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Papanao: En este contenedor hay buena mercancia.

Santander se encuentra en invierno con su “día de la marmota” particular: ciclogénesis explosivas, proyectos fantasma que podrán a la ciudad en la vanguardia internacional, discusiones sobre si hay que soltar pasta al racing o la crisis de la hostelería hasta que llegue el buen tiempo y semana santa. Bueno, este año, sobre el aspecto meteorológico podríamos discutirlo, pero en general parece que por el número de amaneceres soleados del Padre Mariano y del Tomavistas, estadísticamente ha hecho mucho mejor que otros años.

Este buen tiempo anima también a frecuentar los bares, y además ahora un poco menos llenos después del “tsunami” navideño. Todos hemos comenzado la dieta que cómo jubileo lebaniego (en 2017 hablaremos de ello, todo sea por pillar subvención) nos perdone nuestros pecados de gula pasados. Así que nos lanzamos a la calle y estuvimos en un local que precisamente, durante las pasadas fiestas estuvo a reventar entre benjamines de cava y raciones de rabas. Se llama “Papanao”, y desconocemos el origen del nombre, aunque suponemos que no tenga relación ni con antiguos locales “explosivos” ni con horrorosos estribillos (y lo sabes) que se pusieron de moda por cantantes en su senectud.

Es un local nuevo, en pleno centro y desde fuera se ve la intención de ofrecer que quieren ser algo diferente a lo que hay alrededor: su fachadas representa varios contenedores de puerto apilados. Así no hay motivo para no localizarlo. Fuimos sin reserva y rápidamente nos encontraron hueco (igual que la mierda de Guipúzcoa en el vertedero de Meruelo) para poder cenar.

Su carta está compuesta por raciones y algún plato para compartir pero es corta y concreta. Al ser 3 personas para cenar preferimos pedir medias raciones para poder probar un poco de todo y así ver cómo se manejan en cocina. Avisamos sobre el tamaño de la ración porque realmente eran grandes y así tenéis cuidado al elegir; no vaya a ser que tengáis que pedir un tupper al final de la cena y esto no es la casa de vuestra madre.

Comenzamos con uno de los platos por antonomasia para empezar una cena: el pudding de cabracho.  Pobre pez, siempre destinado a ser triturado para untarlo.  Abocado a su exterminio, como un congreso de UPyD. Normalmente no hay mucha complicación en elaborarlo, y el personal no le presta ni la más mínima atención: a engullirlo. En el caso de “Papanao” resalta su textura, punto justo para el unte en el pan pero sin ser papilla, consistente, sabor más fuerte que la media y con una mayonesa casera de rechupete. Sorpresa entre los peroleros por este buen plato.

Papanao_cabracho

Vamos a por la segunda media ración: rejos. Aunque en la carta informaba de rabas de calamar, el camarero, muy atento, nos informó que sería esta variedad la que serviría. Y fue un acierto. Un rejo “triscón”, con una fritura crujiente, nada grasienta, y como complemento un pequeño bol con ali-oli. Esta combinación está empezando a ser más frecuente de los habitual. Parece que ya no quedan suficientes rodajas de limón para los Giin-Tocnics y hay que redistribuir la producción. Aún así, estos rejos estaban de vicio.

Papanao_rejos

Y ahora, señoras y señores, viene la prueba de verdad: las croquetas. Pedimos las de jamón, las más clasicas. Presentada sobre una cama de patatas paja que aportaban menos que una comida de fraternidad en Podemos Cantabria, las croquetas estaban buenas. No llegan al punto de premio propio de nuestro blog y seguramente, de otros galardones que se han repartido sobre la masa de bechamel empanada (tranquilos que también iremos a hacer nuestra cata) pero cumplen y con nota. Además del minipunto a favor del regusto a nuez moscada. Un arte el de hacer croquetas que parece que si saben hacer en Papanao.

Papanao_croquetas

El plato principal y fin de la cena fue su solomillo a la plancha. Media ración acompañada de patatas fritas caseras y pimientos hechos también en la sarten. Aunque se les pasó pedir el punto en el que queriamos la carne, lo que nos ofrecieron estaba bastante bueno. La carne estuvo bien elaborada y sazonada. La guarnición también fue un acierto y estaba sabroso.

Papanao_solomillo

En definitiva, salimos del bar más contentos que Rita Barberá cuando se enteró que es aforada. El local es apetecible, las raciones son grandes y generosas, el servicio que nos atendió y colaborador, y la comida que se ofreció estaba bastante buena. El precio fue más barato que lo que esperamos aunque no pedimos postre (el elemento que infla las facturas más que un Palma Summit) y las bebidas no fueron de categoría premium.  Papanao ha entrado y muy fuerte en la guía “vamos a tomar unos vinos” de esta ciudad.

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Dirección: Hernán Cortés, 22. Santander

Cantidad: Sus medias raciones en otros bares son completas. 
Calidad: Muy bien. Ingredientes y elaboración de alto copete.
Presentación: más cuidada que un reportaje fotográfico del ¡Hola!
Servicio: Simpáticos y colaboradores. Con ganas de hacerlo bien.
Precio: 12 €/persona con dos copas de vino, una cerveza y agua. Atractivo para comer bien.
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La Oliva: La dificultad de las elaboraciones sencillas

El mandamiento que siempre nos ha gustado más es el de “Santificarás las fiestas” y por ello celebramos recientemente el patrón de Astillero, San José (el padre que nunca lo fue), acudiendo a un restaurante de este municipio llamado “La Oliva” en la antigua carretera nacional. Fuimos a cenar y probar su especialidad, las sartenes de huevos fritos, una receta que viene del antiguo restaurante que llevaron (La Vegana) y que siguen ofreciendo con una variedad de complementos mucho más amplia que la lista de sectores de “Podemos”.

Antes de acudir al plato principal con la voracidad que nos caracteriza, pedimos un par de entrantes para ver cómo andaban en el resto de opciones que ofrecían en una carta muy amplia. Sorprendente en estos tiempos de reducir el abanico de opciones al comensal y sólo presentar una hoja cómo carta que “La Oliva” ofrezca bastantes secciones de picoteo y platos principales. Sin embargo, el diseño de la misma no lo hace parecer una guía telefónica de la posguerra ni el último guión completo de la trilogía de ” El Hobbit”.

Solicitamos la ración de croquetas caseras (en otro giro inesperado de nuestro blog) y setas a la plancha. La ración de croquetas era variada, con rellenos de distintos sabores. Probamos la croqueta de bacalao (“It’s vigilia time”), la de morcilla y la de carne de cocido. Las tres bien fritas, bechamel suave y sabores fuertes. En cada una de ellas podías distinguir al primer mordisco cual estabas comiendo. A destacar las de morcilla que en nuestra opinión eran una delicia comprimida de los productos de la matanza (“Vigilia what?”).

Croquetas_la_oliva

A continuación, llegó a nuestra mesa la ración de setas a la plancha. Una parrillada en condiciones, con las setas condimentadas con el ajo y perejil que alegran el plato. Textura buena, sabor supremo y de regalo esa grasilla para mojar el pan que sabes que en la dieta que te ha dado tu nutricionista de cabecera (¿quien no tiene hoy en día un dietista, un “coach” y un “personal trainer”?) es objeto de delito penado con 3 días a verduras. Pero no estamos en tiempo de amarguras, que ya nos lo dice el gobierno que va todo bien. Así que a gastar miga en el plato cómo si no hubiese mañana…que tirar de tupper de nuestras madres.

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Y llegamos al plato estrella: los huevos fritos con patatas y lo que surja. En este caso, pedimos la ración de “Huevos al Picón” y “Huevos con Foie”. En ambos casos, el camarero llegó, nos sirvió los platos, y en un ejercicio de interpretación que inspiró al mismísimo Tim Burton para su escena de la poda en “Eduardo Manostijeras”, llegó con un cuchillo y un tenedor y nos partió los huevos delante nuestro para mezclar todos los ingredientes.  Los huevos al picón, mezcla arriesgada donde las haya: Llevaban gulas y queso picón en cantidades similares. Estábamos indecisos por conocer si esta coalición extrema de campo y “mar” (que os vamos a contar de las gulas que no sepáis…) llegarían con éxito a nuestros estómagos. Y por mayoría absoluta nos encantó. El queso se funde con el calor de la sartén y hace una salsa con la yema del huevo frito en las patatas que es soberbia. Qué desgracia es ver con resignación que el plato se ha acabado y que no queda más para comer. Si, nos sentíamos mas desangelados que los astrónomos del IFCA esperando el próximo acontecimiento planetario (no otro mundial de vela) porque ya no había nada que untar.

huevos_picon_La_Oliva

Después, tras el buen sabor de boca de la primera ración de huevos, llegó la segunda y más conocida: los huevos con foie. Por segunda vez, el camarero se puso a cortar el plato cómo Llongeras desplumaba a sus modelos. Zas, zas, zas. El florecer de la yema del huevo volvía a impregnar todo el plato. Una guarrindogada, si, pero que estaba cojonuda. El foie le da una untuosidad a un plato básico con unas buenas patatas fritas. Además aquí ya llegamos casi al final de nuestra estación en le recorrido por La Oliva. Estamos a punto de reventar.

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Pero nosotros no nos rendimos y quisimos rematar nuestra opípara cena con unos postres para bajar el festín de grasa que nos habíamos pegado a gusto. Probamos el helado de vainilla con Pedro Ximenez y la mousse de chocolate. Postres fríos, digestivos, y en el caso del helado de buen tamaño, en el que de los 4 comensales 3 podrían comer bastante. Si, podemos afirmar que en este último caso la ecuación “pareja que pide postre uno sólo pero traéme una cucharilla para mi novio/a” no deja una sensación en el estómago de vacío unos de los dos componentes de la relación. En La Oliva no acabarán en divorcio las relaciones por una cucharilla de menos. La mousse estaba bien montada y fría. Igual sobraba el “chorretón” de nata montada, pero para gustos están los colores y las encuestas electorales de los periódicos.

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En resumen, esta cena de platos sencillos, pero con buenos ingredientes y cocinados de forma notable, junto a dos botellas de agua, copa de vino y copa de cerveza, salió a 15 euros por persona en una mesa de 4 clientes. A este precio tan bueno, en un comedor muy bien decorado y con un servicio excelente, creo que no sólo visitaremos “La Oliva” por fiestas. Es más, estamos pensando celebrar con más frecuencia el día del señor, o mejor la víspera del Domingo, no sea que nos pille en casa y tengamos que ver “La sexta noche” en la televisión cómo expiación a nuestros pecados.

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Dirección: Calle La Prosperidad 2, El Astillero (Cantabria).

Cantidad: Bien. No es a reventar los platos, pero quedas satisfecho. 
Calidad: Buena mano para hacer cosas sencillas.
Presentación: No estamos en un museo. Así que ni te vas a dar cuenta.
Servicio: Cómo los buenos árbitros de fútbol, su presencia no se notó. Muy bien.
Precio: Barato. Con postre y sin botella de vino salió por menos de 15€.

Casi…mira

Aunque en este blog habréis encontrado ejemplos de las tres ‘b’, bueno, bonito y barato, lo cierto es que no es lo habitual. Agradecemos las invitaciones que nos están empezando a llegar para ir aquí o acullá, pero preferimos ir a nuestro aire, sin avisar, y con toda la objetividad que nuestro estado etílico nos permita. Por eso es difícil que un sitio nos convenza al 100%. Siempre hay alguna cosa.

Esta semana os vamos a hablar del Casimira en Santander, situado en la calle Casimiro Sáinz,10.Un bar que ya lo visitamos hace unos meses para comer un buen pincho de tortilla a un precio muy majo.Vaya por delante que en términos generales nos gustó, pero hablemos de los matices que lo alejaron del diez. Y también de sus virtudes, que tiene muchas.

Nos decidimos por compartir cinco de los platos que nos parecieron más sugerentes de su ajustada carta, ni muy grande ni muy pequeña.

Empezamos con una Ensalada de Tomate. De diez. Cuatro rodajotas que troceamos para facilitar su reparto. Muy sabroso, nada de esas bolas de plástico que nos suelen colocar. Bien de carne, y bañado en aceite, con un toque de vinagre de Módena y una discreta pero efectiva cebolla morada que redondeaba el plato. Lo dicho, un diez sin matices.

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Pasamos a las Croquetas de Jamón. Como bien sabéis los que nos seguís con devoción (gracias, gracias) aquí es donde los peroleros no perdonamos una. Si visitamos un sitio y no nos gustan las croquetas tenemos que admitir que perdemos la objetividad.

En este caso hubo debate. No tanto por su interior, delicioso, pero sí por su rebozado. Dos de las 16 (pedimos dos raciones) estaban ‘rotas’ por un rebozado deficiente, producto posiblemente de un punto de calor del aceite más frío de lo debido. Anecdótico, y no las desmerece para ser por méritos del chef en unas croquetas de podio perolero. En lo que sí hubo unanimidad fue en la ración. Eramos cinco personas y nos pusieron 8 croquetas. Vamos a ver, estos detalles hay que cuidarlos. Creemos que en este caso lo correcto es poner 10 y advertir a los clientes de que la ración son 8 por lo que se nos cobrará un pequeño suplemento. Es decir, no pedimos croquetas gratis, sino una ración para que no haya peleas en la mesa, y a fe que entre los peroleros las hubo porque las croquetas estaban muy buenas. Tan es así, que repetimos.

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Seguimos con un Lacón con Queso que fue para los comensales posiblemente la sorpresa más agradable de la noche. El lacón estaba espectacular, tierno, en su punto y el queso fundido era sin duda una pareja de baile ideal, con un toquecito de pimentón que casaba a la perfección. Otro plato que no mereció mayor discusión. De diez.

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Dimos cuenta también de una ración de Cecina y creemos que fue sin duda el pinchazo de la noche. El sabor era correcto pero no entendemos como se pueden cortar lonchas tan finas. Hubiéramos preferido menos cantidad y mayor grosor. No podemos determinar si la cecina era mejor de lo que nos pareció porque con tan poca sustancia nuestras papilas gustativas no acababan de saber si era chicha o limoná.

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Para cerrar el festival nos decantamos por unos sugerentes Tacos de Solomillo.  Un plato con algunos matices. La carne estaba muy sabrosa, ahí no hubo discusión. Una pena que llegara bastante templada. Creemos que con un punto más de calor el resultado hubiera rozado el 10 sin problemas. La cantidad nos pareció escasilla, pero también es cierto que a cinco terneros como los que se concitaron alrededor de la mesa, todo nos parece poco.

A destacar los pimientitos asados que acompañaron a la carne. Deliciosos. Lo dicho, un plato recomendable.

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Para endulzar semejante festival de la sal (no es que la comida estuviera especialmente salada, no es eso) dimos cuenta de tres Tartas de Queso y un Flan.

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Las tartas de queso muy sabrosas, algo empalagosas quizás, un regusto a leche condensada escondido, pero para los amantes del dulce un postre muy recomendable.

El flan no sabía a flan. No estaba mal, pero sabía raro (más parecido a una “Panna Cotta”). Si váis igual nos sacáis de dudas.

La comida la acompañamos con dos botellas de Luis Cañas (había sed) y unas cervezas muy bien tiradas.En conjunto muy bien… pero nos pareció un poco rejoncito la cuenta final. Casi 27 euros por cabeza.

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En definitiva. Os recomendamos el Casimira. En términos generales nos gustó, pero ojito con lo que pedís que igual la cuenta se os va (tampoco vais a tener que pedir un crédito, que conste).

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Dirección: Calle Casimiro Sainz, 10. Santander.

Cantidad: Ajustada. Nosotros pondríamos un poco más de todo.
Calidad: Sí, con algunas momentos muy buenos.
Presentación: Suficiente.
Servicio: Correcto.
Precio: 27€, un poco caro.

Bar Cantabria: A más, a más; a menos, a menos.

Era un fin de semana post-navidad en el que la afluencia a los bares y locales había disminuido (el invierno parece que llega más triste que nunca) y moverse por la ciudad ya era más cómodo que durante las semanas previas. Por ello, decidimos quedarnos en el centro, y de improviso poder picar algo rápido y barato, ya que andamos a final de mes y no era plan de sacar la tarjeta “Black”, que luego en unos meses te lo saca el diario.es y no es plan de presumir (qué hijos de…).

Al final, de improviso ,ya que no teníamos reserva previa, fuimos cómo los zombies de “The Walking Dead” buscando un sitio para una mesa de 7. Al final paramos en el mesón “Cantabria”, en pleno Río de la Pila, un bar muy popular por su carta de raciones de cocina tradicional española. El lugar no tiene desperdicio, por su jamones colgados, por ese azulejado “typical spanish”, su barra llena de pinchos, etc. Así que nos lanzamos a probar su carta. A destacar que el servicio se sacó una mesa de la manga para poder servirnos. Punto a favor.

Cómo era una cena de picoteo y tampoco queríamos salir a reventar, pedimos las raciones más tradicionales del lugar: Cecina, rabas, croquetas variadas y una tabla de quesos para cerrar la comanda. Todo ello regado por una sangría bastante buena para mitigar el calor del local (lleno hasta la bandera).

La cecina fue lo primero que nos sirvieron. Habíamos oído que era bastante buena e incluso te la podías llevar para casa, cual charcutería de barrio. Lo que nos sirvieron no tenía nada que ver. Era un embutido bastante más seco de lo que pensábamos y a pesar del chorro de aceite, se hacía duro al masticar. Esperábamos más.

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A continuación llegaron las rabas de calamar, con su rodaja de limón que no se echó (no cometimos sacrilegio) en un plato bastante abundante. Nos gustaron, la fritura era la justa y la raba era buena y triscante, pero sin llegar a modo “chicle”. En la carta esta era la ración más cara de las rabas. Pagamos la calidad.

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Y llegó el momento “el perolo”: las croquetas. En este caso de jamón y queso picón. Abundantes raciones, las croquetas eran de un tamaño respetable, pero la calidad era normalita. No llegaban al estilo congelado, pero la bechamel podría valer para levantar paredes de Pladur. Sabor fuerte las de Picón (cómo debe ser), las de jamón más bien normales. En general está ración se fue del “ruedo” con “división de opiniones y silencio” del respetable.

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Para finalizar, la tabla de queso a modo de postre. Había varios tipos, desde el fresco con membrillo, pasando por el curado y el picón. Ninguno de ellos pasará a la gloria del olimpo quesero. Tras probarlo, creemos que es una opción a no repetir. No te aporta nada a la cena.

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El resultado final fue barato, pero acorde al nivel que probamos. Su cocina no es para echar cohetes precisamente y seguramente nosotros creemos que con un punto más de calidad de sus platos sería una opción excelente para cenar. De momento, no estará entre nuestras prioridades. Esperamos más en el futuro.

Dirección: Calle Río de la Pila, 10. Santander.

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Cantidad: Abundante, su raciones dan para comer 5 o 6 personas.
Calidad: Aprobado raspado
Presentación: Decente, si. Apetitosa, no.
Servicio: Muy bien. Nos buscaron mesa y estuvieron pendientes. 
Precio: 14 €/persona. Asequible para todos los bolsillos.

El Solórzano: volver, volver,… o no.

Para nosotros el vermú dominical en El Solórzano era nuestra forma de santificar las fiestas, siempre acompañadas de unos estupendos mejillones en salsa  y unas rabas notables. Pero un día reformaron el local y debieron quitar la cocina porque los mejillones perdieron la gracia y las rabas eran dignas de la Bridgestone. Adiós, un placer habernos conocido.

Pero, recientemente, unos simpáticos pajarillos nos chivaron que, en su última vista, este clásico parecía haber recuperado el pulso. Se imponía una visita por parte de El Perolo y decidimos que lo mejor serían unas raciones variadas para cenar, y así volver, volver, volver, a su carta otra vez… que diría Chavela.

Abrimos fuego con un pudding de puerros y gambas. Para nuestro desconcierto, nos llegó algo caliente a la mesa, lo cual hacía que estuviese poco asentado y homogéneo. Bastante soso, únicamente con sabor a puerro, potenciado por una salsílla verde que, entendemos, procedía de los tallos del puerro. La gamba, o al menos su sabor, desaparecida en combate. Desde luego, no le encontramos la gracia a un pudding tan insípido.

Pudding de gambas y puerros
Pudding de gambas y puerros

Seguimos con algo más clásico que la colección Austral, y así llegaron las rabas. La ración, queridos, es la que ven en la foto, ni una raba más ni una menos, y se hace realmente escasa, especialmente en relación a su precio (11 €… sí, ONCE EURAZOS, y no ponía la carta que fueran de calamar fresquísimo, magano o similar). No estaban mal -buena fritura, nada duras ni chiclosas- pero desde luego no para volverse locos en cuanto a su sabor y calidad.  Por ese precio hemos probado las soberbias de La Solana, y su estrella Michelín, que sacan un par de cuerpos de ventaja a estas.

La ración de rabas intactas
La ración de rabas intactas

Con las rabas llegaron las croquetas y estas tampoco despertaron en nosotros lagrimas de emoción como cada vez que nuestras madres ven Memorias de África. Correctas, nada más: poquito sabor a carne y demasiado a nuez moscada; bien fritas, pero demasiado grandes.

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El siguiente palo que tocamos fue puramente autóctono, una ración de queso Divirín fundido. Un estupendo queso de La Jarandilla que, en crudo, nos había fascinado por su pasta blanda e intensa. No sabemos si es que se les fue la mano con el calentado, pero en aquél plato que nos trajeron se había fundido hasta la mohosa corteza del queso. Acompañado de una confitura de tomate y tostaditas de pan  resultó realmente sabroso, hasta el punto de que el más pantagruelico de los peroleros acabó con la corteza,  ante las dudas generales sobre si ese proceder era el adecuado y recomendable.

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Por último, cerró el desfile una morcilla correctamente frita, adornada de cebolla caramelizada. Corriente, sin nada especial, hasta el punto que juraríamos que era de algunas de las marcas más habituales de los lineales de los supermercados. La cebolla, aburrida (¡oh! ojalá hubiesen arriesgado y hubiesen acompañado esta de la confitura de tomate, tendría su gracia).

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Para el postre, nos aferramos a nuestros clásicos y tiramos por la tarta de queso y una torrija de brioche. La tarta, en la tónica de la noche, aprobaba, pero su textura, un tanto arenosa, y una base discreta la alejan de nuestras favoritas. La torrija no era torrija, puesta que esta se supone que es una rebanada empapada, no un bloque poroso que, a mayor abundamiento, sabía demasiado al requemado del caramelo.

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Conclusión: el Solórzano parece salir de las catacumbas, pero aprueba, y gracias. Nada realmente memorable, todo a falta de un punto para ser realmente bueno. Y la competencia es feroz en las noches de raciones santanderinas.

Cantidad: normal, tirando a escasa (especialmente las rabas)
Calidad: Aprobado. Y poco más
Presentación: Normal, sin mayor complicación
Servicio: Excesivamente amable y de colegueo.
Precio: unos 15€ por cabeza, vinos incluídos.

Las Rabas: Arte y ensayo

Si un soneto le pedía Violante a Lope, que hay que ser caprichoso, unas líneas nos piden los amigos de “El Diario Montañés” (cielos, nunca pensábamos que llegaríamos a escribir esto) sobre las rabas, ese icono por excelencia de los bares de Cantabria, quizá nuestra más fuerte seña de identidad popular culinaria y, precisamente por ello, muy maltratada.

No queremos pontificar aquí sobre aspectos técnicos como los materiales del rebozado, la frescura del bicho empleado o la limpieza del aceite -bueno sí, ni nuevo ni pasado, que guarde un poco de sabor, pero muy poco- porque últimamente hemos escrito poco sobre ellas, aunque hemos degustado muchas. Y es que nuestra identidad supersecreta, cuan James Bond nos impide escribir sobre todos los abrevaderos que visitamos.
Ración de rabas de El Muelle
Ración de rabas de El Muelle
Metiéndonos en harina (perdón por el chiste). Las que más nos han gustado son las de “La Solana“. Sí, no sorprendemos a nadie, pero están sensacionales y el sitio es único; aparte de utilizar la genial idea de presentarlas en un cestillo que permite que siga escurriéndose el aceite sobrante tras la fritura. Su calidad está al nivel de la categoría del restaurante. También nos han gustado las de “La Buena Moza”, bien populares de precio y sabrosas, o las más pijas de “Cañadío” caracterizadas por ese rebozado atempurado que las da un sabor y textura espectaculares. Nos gusta también que los nuevos negocios hosteleros tengan ganas de cuidar este plato y lo hagan muy bien, cómo por ejemplo pudimos comprobar en la “Taberna del Herrero” donde su ración de rabas estaba a muy buena altura” o en “El Muelle”, un recién llegado que combina calidad y cantidad.

Entre nuestros peroleros los hay también devotos del “Gelín”, el Rey de las Rabas. Un bar de los de toda la vida, con su vermouth de solera rozando el grado de congelación, el rebozado rugoso y triscón de sus rabas, que hay que comer bien calientes. Un lugar auténtico en su estética, servicio, y comanda: “ponme una”, el salvoconducto a una ración de rabas como dios manda.

No obstante, sí nos llama la atención que han subido las raciones mucho de precio, y no siempre en calidad y cantidad, como comprobamos en la última parada en el “Solórzano”, de la que publicaremos en breve. O cuando visitamos otros locales en la que el tratamiento a este producto no fue de lo más cuidado, cómo en “Casa Sampedro”, en el que la ración era lo más parecido a la “casta” del picoteo regional que  un homenaje al plato más famoso de nuestra comunidad en toda España y parte del extranjero.

Rabas en el "Solórzano"
Rabas en el “Solórzano”

Para cerrar, tenemos que confesar nuestro amor por los rejos, y esa capacidad para retener y concentrar el sabor en un crujido. La pena es que no son tan fáciles de encontrar en Santander. Nuestro odio, porque no vamos a ser todo amor, lo centramos en el limón y en ese pariente indecente que son los bocatas de calamares de Madrid, con los que, se dice, juntaron los ladrillos del Acueducto de Segovia, que ahí sigue en pie.

Cadelo: El manantial del Río

Estamos ante una nueva generación de negocios de hostelería en el que la cocina bien elaborada, con una presentación impecable y un precio económico están empezando a despuntar entre el mundillo local. Si hace unos meses lo comprobamos en La Taberna del herrero ahora podemos ratificar el mismo caso con el restaurante Cadelo, en pleno centro del Río de la Pila.

Un local muy coqueto, tamaño “Pin y Pon”, pero muy bien aprovechado, sin decoraciones estridentes, donde priman la sencillez y el buen gusto (esta última frase la hemos cogido del cajón de clichés de las revistas de decoración). El inconveniente es que hay muy pocas mesas y por ello o se reserva o en fin de semana es casi imposible coger sitio. Pero todo tiene una alternativa: sus platos también se pueden degustar en barra si uno lo desea.

La carta puede que sea algo corta, pero se agradece para indecisos cómo nosotros.  Además en una línea explican en que consiste cada ración; todo un éxito en una ciudad en el que para explicar una clase olímpica de vela se necesita un suplemento de varias páginas.

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Empezamos con el test “made in Perolo”: las croquetas. En Cadelo son de queso de oveja. Pura suavidad, bolas del tamaño de pelotas de golf, correctamente fritas, atrapando una  bechamel estaba muy bien hecha y fluida. Daban ganas de comerse el plato entero.

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Para poder soportar el calor del espacio (a pesar de los ventiladores, y aunque no tomes vino, puedes ir un poco cocido) pedimos la ensalada de tomatitos con queso feta.  Si, en la carta viene mozarella pero el camarero nos informó de esta cambio. Y parece que el chef acertó mejor con las sustituciones que Orenga en el Mundobasket. Muy bueno el aliño  y los tomatitos de muy buena calidad. Pura huerta, con un sabor fresco.

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A continuación, seguimos con ruta hortelana de la cena. Nos sirvieron espárragos trigueros  a la plancha con salsa Romesco y un ravioli (relájate Ferran Adriá) de jamón serrano relleno de una yema de huevo. Bendito plato, aunque nos suene que parte de la idea viene del otro restaurante que hemos reseñado más arriba, estaba muy bueno. La idea del ravioli es extraordinaria (recomendamos romperlo sobre el resto del plato) y los espárragos, “ternascos”, cómo los competidores del mundial. Una combinación ganadora, sin duda, entre el sabor del Romesco, la textura crujiente y tierna de los trigueros y la sorpresa del ravioli.

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Y llegamos al plato “picante” de la noche. Las alitas de pollo al estilo coreano. Suponemos que lo de ponerle este adjetivo es porque son las que se come el señor Kim Jong-Un a paladas en su palacio. Estaban deliciosas. ¿Pican bastante? Si, por supuesto. Aun así, ese “pringue” que llevaban estaba para chuparse los dedos, cómo algún comensal de nuestra mesa le hubiese apetecido, porque, queridos lectores, un plato así -si fueramos gastrocanaperos diríamos “canalla”- hay que gozarlo con las manos.

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Cómo estábamos muy a gusto y en racha, solicitamos para acabar,  a falta de uno, dos postres: la tarta de queso y los dados de sandía con sangría. El camarero nos anunció que aquello era “el Ferrari de las tartas de queso”, así que quedamos expectantes ante tal farol. Y es que podía tirárselo, porque la mano de Cadelo es de escalera de color aquí: se nos agotan los calificativos con la tarta de queso. Perdónarnos la expresión, pero fue un orgasmo en la mesa sin usar los órganos reproductivos. La tarta estaba explosiva. Una autentica delicia. Sobre la sandía, presentación muy fresca sobre el hielo. Un buen antídoto contra el picante de las alitas que habiamos probado antes.

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En fin, resultado muy alto de toda la comida; el servicio a pesar del poco espacio y de la cantidad de clientes, supo llevar las comandas muy bien, y las cantidades dan para una cena completa. El sitio ,en pleno centro, es perfecto para seguir la noche “toledana”.

Así que ya sabéis, para matar el sincio de cenar bien a un precio que de momento (y ojalá siga así) es para repetir y volver a repetir, y repetir de nuevo…

Os dejamos su Instagram, Twitter y Facebook.

Dirección: Río de la Pila, 18. Santander.

Cantidad: Cada ración da para que 4 personas prueben.
Calidad: De cine. Les tendrían que dar un Oscar.
Servicio: A pesar del poco espacio, se mueven bien.
Precio: Miraras la cuenta dos veces para ver si está todo correcto. Barato. 16 €/persona, incluyendo vino.