La Cuchara del Camesa: el gusto de repetir

No es costumbre nuestra la de hacer más de una crónica sobre los sitios que visitamos, pero, ocasionalmente, hay algunos lugares que merecen la excepción. Sin duda, La Cuchara del Camesa, en Olea, es merecedora de esta distinción, teniendo en cuenta además que fue de los primeros post que publicamos.

Aprovechando los ya pasadosdías de fresco, hemos visitado por partida doble este remoto templo del puchero y la leguminosa y, como nos habían advertido algunos amigos del blog, sigue manteniendo un nivel excelente a precios más que aceptables.

En la primera visita dimos cuenta de una de las más arraigadas especialidades de la casa, la olla ferroviaria, en este caso de patatas con rabo de ternera. Ahora entraremos en detalles pero el resultado fue excepcional. En la última ocasión, probamos el excelente cabrito al horno con verduras, un manjar casi insuperable.

Primer asalto: la olla ferroviaria. Si hay un guiso que en este sitio dominen, haciendo honor a su nombre, es una de las cumbres del cuchareo regional. La variedad es amplia y para todos los gustos, dominando las legumbres y carnes de la zona, como por ejemplo la que encargamos de patatas con rabo de ternera.

Se nos agotan los adjetivos para calificar la olla, tanto en cantidad como en calidad. De una de seis personas pueden comer hasta ocho personas sin problema, repitiendo con abundantes tajadas de carne, suficientes para satisfacer a la banda más hambrienta de peroleros. Y en el paladar no iba a la zaga: sabor intenso de la carne y aromas sutiles en el fondo gracias a las setas que acompañan al guiso para envolver unas patatas con el punto justo de firmeza y untosidad. Ideal para rebañar con un estupendo pan de pueblo que sirven en generosas raciones y mancharse las manos comiendo a dedo los trozos de rabo. Un guiso sencillo, sí, pero no por ello menos gozoso que otras alambicadas preparaciones.

Además, el precio es ajustado. Con unos quesos de entrantes, postre, vino -aquí hay que darles un aplauso, porque han mejorado sustancialmente el vino de la casa- se puede salir por menos de 20 euros, teniendo en cuenta que las raciones son abundantísimas.

olla_rabo_camesa

Segundo asalto: cabrito al horno. Aunque quizá resulte un poco más caro que las ollas, merece la pena rascarse el bolsillo, porque la experiencia es casi mística, y uno llega a entender porqué las versiones más pequeñas del cordero están tan presentes en la cosa religiosa. Ya os dijimos, la primera vez, que la olla era digna de Jehová, que dirían en La Vida de Brian En todo caso, tened en cuenta que solo se sirve bajo encargo, porque el bicho necesita sus buenas horas en el horno en cazuela de barro.

Con medio cabrito comen bien tres o cuatro personas, según el hambre. Y el resultado es maravilloso. Una piel crujiente y tostada, de sabor más intenso, hace de contraste con una carne blandita, sabrosa y delicada. Un verdadero vicio, por ejemplo, es agarrar el costillar y repasar a mano la carne que recoge. Las verduras que acompañan -patata, cebolletas, trigueros, etc.- no hacen más que ayudar y recoger el jugo estupendo del animalito.

La Cuchara del Camesa se consolida entre los fans de la cocina tradicional cántabra como un clásico, un poco como las críticas de Boyero a las películas de Almodovar, siempre cumpliendo a su cita.

Dirección: Olea, Cantabria

Cantidad: Da para repetir hasta hartarse
Calidad: excelente.
Presentación: rústica, en el mejor sentido.
Servicio: Estupendo.
Precio: La olla con más cosas, menos de 20. El cabrito, algo más.

 

 

 

 

La Vinoteca: Pasión, gloria y resurrección del apetito.

En momentos en los que hay muchas suspicacias sobre las opiniones de usuarios en las redes sociales sobre los locales de hostelería, tanto las campañas organizadas para tirar abajo un negocio o alabándolo para darle mayor visibilidad y prestigio,  durante muchos meses hemos visto que en Santander hay un puesto que no cambia, el número 1. El primero de la tabla y a mucha distancia del resto es “La Vinoteca”, casi más que el Barça en la liga (o ya no tanto). Así que fuimos cómo los tripe…perdón periodistas del As o del Marca a buscar si había algún defecto o tendríamos que poner las 3 estrellas a la cena que íbamos a degustar.

Con un servicio exquisito y una decoración fina, pero no “cuqui” en exceso como foto de blog de moda, nos acogieron para poder degustar sus excelencias. Tomamos un par de entrantes para dar tiempo a que preparasen los platos principales. Para abrir boca pedimos gambas a la sal con su punto de mayonesa. Al llevar la gamba muy poca elaboración la materia prima debe ser de calidad. Y aquí lo es. La pieza es excepcional de tamaño y sabor. El acompañamiento de la rúcula y la mayonesa es perfecta. Para que luego digan que 3 no se pueden poner de acuerdo (excepto en el congreso de los diputados).

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Como segundo entrante tomamos el carpaccio de redondo de buey. Un “outsider” de la carta. Lo que pudiese ser un plato más de la carta de entrantes se convirtió en un buenísimo ejemplo de cómo se ejecutan los platos en la cocina de “La Vinoteca”. Corte justo, carne fresca, con unas lascas de queso que parecían sacadas de algún bifaz del paleolítico superior expuesto en el museo de prehistoria (save the MUPAC Iñigo!). El ungüento por encima remataba esta obra.

vinoteca_carpaccio

Y una vez hechas las presentaciones, vamos a trinchar el plato principal. Cómo estábamos en plena cuaresma, pedimos lo que correspondía a nuestra condición pecadora: solomillo de buey. Y si tenemos que cumplir penitencia por tomar la delicia que nos sirvieron, os prometemos que haremos el jubileo (lebaniego, por supuesto)  de rodillas y marcha atrás. Se nos caen las lágrimas de emoción ante una carne poco hecha, sin nervios, tierna,  sin nada de sal marina que matase el plato, y de remate por encima foie semiderretido que remataba esta obra maestra. En conclusión y por seguir con los términos pecadores: Teta de novicia.

vinoteca_solomillo

En un alarde del perolero que les escribe nos tiramos a por el postre. En este blog tenemos especial predilección por la tarta de queso en sus múltiples variedades. Aquí era una versión horneada, que estaba buena, pero puede que fuese el punto más flojo de la cena sobre todo en relación a lo que habíamos comido antes y el precio de cada uno. Estamos viendo una tendencia generalizada de subir los precios de los postres.  Al final, acabarán quitandolos por la desidia del comensal, que visto que no son nada del otro mundo prefieren tomar un café o un licor para acabar la cena o la comida.

vinoteca_tarta_queso

Fin de la fiesta en “La Vinoteca”. Una fiesta que nos dejó una resaca muy buena, en la que no tuvimos que tirar de omeoprazol y en la que todavía nos acordamos de la calidad de los ingredientes, la originalidad de platos tradicionales, la ejecución impecable de la cocina y un trato diferencial con el cliente. Juramos ante el (¿Solemne?) lábaro que volveremos no muy tarde.

De momento su web  anda caída y su facebook no está actualizado.

Dirección:  Calle Vargas 33-35, Santander, España.

Cantidad: Suficiente. No son "cagarrutas" de plato cuadrado.
Calidad: Orgasmo.
Presentación: Moderna pero sin extravagancias.
Servicio: Te tratan mejor que tu abuela en navidad.
Precio: 42€/persona y no nos pareció caro. Imaginaos como estaba todo.

Britannia: Pim, pam… ¡pizza!

Teníamos ganas de venir a la pizzería Britannia, uno de los negocios más vetustos a la hora de llevar comida a domicilio en Santander. Ahora que se pide la comida a golpe de click, Britannia fue de los primeros en traer sus pizzas a tu casa, y del éxito de su negocio se expandió, con dos locales en General Dávila y desde hace unos años cambiandolo por un local más grande a las afueras de la ciudad. Ahora están en el comienzo de la autovía S-20, allí donde hasta hace poco los prados con vacas se convirtieron en  promociones inmobiliarias durante la era dorada del cemento.

Una decisión arriesgada, ya que para poder llegar es casi imprescindible usar vehiculo privado, pero damos fé de que no ha restado público a su local ni a sus pedidos. Tal es su éxito que era la tercera vez que intentamos cenar en el local, y esta vez tuvimos que esperar un cuarto de hora para poder sentarnos. La demanda de espacio es más complicada que el orden de los escaños en el congreso de los diputados.

Así que una vez en nuestra mesa nos trajeron su carta. Una lista de platos detallados punto por punto, lo que la convertía en una guía más larga que las instrucciones de uso de una termomix. Los peroleros queríamos probar la variedad de la carta, asi que cada uno pidió un plato diferente.

En primer lugar, el integrante del grupo más talibán contra las dietas pidió pasta para cenar. Hidratos por la noche, porque nos gusta reventar el régimen norcoreano de verdura hervida. Y hablando de radicalismos, atención amantes de la cocina italiana: se pidió tallarines a la carbonara, que evidentemente estaban hechos con… nata. Que queréis que os digamos, salvo que aquí en la carta ya especificaron los ingredientes de su salsa. El plato era muy grande, tan profundo que se podía hacer natación sincronizada en su fondo ,igual con más suerte que la selección española. La pasta no estaba “al dente” pero tampoco recocida y la salsa estaba bien de gusto, sobretodo por el sabor a pimienta negra.

Britannia_carbonara

El siguiente comensal pidió lasaña de carne con curry. En otro plato inmenso, tan grande que te traen una paleta para extraerlo (un poco más y suena la marcha nupcial en el restaurante) y hasta arriba de carne especiada con curry. Ahí está a la vez su mayor fortaleza y debilidad: el sabor es diferente y sabroso pero acabas hasta la coronilla de la lasaña. Así que ojo, porque puedes acabar del curry más harto que la elección de la sede del MUPAC.

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Por último el tercer perolero pidió pizza vegetal; si, como siga este integrante vamos a dejar de ser “compi yoguis”. Y Britannia sigue haciendo las pizzas con la misma receta que tanto éxito le ha dado durante estos años: una pizza de tamaño individual suficiente, con una base de pan fuerte y siempre con esa capa de grasa que te convierte en experto en “gochismo” desde el primer bocado.  Una delicia prohibida.

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Pizzeria Britannia sigue fiel a su estilo, algo lógico teniendo en cuenta lo bien que les va. No es una opción para sibaritas de la cocina internacional, pero por precio y cantidad quedas más que satisfecho. Antes de que triunfase el naranja en las encuestas de Metroscopia ya había una cocina que tenía más apoyos que Pedro Sánchez en una sesión de investidura.

Os dejamos su web y Facebook.

Dirección: Calle Luis Riera Vega S/N. Santander, 39012.

Cantidad: Brutalismo.
Calidad: Batalla de las Ardenas.
Presentación: Sobria. Nada de aderezos decorativos.
Servicio: Excelente. Cómo mayordomos del anuncio de Ferrero Roché.
Precio: Normal. Draghi no bajará más los tipos para que vayas a comer.

La Vegana: confusión en el cruce

Nos está ocurriendo últimamente que, a nuestros ojos, muchos restaurantes comienzan a mimetizarse, pareciéndose demasiado entre ellos, desde las cartas-un picoteo variado, sin muchas emociones- hasta esa decoración entre antigua y cuqui, intentando hacer creer que el local quedó anclado a un tiempo antiguo y, solo por efecto de la nostalgia, más feliz. Empezamos a pensar que es mentira aquello que decía Wislawa Szymborska de que nada se repite y no hay ni dos noches, ni dos besos ni dos citas iguales.

Atraídos por sus cuñas radiofónicas -este estilo Los Carabelas, verdadero rat pack santanderino- nos presentamos en el cruce de carreteras que, desde hace no mucho alberga a La Vegana, para cenar.

Para poder comprobar un poco como tocan los diferentes palos, nos inclinamos por un picoteo variado. Quizá eligiésemos mal y no

Iniciamos con una tabla de embutidos recomendada en la casa. Jamón por un lado, cecina curada de León y cecina ahumada, coronadas por unos pedacitos de queso tiernos. El plato nos dejó tan fríos como él mismo. El jamón corriente, la cecina curada bastante bien, de un nivel correcto. Sin embargo, respecto de la ahumada no conseguíamos encontrar ninguna nota distintiva con la primera y, por su parte, el queso, de pasta blanda, no nos llamó especialmente la atención ni por su textura ni por su sabor.

embutidos_vegana

Luego llegaron las rabas. Sosas hasta aburrir, sin el punto de consistencia adecuado en el cefalópodo -no estaban blandas pero tampoco ofrecía esa leve resistencia gozosa de la mejor raba- y con una fritura de aprobado. Además, la ración no nos pareció muy abundante, parecida a la media de Papanao.

rabas_la_vegana

Las croquetas nos merecen igual juicio que las rabas. Corrientes sin estar malas, un pelín sosas e indefinidas en el sabor, con alguna pequeña rotura en el empanado. No pretendemos que cualquier croqueta nos levante del asiento a dar palmas, pero esta francamente ganó nuestra indiferencia.

Croquetas_vegana

Por último, atacamos unos mejillones. Y otra vez nos dejaron aburridos. Si la esencia del mejillón es al final la salsa, hasta el punto que más de un detractor de este molusco consiente que se pidan raciones solo para mojar barcos de pan del tamaño de un petrolero, en este caso, faltó algo. Ni picaba, ni realzaba sabores, ni refrescaba el paladar, ni nos llevaba a mojar. Una cosa indeterminada.

mejillones_la_vegana

Terminamos con los postres. Muy bien ligado y con el punto justo de dulce el arroz con leche. Sin embargo, la tarta de tres chocolates, podría haber salido con buena nota, pero en el último momento alguien en cocina echó mano de un biberon de sirope y bombardeó sin compasión la tarta, anulando cualquier posible matiz o sabor diferente.

tarta_chocolates__la_vegana

Nos vamos con una sensación triste y gesto aburrido. Quizá no hayamos sabido sacar partido a la carta de La Vegana pero, desde luego, lo que hemos probado no ha estado al nivel de lo que esperábamos, dejándonos pensando si nos habíamos confundido de cruce

Cantidad: normal tirando a escasa
Calidad: ni frío ni calor
Presentación: sencilla pero correcta
Servicio: normal
Precio: Menos de 20€ por cabeza, botella de vino incluida.

 

Magnolia con rima

Autor: @patricianuro

Último domingo de febrero, lluvia y frío
Vermús, cerveza y El Cadelo cerrado en el Río.
¿Dónde ir después de comer ostras irlandesas
en La Mar y habernos sentido cual duquesas?

Pues al Magnolia en Tetuán, a ver si en la capital
Los de Suesa lo hacen igual.
El sitio es original, singular, peculiar
Con lo difícil que ahora es molar.

carta-magnolia

Para picar croquetotas de gamba al ajillo
Con sabor, cremosas,  grandes y muy ricas
No sobró nada de nada, ni una pizca
Son croquetas hechas con cariño, nada de en un ratillo.

Croquetas_magnolia_santander

Boquerones en vinagre con pesto y chips
Para eso que llaman romper en boca
Y la mezcla un poco sí te vuelve loca.

boquerones_magnolia_santander

Tabla de quesos sui géneris de quesos de verdad
nada de quesos de plástico del Lupa o similar.
Buenísimos aunque sólo hubo de tres tipos
y esa cantidad no te quita ni el hipo.

 

Unos garbanzos con langostinos para la señorita
A las señoritas nos gustan los platos de cuchara
Elegimos culo o cara. Tocaba cara.
Buen guiso, como lo haría nuestra abuelita.

garbanzos_langostinos_magnolia_santander

Unas carrilleras al vino con patatas fritas para el caballero
tan buenas y tan ricas como el sol de febrero.

carrilleras_magnolia

Secreto ibérico a la plancha con pimientos rojos.
El comensal los pidió sin chimichurri argentino
Tenía planes , es un poco cochino.
Parecían mantequilla,
Dios santo, qué maravilla.

presa_magnolia_santander

Burrata de pimientos asados con tostas
Lo más normal
sin que estuviera  mal.

Tosta_pimientos_magnolia_santander

Panacotta de chocolate blanco y tarta de queso
de postre.  Qué delicia de tarta, Dios santo,
casera, al horno y dulce sin empalagar tanto.

tarta_queso_magnolia_santander

Bebimos dos botellas de vino que encarecieron la cuenta
pero que nos hicieron la comida aún más suculenta.

Si quieres a alguien conquistar
Al Magnolia le has de llevar.
Yo así lo haré
y a ti te conquistaré.

Cantidad: normal
Calidad: muy bien. El dichoso rockandroll está en sus platos.
Presentación: sencilla pero fresca.
Servicio: muy agradables.
Precio: 30€ por persona con dos botellas de vino, agua y cafés. Justo.

La Cañía: potencia nuclear

A pesar de las muchas decepciones y sobresaltos, en El Perolo seguimos con nuestra incansable búsqueda y clasificación de aquellos pinchos de tortilla que merezcan la pena darse un paseito a la hora del café. Casualidad, o no, nuestra última excursión por el cogollito del Santander más fino se saldó con un verdadero muro de las lamentaciones en forma de tortilla-ladrillo en el Santemar. Así que, preocupados porque en lo más elegante y atestado en verano de nuestra ciudad no pudiésemos encontrar una buena tortilla digna, decidimos probar con uno de los clasicazos de la zona: La Cañía.

Pocos sitios con más solera en el Sardinero podemos encontrar: aquí miles y miles de personas se han tomado el último café (o tila) antes de enfrentarse a la hercúlea prueba de aprobar el carné de conducir en una ciudad en la que las interminables cuestas y rotondas hacen las delicias de los examinadores más sádicos, que pasean a los aspirantes por los más increíbles vericuetos con saña y demencia propias del mismísimo Edward Hyde.

Como somos fáciles de autoconvencernos, pensábamos que la tortilla seguramente sería buena, pudiendo ejercer tanto de recompensa al triunfador como de consuelo al derrotado. Por desgracia para nosotros, pasamos en un momento en el que, maldito destino, la única tortilla disponible era de paleta ibérica y alioli. No es la primera vez que probamos la combinación pero, desde luego, no está en nuestras favoritas.

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Desmenucemos la tortilla. Partimos de una base bastante cuajada, aunque sin llegar al ladrillismo más extremo. Aunque somos partidarios de tortillas más cremosas, somos conscientes de que la tortilla cuajada tiene sus buenos adeptos y que, si se consigue mantener en un punto de jugosidad adecuado puede tener una calidad aceptable. Este era el caso, aunque un puntito más de fritura a las patatas o la cebolla hubiese hecho del conjunto algo  más sabroso y rico en matices.

Respecto de la cobertura, la potencia nuclear del alioli anula cualquier posibilidad de un veredicto positivo. Ese alioli extremadamente fuerte hace que, durante varias horas tu paladar y lenguas parezcan arrasadas por un ensayo balístico iraní, donde cualquier paluego es una pequeña tortura. La paleta, además, se sirve en una loncha imposible de negociar con ella: difícil de partir, así que hay que comerla de una vez o realizar complejas maniobras de corte con instrumental propio de Bricomanía.

Del café no os podemos decir nada, porque nos sabía a alioli. Palabra.

En definitiva, podría ser una tortilla decente cuajada pero el misil que lleva por cobertura anula cualquier posible juicio positivo. Esperemos probar alguna de las otras variedades y que reserven esta para acabar con los vampiros: seguro que Van Helsing daría buen uso de ella.

Dirección: Joaquín Costa, 45. Santander

Cantidad: tamaño decente. 
Calidad: El alioli extremo anestesia la boca como el listerine.
Presentación: Es una tortilla.
Servicio: Profesional.
Precio: 290 céntimos de vellón. 2'90 euros. Un pasote.

Papanao: En este contenedor hay buena mercancia.

Santander se encuentra en invierno con su “día de la marmota” particular: ciclogénesis explosivas, proyectos fantasma que podrán a la ciudad en la vanguardia internacional, discusiones sobre si hay que soltar pasta al racing o la crisis de la hostelería hasta que llegue el buen tiempo y semana santa. Bueno, este año, sobre el aspecto meteorológico podríamos discutirlo, pero en general parece que por el número de amaneceres soleados del Padre Mariano y del Tomavistas, estadísticamente ha hecho mucho mejor que otros años.

Este buen tiempo anima también a frecuentar los bares, y además ahora un poco menos llenos después del “tsunami” navideño. Todos hemos comenzado la dieta que cómo jubileo lebaniego (en 2017 hablaremos de ello, todo sea por pillar subvención) nos perdone nuestros pecados de gula pasados. Así que nos lanzamos a la calle y estuvimos en un local que precisamente, durante las pasadas fiestas estuvo a reventar entre benjamines de cava y raciones de rabas. Se llama “Papanao”, y desconocemos el origen del nombre, aunque suponemos que no tenga relación ni con antiguos locales “explosivos” ni con horrorosos estribillos (y lo sabes) que se pusieron de moda por cantantes en su senectud.

Es un local nuevo, en pleno centro y desde fuera se ve la intención de ofrecer que quieren ser algo diferente a lo que hay alrededor: su fachadas representa varios contenedores de puerto apilados. Así no hay motivo para no localizarlo. Fuimos sin reserva y rápidamente nos encontraron hueco (igual que la mierda de Guipúzcoa en el vertedero de Meruelo) para poder cenar.

Su carta está compuesta por raciones y algún plato para compartir pero es corta y concreta. Al ser 3 personas para cenar preferimos pedir medias raciones para poder probar un poco de todo y así ver cómo se manejan en cocina. Avisamos sobre el tamaño de la ración porque realmente eran grandes y así tenéis cuidado al elegir; no vaya a ser que tengáis que pedir un tupper al final de la cena y esto no es la casa de vuestra madre.

Comenzamos con uno de los platos por antonomasia para empezar una cena: el pudding de cabracho.  Pobre pez, siempre destinado a ser triturado para untarlo.  Abocado a su exterminio, como un congreso de UPyD. Normalmente no hay mucha complicación en elaborarlo, y el personal no le presta ni la más mínima atención: a engullirlo. En el caso de “Papanao” resalta su textura, punto justo para el unte en el pan pero sin ser papilla, consistente, sabor más fuerte que la media y con una mayonesa casera de rechupete. Sorpresa entre los peroleros por este buen plato.

Papanao_cabracho

Vamos a por la segunda media ración: rejos. Aunque en la carta informaba de rabas de calamar, el camarero, muy atento, nos informó que sería esta variedad la que serviría. Y fue un acierto. Un rejo “triscón”, con una fritura crujiente, nada grasienta, y como complemento un pequeño bol con ali-oli. Esta combinación está empezando a ser más frecuente de los habitual. Parece que ya no quedan suficientes rodajas de limón para los Giin-Tocnics y hay que redistribuir la producción. Aún así, estos rejos estaban de vicio.

Papanao_rejos

Y ahora, señoras y señores, viene la prueba de verdad: las croquetas. Pedimos las de jamón, las más clasicas. Presentada sobre una cama de patatas paja que aportaban menos que una comida de fraternidad en Podemos Cantabria, las croquetas estaban buenas. No llegan al punto de premio propio de nuestro blog y seguramente, de otros galardones que se han repartido sobre la masa de bechamel empanada (tranquilos que también iremos a hacer nuestra cata) pero cumplen y con nota. Además del minipunto a favor del regusto a nuez moscada. Un arte el de hacer croquetas que parece que si saben hacer en Papanao.

Papanao_croquetas

El plato principal y fin de la cena fue su solomillo a la plancha. Media ración acompañada de patatas fritas caseras y pimientos hechos también en la sarten. Aunque se les pasó pedir el punto en el que queriamos la carne, lo que nos ofrecieron estaba bastante bueno. La carne estuvo bien elaborada y sazonada. La guarnición también fue un acierto y estaba sabroso.

Papanao_solomillo

En definitiva, salimos del bar más contentos que Rita Barberá cuando se enteró que es aforada. El local es apetecible, las raciones son grandes y generosas, el servicio que nos atendió y colaborador, y la comida que se ofreció estaba bastante buena. El precio fue más barato que lo que esperamos aunque no pedimos postre (el elemento que infla las facturas más que un Palma Summit) y las bebidas no fueron de categoría premium.  Papanao ha entrado y muy fuerte en la guía “vamos a tomar unos vinos” de esta ciudad.

Os dejamos su Facebook e instagram.

Dirección: Hernán Cortés, 22. Santander

Cantidad: Sus medias raciones en otros bares son completas. 
Calidad: Muy bien. Ingredientes y elaboración de alto copete.
Presentación: más cuidada que un reportaje fotográfico del ¡Hola!
Servicio: Simpáticos y colaboradores. Con ganas de hacerlo bien.
Precio: 12 €/persona con dos copas de vino, una cerveza y agua. Atractivo para comer bien.