrables de este mundo: cumpleaños, aniversarios, cierres de contratos….. bueno esto último era en otros tiempos.

Para los que no conocéis el local os diré que es un local de diseño agradable, sin grandes pretensiones, que cuenta con una zona de barra con pinchos muy atractivos y mesas para picar, y otra zona más de restaurante elegante.

Pues bien, la semana pasada nos acercamos a comer allí. Nuestra intención era comer un apetecible cocido montañés que ofrecen los martes por 9 €. Nos sentamos a la mesa y nuestra sorpresa viene cuando nos señalan que se ha terminado pero que nos lo cambian por una ENSALADILLA, un plato que a mí me encanta pero que en un día en que los pingüinos circulaban en libertad por la Plaza de Cañadío no me parecía el plato más adecuado.

Una vez desechada la opción ensaladilla me decanté por un cachón en su tinta con arroz cremoso, un plato que siempre me recuerda a la casa de mis abuelos. El plato en sí estaba bueno pero lejos de lo que es para mi el nivel habitual del Cañadío. Los trozos de cachón variaban entre los que estaban en su punto y alguno más parecido a un chicle cheiw. En cuanto a la cantidad, un punto siempre importante para los triperos que escribimos este blog, es correcta pero sin alardes, vamos que un poquito más sobre todo de arroz que casi tengo que buscarlo con el hubbel, no vendría mal.

Cachón en su tinta con arroz cremoso en el restaurante Cañadio
Cachón en su tinta con arroz cremoso en el restaurante Cañadio

Tras “degustar”, esa bonita palabra tan de moda en Cantabria, el cachón me decidí por tomar de postre su famosa tarta de queso, famosa sobre todo en su local de Madrid. Está tarta es completamente diferente a la habitualmente comemos en la mayoría de los restaurantes, es la “verdadera” receta de cheesecake americana, les queda de muerte. A diferencia de la que hace mi madre desde hace más de 20 años siguiendo la misma receta, en el Cañadío el queso les queda más cremoso y líquido y no por ello empeora. Para los amantes de la tarta de queso este es sin duda su plato si visitan este restaurante.

Tarta de Queso restaurante Cañadio
Tarta de Queso restaurante Cañadio

En general comimos bien aunque por debajo del nivel de otras visitas. El precio fue de 20 € por cabeza sin vino pero con 3 medias.

Lo que me rompe los huevos de comer en la zona de barra del Cañadío es que estás como sardinas en lata. Todas las mesas pegadas y con menos intimidad que cualquier líder mundial espiado por la inteligencia norteamericana.

Su web, en tripadvisor, en foursquare, en Google

Dirección: Calle de Gomez Oreña, 15; Santander

Cantidad: ni frío ni calor.
Calidad: un valor seguro.
Presentación: muy cuqui.
Servicio: gente maja.
Precio: si estas ahorrando no es tu mejor opción

Rosso Vero, ¿la mejor pizzeria de Santander?

Un SI rotundo y contundente. Este pequeño local situado en el Paseo de Pereda de Santander hace la mejor pizza que se puede comer en la ciudad.

Con este inicio ya podrías dejar de leer pero si te gusta la pizza te recomiendo que no lo dejes.

El Rosso Vero no es una pizzeria al uso como las que solemos encontrar en nuestra ciudad. Para empezar su concepto es diferente, vende pizza al taglio, es decir pizza al corte en porciones a la más pura tradición italiana. Se pueden saborear de pie en el local o llevar para tomar por la calle o en tu casa. Cuenta con un cocinero italiano y como ellos dicen un “horno italiano”.

Para mi se ha convertido en una costumbre pasar semanalmente por esta pizzeria a probar sus novedades semanales y su ya sabores clásicos. Esta semana nos acercamos atraídos por su pizza de la semana de morcilla de León, calabaza y provolone.

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La masa es fina y crujiente. Predominaba el sabor de la morcilla como no podía ser de otra manera, pero la calabaza le daba un contrapunto dulce que convierte la combinación en un éxito rotundo. El único pero es que el sabor del queso se perdía quizás con un queso un poco más fuerte mejoraría más si cabe.

La segunda porción que elegimos para llevarnos a casa fue esta de patata y bacon. Muchos diréis, ¿patata?. Si has visitado Roma probablemente la hayas probado y si no lo has hecho, vete antes de que los de Ryanair nos quiten el vuelo. Para los que ya la habíaiamos probado un ingrediente que echábamos en falta en la oferta santanderina.

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Estando buena es de inferior nivel a la anterior. Su principal problema es que son dos ingredientes poco jugosos y al recalentar queda un poco seca aunque muy buena de sabor.

Como última porción nos decantamos otra vez por la patata, que original ¿no?, pero esta vez combinada con pimientos, calabacín y setas.

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Está mejoraba la combinación de patata y bacon. Las verduras le daban el toque de jugosidad que le faltaba a la anterior convirtiéndola en una combinación muy recomendable si no tienes claro que elegir.

En total pedimos 4 porciones, dos especiales y dos normales, y el precio fue de 9 €.

El único problema que tiene es que te tienes que amoldar a las pizzas que tengan en el momento en el que entres en el local. Aun así una visita imprescindible si te gusta la pizza.

Dirección: Paseo de Pereda, 8; Santander

Cantidad: Bien. Cuatro porciones equivalen aproximadamente a una pizza mediana.
Calidad: Cojonuda.
Presentación: Minimal pero cuqui.
Servicio: Gente muy maja.
Precio: Muy bueno

Olla ferroviaria en La Cuchara del Camesa

La Olla Ferroviaria es uno de los iconos de nuestra cocina y ahora que aprieta el fresco apetece mas. Así que estábamos en las fechas ideales para darle al “cuchareo” y decidimos atacar un sitio donde se nos prometía cuchara de la vieja escuela: La Cuchara del Camesa, en Olea (Viaje cómodo; hasta Reinosa por autopista, después salida por las carreteras comarcales; está señalizado cómo llegar al sitio).Un bar de pueblo remozado, agradable – con una curiosa colección de cucharas de todo tipo- con un comedor pequeño pero no atiborrado de mesas, acogedor, con su chimenea y las preciosas vistas al valle de Olea.El menú fue extremadamente sencillo, y nos limitamos a dar cuenta de una olla ferroviaria de patatas con ternera, que habíamos encargado previamente, cómo es necesario; si bien su carta es más amplia. Aunque éramos ocho comensales (cuatro de ellos con un saque digno de Pete Sampras) y habíamos encargado olla para seis, la amable camarera disuadió nuestra intención de pedir algún tipo de entrante o picoteo, garantizándolos que con la olla bastaría.Y a fe que tenía razón. De la bonita olla salieron más de dos docenas de generosos platos de patatas con carne, que nos dejaron a todos más que satisfechos.

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La gran dama de la tarde: la Olla Ferroviaria

Excepcionales, no solo en cantidad, si no también, y esto es lo fundamental, en la calidad. La patata, de gran finura, firme pero no dura, cocida en su punto ideal, sin quedar blanda, nada harinosa. La carne, de ternera, especialmente sabrosa, suave, se deshacía en pequeñas hebras con la cuchara. pura mantequilla en el paladar. El resto de verduras – un guisante por aquí, un trozo de zanahoria por allá, algún pimiento perdido- no molestaban, más bien al contrario. El caldo del guiso era sublime, con un puntito oscuro, sabroso, con un suave regusto y aroma de cominos, sin rastro de fécula para engordarlo ni de esos “Satanases” que son los caldos de sobre o pastilla, ideal para rebañarlo con todo el pan disponible. Pan que, por cierto, merece una sonora ovación: recio, de pueblo, con olor a pan de verdad y calentito.

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Las patatas con carne. Apréciese el magnífico caldo

Tras la ‘patatada’ no pudimos obviar el postre. Optamos por una tarta de chocolate, nata, bizcocho y mermelada de arándanos, donde este último elemento sobresalía: intenso y casero, sobre una tarta más que correcta y nada empalagosa.

La tarta
La tarta, con su mermelada casera de arándano

Como broche, un chupito de pacharán casero, elaborado por el propio restaurante. Nos dejó la sensación de joven promesa, de canterano que va a hacer grandes cosas en el primer equipo: se notaba que era muy reciente -la temporada de endrinos ha sido hace cuatro días- y aunque de buen sabor, le faltaba un poco de tiempo y reposo para la excelencia.

Llegados a la cuenta, grata sorpresa: olla más postre, vino, pan, cafés y pacharán por 16 euros por cabeza. Sin comentarios.

Por poner un pero, que no parezca esto El Mule Carajonero, el vino de la casa (cosechero del Bajo Duero) no pasará, desde luego, a los anales de los vinos buenos, bonitos y baratos; y la falta de algún postre más ‘de siempre’ (leche frita, tarta de queso, flan, etc.).

Dirección: Olea, Cantabria

Cantidad: como si te lo pusiese tu abuela .
Calidad: digno de Jehová, que dirían en La Vida de Brian.
Presentación: vieja escuela, olla en medio y cacillo para servir.
Servicio: de pueblo, en el mejor de los sentidos.
Precio: asequible, atendiendo a calidad y cantidad.