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Stritfud santanderino: el sandwich peruano de Las Estaciones

Ahora que definitivamente parece que nos hemos vuelto todos estúpidos y el proceso de idiotización gastronómica sigue su inevitable curso, no paramos de leer cosas sobre food trucks -la furgoneta de los perritos de la Porticada de toda la vida- street food -como aquellas guarradas del Zampabollos o del Horno que nos apretábamos sentados en un capó- y el finger food -¡comer con las manos! ¡qué descubrimiento!- en El Perolo nos resignamos definitivamente y  nos rendimos a este Imperio del Mal, que diría un arzobispo, aunque los más conspicuos visionarios de la gastronomía y la sintaxis cubista estén advirtiendo que esta moda, cultura o negocio está tomando tintes de burbuja.

Ignorando uno de los enésimos markets, que no mercadillos, que eso suena a pobres, traemos un bocado que nos fascina, a precio de risa y que se come de pie en la calle. Hablamos del sandwich peruano del carro o puesto de las Estaciones, que ahora se asienta en la esquina entre Calderón de la Barca y Atilano Rodríguez, junto a la salida de los autobuses de cercanías, uno de esos puntos de urbanismo satánico de Santander.DSC_0204

No vais a encontrar aquí ingredientes selectos ni recetas falsamente refinadas, donde hamburguesas vulgares y cutres se trocan en gourmets por arte de pizarras de cuidada tipografía y los congelados más conseguidos, en recetas caseras. Aquí hay comida popular y de calle, en sentido estricto. Tampoco vais a encontrar barbas, gafas de pasta o supuestos modernos acercándose a una caravana decorada y modificada, no. Esto es un remolque modesto, apañado con ingenio en una de las esquinas menos agradables de la zona. No os pase como aquel de los Simpson, que buscando un falso antro acababa en un antro de verdad.

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Entrando en materia gastronómica, el principal elemento del sandwich (o sánguche que escriben en Perú) es el pollo hilado, esto es, un pollo asado hasta deshacerse en hebras, suavemente aromatizado. Junto a él, para acompañar, patatas paja crujientes y, aportando jugosidad, lechuga y tomate. Como colofón una estupenda salsa especial de la casa -el simpático peruano no quiso soltar prenda sobre su fórmula- que muy remotamente puede recordar a una salsa de yogur, pero de textura algo más líquida y, nos atrevemos a decir, cierto aroma a comino. Todo ello encerrado en un panecillo estilo hamburguesa con la suficiente consistencia. Nada de presentaciones cuquis y falsos papeles de periódico: te lo sirven en uno de esos sobres de kebab, y requiere cierta mañana comerlo sin pringarse.

Y todo esto por el módico precio de dos euros. Desde luego, no será una maravilla gastronómica, pero es comida rápida honesta, sin engaños, bastante sabrosa y a un precio tres o cuatro veces inferior a otros productos de igual o parecida calidad.

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La oferta gastronómica del puesto no es que sea muy variada y apostamos a que no hay nada que no esté frito. El nivel de guarrada es alto, pero si queréis rematar la jugada, hay variedades de patatas para todos los gustos e, incluso, salchipapas. Los más aventureros pueden tirarse por otros bocadillos como el tierra aire, el de filete ruso o el de pollo crujiente, y empujar el bolo alimenticio con alguno de los exóticos refrescos andinos. Nosotros, menos intrépidos, nos conformamos con una San Miguel (a euro la lata), aspecto claramente a mejorar.

Cuentan, además, con un local en los bajos de Santa Lucía (donde el antiguo Raices, para los más viejunos) ideal para degustar el sandwich tanto como base para la ingesta inmoderada de alcohol, como para reestablecer el orgullo camino de casa tras la enésima cobra en el Niágara.

Dirección: Plaza de las Estaciones, Santander. También en Santa Lucía 6, Santander

Cantidad: Más que suficiente.
Calidad: Mierda de la buena.
Presentación: A mano.
Servicio: Simpático y rápido.
Precio: De risa.

 

La Vaca Pasiega: La hamburguesa que ríe

En pleno verano  buscar un sitio para comer algo rápido y barato dentro del centro de Santander no siempre es fácil. Además cuando se te vienen a la mente las opciones disponibles se te repiten en la cabeza las mismas alternativas de siempre. Vamos, cómo cuando Revilla y Tezanos decidieron a los miembros de su gobierno. Sin embargo, debido a una efectiva campaña de publicidad o cómo quieres que se llame en estos tiempos modernos (hemos pasado del a “mi me contaron” al “yo he visto en Facebook”) nos iluminó nuestra mente para ir a “La Vaca Pasiega”, un establecimiento que se encuentra en la calle Santa Lucía. Para los licoretas, en el antiguo local que ocupaba el “Benghala” o el “Retros”.

Su propuesta es una adaptación del “fast food” con un punto más elaborado. Su carta no es extensa, aunque está bien diseñada y es clara en los ingredientes de cada plato. Eso sí, algo inflexible en las sugerencias del cliente. Cómo ejemplo, si podías quitar algún ingrediente que no te gustase de alguna hamburguesa pero no añadir, incluso pagando por ello. En este sentido,  un “poquito de por favor” que diría el portero.  Pero aparte de ello, había de todo. Eso sí, no estamos ante una hamburguesería premium. Corta y al pie.

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Pedimos un menú completo con patatas “teja”. El servicio nos informó que eran “Cómo las deluxe pero más gordas”. Macdonalds se ha quedado con la imposición lingüística en el sector de la carne picada. Aprende Artur. Bueno, yendo al lío, pues pedimos esa patata especial y una hamburguesa “raquera”, que para algo somos unos “kies” a la hora de escribir.

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La hamburguesa estaba buena, con un pan artesano triscante y además con miga, para recoger toda la grasa y la salsas del bocadillo; la carne, bien hecha, en opinión del perolero que les escribe un pelín demasiado hecha, pero en este tipo de establecimientos ni preguntan cómo la quieres y están a todo lo que dan trabajando. Por ello nos parece correcto cómo estaba. El resto de ingredientes que forman parte de esta hamburguesa (queso de nata, cebolla caramelizada y bacon) estaban bien buenos y hacían buena química con el resto de la hamburguesa. Nota aparte para los triperos: el tamaño es normal, ni es un “si te la comes te la pagamos” pero tampoco es del tamaño de la del menú infantil.

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Tema aparte las patatas fritas. Buena materia prima, nada de “herederos de McCain S.A” aunque en fritura se hacen a fuego muy fuerte y acaban cociéndose en vez de freírse. Vamos, cómo un autobus del Imserso en Benidorm. Hay casí que refrescarlas. Las patatas “teja” estaban buenas, aunque les pasa lo mismo que la anterior. Y al ser un trozo más grande, pues más cerca del puré que de la fritura.

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A destacar a favor la inversión en imagen del local. Ya basta de hacer cutreces en hostelería con “comic sans”. Además el empaquetado es original, incluso en sus bolsas de para llevarte la comida a casa.  Por otro lado muy a favor de ofrecer un sobre de ketchup gratis para acompañar. Entendemos que para salsas con más enjundia cómo la de aceitunas y anchoas, por ejemplo, se cobre un extra, pero es que la relación amorosa “comida rápida – ketchup” es tan duradera que sólo José Coronado podría romperla.

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Nos ha gustado la Vaca Pasiega como una opción intermedia (aunque tienen sus puntos negativos cómo los alumnos rebeldes que llegan a un nuevo instituto) entre  esas hamburguesas de 12 euros que parecen que sólo se pueden servir en estrellas Michelin y las plastas que te ponen en los locales que abren hasta el amanecer. Esos hornos donde rescatas a tu estomago del “tsunami” de copas que te has tomado.

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Dirección: Calle Santa Lucía 33. Santander

Cantidad: Normal. No te vas a comer la vaca entera.
Calidad: Un punto por encima de la media. Buena.
Presentación: Cantabrian fast-food version.
Servicio: Majos y currando a tope.
Precio: Hamburguesa, patatas y bebida: 7,50 €. Pensad que en las franquicias te cobran lo mismo, así que bien.

 

Nobrac, el algodón no engaña

Nuestra primera temporada coincidió con la aparición en Santander de un gran número de nuevos locales, por los que tuvimos que pasar por el run run generado alrededor de ellos. Dos de los que más nos llamaron la atención fueron, el Cadelo y el Nobrac. Del Cadelo ya hicimos re-post y ahora era el momento de volver a pasar por el Nobrac…

Tarde de domingo de esas que no sabes muy bien que hacer con tu vida. Lo único que tienes claro es que no quieres cocinar y que cualquier plan que te propongan te va a parecer el mejor del mundo mundial, vamos como si te dicen que ponen a un gorila de consejero de cultura en vez de a Marcano. Así que después  de unas cañas y unas rabas alguien del grupo plantea.. ¿y unas hamburguesa en el Nobrac?. Al resto se nos abre el ojo y sin dudar decimos… “palante”.

Al llegar parece que tenemos suerte y hay una mesa en la terraza. Tras una rápida ojeada a la carta, hay mas hambre que voluntarios para ser consejeros, decidimos pedir unos starters para compartir y una hamburguesa por cabeza.

El primer starter en llegar es una de las novedades de la carta, un fish&chips. Un acierto de primera por parte de la gente de Nobrac al incluir este plato. El pescado viene con un rebozado tipo orly, uniforme y crujiente, que le da al pescado una textura excepcional. Un pescado sabroso que además viene acompañado de una ración generosa de patatas y una mayonesa suave. “Aquí no hacen nada en broma” señala uno de los comensales.

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El segundo starter fueron unos krunchys, trozos de pollo rebozados con pan rallado y maíz que le daba crujiente al plato. El pollo estaba muy sabroso y viene además acompañado por una salsa de mostaza suave que te deja ganas de bebértela directamente del vasito.

Krunchys-nobrac

En la elección del bocadillo principal hubo menos variedad que en la parrilla de televisión de un sábado por la noche, la Poulet ganó por goleada… La Poulet es una hamburguesa de pollo que viene dentro de un pan brioche acompañada de queso brie, cebolla confitada, espinaca, mostaza y miel. Esta hamburguesa es probablemente la mejor de la carta, aunque la del otro día no fue la mejor que hemos comido en Nobrac.

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El otro bocadillo que probamos fue la Hamburguesa del mes, 2 piezas de 100 gr de carne de ternera acompañada de queso cheedar, mango y salsa de tomate.

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La hamburguesa estaba muy buena, la carne en su punto y el mango le aportaba un toque dulzón que resaltaba la carne. El único pero de la hamburguesa, es que no fuese acompañado de un bacon fino y crujiente, por cierto, algo imposible de encontrar en ninguna hamburgueseria de Cantabria.

Pero si pensáis que eso termina aquí es que todavía no habéis descubierto lo gochos que podemos ser… En el postre tuvimos que probar todas las tartas que tenían ese día en el local: brownie con helado, red Velvet y tarta de 3 chocolates.

El brownie bien de cocción, esponjoso y sabroso. El único pero la diminuta bola de helado que lo acompañaba.

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La red velvet fue quizá lo más flojo de toda la comida. Sin estar mal se la notaba que no era del día… La que si que estaba realmente buena era la tarta de chocolate, esponjosa y con mucho sabor a chocolate no como esas que hay por algunos locales que lo más cerca que han estado del chocolate es lo mismo que nosotros de ser críticos del País.

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En definitiva el Nobrac paso de nuevo la prueba del algodón con nota alta. Una de las mejores hamburgués rías de Santander que merece una visita. Aquí su web por si queréis cotillear un poco.

Dirección: Travesía de Río de la Pila, 3; Santander

Cantidad: Bien. Todos los platos son de buen tamaño
Calidad: Muy buena.
Presentación: muy cuqui.
Servicio: siguen siendo gente muy maja.
Precio: Calculad entre 10 y 12€ por persona.

IKEA: viviendo al límite

“y sigue la escondida senda/ por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!”
Fray Luis de León

Cuando las vicisitudes de la vida te llevan a cruzar las puertas de Ikea (Barakaldo City, El Perolo sale de Cantabria, pronunciado con la entonación purriega de Revilla) uno puede tomárselo a la tremenda y, en lugar de bienvenida, leer en el cartel de entrada un “vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza” o, por contra, echarle humor al asunto y, apoyándose en la inspiración de algunos prestigiosos polígrafos cántabros, entusiasmarse ante la posibilidad de paladear el menú sueco de los Reyes de la llave Allen.

Siguiendo algunas sesuda recomendaciones –una sandalia  y tras recorrer toda la primera planta de exposición, arrasar con los lápices y preguntarte como has sobrevivido todos estos años sin un escurreplatos Fintorp, se llega al restaurante, para coger fuerzas antes de bajar hasta el último círculo del infierno, digo, el almacén.

Dentro ya del autoservicio del restaurante, donde cada uno coge su bandejita, cubiertos, servilletas vasos, y siendo nuestra primera visita, nos decantamos por unas albóndigas clásicas, de ternera, con su salsa, puré de patatas y salsa de arándanos. De beber, aunque nosotros también somos de beber mucho, rechazamos la tentación del vaso de refresco rellenable ad infinitum, y tiramos por una sidra de pera, guarrería a la que nos enganchamos en Irlanda (caraja fácil con las pintas de Kopparberg). De postre, tarta de queso con arándanos. No esta nada mal el menú.

Bodegón sueco
Bodegón sueco

Comencemos por las albóndigas. Navegan quince pequeñas esferas de carne picada (köttbullar) en una salsa de nata (grässdas) de un sabor tan neutro y genérico que nos cuesta identificar, así como de papilla. Las albóndigas, ni muy secas ni muy jugosas, saben a hamburguesa de ternera de sitio de comida rápida. Aquí el gran dilema ¿se diferencian albóndigas y hamburguesas solo en la forma o deberían saber distinto? ¿que fue primero en el mundo de la carne picada, la pelotilla o la pastilla? ¿sueñan la hamburguesas con ser albóndigas y viceversa?

Sobre la guarnición, poco que decir. El puré de patata (potatismos) igual de aburrido que cualquier otro puré de sobre y la mermelada de arándanos (ni puñetera idea del nombre sueco de esto) cumple con funcionarial eficiencia esa labor de agradable contraste de los sabores dulces en los asados. En definitiva, el plato se dejaba comer, sin entusiasmo. Podríamos decir que no estaba nada mal.

La tarta cumplía el expediente, porque todos sabemos que no hay ninguna tarta de queso que esté mala, por muy industrial que sea. Es imposible fallar en eso. Además, nuestras acompañantes en este emocionante periplo le dieron a los macarrones con tomate -sorprendentemente no sobrecocidos- y a un codillo que aprobaba con dignidad.

Los precios moderados. Desde los 2 euros de los macarrones, hasta los 8 del codillo, pasando por los 5 de las albóndigas. Por menos de 10 euros se hace la labor y con la tarjeta Ikea Family -bienvenido a la secta- te invitan a un café. Pena que no rellenáramos el refresco a muerte, hasta mearnos encima o sufrir un coma diabético.

En el fondo, nos arrepentimos de no haber pedido el perrito.

Dirección: en Barakaldo. Pero sus delicias están a la venta en la tienda sueca o por internet, junto a mucho salmón, para que disfrutéis (!) en casa

Cantidad: Correcta
Calidad: Estamos vivos
Presentación: Historias de la puta mili
Servicio: Autoservicio
Precio: Menos que una mesilla lack

Siboney: Galería del sandwich

Martes, 8 de la tarde. El concepto “Lunes de mierda” se extiende al día siguiente. Necesitas coger aire fresco. Y en esta época en la que a Santander la falta de todo según las promesas de los políticos en campaña electoral, por lo menos de algo vamos más que sobrados en esta ciudad: paseos ante el “marco excepcional de la bahía”. Entre ellos la calle Castelar, zona de terrazas, de Gin-tonics de tus padres en las noches de Julio, tipos encorbatados que salen a todo trapo de los portales de sus edificios; transeúntes que se fijan en el panel de la parada de bus con la misma fe con la que tu chica llegue a la hora pero sabes que siempre se retrasa 10 (o 15 o 20…) minutos en llegar.

Si al final del día como os comentamos no has comido encima, el nivel de stress y agotamiento requiere una parada para picar algo rápido y barato. Por ello, nos quedaba en el recuerdo la cafetería “Siboney”; en el mismo edificio de la calle. No llega a ser un “Renzo Piano” pero por lo menos ya está acabado. Dentro de su cafetería, recientemente remodelada, decidimos cenar algo para por lo menos cubrir nuestras penas con una buena dosis de colesterol.

Optamos por su carta de sandwiches, aunque tienen bastante más opciones de comida “gocha” para saciar tu hambre glotón. En nuestro caso se solicitaron dos tipos diferentes que según la carta eran un “California” enriquecido con algún ingrediente más, ya que éste último también aparecía en la carta. Podríamos hacer un bonito discurso explicativo sobre la receta de este bocadillo y ocupar más líneas, pero es que no tenemos ni puñetera idea de por qué se llama así y que ingredientes lleva originalmente. Google es vuestro amigo (y el de muchos blogs).

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Vamos al lío. Los dos platos son grandes, no llevan acompañamiento, y son con un pan de tamaño “sábana” con varios pisos en los que los ingredientes se mezclan con su “plasta” de mayonesa. Acompañados de dos palillos, clavados cómo banderillas en todo lo alto, a medida que vas desmenuzando el bocadillo, notas que te estás comiendo un plato bueno, pero sin ninguna floritura. La diferencia entre uno y otro es que el “Castelar” llevaba atún y espárragos  y el “Siboney” bacon pasado por plancha con huevo . El pan, bien tostado; la lechuga cómo el 99% de los sitios, más seca que la piel de Carmen Lomana en Supervivientes; tomate y espárragos en grandes proporciones y jugosos. Tanto el atún cómo el bacon daban contundencia al plato.

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Seguramente el hambre dominaba nuestros sentidos y no nos dimos cuenta de que estábamos entre esos corros de señoras de cardados imposibles cómo los hombres salvajes que eran vistos por primera vez en las expediciones más allá de los mares del mundo conocido. Si, estábamos siendo escudriñados de arriba a abajo, en un intento por parte de nuestros compañeras de mesa en conocer si eramos nietos o bisnietos de familia de renombre (porque de pasta ya poco hay) o si eramos unos turistas perdidos por el centro de la ciudad.

Finalmente, tardamos bien poquito en comer y en finalizar, porque el plato no daba más de si. ¿Estaban buenos los sandwichs? Si, pero tampoco íbamos con expectativas muy altas. Dispersamos el hambre más rápido que la policía en una “manifa” del 15-M, y nos fuimos contentos con el resultado. Así que en caso de que haya que tirar de la manilla de emergencia de tu estómago se puede recurrir a esta cafetería. Si la terraza está abierta y el día acompaña, seguro que el placer de comer se triplica. Y si no, siempre os quedará arreglar el mundo a base copas de balón en el resto de terrazas de la calle. Con vuestros padres sentados en la mesa de al lado, por supuesto.

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Dirección: Calle Castelar, Nº7. Santander

Cantidad: Cómo plato único para cenar está bastante bien. Sin guarnición.
Calidad: Pasa el corte. Es un sitio para tener en lista si quieres este tipo de platos.
Presentación: Bien. Detalle positivo los palillos para aguantar el sandwich.
Servicio: Perfecto. Cumplieron con lo que se pidió.
Precio: Sandwich más caña 7 euros. No nos olvidemos de en qué zona está.

1974: Queremos carnaza

Actualización Marzo 2016: el conocido “1974” se ha quedado en ese año. Ahora el bar es conocido cómo “Arte 3”.

En plena semana santa, andábamos de procesión buscando un sitio para cenar en el que nunca hubiésemos estado, la comida estuviese buena, el precio fuese barato y hubiese mesas libres. Ya que estamos celebrando milagros, por pedir que no sea. Tras descartar alguno de nuestros restaurantes favoritos, ya sea por el completo en sus mesas (cómo pudimos comprobar en “La Tasca”) o porque salimos escaldados de otras visitas (cómo en “La Compañia”) paramos en plena plaza de Cañadio en el “1974”; un bar que ocupa desde Daoiz y Velarde hasta la plaza el antiguo local de “La despensa”, bar que era famoso por sus empanadas de carne y pinchos.

El “1974” mezcla la barra de un bar de toda la vida (nada de cristaleras con 20000 tipos de pinchos; parecen las cajas del 1,2,3; adivina cual es la que aciertas) con varias mesas para poder comer algún plato rápido de su carta. Tuvimos la suerte excepcional (aunque también nos daba miedo) que había una mesa libre. Aprovechamos y nos sentamos. Cómo hilo musical, las admoniciones de una familia de turistas sobre amoríos a su hija preadolescente ¡Cómo hubiese disfrutado el crápula de Humbert Humbert ante tan preciosa estampa familiar!

Solicitamos cómo entrante los nachos con guacamole, y una hamburguesa por persona. Para beber una copa de vino y una caña; que no se diga que nosotros no hemos empezado la fiesta de la democracia, ni la borrachera de promesas electorales. Llegó el entrante, y lo que eran nachos se convirtió en unos deliciosos totopos que podías comer solos. Crujientes, grandes y tostados. Una delicia triscante que para nada esperábamos. Algún restaurante mexicano debería aprender de ellos. El guacamole venía con una salsa agria por encima con unas tiras de queso. Puro “gochismo”. La incomodidad del recipiente donde se encontraba impidió rebañar más. La vajilla en la que sirvió ese plató fue más incomoda que el extracto de cuenta de los Pujol en Andorra. A veces lo sencillo es mucho mejor.

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Después llegó el plato fuerte: las hamburguesas. Seguimos con las modas y la incomodidad de los cestillos, al estilo de una freidora, para poner las guarniciones. Las patatas fritas que venían, que estaban buenas por su fritura y tamaño, tenías que buscarlas y destaparlas del papel decorativo del cesto. Así que nos pusimos el sombrero de ala ancha y el látigo para emular a Indiana Jones y extraer hasta la última patatas y poder degustar el sabor de este acompañamiento. Una pura excavación arqueológica. Uno de los comensales pidió la hamburguesa “italiana”. Con este título no podemos dudar de que sus ingredientes serían un derroche de imaginación e introversión en la cocina transalpina. Si, ya lo habéis adivinado… queso mozarella y pesto. Lo dicho, no lo esperábamos. Dejemos de un lado los prejuicios sobre el nombre del plato y vamos al grano. Primer punto a favor: el pan aguanta toda la hamburguesa. No llega a volatizarse a medida que lo vas comiendo. Se acompaña de un palillo para sostener la misma, pero no es necesario. Este pan aguanta más que una lista crítica de “Podemos” en unas primarias. A partir de ahí la mezcla pesto+queso fundido+carne+el resto está muy rica. Igual podrían hacerse un poco más la carne, pero ahí está en vuestra elección pedir con antelación al camarero el punto de la misma. El plato es contudente, y difícil es que llegues con hambre. Pero bueno, si Esperanza Aguirre ha vuelto, porqué no vas a tener sitio para el postre.

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Sobre la otra hamburguesa que se pidió, se eligió la “mexicana”. Otro título original para que no te pierdas con sus ingredientes. Repetimos lo que hemos dicho sobre carne y pan y los demás elementos comunes. En esta, el guacamole y la salsa mexicana -perdonad nuestra memoria, tenía un nombre más específico- hacían un buen tandem y aportaban un punto fresco y picantillo (tampoco mucho) a una hamburguesa bien equilibrada.

1974_hamburguesa_mexicana

Finalmente, todo salió por una cuenta de 13,70 € por cabeza. Teniendo en cuenta el entrante y que las hamburguesas llevaban su ración de patatas fritas no está tan mal, aunque en lo que es la presentación de los platos podrían volver al año del nombre de local, y presentarlos en duralex, por ejemplo. Seguro que sería más fácil comer sus especialidades. En definitiva, “1974” está en la transición entre una hamburguesería cualquiera o pasar al estado de los “premium” y ser referente de trozo de carne picada entre pan y pan. De momento, sigue ganando tiempo para llegar a 2015.

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Dirección: Plaza de Cañadio, Santander.

Cantidad: Grande. Esta preparado para recibir a hombres con 3 estómagos.
Calidad: Bien. No estará entre las mejores hamburguesas, pero en caso de urgencia cumple.
Presentación: Incómoda. Se tomaron demasiado en serio lo de "se come por la vista".
Servicio: Un pelín lentos, pero nada que os haga mirar el reloj varias veces.
Precio: Normal. No es barato, pero es que no estamos pidiendo un Mc Menu. 13,50€/persona.

Bibo en el Mc Donald’s: la última frontera

Ahora que la alta cocina se ha convertido en el nuevo rock ‘n’ roll (ahí tenéis a Ferrán Adrià diciendo cada cosa que ni Jim Morrison todo empapadito de ácido lisérgico), no iba a tardar en salir algún irredento pureta a reprochar a una de las nuevas estrellas que es un vendido, como cuando aquel grupo tan duro, genuino y comprometido sacó aquella mierda de disco comercial y mainstream. Pues, más o menos, eso ha hecho Dani García, chef marbellí con dos estrellas Michelin, creando una hamburguesa para McDonald’s, el gran satanás gastronómico, en entender de muchos. A nosotros no nos parece mal, que conste: Dani García tiene derecho a ganarse las alubias como mejor considere -como hacemos todos nosotros- y McDonald’s está en su pleno derecho de intentar dignificar su producto, como esas actrices porno que salen en JotDown hablando de libros, y atraer nuevos clientes.

Como no tenemos vergüenza, y después de ser preguntados por algunos amables tuiteros sobre si íbamos a probar el nuevo engendro producto de McDonald’s, le dimos una vuelta a la cabeza y dijimos, “¿y por qué no?”. Total, hemos venido aquí a jugar y, como decimos en el decálogo, nos vamos a reír hasta de nosotros mismos. Seguramente a más de uno le parecerá mal, pero, como decía el facha de González Ruano, cuando los caciques de vía estrecha partan el bacalao, nosotros comeremos salmón.

Después de esta lamentable justificación, pasamos al bocado en sí. Para la cata esperamos un tiempo prudencial y fuimos, a la hora de comer, al flamante smartrestaurante McDonald’s de la S-20, que parece lleno a todas horas, Así que, tras apenas un par de minutos de espera, ya teníamos nuestra bandeja con el menú completo (ya que nos íbamos a autodestruir un poco, que fuese en condiciones): Hamburguesa “Bibo” (en caja de cartón, todo un lujo), patatas deluxe con su salsa reglamentaria, y medio litro de Lipton, que nos habían dicho que la nueva añada era afrutada en boca y con un retrogusto mineral.

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El objeto de la polémica: BIBO de Dani García

Empecemos por la carne. Como todos los sándwiches de McDonald’s la carne es lo que es: una pastilla de picado vacuno, siempre en el mismo punto, siempre con el mismo sabor, sea 100% de Extremadura o de Papúa Nueva Ginea. Nada nuevo bajo el sol, pero seríamos muy inocentes si lo esperásemos. El bollo, así como con un recuerdo del pretzel y demás variedades centroeuropeas, no era malo, pues mantiene la consistencia, abarca bien las pastillas de carne y tiene un sabor y textura decentes. La lechuga, totalmente irrelevante, para qué extendernos más. La laminita, casi transparente, de queso aportaba su regusto, aunque quizá demasiado escondida por el resto de ingredientes. La cebolla crujiente nos encanta en este tipo de guarradas, que siempre les da un punto especial, entre su textura y su sabor intenso y reconcentrado.

Mención aparte merece la salsa secreta, que es donde, imaginamos, se ha plasmado el genio de Dani García. Su sabor se sale de lo común (a veces notas de anchoa, otras un toque de olivas… seguimos discutiendo) y lo generoso de su cantidad consigue empapar toda la hamburguesa y hacerla jugosa. En resumen, la salsa por sí sola justifica el sobreprecio de la “Bibo” sobre el resto de productos de la cadena.

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La BIBO ya seccionada. Noten lo bien que muerde uno de los nuestros

Rematamos con las siempre deliciosas patatas deluxe. Absolutamente comerciales, en el mejor sentido de la palabra: siempre bien fritas, con la sal adecuada, con esa salsa cremosa. Sí, son congeladas, a saber cuanto tienen de patata, obstruirán nuestras arterias, pero nos chiflan. Un guilty pleasure en toda regla.

En conclusión: la “Bibo” se deja comer más que bien, especialmente la salsa, que está para rebañar con los dedos en el cartón. El que esperase otra cosa -una hamburguesa gourmet de verdad- o es tonto o vive en la inopia: McDonald’s no deja de ser una malvadísima multinacional (música de terror aquí) que busca maximizar el beneficio con personal poco pagado y no cualificado (como tú y yo cuando curramos aquel verano a los 20). El que quiera otra cosa, que vaya a Musli, Nobrac, el Baruco, o similares, que los hay y muchos. Como diría Clinton: es el McDonald’s, estúpido.

No os dejamos ni mapa ni dirección, que ya sabéis donde está.

Cantidad: Es McDonald's.
Calidad: Es McDonald's. La salsa está tremenda.
Presentación: Es McDonald's. En caja de cartón.
Servicio: Es McDonald's. Muy rápido.
Precio: Menú grande (patatas y bebida), por 7,75€.