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La vida sigue igual en La Hérmida

Sí, La Hérmida con tilde en la “e”. Y sí, hemos vuelto a pasarnos por allí. No os vamos a insistir demasiado en su filosofía, porque ya os la explicamos con detalle en este post de 2013. Menú cerrado, sitio acogedor, ideal para una comida con amigos, calidad y calidez.

Aprovechamos la visita para charlar con el alma mater de este curioso enclave gastronómico. Como es norma de este blog no nos identificamos, aunque deslizamos aquello de “pues es que leímos en El Perolo una crónica sobre este sitio y por eso nos hemos animado”. Nos gustó oír de sus labios que nos habíamos ajustado a lo que  este lugar pretende ser.

No nos gustó tanto, y esto no es responsabilidad del restaurante, que 5 años después el estado de la carretera de acceso sea tan lamentable. “¿Pero qué le has hecho a Revilla para tener la carretera así?”. Aunque contrariado porque a pesar de las promesas recibidas el estado de la carretera siga siendo pésimo, no cargó las tintas contra nadie y mostró su esperanza de que pronto se arregle la situación. Otra cosa no, pero a este hombre le sobra paciencia.

Sí, si queréis llegar a La Hérmida tendréis que venir muy despacito desde Herrera de Ibio, y atravesar dos kilómetros, en especial el último, de una suerte de travesía lunar (por los cráteres en la calzada), que os harán acordaros del perolo y del consejero  Mazón. Hacednos caso, merece la pena. Hay que apoyar a quienes dignifican la hostelería y en este sitio, lo hacen.

Fiel a su estilo La Hérmida nos recibió con unos entrantes basados en productos de la huerta, de temporada, y cocinados al momento. 

Croquetas de carne perfectas por fuera y algo más espesas por dentro de lo que le gusta al perolero que suscribe estas líneas. El sabor, de diez. Champiñones rellenos de queso picón, perfectos, y unos sorprendentes puerros al horno con su bacon crujiente simplemente deliciosos.

Para plato principal había cuatro posibilidades, entre ellas el cocido montañés. Sí, lo sabemos, la otra vez también lo comimos y lo suyo era probar otras cosas. Sin embargo en un día frío y lluvioso la líbido nos pedía cocido, y allá que fuimos.

De agradecer, porque no es habitual en el caso del cocido montañés, poder servirte el ‘compango’ por separado. La alubia en su punto, morcilla, costilla, chorizo, tocino… todo de llorar. No podemos ponerle un pero. Es un cocido que está en el podio de los mejores que puedes probar en esta nuestra región. Lo acompañamos con una copa de Protos, que se cobra aparte. El resto de todo lo que comimos va dentro del precio del menú que no llega a 20 euros.

Para cerrar cuatro postres para elegir. Ante nuestras tremendas dudas, porque era muy difícil decantarse, nos ofrecieron la posibilidad de probar una degustación de los cuatro. Y de propina otra copa de vino, que no habíamos pedido, que no pagamos, pero que agradecimos.De izquierda a derecha, un excelso flan de queso, un solvente hojaldre con compota de frutas, y una sorprendente (en positivo) tarta de almendras.Y para el final el que más nos gustó. Un bizcocho bañado en zumo de naranja y rematado con una “sopa de canela”. Nos gustó y nos sorprendió, ya que lejos de ser empalagoso o pesado, nos pareció un postre muy ligero y taaaaan sabroso.

Si tenéis la suerte de que lo tiene el día que vayáis, no dudéis en pedirlo.

Y en nuestra ficha técnica no cambiamos ni una coma de lo que dejó escrito el perolista que nos precedió. La vida sigue igual en La Hérmida.

Cantidad: El summun de un perolero. Paseo obligatorio para bajar la comida.
Calidad: éxito seguro.
Presentación: Cuidada.
Servicio: Ágil y rápido.Gente muy maja.
Precio:sobre 20€ por persona.

 

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El Chumarru: Lo bueno de la comida del pueblo en la ciudad.

Durante estas vacaciones de Semana Santa queríamos hacer una recopilación de sitios más que conocidos por los que les gusta comer bien en nuestra región, pero ante el desembarco de turistas, segundos residentes y espectadores hechizados por haber visto “Altamira”, optamos por no movernos de la capital. Los atascos y retenciones de momento no es el hábitat de nuestra región, salvo que pongan la autovía a 80 km/hora y corten un carril.

Por ello, y recordando un comentario de nuestro lector “Obenque flojo” en el post del “Fuente Dé” decidimos meternos un cocido por pecho y espalda en “El Chumarru”. Un bar que se encuentra muy cerca de la plaza de Tetuán, allí donde se hacen encierros para que el MUPAC se quede.  Todo muy revolucionario. O STV, como lo queraís ver.

En “El Chumarru” llevan años realizando los mismos platos, base de su éxito y nosotros tampoco íbamos a pedir nada que no se saliese de lo cotidiano. Fuimos un viernes, por ello tocaba cocido montañes. Si desean probar el cocido lebaniego, igual de bueno, sabemos que los hacen los martes y los sábados. Aquí no se sirve individualmente, sino que se rellena un perolo de barro y a repartir. Con la cacilla, en plan tropas en fila con el plato preparado,  nos fuimos sirviendo cada uno el cocido, lleno de elaborados del “chon”, cómo su morcilla, chorizo y tocino. El plato que probamos y repetimos tenía la categoría de “Esto está de muerte, abuela”. La alubia, de tamaño normal, ni demasiado hecha, algo mantecosa, un caldo ligero pero lleno de berza, y unos sacramentos que eran para hacer la bendición “urbi et orbi” sobre el primer plato.

Chumarru_cocido_montanes

Algunos pensarían que aquí acabaríamos, pero no, porque un perolero no se rinde tan fácilmente. De segundo vino la especialidad de la casa. Si, porque no lo encontrarán en otro sitio y además es el que da nombre al bar: los chumarrus. Son filetes de lomo de cerdo sin adobar fritos con patatas fritas. Delicioso pecado porcino. Si esto lo hubiesen inventado en territorio yankee tendríamos a nuestros vástagos hoy en día comiendo “Mc chumarrus” en el happy meal. La patata frita, de corte irregular y crujiente. Además otro perolero pidió la alternativa de las albondigas guisadas. Excelente la bola de carne, con salsa en gran cantidad, para que agotes el pan de pueblo que te traen al inicio de la comida. Una torta digna de admirar por el comando “panarra” para que verifiquen su nivel de esponjosidad.

Chumarru_chumarrus

Chumarru_albondigas

Por último para terminar el ritual de paso en “El Chumarru” de postre hay que pedir la cuña de queso picón, bajado desde Picos de Europa. Uf, que bueno. Una delicia prohibida, cremosa, untable hasta el infinito en el pan, sin ser muy agresivo para los que no les encante las variedades del queso. Imprescindible en Santander no pasar por allí sin probarlo.

Chumarru_queso_picon

No vimos ni el teleférico, ni bajamos al mercadillo de Potes o hicimos el jubileo a Santo Toribio, pero no creo que los visitantes a Liébana hayan comido mucho mejor que nosotros. “El Chumarru” es una opción barata, contundente y deliciosa para probar la gastronomía regional sin tener que hacer malabarismos en internet para buscar sitios donde se coman bien.

Os dejamos su Facebook.

Dirección: Calle de la Montañesa, 39004 Santander, Cantabria

Cantidad: Sin querer acabas repitiendo plato. Inmenso.
Calidad: cocina de abuela.
Presentación: La justa para no asustarte.
Servicio: Muy bien. Fuimos tratados como marqueses.
Precio: 10 euros con café, vino y postre en el menú del día. Irrebatible.

 

 

La Cuchara del Camesa: el gusto de repetir

No es costumbre nuestra la de hacer más de una crónica sobre los sitios que visitamos, pero, ocasionalmente, hay algunos lugares que merecen la excepción. Sin duda, La Cuchara del Camesa, en Olea, es merecedora de esta distinción, teniendo en cuenta además que fue de los primeros post que publicamos.

Aprovechando los ya pasadosdías de fresco, hemos visitado por partida doble este remoto templo del puchero y la leguminosa y, como nos habían advertido algunos amigos del blog, sigue manteniendo un nivel excelente a precios más que aceptables.

En la primera visita dimos cuenta de una de las más arraigadas especialidades de la casa, la olla ferroviaria, en este caso de patatas con rabo de ternera. Ahora entraremos en detalles pero el resultado fue excepcional. En la última ocasión, probamos el excelente cabrito al horno con verduras, un manjar casi insuperable.

Primer asalto: la olla ferroviaria. Si hay un guiso que en este sitio dominen, haciendo honor a su nombre, es una de las cumbres del cuchareo regional. La variedad es amplia y para todos los gustos, dominando las legumbres y carnes de la zona, como por ejemplo la que encargamos de patatas con rabo de ternera.

Se nos agotan los adjetivos para calificar la olla, tanto en cantidad como en calidad. De una de seis personas pueden comer hasta ocho personas sin problema, repitiendo con abundantes tajadas de carne, suficientes para satisfacer a la banda más hambrienta de peroleros. Y en el paladar no iba a la zaga: sabor intenso de la carne y aromas sutiles en el fondo gracias a las setas que acompañan al guiso para envolver unas patatas con el punto justo de firmeza y untosidad. Ideal para rebañar con un estupendo pan de pueblo que sirven en generosas raciones y mancharse las manos comiendo a dedo los trozos de rabo. Un guiso sencillo, sí, pero no por ello menos gozoso que otras alambicadas preparaciones.

Además, el precio es ajustado. Con unos quesos de entrantes, postre, vino -aquí hay que darles un aplauso, porque han mejorado sustancialmente el vino de la casa- se puede salir por menos de 20 euros, teniendo en cuenta que las raciones son abundantísimas.

olla_rabo_camesa

Segundo asalto: cabrito al horno. Aunque quizá resulte un poco más caro que las ollas, merece la pena rascarse el bolsillo, porque la experiencia es casi mística, y uno llega a entender porqué las versiones más pequeñas del cordero están tan presentes en la cosa religiosa. Ya os dijimos, la primera vez, que la olla era digna de Jehová, que dirían en La Vida de Brian En todo caso, tened en cuenta que solo se sirve bajo encargo, porque el bicho necesita sus buenas horas en el horno en cazuela de barro.

Con medio cabrito comen bien tres o cuatro personas, según el hambre. Y el resultado es maravilloso. Una piel crujiente y tostada, de sabor más intenso, hace de contraste con una carne blandita, sabrosa y delicada. Un verdadero vicio, por ejemplo, es agarrar el costillar y repasar a mano la carne que recoge. Las verduras que acompañan -patata, cebolletas, trigueros, etc.- no hacen más que ayudar y recoger el jugo estupendo del animalito.

La Cuchara del Camesa se consolida entre los fans de la cocina tradicional cántabra como un clásico, un poco como las críticas de Boyero a las películas de Almodovar, siempre cumpliendo a su cita.

Dirección: Olea, Cantabria

Cantidad: Da para repetir hasta hartarse
Calidad: excelente.
Presentación: rústica, en el mejor sentido.
Servicio: Estupendo.
Precio: La olla con más cosas, menos de 20. El cabrito, algo más.

 

 

 

 

Casa Cofiño: Berza, Alubia y Rock and Roll

Recordarán nuestros lectores que hace un tiempo, se levantó en la costa levantina una ruta por la que los jóvenes, provistos de ayuda química, se entregaban al disfrute sin freno. Sin embargo, aquí, nuestro carácter atlántico y montañoso nos lleva a sustituir el bacalao como ingrediente principal de la ruta por el cocido montañés. Por la región -perdonen algunos la expresión- encontramos pequeños y recónditos templos de la alubia y la berza a los que peregrinar, que conforman nuestra propia ruta, en la que entregarse al deleite sin fin del paladar y al goce, sin cuidado por el cuerpo y la salud.

Parada fija en esta ruta debería ser Casa Cofiño en Caviedes, bien cerquita de Cabezón de la Sal, un auténtico templo de nuestra gastronomía popular en un bar de pueblo (con su tiendecita), con detalles bien cuidados, como el estupendo queso que ponen de tapilla con el blanco (¡a 50 céntimos, señora!) . Aunque estábamos allí por el cocido, la carta de Cofiño no se queda allí, y pudimos ver como desfilaban estupendas carnes hacia otras mesas.

croquetas_cofino

Yendo al grano, o mejor, a la leguminosa, empezamos el combate con nuestro bechameloso fetiche. Un surtido de croquetas bastante amplio de diferentes tipos. Nada excelente pero sí más que correctos ejercicios de croqueta casera: muy buenas las de queso picón, bastante sabrosas las de bacalao, menos lúcidas, que no malas, las de carne. Después siguieron las afamadas albóndigas de la casa. Sólo dos por ración, pero de un tamaño descomunal, y excepcionales en cuanto a su calidad: doradas por fuera, tiernas, esponjosas, repletas de sabor, bañadas en una salsa clara y suave, de esas que piden mojar un pan entero.

albondigas_cofino

Si en estos entrantes Casa Cofiño salió con buena nota, el cocido montañes era hors catégorie. Buena cantidad -de dos raciones comimos bien tres- de un cocido espectacular. La alubia pequeña, se aparta de esa aborrecible moda de usar alubias alargadas y enormes, estaba entera, banda y consistente, sin hollejos; el verde, perfectamente picado en fino, solo hoja. Aparte, el compaño, servido en otro plato era de una nota muy alta. Aunque debido a la espectacularidad de la sopa de cocido casi cómo que se nos olvidó que teníamos que meternos morcilla -de arroz y ahumada-, chorizo y tocino por pecho y espalda. Un notable esfuerzo para rematar la faena.

Cocido_Montanes_Cofino

Para los valientes todavía quedaba el postre. Un mousse de limón que hacía verdadero honor a su nombre, con un estupendo punto de ácido y una textura real a lo que se sirve. Es decir, ESPONJOSO. Perdón por las mayúsculas, pero es que últimamente en los fogones de los restaurantes, calificaban cómo mousse cualquier engrudo de leche condensada y zumo de limón.

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También pedimos tarta de queso, por no olvidar ese famoso tópico de para bajar la comida”(aunque si luego te tomas 17 gin tonics seguro que echas hasta el desayuno) y expiar nuestra gula. Nos zampamos una ración generosa. Podría parecer por el aspecto que la tarta sería de las que llaman las madres rencorosas de polvos pero todo lo contrario. Untuosa, con galleta triscona y una buena cobertura de mermelada. Remate perfecto.

Tarta_queso_cofino

Acabamos de llegar al nirvana de la comida regional tradicional. Cómo la mousse que habíamos tomado de postre, salimos inflados y no sólo en el estomago. Con la cabeza bien alta y muy satisfechos por el resultado de la experiencia,  a un precio que ningún camello de la Pénelope podría igualar en este viaje sensorial. Podemos dar con total unanimidad el “seal of approval” de El Perolo a esta casa de comidas. No habíamos bajado al Levante, pero estábamos de extasis hasta arriba.

Dirección: Lugar Barrio Caviedes, S/N, 39593 Caviedes (Muy recomendable reservar. Tlfno.: 942 70 80 46)

Cantidad: Raciones para elefantes. Cuidado con pedir 1 ración por persona de cocido.
Calidad: Porno salvaje.
Presentación: Mucho mejor de lo esperado. Es un pueblo pero se lo curran.
Servicio: Muy majos y cercanos. Supieron recomendarnos.
Precio: Todo lo que habéis leído en esta crónica por 19€ por persona. Hasta para tiraduros.

Coitus interruptus en La Tolva

Situada en un local “maldito” de Casimiro Sáinz, una calle en la que conviven grandes clásicos que resisten el paso del años casi sin inmutarse con otros locales que a pesar de sus intentos no acaban de consolidarse y acaban entregando la cuchara.

Queríamos dar una oportunidad a La Tolva porque teníamos alguna buena referencia, y porque su antecesor (Taberna de Madrid) es de esos sitios que no acabó de cuajar, y tuvo que cerrar.

La primera impresión buena. El sitio es pequeño, muy acogedor, y cuenta con un equipo joven y con buena predisposición. El servicio es rápido y eficiente. Por ahí bien.

Dado que el día elegido era de esos en los que es mejor quedarte bajo el edredón, cerrar puertas y ventanas, y poner la calefacción a tope, los perolistas implicados decidimos que habría plato de cuchara sí o sí.

De todas formas quisimos aprovechar para conocer un poquito más la carta (corta y basada en picoteo) por lo que nos lanzamos a un tartar de atun y unas almejas a la sarten.

El tartar causó el primer gran debate entre los perolistas. Dos debates para más inri. En primer lugar la mitad de la mesa había oído steak tartar y la otra mitad tartar de atún.  Es lo que tiene que la camarera esté esperando a que los señores decidan y que los comensales hablen de todo menos de la carta.

Era de atún. Pero había también otra cuestión que debatir, su punto de sal. Hubo unanimidad, estaba un poco soso. Buena cantidad pero sin embargo frío, no fresco. Aprobado raspado.

tartar-atun-la-tolva

En cuanto a las almejas la ración nos pareció un poco justita, de tamaño digamos que pasaban el corte de lo aceptable, y en cuanto al sabor la salsa falló. Excesivamente fuerte y con un regustillo a quemado que acabó por matar el plato. Necesitan mejorar.

almejas-sarten-la-tolva

El gran momento fue cuando la camarera nos trajo los platos hondos y las cucharas. El cocido montañés llegó a la mesa en cazuelitas de loza (una para cada dos comensales), rebosantes y humeantes.

Solo un pero, porque en general nos gustó. Nos pareció un poco escaso de alubias y de compaño. Aún así estaba exquisito. Como buenos perolistas arrasamos con las cazuelas y hubo incluso miradas cómplices para pedir otra cazuela más.

cocido-montanes-la-tolva

Al final imperó el sentido común, sobre todo porque gula perolera aparte, había que darle un tiento a los postres. Para que el tránsito intestinal fuera más agradable y mejor maridado acompañamos el festín de un Protos (12 euros). Un valor seguro.

Y llegaron los postres. No hay mucha variedad (en consonancia con el tamaño de la carta) pero al menos en los enunciados resultan tentadores.

Al final cayeron sendos helados. Correctos. Mal lo tienes que hacer para que no estén bien.

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Y tartas de queso, una de las debilidades del universo perolero.  Al que escribe estas líneas le encantó la tarta, en tres capas bien diferenciadas e indispensables para redondear un postre que siempre nos ofrece algún matiz nuevo.

tarta-queso-la-tolva

¿Y el coitus interruptus?  Pues fue al recibir la “dolorosa”. No tanto por el precio inicial, que no nos pareció excesivo, sino porque nos quisieron dar gato por liebre (seguro que fue un accidente).

Y es no es lo mismo comerse un plato de cocido que un menú que incluye cocido pero que excluye todo lo demás. La camarera, que nos atendió estupendamente, tardó escasos instantes en traernos la cuenta modificada. Lo que nos pareció bien por la rapidez pero nos dejó un poco moscas. Como somos gente de bien insistimos en que debió ser un accidente.

Aquí os dejamos su web,  Facebook, twitter, Instagram y G+

C/ Casimiro Sáinz 11, Santander.

Cantidad: La estrictamente necesaria.
Presentación: Correcta.
Calidad: Bien.
Servicio: Muy bien.
Precio: Ajustado. 21 por cabeza.

Posada Casanova: nos enamoramos de su cabrito

Nos habían llegado noticias de que en nuestra “cantabria infinita” había un sitio donde la carne se convertía en mantequilla  y en el que tenías que venir con mucha hambre porque las raciones eran para poder alimentar a una prole durante meses. Ese sitio se llamaba “Casanova” y se encuentra en Arredondo, un pequeño pueblo del interior de la región. Así que aprovechamos que en Ampuero estaban en fiestas para entre encierros y charangas “escaparnos” a conocer este restaurante.

En este restaurante su especialidad es el cabrito al horno (a partir de aquí aquellos que tengan amor por las crías de animales absténganse de seguir leyendo) con patatas. Ojo, si se quiere comer este plato es necesario indicarlo al realizar la reserva.

Para empezar, cuando llegamos al comedor vimos un detalle que nos gustó. Había diez mesas en un espacio donde seguramente entrarían un par mas, pero la comodidad que se gana para el cliente es un punto a su favor. Parece que en otros sitios cuantos más entren mejor, a pesar de que te enteres más de las conversaciones ajenas que las de tu propia mesa y estés mas incómodo que Paco Marhuenda en un circulo de “Podemos”.

A continuación el camarero nos sugirió algún entrante previo para esperar al plato principal. Decidimos pedir los espárragos rellenos y la ración de fritos de la casa (si, es que las croquetas nos pierden…)

Los espárragos fueron un previo relajado, para justificar que somos gente sana y no nos de un ataque de conciencia “made in Pujol” y confesar la cantidad de carne que nos ibamos a zampar más los fritos. Llevaban una crema elaborada con mayonesa, surimi, cebolla y… bueno que tampoco tenemos el paladar tan fino. La presentación no es para tirar cohetes pero tampoco estamos en un local “chic”.

esparragos_casanova

Después nos llegó el segundo entrante, la ración de fritos compuesta de morcilla, chorizo (lo de fritos no tiene que ver con el rebozado en este caso) croquetas de carne y tempura de verduras. Un buen cambio el de incluir las verduras y sustituirlas por unas rabas que igual no serian tan buenas por el hecho de que estábamos en interior.

Hablando de rabas, hacemos un “kit kat”, si os encontráis de excursión y queréis por el art. 33 probar una buena ración de este producto típico, ir derechos a “La Solana”, el restaurante con estrella Michelín. No estábamos como para pedir su menú pero su ración de rabas es excelente, al nivel de su estrella y mucho mejor que en algunos bares de la capital que se creen con el monopolio de la raba. Si queréis tomaros este capricho, por 10 € os sirven una ración cómo la de la foto. Merece la pena.

rabas_la_solana

 

Volviendo al Casanova, la ración de fritos estaba buena. Si tenemos que hacer un veredicto sobre las croquetas de carne, digamos que pasan el aprobado por muy poco; no son congeladas pero las comimos y había mucha bechamel y poco “alimento”. Mucho mejor probar la morcilla o las verduras.

Fritos_casanova

 

Una vez llegado a este punto y ya con más ganas de empezar el plato principal que cuando estas esperando al cine a que empiece la película y se te está acabando las palomitas, llegó la estrella de la casa. El cabrito al horno con su ración de patatas asadas y de “acompañamiento” el bol con su lechuga y cebolla, cómo toda la vida.

Si el aspecto de la foto es bestial, comerlo fue casi una “experiencia religiosa”. La carne se sacaba limpia del hueso, podías desmenuzarlo correctamente y al llevarlo a la boca reconocías tanto el tiempo que había llevado en el horno, el sabor fuerte de la carne y una textura mantecosa que lo hacían un capricho religioso. Además, la ración era grande, para 4 personas nos daba a 2 trozos del cabrito con su guarnición. Y para el que optase por la lechuga, también.

ensalada_casanova

La comida estaba siendo una goleada a favor del restaurante, y “El Perolo” intentó meter algún tanto del honor, pero no pudo ser ni con el postre. Una copa de helado “hecho en la casa” (y podemos dar fé de que si lo era) con nata fue el remate final para la comida. Así que tuvimos que relajar un poco el cinturón, que no estamos en forma suficiente para poder ir “apretados” tras el atracón que nos habíamos metido.

helado_artesano_casanova

 

Por último, y para que conste en acta, el camarero nos invitó a los chupitos de la casa, que salvo para el que tuvo que conducir, eran de orujo de la marca “Marrubio”. Así que hasta el licor estaba bueno.

El resultado final con cafés, vino de la casa (todavía necesitamos algún post más de “Viva el vino” para poder elegir correctamente) y agua fue de 30 € por cabeza. Así que todo salió bien.

En definitiva, que si quereís volver a los orígenes y devorar carne asada cómo hacían en Altamira, “Casanova” es un homenaje a la elaboración del cabrito cómo debe de ser.

Dirección: Calle Arturo López, 4. Arredondo.

Teléfono +34942678084

Cantidad: A reventar.
Calidad: ¡Viva la comida del pueblo!
Servicio: Muy atentos y además recomiendan. 
Precio: Bien. Pagas cantidad y calidad.

 

Bar Cuesta o las tres B: bueno, bonito y barato

Hace unas fechas pasamos por uno de los restaurantes de más éxito de la actualidad en Cantabria, el Bar Cuesta. En este caso, el éxito no se mide por estrellas michelin ni tonterías de esas; lo marca un local lleno todos los días, en el que sin reserva previa es prácticamente imposible comer.  Su secreto: comida de toda la vida a precios de los de antes.

El Bar Cuesta es una casona de estilo montañés que se encuentra en Cerrazo, muy cerca de Torrelavega, y que cuenta con una zona de terraza con bolera. Su carta es la de cualquier restaurante tradicional de Cantabria: platos de cuchara, carnes, pescados y mucha variedad para picar.

Al ser nuestra primera visita, decidimos pedir un poco de todo para así poder hacernos una idea más aproximada de lo que el Bar Cuesta ofrece. Así que para empezar, como no puede ser de otra manera en este blog, llegaron unas croquetas de carne.

croquetas_Bar_Cuesta

La ración fue generosa. Catorce croquetas, bien fritas, sin exceso de aceite y, aunque la bechamel no era todo lo cremosa que nos gusta a los que escribimos en este blog, sabrosas y más que aceptables.

Posteriormente, llegaron casi a la vez una ración de rabas y otra de albóndigas.

rabas_bar_cuesta

Aquí se produjo el pinchazo de la tarde. Las rabas, que tenían un aspecto inmejorable, estaban sosas, más sosas que Ana Mato,  y quedaba claro que en la cocina lo más cercano que habían estado de la sal era como la Real Sociedad de ganar la Champions de este año. Pero para contrarrestar esta decepción estaban las albóndigas, o mejor dicho, albondigones.

albondigas_Bar_cuesta

Esta fue la ración que a primera vista podía parecer más pequeña, pero el tamaño de cada unidad, y la abundante y estupenda salsa en la que no paramos de hacer barquitos, lo convirtieron en un plato contundente.

Para los segundos pedimos variedad: huevos fritos con patatas, chuletillas y cocido montañés. Del cocido, del que no tenemos fotos, sólo diremos que se sirve en perolo individual (podrían comer dos) y que estaba elaborado con alubia pequeña pero muy suave y con sabor.

huevos_fritos_bra_cuesta

Los huevos eran de granja, y la yema, tal como tiene que estar para los que nos gusta untar las patatas en su interior.  Las patatas caseras y abundantes, aunque las hemos comido mejores.

chuletillas_Bar_cuesta

Por último atacamos las chuletillas. Las chuletillas eran de  carne jugosa y de mucho sabor,  aunque sí que echamos en falta que estuviesen un poquito más pasadas. La decoración del plato muy de semana santa con ese capuchon de pimiento de lata prescindible a todas luces.

La valoración general fue bastante buena. Una comida más que aceptable y a unos precios que ya no se encuentran ni en la España más profunda.

Dirección: Barrio de Cerrazo, 2B; Cerrazo

Cantidad: se recomienda prudencia a la hora de pedir para no salir como una boa constrictor.
Calidad: buena y más si sopesamos lo pagado.
Presentación: de combate. En esa cocina no hay tiempo que perder. 
Servicio: muy rápido. En Ferrari los envidian.
Precio: chollo. Huevos con patatas 3 €. Carnes y pescados 11 € + IVA