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“Matices food and wine”: Amor por la cocina

Que si, que no nos hemos ido ni dado de baja (lo sentimos odiadores permanentes de esta web) sino que por varios motivos no hemos podido seguir visitando sitios NUEVOS, ya que para hacer diecisiete reportajes del mismo restaurante por lo menos nos tienen que haber invitado 15 veces o pagar publicidad. Y no nos va ni lo uno ni lo otro. Vamos, que nos abstenemos, de ahí una gestora de perolistas  mientras otro se iba a recorrer España para captar nuevos apoyos y bla bla bla…creo que sabéis la historia. Otro cuento será si seguiremos como hasta ahora….

Llegados a este punto os comentamos nuestra visita a “Matices food and wine”, un pequeño restaurante en Peña Herbosa, en lo que antes era el bar “Al Aire”, unos metros después de “La Tasca”, y en una calle muy disputada entre locales de restauración. La oferta que presenta Matices es cocina moderna pero sin extravagancias y con productos locales. Acudimos a probar su menú del día, recomendados por fuentes externas de total confianza de este blog. Su circunferencia estomacal dan prueba de ello. Hoy nos tiramos a los platos más saludables que hubiese, que no se diga que no valemos para la portada del Cosmopolitan (sin Photoshop).

De primero Ensalada César. Ya vendrá el listo que sube por 4 Caminos diciendo “para pedir eso me voy a Mcdonalds”. Pues no es lo mismo. Salsa la justa, sin que sobre nada para impregnar un mezclum de lechugas sabroso, fresco, sin esa sensación de acartonamiento como si estuvieras lamiendo la cara a Camilo Sesto. Perdón por la comparación pero es que en otros sitios puedes hacer tabiques con la lechuga. El pollo iba rebozado en tiras, sin exceso de grasa, y jugoso. Igual se echaba de menos algún otro ingrediente como queso o tomate pero el resultado no era nada malo.

A continuación siguiendo nuestro perfil “veggie” o “quiero mantener el tipín hasta verano” pedimos Provolone con Verduras. Un plato que podría pasar como primero pero se ofrece como segundo, lo que llamamos una receta a lo “Errejon”. Era más cantidad de la que pensamos y nos gustó. Queso sin quemarse, verduras frescas, con detalle de los trozos de coliflor. La comida iba en un nivel medio-alto que cerró una regular crema catalana que hubiese sido mucho más fiel a la receta si se ofrecía como natillas con caramelo.


Aún así la propuesta de Matices nos pareció bastante buena, con variedad de platos entre los tradicionales como el cocido lebniego o las almejas a la marinera y otros de factura más moderna como los que comimos. En “Matices” no hay divergencias y todo tiene un buen resultado. Ojalá aprendiese algún gobierno que trabaja en la misma calle…

Así terminamos nuestro última opinión ¿de momento?

Os dejamos su Facebook.

Dirección: Calle Peña Herbosa, 15. Santander

Cantidad: Raciones adecuadas para seguir trabajando.
Calidad: Han empezado muy alto, ojalá se mantengan.
Presentación: Comida que entra por los ojos.
Servicio: Agradables y empatizan con el cliente.
Precio: Menú del día con postre, café y vino o agua por 15 euros. En la media de la zona.

 

La Catedral y el pecado de la tortilla

Nueva temporada, viejos propósitos. En el Perolo no cedemos y permancemos firmes en nuestro empeño de probar todos los pinchos de tortilla posibles y seleccionar los mejores ejemplares.En esta nueva entrega de nuestra magna obra -Systema Tortillarum podríamos llamarla en honor a Linneo– tropeamos con un ejemplar particularmente pétreo en La Catedral.

Para los más despitados, La Catedral es la cafetería con terraza dela Plaza de las Atarazanas que extiende su terraza a la sombra de la sede episcopal. Nos figurábamos que tenía que ser buena plaza, estando rodeada de oficinas, dependencias oficiales y, como no, eclesíasticos. El encontrar un par de sotanas en el local nos parecía buena pista, dada la secular afición de aquellos por los placeres de la mesa.

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Nada más lejos de la realidad, queridos lectores. La tortilla aunque de buen aspecto y punto adecuado de cuajado, presentaba la patata en cubos regulares. La maldición de la tortilla se encontraba en esos dados de patata -el juego siempre fue cosa del demonio- que seguían duros como piedras frente a la fritura. Una cosa es que la patata conserve cierta textura y otra es que cruja como si masticásemos arena.

Concluyendo, nos encontramos ante una tortilla que podía puntuar muy alto en nuestras listas pero arruinada por una patata cruda y pedregosa. Piedras que, en este caso, no servirán para edificar una iglesia del buen desayunar.

Cantidad: buen tamaño.
Calidad: excomunión.
Presentación: clásica.
Servicio: rápido.
Precio: 2'70 € con café.

 

Stritfud santanderino: el sandwich peruano de Las Estaciones

Ahora que definitivamente parece que nos hemos vuelto todos estúpidos y el proceso de idiotización gastronómica sigue su inevitable curso, no paramos de leer cosas sobre food trucks -la furgoneta de los perritos de la Porticada de toda la vida- street food -como aquellas guarradas del Zampabollos o del Horno que nos apretábamos sentados en un capó- y el finger food -¡comer con las manos! ¡qué descubrimiento!- en El Perolo nos resignamos definitivamente y  nos rendimos a este Imperio del Mal, que diría un arzobispo, aunque los más conspicuos visionarios de la gastronomía y la sintaxis cubista estén advirtiendo que esta moda, cultura o negocio está tomando tintes de burbuja.

Ignorando uno de los enésimos markets, que no mercadillos, que eso suena a pobres, traemos un bocado que nos fascina, a precio de risa y que se come de pie en la calle. Hablamos del sandwich peruano del carro o puesto de las Estaciones, que ahora se asienta en la esquina entre Calderón de la Barca y Atilano Rodríguez, junto a la salida de los autobuses de cercanías, uno de esos puntos de urbanismo satánico de Santander.DSC_0204

No vais a encontrar aquí ingredientes selectos ni recetas falsamente refinadas, donde hamburguesas vulgares y cutres se trocan en gourmets por arte de pizarras de cuidada tipografía y los congelados más conseguidos, en recetas caseras. Aquí hay comida popular y de calle, en sentido estricto. Tampoco vais a encontrar barbas, gafas de pasta o supuestos modernos acercándose a una caravana decorada y modificada, no. Esto es un remolque modesto, apañado con ingenio en una de las esquinas menos agradables de la zona. No os pase como aquel de los Simpson, que buscando un falso antro acababa en un antro de verdad.

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Entrando en materia gastronómica, el principal elemento del sandwich (o sánguche que escriben en Perú) es el pollo hilado, esto es, un pollo asado hasta deshacerse en hebras, suavemente aromatizado. Junto a él, para acompañar, patatas paja crujientes y, aportando jugosidad, lechuga y tomate. Como colofón una estupenda salsa especial de la casa -el simpático peruano no quiso soltar prenda sobre su fórmula- que muy remotamente puede recordar a una salsa de yogur, pero de textura algo más líquida y, nos atrevemos a decir, cierto aroma a comino. Todo ello encerrado en un panecillo estilo hamburguesa con la suficiente consistencia. Nada de presentaciones cuquis y falsos papeles de periódico: te lo sirven en uno de esos sobres de kebab, y requiere cierta mañana comerlo sin pringarse.

Y todo esto por el módico precio de dos euros. Desde luego, no será una maravilla gastronómica, pero es comida rápida honesta, sin engaños, bastante sabrosa y a un precio tres o cuatro veces inferior a otros productos de igual o parecida calidad.

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La oferta gastronómica del puesto no es que sea muy variada y apostamos a que no hay nada que no esté frito. El nivel de guarrada es alto, pero si queréis rematar la jugada, hay variedades de patatas para todos los gustos e, incluso, salchipapas. Los más aventureros pueden tirarse por otros bocadillos como el tierra aire, el de filete ruso o el de pollo crujiente, y empujar el bolo alimenticio con alguno de los exóticos refrescos andinos. Nosotros, menos intrépidos, nos conformamos con una San Miguel (a euro la lata), aspecto claramente a mejorar.

Cuentan, además, con un local en los bajos de Santa Lucía (donde el antiguo Raices, para los más viejunos) ideal para degustar el sandwich tanto como base para la ingesta inmoderada de alcohol, como para reestablecer el orgullo camino de casa tras la enésima cobra en el Niágara.

Dirección: Plaza de las Estaciones, Santander. También en Santa Lucía 6, Santander

Cantidad: Más que suficiente.
Calidad: Mierda de la buena.
Presentación: A mano.
Servicio: Simpático y rápido.
Precio: De risa.

 

Picoteo en Le Bistró

Hay veces que por más vuelta que le das resulta difícil buscar  locales en Santander donde  ir a comer de picoteo y más si hay niños en el grupo. Uno de esos día y después de muchas consultas decidimos  acercarnos a Le Bistró,  un restaurante situado  en la C/ Bonifaz  en el local que  los más viejunos recordarán como el Ítaca.

Le Bistró   (preferimos  poneros un enlace  a  la wikipedia  que copiarlo aquí directamente y haceros creer   que sabemos mucho) es un local de esa tendencia actual de decoración sencilla con toque retro-rural que  el hipsterismo ha puesto tan de moda.  Su carta es sencilla y cuenta con variedad de raciones para picotear que es a lo que íbamos.

Empezamos el picoteo con una ensalada de tomate. El inicio no fue muy prometedor… el tómate estaba frío y  el aliño apenas le sacaba sabor.

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La tarde empezó a mejorar con la llegada de las rabas, que sin ser excelsas, estaban bastante bien, correctas de fritura. Para  talibanes del cantabrísmo señalar que se sirven acompañadas de  una mahonesa suave.

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Con las alitas de pollo volvimos a dar un paso atrás, esto ya empezaba a parecer la canción de Ricky Martin,  secas y con una salsa barbacoa con menos gracia   que Pablo Motos.

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La siguiente ración que llego a la mesa fueron unas croquetas de bacalao y chorizo con el mismo problema generalizado de lo que llevábamos probado, una preocupante falta de sabor, y en este caso, una sospechosa similitud a las de  Silvia Cocinitas (extendida broma tuitera).

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Pero como si del R. Madrid se tratase llego la remontada en el último minuto y esta vez no fue de penalty. Los huevos fritos con morcilla y patatas  levantaron claramente  la comida, alguno dirá bueno un plato sencillito  pero como se demuestra a diario este axioma no se cumple en todos los sitios. Un plato que se resuelve  con un principio básico, si la materia prima es buena  el plato tiene que salir bueno.
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Nuestro paso por Le Bistró  nos deja una conclusión clara, si buscas un sitio para comer huevos fritos en el centro de Santander, Le Bistró es una buena  opción y más teniendo en cuenta que es un plato que escasea en las cartas de los restaurantes de la zona.

Os dejamos su FB por si queréis echar un ojo.

Dirección: C/ Bonifaz nº 5, Santander.

Cantidad: las raciones son de un tamaño decente.
Calidad: altibajos.
Presentación: bien, de nueva tendencia hipster.
Servicio: bueno.
Precio: el picoteo sobre 16€ por persona.

Britannia: Pim, pam… ¡pizza!

Teníamos ganas de venir a la pizzería Britannia, uno de los negocios más vetustos a la hora de llevar comida a domicilio en Santander. Ahora que se pide la comida a golpe de click, Britannia fue de los primeros en traer sus pizzas a tu casa, y del éxito de su negocio se expandió, con dos locales en General Dávila y desde hace unos años cambiandolo por un local más grande a las afueras de la ciudad. Ahora están en el comienzo de la autovía S-20, allí donde hasta hace poco los prados con vacas se convirtieron en  promociones inmobiliarias durante la era dorada del cemento.

Una decisión arriesgada, ya que para poder llegar es casi imprescindible usar vehiculo privado, pero damos fé de que no ha restado público a su local ni a sus pedidos. Tal es su éxito que era la tercera vez que intentamos cenar en el local, y esta vez tuvimos que esperar un cuarto de hora para poder sentarnos. La demanda de espacio es más complicada que el orden de los escaños en el congreso de los diputados.

Así que una vez en nuestra mesa nos trajeron su carta. Una lista de platos detallados punto por punto, lo que la convertía en una guía más larga que las instrucciones de uso de una termomix. Los peroleros queríamos probar la variedad de la carta, asi que cada uno pidió un plato diferente.

En primer lugar, el integrante del grupo más talibán contra las dietas pidió pasta para cenar. Hidratos por la noche, porque nos gusta reventar el régimen norcoreano de verdura hervida. Y hablando de radicalismos, atención amantes de la cocina italiana: se pidió tallarines a la carbonara, que evidentemente estaban hechos con… nata. Que queréis que os digamos, salvo que aquí en la carta ya especificaron los ingredientes de su salsa. El plato era muy grande, tan profundo que se podía hacer natación sincronizada en su fondo ,igual con más suerte que la selección española. La pasta no estaba “al dente” pero tampoco recocida y la salsa estaba bien de gusto, sobretodo por el sabor a pimienta negra.

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El siguiente comensal pidió lasaña de carne con curry. En otro plato inmenso, tan grande que te traen una paleta para extraerlo (un poco más y suena la marcha nupcial en el restaurante) y hasta arriba de carne especiada con curry. Ahí está a la vez su mayor fortaleza y debilidad: el sabor es diferente y sabroso pero acabas hasta la coronilla de la lasaña. Así que ojo, porque puedes acabar del curry más harto que la elección de la sede del MUPAC.

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Por último el tercer perolero pidió pizza vegetal; si, como siga este integrante vamos a dejar de ser “compi yoguis”. Y Britannia sigue haciendo las pizzas con la misma receta que tanto éxito le ha dado durante estos años: una pizza de tamaño individual suficiente, con una base de pan fuerte y siempre con esa capa de grasa que te convierte en experto en “gochismo” desde el primer bocado.  Una delicia prohibida.

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Pizzeria Britannia sigue fiel a su estilo, algo lógico teniendo en cuenta lo bien que les va. No es una opción para sibaritas de la cocina internacional, pero por precio y cantidad quedas más que satisfecho. Antes de que triunfase el naranja en las encuestas de Metroscopia ya había una cocina que tenía más apoyos que Pedro Sánchez en una sesión de investidura.

Os dejamos su web y Facebook.

Dirección: Calle Luis Riera Vega S/N. Santander, 39012.

Cantidad: Brutalismo.
Calidad: Batalla de las Ardenas.
Presentación: Sobria. Nada de aderezos decorativos.
Servicio: Excelente. Cómo mayordomos del anuncio de Ferrero Roché.
Precio: Normal. Draghi no bajará más los tipos para que vayas a comer.

La Vegana: confusión en el cruce

Nos está ocurriendo últimamente que, a nuestros ojos, muchos restaurantes comienzan a mimetizarse, pareciéndose demasiado entre ellos, desde las cartas-un picoteo variado, sin muchas emociones- hasta esa decoración entre antigua y cuqui, intentando hacer creer que el local quedó anclado a un tiempo antiguo y, solo por efecto de la nostalgia, más feliz. Empezamos a pensar que es mentira aquello que decía Wislawa Szymborska de que nada se repite y no hay ni dos noches, ni dos besos ni dos citas iguales.

Atraídos por sus cuñas radiofónicas -este estilo Los Carabelas, verdadero rat pack santanderino- nos presentamos en el cruce de carreteras que, desde hace no mucho alberga a La Vegana, para cenar.

Para poder comprobar un poco como tocan los diferentes palos, nos inclinamos por un picoteo variado. Quizá eligiésemos mal y no

Iniciamos con una tabla de embutidos recomendada en la casa. Jamón por un lado, cecina curada de León y cecina ahumada, coronadas por unos pedacitos de queso tiernos. El plato nos dejó tan fríos como él mismo. El jamón corriente, la cecina curada bastante bien, de un nivel correcto. Sin embargo, respecto de la ahumada no conseguíamos encontrar ninguna nota distintiva con la primera y, por su parte, el queso, de pasta blanda, no nos llamó especialmente la atención ni por su textura ni por su sabor.

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Luego llegaron las rabas. Sosas hasta aburrir, sin el punto de consistencia adecuado en el cefalópodo -no estaban blandas pero tampoco ofrecía esa leve resistencia gozosa de la mejor raba- y con una fritura de aprobado. Además, la ración no nos pareció muy abundante, parecida a la media de Papanao.

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Las croquetas nos merecen igual juicio que las rabas. Corrientes sin estar malas, un pelín sosas e indefinidas en el sabor, con alguna pequeña rotura en el empanado. No pretendemos que cualquier croqueta nos levante del asiento a dar palmas, pero esta francamente ganó nuestra indiferencia.

Croquetas_vegana

Por último, atacamos unos mejillones. Y otra vez nos dejaron aburridos. Si la esencia del mejillón es al final la salsa, hasta el punto que más de un detractor de este molusco consiente que se pidan raciones solo para mojar barcos de pan del tamaño de un petrolero, en este caso, faltó algo. Ni picaba, ni realzaba sabores, ni refrescaba el paladar, ni nos llevaba a mojar. Una cosa indeterminada.

mejillones_la_vegana

Terminamos con los postres. Muy bien ligado y con el punto justo de dulce el arroz con leche. Sin embargo, la tarta de tres chocolates, podría haber salido con buena nota, pero en el último momento alguien en cocina echó mano de un biberon de sirope y bombardeó sin compasión la tarta, anulando cualquier posible matiz o sabor diferente.

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Nos vamos con una sensación triste y gesto aburrido. Quizá no hayamos sabido sacar partido a la carta de La Vegana pero, desde luego, lo que hemos probado no ha estado al nivel de lo que esperábamos, dejándonos pensando si nos habíamos confundido de cruce

Cantidad: normal tirando a escasa
Calidad: ni frío ni calor
Presentación: sencilla pero correcta
Servicio: normal
Precio: Menos de 20€ por cabeza, botella de vino incluida.

 

La Cañía: potencia nuclear

A pesar de las muchas decepciones y sobresaltos, en El Perolo seguimos con nuestra incansable búsqueda y clasificación de aquellos pinchos de tortilla que merezcan la pena darse un paseito a la hora del café. Casualidad, o no, nuestra última excursión por el cogollito del Santander más fino se saldó con un verdadero muro de las lamentaciones en forma de tortilla-ladrillo en el Santemar. Así que, preocupados porque en lo más elegante y atestado en verano de nuestra ciudad no pudiésemos encontrar una buena tortilla digna, decidimos probar con uno de los clasicazos de la zona: La Cañía.

Pocos sitios con más solera en el Sardinero podemos encontrar: aquí miles y miles de personas se han tomado el último café (o tila) antes de enfrentarse a la hercúlea prueba de aprobar el carné de conducir en una ciudad en la que las interminables cuestas y rotondas hacen las delicias de los examinadores más sádicos, que pasean a los aspirantes por los más increíbles vericuetos con saña y demencia propias del mismísimo Edward Hyde.

Como somos fáciles de autoconvencernos, pensábamos que la tortilla seguramente sería buena, pudiendo ejercer tanto de recompensa al triunfador como de consuelo al derrotado. Por desgracia para nosotros, pasamos en un momento en el que, maldito destino, la única tortilla disponible era de paleta ibérica y alioli. No es la primera vez que probamos la combinación pero, desde luego, no está en nuestras favoritas.

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Desmenucemos la tortilla. Partimos de una base bastante cuajada, aunque sin llegar al ladrillismo más extremo. Aunque somos partidarios de tortillas más cremosas, somos conscientes de que la tortilla cuajada tiene sus buenos adeptos y que, si se consigue mantener en un punto de jugosidad adecuado puede tener una calidad aceptable. Este era el caso, aunque un puntito más de fritura a las patatas o la cebolla hubiese hecho del conjunto algo  más sabroso y rico en matices.

Respecto de la cobertura, la potencia nuclear del alioli anula cualquier posibilidad de un veredicto positivo. Ese alioli extremadamente fuerte hace que, durante varias horas tu paladar y lenguas parezcan arrasadas por un ensayo balístico iraní, donde cualquier paluego es una pequeña tortura. La paleta, además, se sirve en una loncha imposible de negociar con ella: difícil de partir, así que hay que comerla de una vez o realizar complejas maniobras de corte con instrumental propio de Bricomanía.

Del café no os podemos decir nada, porque nos sabía a alioli. Palabra.

En definitiva, podría ser una tortilla decente cuajada pero el misil que lleva por cobertura anula cualquier posible juicio positivo. Esperemos probar alguna de las otras variedades y que reserven esta para acabar con los vampiros: seguro que Van Helsing daría buen uso de ella.

Dirección: Joaquín Costa, 45. Santander

Cantidad: tamaño decente. 
Calidad: El alioli extremo anestesia la boca como el listerine.
Presentación: Es una tortilla.
Servicio: Profesional.
Precio: 290 céntimos de vellón. 2'90 euros. Un pasote.