El teatro: una obra bien ejecutada

El Teatro de Astillero es un local que ya lleva bastantes años ofreciendo buenas actuaciones… gastronómicas así que tocaba pasar por allí para hacer la crítica perolera. Describo nuestra última visita pero ya habíamos estado más veces y el resultado es similar así que podemos fijar que ésta es la línea habitual.

El restaurante está situado en la calle principal de Astillero (prácticamente delante del Ayuntamiento) y tiene una decoración agradable; es además de un sitio para comer un buen punto vermouthero y con variedad de vinos.

La primera toma de contacto fue con el pan, y no fue positiva, que vale que era festivo, pero no puedes plantar un bollo que no parezca de esa misma mañana, porque ya te predispone de una manera ante la comida. Cada vez más restaurantes le dan importancia a este detalle pero no fue el caso. Veremos si remonta cuando llegue el resto de la comida.

Para ir abriendo boca nos sirvieron un puré de verduras en su punto, pero que por la cantidad que te daban te dejaba claro que aquello no iba a ser una tarea para pusilánimes.

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En la lista de platos nos fallaron nuestras obligatorias croquetas así que optamos por una cecina de león que cumplió perfectamente. Un acierto servirla sin aceite y con aceitera para complementar al gusto,  en este plato hemos visto de todo en cuanto a la cantidad de óleo.

A continuación una ración de pulpo en la que se les había ido la mano con la cocción; el sabor era bueno pero cuando metes un trozo de pulpo en la boca esperas un poco de oposición y no que se deshaga si lo aprietas con la lengua contra el paladar. Lo de hacer oposición ya hemos comprobado que sólo se hace, o se aparenta, cuando hay elecciones próximamente.teatro_pulpo

Lo siguiente que nos sirvieron fueron unas gambas rojas de Palamós que hicieron que se nos saltaran las lágrimas… al acabarse ¡qué barbaridad de plato!. Para el perolero que escribe, que nunca se ha alejado mucho de Polaciones capital, fue todo un espectáculo. Y si hay que chupar cabezas se chupan, faltaría más. Lástima que era un plato de fuera de carta, crucemos los dedos para que lo incluyan como uno de los habituales.teatro_gamba_palamos

Después de estos entretenimientos que nos dejaron con una buena sensación es hora de empezar con los platos principales: uno de ellos fue una ensalada de lechuga y tomate que, salvo que era una buena cantidad, no tenía nada que reprochar ni que aplaudir. Vale que ya no estamos en verano pero seguro que en estas fechas podemos encontrar alguna variedad de tomate que le de alguna gracia singular al plato.teatro_ensalada

El solomillo de buey a la plancha impecable,como lo pedimos: muy poco hecho, he arreado vacas que tenían menos vida que lo que nos llenaba el plato. La temperatura perfecta, la calidad de la carne muy buena y la sal gorda en la cantidad adecuada, es lo único que queremos los que pedimos la carne “como dios la trajo al mundo”. No hay foto porque si la ponemos nos obligarían a calificar el blog como para “mayores de 18 años”.

Para terminar un rabo de vaca estofado con relleno de queso. La carne parecía buena pero el exceso de salsa, de queso, de guarnición lo convertía en algo demasiado denso.teatro_rabo_vaca

Para rellenar los últimos huecos unos helados de yogur y de galleta que cayeron estupendamente en nuestras orondas panzas y el postre obligado en cualquier visita al teatro: sopa de frambuesas con helado de yogur; imprescindible.teatro_sopa_de_frambuesas

Con todos los avíos necesarios para complementar la comida (agua, pan, vino, café) salimos por unos 100€, en la franja alta pero dentro de nuestras previsiones pre-cuenta (solemos jugar a ver quién se acerca al importe final de la cuenta en función de cómo hemos comido y antes de que llegue la cuenta).

Una comida buena aunque con algunos platos que se quedaban en el aprobado,  en mi opinión quizá pecan de una carta excesivamente larga como para triunfar con todo.

El teatro están en Astillero en la c/ San José 37 y su teléfono es 942559565. La web del teatro es www.restauranteelteatro.com

Cantidad: Abundante. Si te quedas con hambre... tienes un problema y lo sabes.
Calidad: Buena.
Presentación: Cuidada pero sin florituras.
Servicio: Agradables y currantes.
Precio: No es para todos los días pero vale lo que pagas.
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Flamenquito a media mañana

No, no vamos a hablaros de un restaurante andaluz. Realmente hemos utilizado esa técnica tan de moda en muchos “digitales” (¿?) cántabros de poner un titular de impacto y luego fusilar un teletipo. Pero claro, luego lo hemos pensado mejor y además del titular os contaremos alguna cosa más de ese momento tan especial en nuestras vidas como es el pincho de media mañana.

“Los Flamencos” es un café-bar que está en la calle Alta,  y que nos imaginamos que tiene ese nombre más bien por esas aves que viven plácidamente en el Parque de Doñana, siempre eso sí que no caiga una granizada ciclogénica o que alguna empresa contaminante ejerza de tal y les llene de mierda las lagunas que habitan.

Vaya rollo para hablar de un pincho de tortilla. Vamos al lío. La verdad es que no es un sitio de paso, que te pille a mano en medio de tus gestiones por el centro de Santander. Sin embargo cuando a un perolista le asalta el hambre lo importante es lo importante, y hay que tener prioridades, ergo hay que llenar el buche como sea.

Nos cogió la visita a media mañana, y el local estaba atestado de parroquianos que llenaban tanto la barra como las mesas del exterior. A la vista de los pinchos nos aventuramos a probar uno de tortilla coronado por jamón y queso junto al pertinente café mediano para facilitar la deglución.

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La tortilla, que aunque no lo parezca tenía ya no menos de una hora de vida, cumplía los canones de la belleza perolera. Jugosa, puntillo leve de cebolla, patata en su punto (ni cruda ni pasada de fritura), y quizás, por poner un pero, un pelín salada. Nos gustó.

El pan, del día, ya empezaba a perder la textura crujiente aunque todavía a esa hora era cumplidor. El café, muy bueno. En su conjunto fueron los ingredientes perfectos para que los apenas cinco minutos que empleamos en engullir sólido y líquido fueran más que placenteros.

Y encima todo por 2,20, lo que para la media perolera (2,50) lo sitúa en la órbita de los sitios que merece la pena visitar. A ver, no es una zona típica de picoteo, ni es céntrico del todo, así que realmente si váis es únicamente por probar el pincho. Vosotros mismos, al menos no tendréis que pedir un crédito para pagarlo.

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Dirección: Calle Alta, 48, 39008 Santander, Cantabria

Cantidad: Correcta.
Calidad: Pasa el corte ampliamente.
Presentación: Cumple nuestros cánones.
Servicio: Era hora punta, desbordados.
Precio: Café con pincho 2,20€. Si se puede.

 

El Diluvio: La tortilla cantarina

Día de “recaos” por el centro, de pasar de ventanilla en ventanilla, del “vuelva usted mañana”, o del “se ha ido a tomar el café”, y mientras pasan las horas sin terminar lo que te habías propuesto. Pues también nos toca parar 5 minutos y poder realizar el re-desayuno, nada de brunch ni moderneces sacadas de la manga para clavarte un desayuno continental.

Nosotros decidimos parar en el “Diluvio”, local que ya visitamos en otra ocasión pero para probar su versión más oriental con el sushi que nos ofrecieron y que fue bastante satisfactorio. Este bar, justo enfrente del mercado-bar-restaurante-discoteca-yfuturomuseodelEste, famoso por sus pinchos y también lugar de paso y disfrute de mucha gente guapa de la city, o lo que llamamos el “STVismo”.

Su tortilla es de las más conocidas fuera de Santander, y ya era raro que nosotros no parasemos por ahí para ver lo que se cocía en los fogones. Esta vez volvió el reportero “crudivegano” del blog y pidió un pincho de tortilla vegetal, aunque tenían varias especialidades de las más clásicas de bonito y mayonesa, jamon y queso o setas. El pincho era generoso, por lo que desde el principio estábamos más optimistas ante nuestro juicio que la Infanta Cristina en la audiencia de Palma. Sobre la calidad, la tortilla estaba buena pero sin ser excelente. Ayudó bastante a que estuviese templada y a que poseía poco cuajo. La “boina” vegetal estaba bien, aunque el no afanarse en el secado de la lechuga y el tomate hacía algo escurridizo el pillar verde en los bocados. Destacamos nuestro agradecimiento por echar la lata entera de bonito por encima, pero sinceramente no sabemos cual era su utilidad ahí, vamos, cómo Ciudadanos en el ayuntamiento o Podemos en el parlamento. Si al final el resultado va a ser el mismo, el de toda la vida.

Diluvio_pincho

Resumiendo, la tortilla de “El Diluvio” está muy buena aunque no sobresaliente, pero cumple y mucho. Además tiene un precio bastante atractivo. Seguramente en otra ocasión probaremos versiones más excéntricas, como su tortilla con callos, pero eso será para estómagos más fuertes.

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Calle de Ataulfo Argenta,14, 39004 Santander.

Cantidad: Generosa. Para poder gastar el mendrugo de pan.
Calidad: Buena, aunque nosotros no la consideramos "Champions"
Presentación: Decente. Nada de extravagancias.
Servicio: Muy bien. Comanda y cobro a toda leche. Cómo queremos.
Precio: Mediano y pincho: 2,50 €. Perfecto para hacerte parroquiano del lugar.

Escala pija en el Bar Cos

Nos comentaba hace unos días nuestro bienamado Remartinez que las rabas podrían ser, en sí mismas consideradas, objeto de estudio casi sociológico, trazando un mapa donde distingamos la rabas según su clase social – La raba y el territorio, en sentido homenaje a Houellebecq, quien siempre habla de comida en sus libros. Partiendo de estas coordenadas, podemos encuadrar, dentro de esta sociología de la raba, a las del Bar Cos dentro de las más pijas de nuestra ciudad.

Nos dejamos caer un mediodía entre semana por este clásico del frente marítimo de Calderón de la Barca, zona que ya lleva un tiempo en lo más cotizado de Santander: el Bahía, el Italiano, el Machi, etc. El público, el esperado: canas, jersey al hombro, camisa blanca por dentro de los vaqueros en plan sport (ese favorito de @patricianuro) náuticos y, para los más atrevidos, converse. Entre la terraza y el comedor elegimos el segundo, que es una pequeña delicia para los que sean de gusto marinero: escalera de caracol, vigas a modo de baos, faroles, fotos de barcos en construcción…, solo nos faltaba un telégrafo náutico para pedir las raciones.IMG_1559[1]

Dentro de una carta cortita, pero bien elegida, por razones de tiempo nos tiramos con desenfreno a las raciones más clásicas posibles, aunque nos quedamos con alguna espina clavada por no haber elegido mejor. Levamos anclas con las afamadas rabas del local que, si bien no defraudaron, tampoco resultaron absolutamente excelentes: un perfecto rebozado, fritura limpia y correcta, profundo sabor yodado pero, quizá, demasiado anchas en el corte, lo que le restaba algo de encanto a cada bocado. No llegan al 10 pero puntúan muy alto. Pueden clasificarse en el grupo “raba de pulligan y náutico”, porque el precio no es precisamente popular.

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En segundo lugar, pusimos rumbo a unas gambas con gabardina oficiadas con el suficiente mimo para dignificar un plato que ha sido calificado como comida viejuna. Nuevamente, limpísima la fritura, sin causar interferencias en el sabor, rebozo de pasta nada excesivo ni pesado y una gamba decente, elementos suficientes para restaurar el honor de este frito. Nos gustó mucho, y la ración fue generosa.

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Con las croquetas nos pusimos ya avante toda, porque la verdad, estaban excelentes, dignas de figurar en nuestro olimpo bechamelístico personal. Una masa finísima y fluida, muy bien trabajada, con los tropezones justos y el sabor intenso con una acertada combinación de jamón y queso. Otra vez, la cobertura resultó crujiente y muy bien frita, consiguiendo una croqueta verdaderamente redonda en su ejecución.

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Finalizamos nuestra escala con unos huevos con patatas y morcilla -sí, muy ligerito todo- que puntuaron muy alto. Unos huevos frescos y recogidos, nada de claras inmensas, una morcilla sabrosa y unas patatas caseras de escándalo. Sin embargo, pese a los estupendo del plato, nos quedamos con las ganas de hincar el diente a otras especialidades más marítimas y finas de la casa. No pudo ser, por motivos ajenos a nuestra voluntad.

Rematamos con el imprescindible postre. En este caso, probamos una muy buena y sencilla tarta de manzana, prescindiendo de horribles rellenos de crema pastelera o coberturas imposibles, acompañada de helado de mantecado. Tampoco podemos olvidar la original torrija de arroz con leche -sí, como suena, arroz con leche rebozado y frito- acompañada de helado y tofe, un gran acierto la combinación de texturas y sabores que supone.

En definitiva, el Cos cumple con lo esperado y esperable: calidad en el producto y en la ejecución -insistimos en las croquetas maravillosas-, STVismo en el ambiente por los cuatro costados y, sin ser barato, un precio aceptable.

Cantidad: Bastante generosa
Calidad: buen producto, y muy buena ejecución
Presentación: Sencilla pero decente
Servicio: impecable y eficiente
Precio: no es barato, pero es justo (25-30 €)