Papanao: En este contenedor hay buena mercancia.

Santander se encuentra en invierno con su “día de la marmota” particular: ciclogénesis explosivas, proyectos fantasma que podrán a la ciudad en la vanguardia internacional, discusiones sobre si hay que soltar pasta al racing o la crisis de la hostelería hasta que llegue el buen tiempo y semana santa. Bueno, este año, sobre el aspecto meteorológico podríamos discutirlo, pero en general parece que por el número de amaneceres soleados del Padre Mariano y del Tomavistas, estadísticamente ha hecho mucho mejor que otros años.

Este buen tiempo anima también a frecuentar los bares, y además ahora un poco menos llenos después del “tsunami” navideño. Todos hemos comenzado la dieta que cómo jubileo lebaniego (en 2017 hablaremos de ello, todo sea por pillar subvención) nos perdone nuestros pecados de gula pasados. Así que nos lanzamos a la calle y estuvimos en un local que precisamente, durante las pasadas fiestas estuvo a reventar entre benjamines de cava y raciones de rabas. Se llama “Papanao”, y desconocemos el origen del nombre, aunque suponemos que no tenga relación ni con antiguos locales “explosivos” ni con horrorosos estribillos (y lo sabes) que se pusieron de moda por cantantes en su senectud.

Es un local nuevo, en pleno centro y desde fuera se ve la intención de ofrecer que quieren ser algo diferente a lo que hay alrededor: su fachadas representa varios contenedores de puerto apilados. Así no hay motivo para no localizarlo. Fuimos sin reserva y rápidamente nos encontraron hueco (igual que la mierda de Guipúzcoa en el vertedero de Meruelo) para poder cenar.

Su carta está compuesta por raciones y algún plato para compartir pero es corta y concreta. Al ser 3 personas para cenar preferimos pedir medias raciones para poder probar un poco de todo y así ver cómo se manejan en cocina. Avisamos sobre el tamaño de la ración porque realmente eran grandes y así tenéis cuidado al elegir; no vaya a ser que tengáis que pedir un tupper al final de la cena y esto no es la casa de vuestra madre.

Comenzamos con uno de los platos por antonomasia para empezar una cena: el pudding de cabracho.  Pobre pez, siempre destinado a ser triturado para untarlo.  Abocado a su exterminio, como un congreso de UPyD. Normalmente no hay mucha complicación en elaborarlo, y el personal no le presta ni la más mínima atención: a engullirlo. En el caso de “Papanao” resalta su textura, punto justo para el unte en el pan pero sin ser papilla, consistente, sabor más fuerte que la media y con una mayonesa casera de rechupete. Sorpresa entre los peroleros por este buen plato.

Papanao_cabracho

Vamos a por la segunda media ración: rejos. Aunque en la carta informaba de rabas de calamar, el camarero, muy atento, nos informó que sería esta variedad la que serviría. Y fue un acierto. Un rejo “triscón”, con una fritura crujiente, nada grasienta, y como complemento un pequeño bol con ali-oli. Esta combinación está empezando a ser más frecuente de los habitual. Parece que ya no quedan suficientes rodajas de limón para los Giin-Tocnics y hay que redistribuir la producción. Aún así, estos rejos estaban de vicio.

Papanao_rejos

Y ahora, señoras y señores, viene la prueba de verdad: las croquetas. Pedimos las de jamón, las más clasicas. Presentada sobre una cama de patatas paja que aportaban menos que una comida de fraternidad en Podemos Cantabria, las croquetas estaban buenas. No llegan al punto de premio propio de nuestro blog y seguramente, de otros galardones que se han repartido sobre la masa de bechamel empanada (tranquilos que también iremos a hacer nuestra cata) pero cumplen y con nota. Además del minipunto a favor del regusto a nuez moscada. Un arte el de hacer croquetas que parece que si saben hacer en Papanao.

Papanao_croquetas

El plato principal y fin de la cena fue su solomillo a la plancha. Media ración acompañada de patatas fritas caseras y pimientos hechos también en la sarten. Aunque se les pasó pedir el punto en el que queriamos la carne, lo que nos ofrecieron estaba bastante bueno. La carne estuvo bien elaborada y sazonada. La guarnición también fue un acierto y estaba sabroso.

Papanao_solomillo

En definitiva, salimos del bar más contentos que Rita Barberá cuando se enteró que es aforada. El local es apetecible, las raciones son grandes y generosas, el servicio que nos atendió y colaborador, y la comida que se ofreció estaba bastante buena. El precio fue más barato que lo que esperamos aunque no pedimos postre (el elemento que infla las facturas más que un Palma Summit) y las bebidas no fueron de categoría premium.  Papanao ha entrado y muy fuerte en la guía “vamos a tomar unos vinos” de esta ciudad.

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Dirección: Hernán Cortés, 22. Santander

Cantidad: Sus medias raciones en otros bares son completas. 
Calidad: Muy bien. Ingredientes y elaboración de alto copete.
Presentación: más cuidada que un reportaje fotográfico del ¡Hola!
Servicio: Simpáticos y colaboradores. Con ganas de hacerlo bien.
Precio: 12 €/persona con dos copas de vino, una cerveza y agua. Atractivo para comer bien.

Santemar: el muro de las lamentaciones tortilleras

La tortilla, por origen e ingredientes es, esencialmente, un plato popular, hasta paleto para los más retrógrados. Así, haciendo recuento de nuestras experiencias tortilleras, vimos que no teníamos probada ninguna tortilla de ese mundo de pan blanco que es el uptown santanderino, a salvo de alguna incursión en Valdenoja  Cueto. Así, nos presentamos en uno de los núcleos duros e irradiantes del Sardinero: el Santemar, Joaquín Costa, allí donde se respira a Lacoste y brillantina, junto a perennes iconos santanderinos como el Amarras, Diferente o el Pepé.

A título personal, no hemos encontrado ninguna tortilla en los buffets de los hoteles decente, no digamos digna. Así que encarábamos la vista a la cafetería del ilustre hotel con miedo. Y, desde luego, todo no fue ganas de cantar como el personal del hotel en su último villancico navideño.

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Más bien lo contrario. La tortilla es un importante mazacote, demasiado cuajada en nuestra opinión, en el que la patata está planamente frita (casi diríamos que cocida) y su interacción con el huevo es nula, resultando ser un muro de mampostería en el que el huevo es la argamasa que tímidamente custodia el tubérculo, pero sin cohesión, con esa extraña humedad que se les queda a algunas tortillas, como podéis apreciar en la foto siguiente la sección y corte de la misma. Un verdadero muro donde lamentar todas las tortillas indignas que en el mundo han sido.

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La cobertura -en este caso bonito con mayonesa- ni bien ni mal: no era excesiva en mayonesa pero en algunos puntos el bonito andaba escasamente desmigado.

Al menos, el café sí es decente, pero ello no justifica el sobreprecio (2,80 €) de una tortilla francamente mejorable, más en un establecimiento que en las casetas de Semana Grande siempre ha rayado a un buen nivel. Si, como decía Avi en Snatch, hablar bien no cuesta una puta mierda, lo mismo podemos decir de hacer una tortilla en la cafetería de un establecimiento de categoría.

Cantidad: normal y correcto.
Calidad: al nivel de su villancico.
Presentación: clásica.
Servicio: atento.
Precio: 2,80 € café + pincho. Caro.

La mar brava: un viaje al Perú

No somos grandes peritos en El Perolo en cocinas del mundo más o menos exóticas -salvo algún escarceo con el sushi o los mexicanos, con ilustre padrino en el segundo caso- pero no por ello podíamos ignorar que en el pasado año han comenzado su andadura varios establecimientos dedicados a una de las cocinas más de moda en este momento: la peruana. Así, un poco sin saber qué íbamos a encontrar, nos plantamos a comer en La Mar Brava, un peruano situado por la zona de la Avenida de los Castros que, en un sitio un poco escondido, ocupa el lugar de un antiguo bar de barrio.

La carta, no muy larga, se basa, como no podía ser de otra manera, en especialidades peruanas, con especial atención a cebiches, pero también a algún clásico de aquí, como las rabas o los rejos, pasados por un filtro de allí. Como andábamos un poco perdidos, el cocinero, ejerciendo también por momentos de camarero, nos recomendó. Y, tras una pequeña espera entretenida con una rica Cusqueña, cerveza negra del Perú, pudimos comprobar que acertó de pleno.

Abrimos el viaje con un tamal. Este platillo, como dice al otro lado del charco, tiene versiones en toda iberoamérica. En este caso, sobre una hoja de plátano -que le da un toque exótico a la presentación– una especie de masa de maíz, al borde del desastre de blanda, custodia unos pedazos de carne de cerdo muy sabrosa, algunas aceitunas y trocitos de ají que aportaban su picantillo. Como acompañamiento, corona el tamal una generosa cantidad de cebolla morada, marinada con limón y cilantro, lo que resta algo de la agresividad del bulbo. El conjunto combina muy bien sabores más dulces como el del maiz, la carne de cerdo más salada, picantes como el ají y, el ácido y el frescor de la cebolla con cilantro.

TamalComo segundo, prescindimos del tan traído cebiche y nos inclinamos por una de las especialidades chifa, esto es, la cocina que los cantoneses que emigraron a Perú adaptaron a los ingredientes y gustos locales: el arroz chaufa, en este caso, de pollo. Nos presentaron una pequeña gran pirámide de un arroz de grano largo, muy suelto, ligeramente tostado y muy bien especiado con pequeños trozos de pollo, cebolleta, pimiento y toques de jengibre. No penséis en un arroz frito de un chino cualquiera, pues este no resulta nada graso y es sutilmente aromático. Los aventureros de la escala de Scoville pueden probar a acompañarlo de una salsa de ajíes de potencia verdaderamente atómica.

Arroz chaufa

Para cerrar, una tarta de tiramisú al pisco. Si bien no estaba tan estupendo como los anteriores, el bizcocho borracho con el queso crema fueron una combinación bien resultona para cerrar.

Tiramisú pisco

En definitiva, estamos ante un local modesto pero agradable, con personal muy atento y un precio razonable. Una buena y sabrosa opción para iniciarse, sin prisas, porque el servicio no es especialmente rápido, en la comida peruana en un sitio que, a buen seguro, transportará a sus compatriotas al otro lado del Atlántico en los días de nostalgia

Dirección: Ramón Saénz de Andana, 17. Santander

Cantidad: Abundante, las raciones son buenas para compartir
Calidad: Notable, conocen bien su oficio.
Presentación: Sencilla sin renunciar a sus raíces.
Servicio: No es el más rápido pero es muy atento y aconseja.
Precio: Por poco más de 15 euros comes mucho.