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La Catedral y el pecado de la tortilla

Nueva temporada, viejos propósitos. En el Perolo no cedemos y permancemos firmes en nuestro empeño de probar todos los pinchos de tortilla posibles y seleccionar los mejores ejemplares.En esta nueva entrega de nuestra magna obra -Systema Tortillarum podríamos llamarla en honor a Linneo– tropeamos con un ejemplar particularmente pétreo en La Catedral.

Para los más despitados, La Catedral es la cafetería con terraza dela Plaza de las Atarazanas que extiende su terraza a la sombra de la sede episcopal. Nos figurábamos que tenía que ser buena plaza, estando rodeada de oficinas, dependencias oficiales y, como no, eclesíasticos. El encontrar un par de sotanas en el local nos parecía buena pista, dada la secular afición de aquellos por los placeres de la mesa.

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Nada más lejos de la realidad, queridos lectores. La tortilla aunque de buen aspecto y punto adecuado de cuajado, presentaba la patata en cubos regulares. La maldición de la tortilla se encontraba en esos dados de patata -el juego siempre fue cosa del demonio- que seguían duros como piedras frente a la fritura. Una cosa es que la patata conserve cierta textura y otra es que cruja como si masticásemos arena.

Concluyendo, nos encontramos ante una tortilla que podía puntuar muy alto en nuestras listas pero arruinada por una patata cruda y pedregosa. Piedras que, en este caso, no servirán para edificar una iglesia del buen desayunar.

Cantidad: buen tamaño.
Calidad: excomunión.
Presentación: clásica.
Servicio: rápido.
Precio: 2'70 € con café.

 

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Gómez diFusiooooooon

Me llama un amigo  para tomar un café y resulta que quedamos en uno de los nuevos centros neurálgicos del STVismo, Goméz Fusión. Situado en el Paseo de Pereda junta,  panadería y cafetería, y de aquí a no muchos años sustituirá al Suizo como geriátrico.

Como esto no es un blog de decoración no describiremos esa decoración de “elegancia” mal entendida apropiada para ir a juego con el local de Mikeli,  de un poco más adelante y del que sólo puedes esperar que salga un resucitado Jesús Gil.

Centrémonos… para desayunar me pedí un mediano y un pincho de tortilla con bonito y mahonesa.

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A la mesa nos llegó un pincho de tortilla que ya tenía un color un poco de enfermuco recién recuperado.

A estas alturas ya  os estaréis preguntando si estaba buena  y  ¿qué queréis que os diga? Como su color, el sabor era un poco de hospital, algo insulso y prácticamente insípido.

¿Estaba mala? Pues no, pero cómo va a estar malo algo que no sabe a nada…

En defensa del local señalaremos una gran atención y que el café estaba bueno. Saquen sus propias conclusiones.

Cantidad: normal.
Calidad: hospitalaria.
Presentación: corte milimétrico.
Servicio: Muy bueno y amable.
Precio: 2,55 € café y pincho.

La Cañía: potencia nuclear

A pesar de las muchas decepciones y sobresaltos, en El Perolo seguimos con nuestra incansable búsqueda y clasificación de aquellos pinchos de tortilla que merezcan la pena darse un paseito a la hora del café. Casualidad, o no, nuestra última excursión por el cogollito del Santander más fino se saldó con un verdadero muro de las lamentaciones en forma de tortilla-ladrillo en el Santemar. Así que, preocupados porque en lo más elegante y atestado en verano de nuestra ciudad no pudiésemos encontrar una buena tortilla digna, decidimos probar con uno de los clasicazos de la zona: La Cañía.

Pocos sitios con más solera en el Sardinero podemos encontrar: aquí miles y miles de personas se han tomado el último café (o tila) antes de enfrentarse a la hercúlea prueba de aprobar el carné de conducir en una ciudad en la que las interminables cuestas y rotondas hacen las delicias de los examinadores más sádicos, que pasean a los aspirantes por los más increíbles vericuetos con saña y demencia propias del mismísimo Edward Hyde.

Como somos fáciles de autoconvencernos, pensábamos que la tortilla seguramente sería buena, pudiendo ejercer tanto de recompensa al triunfador como de consuelo al derrotado. Por desgracia para nosotros, pasamos en un momento en el que, maldito destino, la única tortilla disponible era de paleta ibérica y alioli. No es la primera vez que probamos la combinación pero, desde luego, no está en nuestras favoritas.

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Desmenucemos la tortilla. Partimos de una base bastante cuajada, aunque sin llegar al ladrillismo más extremo. Aunque somos partidarios de tortillas más cremosas, somos conscientes de que la tortilla cuajada tiene sus buenos adeptos y que, si se consigue mantener en un punto de jugosidad adecuado puede tener una calidad aceptable. Este era el caso, aunque un puntito más de fritura a las patatas o la cebolla hubiese hecho del conjunto algo  más sabroso y rico en matices.

Respecto de la cobertura, la potencia nuclear del alioli anula cualquier posibilidad de un veredicto positivo. Ese alioli extremadamente fuerte hace que, durante varias horas tu paladar y lenguas parezcan arrasadas por un ensayo balístico iraní, donde cualquier paluego es una pequeña tortura. La paleta, además, se sirve en una loncha imposible de negociar con ella: difícil de partir, así que hay que comerla de una vez o realizar complejas maniobras de corte con instrumental propio de Bricomanía.

Del café no os podemos decir nada, porque nos sabía a alioli. Palabra.

En definitiva, podría ser una tortilla decente cuajada pero el misil que lleva por cobertura anula cualquier posible juicio positivo. Esperemos probar alguna de las otras variedades y que reserven esta para acabar con los vampiros: seguro que Van Helsing daría buen uso de ella.

Dirección: Joaquín Costa, 45. Santander

Cantidad: tamaño decente. 
Calidad: El alioli extremo anestesia la boca como el listerine.
Presentación: Es una tortilla.
Servicio: Profesional.
Precio: 290 céntimos de vellón. 2'90 euros. Un pasote.

Santemar: el muro de las lamentaciones tortilleras

La tortilla, por origen e ingredientes es, esencialmente, un plato popular, hasta paleto para los más retrógrados. Así, haciendo recuento de nuestras experiencias tortilleras, vimos que no teníamos probada ninguna tortilla de ese mundo de pan blanco que es el uptown santanderino, a salvo de alguna incursión en Valdenoja  Cueto. Así, nos presentamos en uno de los núcleos duros e irradiantes del Sardinero: el Santemar, Joaquín Costa, allí donde se respira a Lacoste y brillantina, junto a perennes iconos santanderinos como el Amarras, Diferente o el Pepé.

A título personal, no hemos encontrado ninguna tortilla en los buffets de los hoteles decente, no digamos digna. Así que encarábamos la vista a la cafetería del ilustre hotel con miedo. Y, desde luego, todo no fue ganas de cantar como el personal del hotel en su último villancico navideño.

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Más bien lo contrario. La tortilla es un importante mazacote, demasiado cuajada en nuestra opinión, en el que la patata está planamente frita (casi diríamos que cocida) y su interacción con el huevo es nula, resultando ser un muro de mampostería en el que el huevo es la argamasa que tímidamente custodia el tubérculo, pero sin cohesión, con esa extraña humedad que se les queda a algunas tortillas, como podéis apreciar en la foto siguiente la sección y corte de la misma. Un verdadero muro donde lamentar todas las tortillas indignas que en el mundo han sido.

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La cobertura -en este caso bonito con mayonesa- ni bien ni mal: no era excesiva en mayonesa pero en algunos puntos el bonito andaba escasamente desmigado.

Al menos, el café sí es decente, pero ello no justifica el sobreprecio (2,80 €) de una tortilla francamente mejorable, más en un establecimiento que en las casetas de Semana Grande siempre ha rayado a un buen nivel. Si, como decía Avi en Snatch, hablar bien no cuesta una puta mierda, lo mismo podemos decir de hacer una tortilla en la cafetería de un establecimiento de categoría.

Cantidad: normal y correcto.
Calidad: al nivel de su villancico.
Presentación: clásica.
Servicio: atento.
Precio: 2,80 € café + pincho. Caro.

Escudero: Se hacen tortillas al caminar.

Varios lectores nos habían pedido que fueramos a la cafetería Escudero a probar sus tortillas, sustento de la mayoría de los estudiantes de ciencias de la Universidad de Cantabria durante varias generaciones. Sus pinchos han saciado más necesidades que una beca de comedor, y nos comentaron que además tenían un precio imbatible. Nos contaban que su oferta económica era más insuperable que la de las obras de Valdecilla. Por lo menos aquí ya estaba abierto el bar.

No lo dudamos y en el primer hueco libre que tuvimos fuimos a ver qué se cocía en este bar con solera en la avenida de los castros. Al entrar vimos la barra repleta de tortillas de diferentes colores, sabores y texturas. Pero vamos a realizar la prueba justa para el santanderino de náuticos y slam: atún con mayonesa. En un alarde  matemático que ni al número 1 de la promoción de industriales se le hubiese pasado (salvo que le gustase la gastronomía tanto como nosotros) pedimos el último pincho de esta especialidad; siempre queda el último como el más grande.  Y eso no hay beca Marie Curie que lo discuta.

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El pincho está bien de sabor, sin alardes, no está muy hecha siguiendo el estilo de las tortillas del norte de España/Invernalia y posee una “boina” justa de ingredientes pero sin quedar escaso de atún y mayonesa. En el “debe” tendremos que mencionar su poca altura, aunque no llega a tipo “plantilla de zapato” y su excesiva pizca de sal.

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Pero poner “peros” a una tortilla que lleva año tras año vendiéndose como churros es un ejercicio de opinión un poco absurdo; vamos, que es más realista la declaración de hacienda de la familia Pujol que nuestra cata de un sólo día. Además, amigos, el precio, pero qué precio. Ni Black Friday ni campañas de El Corte Inglés, café (mediano o grande) con pincho por dos euros. Así no puedes pedirles más. El precio más competitivo que conocemos. En la facultad de económicas no triunfarán con su agresiva política de precios. Por algo están al final de la avenida. Ojalá sigan así.

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Dirección: Av. de los Castros, 53, 39005 Santander, Cantabria

Cantidad: Buen tamaño para un funcionario.
Calidad: Bien. No tiene que ir a la convocatoria extraordinaria.
Presentación: ¿Estamos en un estrella michelín? Pues eso.
Servicio: Nueva mejor marca del año en velocidad.
Precio: Más barato que el precio del petróleo.

Flamenquito a media mañana

No, no vamos a hablaros de un restaurante andaluz. Realmente hemos utilizado esa técnica tan de moda en muchos “digitales” (¿?) cántabros de poner un titular de impacto y luego fusilar un teletipo. Pero claro, luego lo hemos pensado mejor y además del titular os contaremos alguna cosa más de ese momento tan especial en nuestras vidas como es el pincho de media mañana.

“Los Flamencos” es un café-bar que está en la calle Alta,  y que nos imaginamos que tiene ese nombre más bien por esas aves que viven plácidamente en el Parque de Doñana, siempre eso sí que no caiga una granizada ciclogénica o que alguna empresa contaminante ejerza de tal y les llene de mierda las lagunas que habitan.

Vaya rollo para hablar de un pincho de tortilla. Vamos al lío. La verdad es que no es un sitio de paso, que te pille a mano en medio de tus gestiones por el centro de Santander. Sin embargo cuando a un perolista le asalta el hambre lo importante es lo importante, y hay que tener prioridades, ergo hay que llenar el buche como sea.

Nos cogió la visita a media mañana, y el local estaba atestado de parroquianos que llenaban tanto la barra como las mesas del exterior. A la vista de los pinchos nos aventuramos a probar uno de tortilla coronado por jamón y queso junto al pertinente café mediano para facilitar la deglución.

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La tortilla, que aunque no lo parezca tenía ya no menos de una hora de vida, cumplía los canones de la belleza perolera. Jugosa, puntillo leve de cebolla, patata en su punto (ni cruda ni pasada de fritura), y quizás, por poner un pero, un pelín salada. Nos gustó.

El pan, del día, ya empezaba a perder la textura crujiente aunque todavía a esa hora era cumplidor. El café, muy bueno. En su conjunto fueron los ingredientes perfectos para que los apenas cinco minutos que empleamos en engullir sólido y líquido fueran más que placenteros.

Y encima todo por 2,20, lo que para la media perolera (2,50) lo sitúa en la órbita de los sitios que merece la pena visitar. A ver, no es una zona típica de picoteo, ni es céntrico del todo, así que realmente si váis es únicamente por probar el pincho. Vosotros mismos, al menos no tendréis que pedir un crédito para pagarlo.

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Dirección: Calle Alta, 48, 39008 Santander, Cantabria

Cantidad: Correcta.
Calidad: Pasa el corte ampliamente.
Presentación: Cumple nuestros cánones.
Servicio: Era hora punta, desbordados.
Precio: Café con pincho 2,20€. Si se puede.

 

El Diluvio: La tortilla cantarina

Día de “recaos” por el centro, de pasar de ventanilla en ventanilla, del “vuelva usted mañana”, o del “se ha ido a tomar el café”, y mientras pasan las horas sin terminar lo que te habías propuesto. Pues también nos toca parar 5 minutos y poder realizar el re-desayuno, nada de brunch ni moderneces sacadas de la manga para clavarte un desayuno continental.

Nosotros decidimos parar en el “Diluvio”, local que ya visitamos en otra ocasión pero para probar su versión más oriental con el sushi que nos ofrecieron y que fue bastante satisfactorio. Este bar, justo enfrente del mercado-bar-restaurante-discoteca-yfuturomuseodelEste, famoso por sus pinchos y también lugar de paso y disfrute de mucha gente guapa de la city, o lo que llamamos el “STVismo”.

Su tortilla es de las más conocidas fuera de Santander, y ya era raro que nosotros no parasemos por ahí para ver lo que se cocía en los fogones. Esta vez volvió el reportero “crudivegano” del blog y pidió un pincho de tortilla vegetal, aunque tenían varias especialidades de las más clásicas de bonito y mayonesa, jamon y queso o setas. El pincho era generoso, por lo que desde el principio estábamos más optimistas ante nuestro juicio que la Infanta Cristina en la audiencia de Palma. Sobre la calidad, la tortilla estaba buena pero sin ser excelente. Ayudó bastante a que estuviese templada y a que poseía poco cuajo. La “boina” vegetal estaba bien, aunque el no afanarse en el secado de la lechuga y el tomate hacía algo escurridizo el pillar verde en los bocados. Destacamos nuestro agradecimiento por echar la lata entera de bonito por encima, pero sinceramente no sabemos cual era su utilidad ahí, vamos, cómo Ciudadanos en el ayuntamiento o Podemos en el parlamento. Si al final el resultado va a ser el mismo, el de toda la vida.

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Resumiendo, la tortilla de “El Diluvio” está muy buena aunque no sobresaliente, pero cumple y mucho. Además tiene un precio bastante atractivo. Seguramente en otra ocasión probaremos versiones más excéntricas, como su tortilla con callos, pero eso será para estómagos más fuertes.

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Calle de Ataulfo Argenta,14, 39004 Santander.

Cantidad: Generosa. Para poder gastar el mendrugo de pan.
Calidad: Buena, aunque nosotros no la consideramos "Champions"
Presentación: Decente. Nada de extravagancias.
Servicio: Muy bien. Comanda y cobro a toda leche. Cómo queremos.
Precio: Mediano y pincho: 2,50 €. Perfecto para hacerte parroquiano del lugar.