La Cañía: potencia nuclear

A pesar de las muchas decepciones y sobresaltos, en El Perolo seguimos con nuestra incansable búsqueda y clasificación de aquellos pinchos de tortilla que merezcan la pena darse un paseito a la hora del café. Casualidad, o no, nuestra última excursión por el cogollito del Santander más fino se saldó con un verdadero muro de las lamentaciones en forma de tortilla-ladrillo en el Santemar. Así que, preocupados porque en lo más elegante y atestado en verano de nuestra ciudad no pudiésemos encontrar una buena tortilla digna, decidimos probar con uno de los clasicazos de la zona: La Cañía.

Pocos sitios con más solera en el Sardinero podemos encontrar: aquí miles y miles de personas se han tomado el último café (o tila) antes de enfrentarse a la hercúlea prueba de aprobar el carné de conducir en una ciudad en la que las interminables cuestas y rotondas hacen las delicias de los examinadores más sádicos, que pasean a los aspirantes por los más increíbles vericuetos con saña y demencia propias del mismísimo Edward Hyde.

Como somos fáciles de autoconvencernos, pensábamos que la tortilla seguramente sería buena, pudiendo ejercer tanto de recompensa al triunfador como de consuelo al derrotado. Por desgracia para nosotros, pasamos en un momento en el que, maldito destino, la única tortilla disponible era de paleta ibérica y alioli. No es la primera vez que probamos la combinación pero, desde luego, no está en nuestras favoritas.

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Desmenucemos la tortilla. Partimos de una base bastante cuajada, aunque sin llegar al ladrillismo más extremo. Aunque somos partidarios de tortillas más cremosas, somos conscientes de que la tortilla cuajada tiene sus buenos adeptos y que, si se consigue mantener en un punto de jugosidad adecuado puede tener una calidad aceptable. Este era el caso, aunque un puntito más de fritura a las patatas o la cebolla hubiese hecho del conjunto algo  más sabroso y rico en matices.

Respecto de la cobertura, la potencia nuclear del alioli anula cualquier posibilidad de un veredicto positivo. Ese alioli extremadamente fuerte hace que, durante varias horas tu paladar y lenguas parezcan arrasadas por un ensayo balístico iraní, donde cualquier paluego es una pequeña tortura. La paleta, además, se sirve en una loncha imposible de negociar con ella: difícil de partir, así que hay que comerla de una vez o realizar complejas maniobras de corte con instrumental propio de Bricomanía.

Del café no os podemos decir nada, porque nos sabía a alioli. Palabra.

En definitiva, podría ser una tortilla decente cuajada pero el misil que lleva por cobertura anula cualquier posible juicio positivo. Esperemos probar alguna de las otras variedades y que reserven esta para acabar con los vampiros: seguro que Van Helsing daría buen uso de ella.

Dirección: Joaquín Costa, 45. Santander

Cantidad: tamaño decente. 
Calidad: El alioli extremo anestesia la boca como el listerine.
Presentación: Es una tortilla.
Servicio: Profesional.
Precio: 290 céntimos de vellón. 2'90 euros. Un pasote.
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