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Zissou un universo acuático

Allá por 2004, Wes Anderson filmó Life Aquatic, una delirante comedia en la que el oceanógrafo Steve Zissou, un híbrido entre Cousteu y el Capitán Ahab interpretado por Bill Murray, se lanzaba a una loca aventura en busca del tiburón que había matado a su padre.

Inspirado en el personaje de Murray, abrió hace unos meses en Santander un nuevo restaurante llamado Zissou y es ahí donde entramos en acción los locos documentalistas del Perolo.

El primer plato en ser filmado por nuestra tripulación fueron dos raciones de rabas, ese plato tan mitológico en la gastronomía cántabra como Moby Dick en la literatura. Unas rabas en su punto de fritura, sabrosas y acompañadas por un suave alioli, un buen plato.

El siguiente espécimen en ser filmado por nuestros documentalistas fueron unas almejas en salsa verde.  En este caso, parecían submarinos en el potingue verde. Estaban sabrosas aunque en el lado negativo algunas de ellas estaban más cerradas que la cueva de Altamira (salvo que seas un multimillonario y conozcas a Francisco Martín). Así que nuestro gozo en un pozo.

Los entrantes los completamos con un steak tartar. Nos llegó ya realizado, nada de shows en directo realizandolo en la mesa (tampoco hay espacio en el local, todo hay que decirlo). Para los que no es nuestro plato más apetitoso hay que decir que estaba bueno. Carne fresca, bien macerada y frío, quizás demasiado.

Así como en los entrantes el pescado fue la elección mayoritaria, en los platos principales la carne ganó por mayoría absoluta.

Varios pedimos el lomo de vaca a la plancha con patatas y pimientos de guarnición. Carne al punto, tirando a poco hecha (cómo se pidió), en una ración donde la guarnición estaba a la misma altura del plato, con unas patatas fritas, sin exceso de aceite y unos pimientos asados bien elaborados. El plato nos gustó sin reservas.

El solomillo estaba en su punto justo, tal como lo pedimos, tierno como la mantequilla y bien secundado por las patatas, las salsas y unos toques de romero que realzaban el sabor limpio de la carne.

El plato de carilleras bajó un poco el nivel general, buen producto pero para nuestro gusto un poco secas.

Para rematar la cena algún perolero goloso se ánimo a pedir postre. Pedimos la tarta de manzana con helado, un hojaldre caramelizado con la manzana, similar a los pasteles que puedes encontrarte en cualquier bandeja de fiesta de cumpleaños en tu casa. Sin más mérito.

La cena la acompañamos de un par de botellitas de un rioja que está ajustado de precio y nos gusta, El niño.

En definitiva, Zissou nos gustó por la buena elaboración, cuidada presentación y variedad en su carta, aunque tiene puntos que mejorar como la coordinación del servicio o “un poco de por favor” en el tamaño de sus raciones, por lo menos para triperos como nosotros. Un local muy interesante y que creemos puede llegar lejos. Os dejamos su web, Facebook y twitter.

Dirección: Calle Ataulfo Argenta, 35. Santander.

Trás esta aventura acuática no os podíamos dejar sin una banda sonora adecuada para ella.

Cantidad: Un poco más en el plato no va a sobrar.
Calidad: Bien. Hay ganas de hacerlo bien.
Presentación: Muy buena. Los platos entran por los ojos.
Servicio: Les falta un poco de coordinación con la sala llena.
Precio: Un poco por encima de la media, pero acorde a su calidad. Sobre 30€ por persona.

Trattoria Florida: una señora pizza

No podemos decir que estamos ante una nueva obsesión de las nuestras, como la de la tortilla o las croquetas, pero en los últimos post hemos estado probando más pizzas de lo habitual y empezando a colocar cada una en un puesto en nuestra clasificación particular, casi como si fuera esto un reportaje de Cantabria DModa (ojalá El Perolo haciendo vídeos como aquellos que nos regalaba María Lemes). Desde luego, amamos la pizza al corte de Rosso Vero, nos hemos declarado fans de La tasca y hemos tenido una experiencia menos placentera en Vittorio o Masamadre. Otras incursiones no las contamos o las enumeramos, aunque en nuestras noches de perdición echamos de menos la pizza del simpático sirio de los soportales de Santa Lucía (un saludo allá donde estés).

Al lío. Como ya habíamos probado la pizza en otras ocasiones y sus considerables dimensiones, pensamos en variar la comanda y probar alguno de los entrantes de la carta. Aunque, bien pensado, la idea no fue la mejor, porque si las pizzas resultan notables, las entradas aprueban justo.

La ensalada César es correcta pero, al igual que el 95% de las César que probamos se aparta de la receta canónica, pues no catamos ni un rastro de la salsa Worcestershire. Por su parte, las parmiggiana de berenjenas -que no berenjenas a la parmesana– resulta estar demasiado aliñada y condimentada, y el pedazo de mozzarella no aporta mucho, sin integrase con el resto de la receta.

Berenjenas

Las pizzas, como os hemos adelantado, resultan notables, aunque sin llegar a sobresalientes. En otras ocasiones hemos probado variaciones más clásicas, como la margarita, cuatro quesos o la de anchoas, todas ellas bastante equilibradas y buenas, pero esta vez nos fuimos a rellenos más extravagantes e, incluso, censurables. En todo caso, las pizzas comparten una masa sabrosa y de buen olfato, fina y crujiente en los bordes, pero consistente en el centro, de manera que cuando separas una porción esta se mantiene firme y no se desmorona.

En primer lugar, la pizza Corocols… perdón, Corocotta combina acertadísimamente una chistorra ligeramente picante con algo de queso de cabra, todo en cantidades cabales, de manera que no se satura el comensal con toneladas de queso y de más. Por otro lado, aunque no muy conformes con esta elección algunos de los comensales, la hawaiana -abrimos los paraguas ante la avalancha de haters- era correcta, aunque entendemos que no pintaba nada el maiz, pero era digna la combinación de piña y jamón.

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El buen tamaño de las pizzas hace que sea un pequeño reto terminar una por persona pero, si no se puede, el amable personal de sala rápidamente la empaqueta para la podáis desayunar al día siguiente.

Para rematar, en los postres una tarta de blanca de almendras que sin estar mala, tampoco la encontramos la gracia. Sí que nos gustó el pan que se ofrece, con la misma masa que la pizza. junto con una mantequilla que lo sirven.

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En resumen, el Florida podéis disfrutar, sobre todo, de una buena pizza, a unos precios razonables (con entrantes, postres y bebercio se puede arreglar con unos 16-18 euros), con un servicio atento en un local majo aunque con tendencia al ruido excesivo.

Os enlazamos su web para más información

Dirección: esquina de Cisneros con Florida, Santander

Cantidad: Nadie se extrañará de que pidas una caja para llevar lo que sobra
Calidad: Notable en las pizzas, aprobado en el resto
Presentación: Sin misterio, es pizza
Servicio: Atento y agradable
Precio: Correcto, entre 15 y 20 euros

Sumo, el novato que llego para reinar en el sushi santanderino

Este verano abrió en la C/ Castelar 11 de Santander, epicentro del STVismo, el Sumo, un local de comida japonesa para llevar y de venta de productos japoneses. La marca ya funcionaba con éxito en Bilbao y San Sebastián y ahora parece que ha llegado para triunfar en la Smartcity.

Para escribir este post hemos realizado 2 catas, en la 1ª pasamos por el local y en la 2ª pedimos a través  de Just Eat, el paraíso del vago. De las dos opciones os recomendáremos pasar por el local, ya que podréis componer vuestra propia bandeja por piezas.

Dejémonos de rollos y vamos directo a lo importante, la comida.

El primer plato del que os vamos a hablar son las gyozas, una especies de empanadillas, de la que hemos comido dos tipos; las de cerdo y las de gambas. Ambas resultaron sabrosas e incluso las pedidas a domicilio llegaron calientes. Quizá el defecto es que en la de cerdo no se aprecia apenas el sabor del cerdo.

Gyozas-cerdo

Otro plato que hemos probado han sido los Yakisoba de verduras, un tipo de fideo mas gordo que el spaghetti cocinado con verduras y salsa de soja. El resultado bastante aceptable teniendo en cuenta el tipo de local del que hablamos y lejos de esas parodias que encontramos en los supermercados.

yakisobas-verduras

Y por fin llegamos a lo serio… Uno de nuestros platos japoneses favoritos es el nigiri. En el sumo hemos pedido de atún, de pez limón y de langostino. En los tres casos estaban muy buenos, con el tamaño apropiado y el arroz tibio, algo crucial en este tipo de platos.

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Otro de los platos que hemos catado son los urumaki. El urumaki es un tipo de maki que está envuelto por arroz en vez de por alga nori. De estos hemos probado 3: el Robi, compuesto de atún, mayonesa picante, mango, aguacate y pepino. El Robi es genial con esa mezcla del salado del atún, el dulce del mango y el picante de la mayonesa, casi como una canción del verano… Sinceramente buenísimo.

El Naruto, compuesto de pez mantequilla, guindilla dulce, aguacate, trufa y pepino es otro acierto. La combinación de sabores es buenísima y se acentúa con la suavidad del pez mantequilla y la potencia de la guindilla dulce.

Urakami-naruto
El tercero fue el Ebi Fry, langostino en tempura, chipotle, queso, pepino y aguacate por fuera. Este fue el más flojo de los 3 aunque aprueba con nota. Su único defecto es que la tempura del langostino es poco perceptible, casi como la presencia de Rajoy en una cumbre de la UE.

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El sumo es recomedable al 100% y ahora mismo la mejor opción de comida japonesa de la ciudad. Mucho tendrán que espabilar el Kokoro y cia si no quieren quedar en fuera de juego.

Os dejamos enlace a su web para que podáis consultar su carta y horarios.

Cantidad: los tamaños de las piezas están bien.
Calidad: Notable. Sobresaliente para el Robi.
Servicio: En el local, quitando el cocinero, andan todos más perdidos que Honda en la F1.
Precio: El sushi bueno y barato por desgracia no existe. Los dos pedidos nos han salido a una media de 23€.

Anna: comer, beber, amar

Ni te has equivocado de blog, ni somos Carlos Boyero, ni vamos a escribir una crítica de la película de Ang Lee. Hoy os vamos a contar  lo que nos encontramos en el Anna, una cocina elaborada con cariño que se refleja en el resultado de cada plato.

Por situarnos un poco, señalar que el Anna está en la C/ Menéndez Pelayo en lo que toda la vida fue “el Segoviano”, y a su vez, es un spin off, como todos veis series no os explicamos que es, de lo que fue “la Nueva Torruca” sobre el que ya os dimos nuestra opinión.

La decoración es agradable pero sin alardes decorativos, lejos de moderneces y cuqui-moñerias . Tras una ojeada a la carta e intentar memorizar el gran número de platos ofrecidos fuera de ella, todos con precio lo que es fundamental para evitar sorpresa,  nos decidimos por pedir de entrante unas gambas a la plancha, un plato marcado por la calidad de la gamba. Sencillo y sabroso.

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Para los principales elegimos un Tataki de atún y una paletilla de cordero asada a baja temperatura.

El Tataki, un plato tan sencillo de elaborar como complicado de acertar con el punto exacto. En el Anna acertarón con la precisión de un clavadista de la costa de Acapulco . Una pieza de atún excepcional acompañado de una mayonesa de wasabi, que siendo muy suave, le daba ese punto de fuerza que a todos los que adoramos la cocina japonesa no nos puede faltar nunca. Un plato de sobresaliente.

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La paletilla ya a primera vista llamaba la atención. Se presenta deshuesada y acompañada de una patata asada. La carne estaba tan bien de punto que se deshacía en la boca. Un plato con un sabor intenso a cordero pero a la vez de gusto suave que no resulta para nada pesado, lo contrario que las elecciones catalanas.

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Ahora os preguntareis por los postres pero en está ocasión tuvimos que pasar aunque nos quede en pendiente una próxima visita para probarlos.

Si tuviésemos que dar nota al Anna, sería sin duda un notable alto pendiente de probar los postres para ver si la nota mejora.

El rango de precio con vino y postre estará entre 35-45 € por persona. Nosotros pagamos 56 € sin postre y bebiendo dos cervezas y dos vinos blancos.

Su web y su FB por si quereís echar un ojo.

Cantidad: correcta hasta para un perolero
Calidad: muy buena. Totalmente recomendable
Presentación: cuidada sin ser rimbombante
Servicio: atento y agradable.
Precio: 30€ por persona aproximadamente.

El Museo de la Música: sinfonía pastoral

Lo reconocemos. Hay días que nosotros mismos nos dejamos llevar por ese mismo sopor en el que a veces parece felizmente suspendida Santander  y acabamos  parando en los sitios de siempre, algunos glosados en este blog y otros, que son un placer culpable como las canciones de la Carrá, que nunca verán la luz.

Así, ante el riesgo de quedarnos sin novedades que contaros (y para que Galindo Berana no nos compare con Nacho Diego otra vez por publicar poco) salimos cuchillo y tenedor en mano a por El Museo de la Música.

Un coqueto localito, así como para salir en un video de Belle & Sebastian, cerca de la iglesia de los jesuitas, con una terracita cubierta en la entrada que seguro es una delicia en verano. La carta es cortita y al pie: raciones, arroces, pasta fresca y algo más. Por fortuna, no era uno de esos horrores plagado de palabros italianos mal puestos que te tiene que traducir el camarero.

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Para ir aplacando el hambre, tiramos de nuestros clásicos, croquetas y rabas. Sí, las tenemos más trilladas que los primeros discos de Los Planetas, pero nos gustan demasiado para dejarlas.  Las croquetas en este caso de bacalao nos convencieron, acompañadas de unos crujientes pétalos de remolacha, su consistencia a punto del desastre, su fino rebozado y el intenso sabor a bacalao levantaron severos murmullos de aprobación.

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Las rabas de chipirón, ricas pero un poco sositas: fritura correcta, bastantes rejitos, consistencia adecuada pero poco sabor.

Luego llegó la pasta fresca rellena, especialidad de la casa. Y aqui tenemos que dar una rotunda ovación al Museo de la Música, huyendo de salsazas convencionales y platos atiborrados de queso que saben todos a lo mismo: sonaban a clásico de la Motown entre tanta canción con autotune que predomina entre los platos de pasta.

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Los ravioli de pollo al curry, suaves y elegantes, acompañados de una salsa de vino reducido, sutil pero adecuada, que armonizaba a la perfección con el suave curry y el picante de alguna de las guindillas que salpicaban el plato. por su parte, las medias lunas de espinacas con su relleno de ricotta y el complemento de la rúcula con tomate templado fue una formula perfecta. Ningún ingrediente se imponía al resto y todos juntos creaban una mezcla inigualable. Podría parecer un plato más pesado que un casette de los chungitos en reproducción continua, pero salió más que airoso ya que no salías lleno hasta reventar.

Para cerrar, las medialunas de verdura apuntaban cosas interesantes con un pesto suave y nada estridente, pero tampoco podemos deciros más, que no queríamos dejar a una de nuestras simpáticas y queridas acompañantes sin cenar.

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Ponemos punto y final con los postres. La tarta de queso con almendras daba la talla, pero le sobraba el sirope de fresa, absolutamente inoportuno. La tarta de manzana estaba buena, con una cobertura de caramelo perfecta para tomar junto a la capa churruscada de manzana que cubría el bizcocho.

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Buenas raciones que, sumadas al vino Beronia, salieron a 23 euros por cabeza. Nada mal, para un local agradable y un servicio simpático y acogedor.

Os dejamos su Facebook.

Dirección: Calle San Jose, 9. Santander.

Cantidad: No te quedas con hambre, no
Calidad: Notable. Buena pasta fresca.
Presentación: Hay esfuerzo en el enplatado. Bien.
Servicio: Simpático y amable.
Precio: Adecuado a la calidad. Los hay más baratos pero bastante peores

Noche de Geisha en el Diluvio

Entre los peroleros hay un grupo, que no todos, de fanérrimos de  la comida japonesa que no desaprovechamos cualquier oportunidad que se nos presenta para devorar cualquiera de sus platos.

Esta oportunidad surgió de un cartel visto que indicaba que los jueves, viernes y sábado eran noche de sushi en el Diluvio, un afamado bar de pinchos del eje concéntrico del STVismo. Así que sin pensarlo mucho, tanto como Maricospe sus declaraciones, nos acercamos a comprar algo de sushi para llevar a casa.

Según entras al Diluvio, al fondo, han situado un pequeño mostrador en el que despachan tan suculento manjar. A nuestra llegada ya quedaba poca variedad, apenas 3 tipos de makis y algún uramaki o maki invertido, así que no tuvimos mucho donde elegir.

Tras echar un ojo y ver las ofertas disponibles elegimos 12 piezas: Primero unos makis de atún, quizás los más normalitos de los tres.

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Estos fueron seguidos por otros de foie, queso de cabra,  almendras caramelizadas y “topping” de compota de pera, una combinación que podría parecer rara pero que da un resultado excelente. Una grata sorpresa que os recomendamos probar.

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Para terminar elegimos unos makis de surimi, aguacate y queso crema. El surimi es un producto menor propio de esas ensaladas prefabricadas de comida rápida, pero que combinado con el queso y el aguacate queda un maki resultón.

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La experiencia con el sushi de la Geisha  fue muy positiva. Sin lugar a dudas repetiremos e intentaremos ir a primera hora para poder probar todas las variedades que ofrecen. Por ahora uno de los mejores sushi que hemos comido en Santander aunque nos falta probar más variedad.

Os dejamos el facebook de la Geisha y del Diluvio

Cantidad: Los maki tienen el tamaño perfecto
Calidad: Notable para lo que catamos por estos lares.
Servicio: Una dependiente atenta y agradable.
Precio: Con sus combinados de oferta resulta hasta barato para lo que estamos acostumbrados.

El Pantalán: amarre seguro.

En nuestros viajes nocturnos emulando al Capitán Cook por la hostelería santanderina hemos intentado cartografiar las siempre recortadas costas de las raciones. Sin embargo, era hora de enfrentarnos a accidentes geográficos más peligrosos y adentrarnos en los peligrosos menús, donde el riesgo de encallar con un buen estacazo en la cuenta acecha hasta los más crudos, como nos ocurrió en Las Portillonas.

Atraídos por el buen nombre de sus arroces, El Pantalán parecía una buena opción para el cabotaje, y su menú de 25 euros, sin posibilidad de opciones, o elecciones aunque atractivo y ajustado a bolsillos no excesivamente boyantes.  Así que nos adentramos en un local no muy grande pero bien espaciado, y agradable.

Levamos ancla con una ensalada de bacalao al pil-pil. Muy bien ligada la salsa, sin repetir ni destruir nuestro estómago, un poco sosito el bacalao y superfluo el acompañamiento vegetal verde, salvo un tomate al que le sentaba muy bien mezclarse con la salsa. No nos emocionó, pero no fue mal entrante.

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Luego, arribaron las croquetas de mejillones. Confesamos que somos más de las de producto cárnico, pero estas no estaba nada mal: correctamente fritas y crujientes, con buen sabor a molusco en una bechamel anaranjada que, si bien podía ser más fluida, no estaba mal trabajada. Un notable, sin duda.

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Para cerrar el generoso trío de entrantes -el tamaño daba para que todos probásemos y bien- unas verduras en tempura con salsa de soja. Todo correcto en cuanto al plato, pero, en opinión personalísma, encontramos el mismo por doquier, y empieza a resultar aburrido. Quizá darle una vuelta a la salsa o alguna innovación en las verduras daría más novedad al plato.

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Y llegamos a los platos principales. En primer lugar, media brocheta de merluza con verdura.  Para ser solo media brocheta resultaba más que grande y fue todo un éxito. Merluza en su punto, sin pasarse, calabacín y berenjenas tiernas, todo ello sazonado con unos cristales de sal carbonizada que encajaban a la perfección. Ovación.

Merluza_pantalan

Realmente hubiésemos quedado satisfechos con el menú si hubiese terminado aquí, pero todavía nos quedaba la última bordada: medio entrecot. Suave, tierno, sabroso, en el punto perfecto, acompañado de unas buenas patatas y de unos finísimos pimientitos verde. El remate perfecto.

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Cerramos con una tarta de queso con helado de frutos rojos. Otro notable alto para El Pantalán, donde una base bien formada combinaba con un relleno rico y homogéneo. Como detalle final, cafés y orujos incluidos en el el menú, que viene regado por un Ribera crianza cumplidor.

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En definitiva, amarrar nuestro perolo al Pantalán es una opción segura en los días de tormenta, queridos grumetes, digo lectores. Calidad y buenas cantidades aseguradas, a un precio muy bueno en relación a lo que ofrecen.

Su web y Facebook

Dirección: Calle Bonifaz, 21. Santander.

Cantidad: satisface a estómagos grandes.
Calidad: una buena apuesta.
Presentación: cuidada, sin pasarse de moderna
Servicio: Atento y eficiente.
Precio: 25€, precio cerrado con vino y cafés.