Bodega Antonio: Más PRI que STV

Hay sitios en los que hacer una crónica de lo que comemos puede ser poco útil o superflua debido a que el restaurante es tan conocido y ha cambiado tan poco en tantos años, que seguro que hay muchísimos enlaces de lo mismo en internet o la mayoría de vosotros ya ha estado alguna vez en la vida en él (aunque a veces no queráis reconocerlo como lo de “yo tuve un amigo que estuvo por la recta de Heras y…”). Pues nosotros pensábamos lo mismo. Sin embargo, quisimos ser más pesados que la etiqueta #oportunidadrrc y nos pusimos a escribir sobre nuestra visita a la Bodega Antonio, el primero en Santander que ofreció comida mexicana en la capital de Cantabria. El restaurante, según su web, lleva abierto desde 1954, aunque no sabemos si también desde esa fecha llegó la comida del estado federal a Santander. Puede que en esos años, lo de echarle más picante a la situación no estaba de moda.

El caso es que no recordamos desde cuando, pero seguro que el comentario general de su buena comida mexicana se ha transmitido de generación en generación cómo los Werther originales, o cómo su mantelería, que a pesar de las manchas que han tenido que sufrir, sigue siendo de tela (minipunto). Además, como comentábamos al principio, el menú ha permanecido inamovible, sin cambios en el orden de los platos o ingredientes. La lista del menú mexicano está más cerrada a las novedades qué… si, ya sabemos lo que están pensado. A Casillas no le quitamos ni con agua hirviendo.

Aquí la equivalencia entre “entrante”, “primer plato”, “segundo plato” y “postre” no existe. Todos llevan casi la misma carga de cantidad y picante, salvo el final. Por ello, se empieza con una Tostada de pollo hervido con guacamole. Primera diferencia con los nuevos bares tex-mex: La tosta estaba muy crujiente y es un cantidad grande para tener cuidado de no perder comida por los carrillos. No es necesario ponerse en “módo Hamster” pero hay un alto peligro de chorretes en la ropa.

Bodega_Antonio_tosta

A continuación llega el Taco al Pastor“. Seguro que alguno de nuestros lectores nos podrán decir el origen del nombre porque con esta denominación sólo nos imaginamos algún improperio al que cuidaba el ganado en algún prado de Guadalajara o Chihuahua. Carne adobada con su grasilla para que con uno empieces a sentir cómo tu estomago te avisa del peligro de quedarte lleno.

Bodega_Antonio_pastor

El taco de “Huevo a la Mexicana” es una pequeña parada en la escala picante de la Bodega Antonio. Un revuelto con verduras bastante bueno, y que atempera la serie final de platos que vienen. Aunque el restaurante está bien ventilado, el calor va a empezar a notarse.

Bodega_Antonio_Huevo

La “Cochinita Pibil” es otro taco de carne de cerdo adobada frita, con trozos de cebolla fresca para atemperar el picante. Si, amigos, con cebolla. Imaginaos si la cebolla es la que atempera, cómo es el resto del plato. A estas alturas de menú, no nos vamos a poner sibaritas, lo de saborear y sacar los “retrogustos” a los platos ya no era el objetivo principal. Esto comenzaba a parecer un duelo de “spaguetti western”. Tú, con tu poncho a un lado de la mesa y esa mirada de Clint Eastwood esperando a que bajase el sol para no tener que estar con los ojos medio cerrados. Al otro lado, la comida que seguía llenando todas las mesas del local. Y tu única arma, tu cerveza (Modelo, Coronita, Pacífico) para pasar el duelo.

Bodega_Antonio_Cochinita

Y llegamos a la Madeleine, el Telegraf y el Tourmalet de este tour tricolor. Las enchiladas verdes de pollo, bien llenas de salsa para untar (con la lengua y los cubiertos, porque pan no se sirve, y cómo veis en las fotos los platos no se cambian; mezcla de sabores en la vajilla) que según algunos comensales de la mesa estaba hecha con guacamole. Lo que ocurre es que según la receta original lleva cilantro, de ahí el recuerdo al sabor de la pasta del Aguacate.

Bodega_Antonio_Enchilada

A continuación las “Carnitas” con guacamole y cebolla. El plato “Ikea” de la Bodega Antonio. No es porque te sirvan albóndigas de pescado, si no porque te lo tienes que montar tu mismo. Carne asada de cerdo, con su costra, que para nosotros es lo más rico del plato y con guacamole y cebolla para que revientes tu propio plato. Truco del almendruco: las raciones de carne suelen ser mucho más grandes que las fajitas que ofrecen, así que podéis “cargarlas” sin problema. Por una vez no tocará jugar a “cifras y letras” y con la cantidad disponible sacar el mejor cálculo para repartir entre todos los comensales.

Bodega_Antonio_Carnitas

Y llegamos al último de la tarde. El más bravo, indomable y duro. No, no estamos hablando de Juan Carlos Monedero. Es el plato del chile picante con atún (para los que estaban esperando pescado en el menú, este es vuestro momento) acompañado de arroz y pasta de frijoles. Seguramente si se hiciera una versión española de “Man vs Food” tendrían que pasar por aquí para superar el reto. En nuestra opinión, y ya hemos ido varias veces, el nivel de picor ha bajado, pero no es un plato apto para todos los públicos. En serio, no es tiempo de hacerse el héroe ante el resto de la mesa. Siempre os quedará el choriqueso o el guacamole cómo “salida de emergencia”. Traquilos, Curro Romero también hacía “espantás” con los toros más bravos y es el más querido (por quien no pagó una entrada para verle en directo).

Bodega_Antonio_chile

Remate final con el “Beso”. Aquí llega otro debate cómo el de los con o sin cebollistas. Algunos informan que hay que mezclar la nata con el licor de café. Otros pasan y dicen que para dentro directamente. Cada uno que lo haga cómo quiera pero el sabor dulce “calma” el picor en la lengua del plato anterior. Pena que sólo es un chupito, aunque siempre puedes pedir más. Los besos de más se pagan siempre, amigos.

Bodega_Antonio_beso

Con el estomago a reventar, Bodega Antonio sigue abierto tantos años porque su comida es buena, las cantidades grandes y el precio no es caro. A pesar de sus defectos en presentación (sin ninguna floritura) o el servicio (dos camareros para dos plantas llenas ralentiza el servir los platos) el local sigue funcionado y llenándose de de gente. Al fin y al cabo, cómo México, con todos sus defectos, no puedes dejar de sentir ese cariño y aprecio por un lugar en el que te sientes cómodo y sabes que siempre van a cumplir con tus expectativas. ¿No es así Galindo?

Os dejamos su web, Facebook, ¿twitter?, ¿Google +?

Dirección: Calle Rubio, 2, 39001 Santander

Cantidad: A reventar. Acabas pidiendo la rendición de Moctezuma.
Calidad: Nada desagradable. Pero no esperes florituras
Presentación: No hay nada que presentar.
Servicio: Poco personal para restaurante lleno. Hicieron lo que pudieron.
Precio: Atentos al número de bebidas. Sin ellas, el menú mexicano son 15 euros.
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Navajeda Sport’s Tavern: Alta tensión

Hemos vuelto en Octubre 2015 y nuestra opinión ha cambiado. La podéis ver en este enlace

Seguimos en búsqueda del elemento dorado del pincho de tortilla mejor elaborado y desde el “imaginario colectivo” (ese bonito eufemismo para enmascarar el “pues yo había oído…”) conocíamos que la taberna “Navajeda Sport’s tavern” solía ofrecer buenos pinchos de tortilla y contundentes por su cantidad. Con estas premisas es difícil que un perolero no se pase para comprobar lo que se dice y poder exponerlo en el blog. Así que allá que nos fuimos para desayunar y empezar la mañana “¡Con mucha marcha!” (Leticia Sabater que estás en nuestra memoria) para tirar todo el día.

La carta de tortillas que tiene es amplia, pero nosotros tiramos por una de las especialidades más comunes por su nombre pero con una variedad de alternativas en su elaboración que parece que en vez de elegir tortilla estamos seleccionado nuestra papeleta para las elecciones. Nunca sabes cual puede ser el menos malo. Estamos hablando del pincho de tortilla “vegetal”. Esta denominación a menudo lleva algún producto de fuera de la huerta que altera el nombre original de plato. Vamos, que al final no el del todo cómo lo que pides, cómo los pliegos de construcción de un teleférico.

Navajeda_tortilla_vegetal

El pincho ni es grande cómo esperábamos (es más un tamaño medio sin ser tampoco una birria) ni está tan bueno cómo habíamos oído. La tortilla en sí está bastante cuajada, tirando un poco a duro tipo “suelo random de cualquier parque de Santander”, y la patata estaba bastante hecha. Si la tortilla no se salva, la boina que lleva encima tampoco pasa el corte. Lo “vegetal” era lo más parecido a un “potito” de Nutriben formado por mayonesa y trozos de lechuga con tomate. Puede incluso que llevase bonito. ¿Y por qué decimos puede?. Pues el motivo es que la tortilla estaba tan salada que romperíamos la maquina anti-doping de la federación de atletismo (y mira que por esa maquina ha pasado de todo) por subida de tensión arterial anormal. La consecuencia es que al final no sabes si llevar anchoa, atún o lascas de sal Maldón. En conclusión, estamos ante una decepción mayúscula. Esperábamos mucho más de este pincho.

Navajeda_tortilla_vegetal_detalle

Para rematar la faena llegó, nunca mejor dicho, el rejón de muerte. El precio del café grande más el pincho llega hasta los 3,10 €. Ya ni queremos calcular el esfuerzo en gasolina por desplazarnos por allí, pero que casi que preferimos no pensarlo. Aquí, al revés que en la noche electoral, no ganan todos. Esperamos que no aprendan de los partidos políticos y renueven la “estructura” de sus tortillas.

Os dejamos su web, facebook y Google +.

Dirección: Av. Marqués de Valdecilla, 159. Soto de la Marina.

Cantidad: Pincho medio. No llega a ser un pincho "godzilla"
Calidad: más "salao" que chiquito de la calzada contando chistes en la feria de Abril.
Presentación: Normal. Llegó compacta la tortilla al plato.
Servicio: Correcto. Nos atendieron bien.
Precio: Lujo. 3,10 € café con leche grande más pincho de tortilla vegetal.

El tal Remartínez

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El intrépido reportero conoce a El Perolo

Si fuéramos la CIA, no diríamos que lo que cuenta el tal Remartínez en su columna de hoy es parcialmente falso, sino que, directa y radicalmente, los hechos relatados no existieron. Que nosotros ni existimos, y solo somos una ficción.

Pero como somos nosotros mismos, os contaremos realmente lo que sucedió. O pudo suceder. Que no recordamos.

Os diremos que esperábamos a nuestro invitado sentados alrededor de una mesa, botella de vino abierta y copa en ristre, decidiendo si poníamos cara de serios, si nos poníamos una máscara veneciana, o si nos partíamos de risa. Así que llegó, un poco tarde, como novia en boda, acicalado, afeitado, ligeramente peinado -con ese estudiado despeinado de los que son decentemente modernos- y con su mejor camiseta. Puso cara de sorpresa, y preguntó si era el momento de desnudarse o si mejor esperábamos a los chupitos, aclarando que no era un chico fácil.

Nuestro intrépido reportero inquirió sobre la metodología perolística –metodoloqué, contestamos- , nuestro origen y nuestros planes para dominar el mundo. Resueltos los enigmas, nos entregamos al papeo, al vino y a rajar. Por que otra cosa no, pero rajar, rajamos mucho, repartiendo pitidos por los oídos por doquier.

Para rematar la noche, entre protestas de nuestro invitado por no haberse tenido que desnudar, ni haberle vendado los ojos, ni apuntado un compás contra su pecho, nos intoxicamos moderadamente -el iniciado mantuvo su dignidad al prescindir del ubicuo  gin & tonic- y nos fuimos deshaciendo en las horas de la noche entre cambios de bar, apariciones y desapariciones femeninas. Nos despedimos cruzando duelos croqueteriles, pactando en sangre su silencio -ya ven, y va el jodido y escribe una columna- y prometiéndonos amor eterno.

Pero nada de esto ocurrió. Nada.

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Al final de la noche
Cantidad: Está un poco escurrido, pero aguanta bien la bebida
Calidad: Excepcional.
Presentación: Muy acaldado, con camiseta de Hora de Aventuras.
Servicio: Fue poco, creemos.
Precio: Incalculable, aunque no le pagamos nada.

Gambrinus: Tortilla del norte.

Los días se hacen más largos y cada vez es más necesario, cómo recomiendan nuestros médicos, hacer 5 comidas al día para aguantar toda la jornada. Así que la mejor idea una vez aprendida la teoría es llevarla a la práctica. Y para que no se diga que no seguimos al pie de la letra los consejos de los galenos, mejor sitio cercano a un centro de salud es “Gambrinus”, en la avenida de los castros, para probar sus afamados pinchos de tortilla y verificar si lo que cuentan es cierto, cómo el ABC.

El bar-restaurante era (desconocemos si sigue perteneciendo)  una franquicia de locales de restauración creados por la empresa cervecera Cruzcampo, así que váis a ver hasta en la sopa imágenes del hombre “bonachón” que bebe feliz una jarra de cerveza suponiendo que: A) es del sur de España; o B) no está bebiendo cruzcampo. Aparte, el bar es sitio de peregrinación de jugadores del Racing de Santander. Por ello tiene alguna camiseta de los mismos cómo homenaje. Así que  esperábamos que “Gambrinus” no siguiese el mismo camino del club esta temporada y saliese de la zona de descenso de la clasificación tortillera.

El catálogo de tortillas que puedes pedir va mucho más allá de las clasicas boinas de bonito, jamon y queso o bocas de mar. Además las puedes ver en la misma barra, ya que están todas ellas expuestas (bajo su cubierta protectora, tranquilos enemigos de las bacterias). Nosotros queremos empezar ya nuestra dieta “Detox” así que pedimos un pincho de tortilla vegetal. Sin vergüenza alguna.

Cuando hablamos de pincho “vegetal” nos entra la curiosidad de si han echado una lata de bonito o una loncha de jamón a la cobertura, desbaratando el nombre que se le da a la tortilla, pero bueno si existe el término “inteligencia militar” porque no podemos seguir con el juego de las incoherencias léxicas. En este caso nos la envainamos. El pincho sólo lleva lechuga, tomate natural y un espárrago entero. Aparte, cómo mérito, la lechuga está bastante fresca; a la hora de trocear el plato, la hoja verde triscaba cómo la cadera de un tal Juan Carlos en Bostwana (recuerdos a Zarzuela).

Gambrinus_tortilla_vegetal_

La tortilla en sí estaba buena, igual un pelín poco cuajada, pero ahí ya al gusto de cada uno. Su capa de mayonesa no era tampoco excesiva y el espárrago cómo el tomate hacían buena combinación. Si a esto incluimos que con un café con leche grande sólo (repetimos, sólo) cobran 2,20 €, creemos que en relación calidad/precio “Gambrinus”  está cómo para que sigan abriendo franquicias. Seguramente volvamos a probar su carta o su menú del día, ya que nos informan que está también de rechupete.

Os dejamos su web y ¿página? de facebook.

Dirección:  Av. los Castros, 153, Santander.

Cantidad: Gana por goleada. Grande.
Calidad: Clase media-alta. La tortilla buena, aunque igual con más cuajo iría mejor.
Presentación: Bien. Es un bar por la mañana con movimiento, pero no destrozan el pincho por las prisas.
Servicio: En su punto. Educados, atentos y rápidos.
Precio:  Muy bajo. Pincho más café con leche grande por 2,20 €. Encantados

1974: Queremos carnaza

Actualización Marzo 2016: el conocido “1974” se ha quedado en ese año. Ahora el bar es conocido cómo “Arte 3”.

En plena semana santa, andábamos de procesión buscando un sitio para cenar en el que nunca hubiésemos estado, la comida estuviese buena, el precio fuese barato y hubiese mesas libres. Ya que estamos celebrando milagros, por pedir que no sea. Tras descartar alguno de nuestros restaurantes favoritos, ya sea por el completo en sus mesas (cómo pudimos comprobar en “La Tasca”) o porque salimos escaldados de otras visitas (cómo en “La Compañia”) paramos en plena plaza de Cañadio en el “1974”; un bar que ocupa desde Daoiz y Velarde hasta la plaza el antiguo local de “La despensa”, bar que era famoso por sus empanadas de carne y pinchos.

El “1974” mezcla la barra de un bar de toda la vida (nada de cristaleras con 20000 tipos de pinchos; parecen las cajas del 1,2,3; adivina cual es la que aciertas) con varias mesas para poder comer algún plato rápido de su carta. Tuvimos la suerte excepcional (aunque también nos daba miedo) que había una mesa libre. Aprovechamos y nos sentamos. Cómo hilo musical, las admoniciones de una familia de turistas sobre amoríos a su hija preadolescente ¡Cómo hubiese disfrutado el crápula de Humbert Humbert ante tan preciosa estampa familiar!

Solicitamos cómo entrante los nachos con guacamole, y una hamburguesa por persona. Para beber una copa de vino y una caña; que no se diga que nosotros no hemos empezado la fiesta de la democracia, ni la borrachera de promesas electorales. Llegó el entrante, y lo que eran nachos se convirtió en unos deliciosos totopos que podías comer solos. Crujientes, grandes y tostados. Una delicia triscante que para nada esperábamos. Algún restaurante mexicano debería aprender de ellos. El guacamole venía con una salsa agria por encima con unas tiras de queso. Puro “gochismo”. La incomodidad del recipiente donde se encontraba impidió rebañar más. La vajilla en la que sirvió ese plató fue más incomoda que el extracto de cuenta de los Pujol en Andorra. A veces lo sencillo es mucho mejor.

1974_guacamole

Después llegó el plato fuerte: las hamburguesas. Seguimos con las modas y la incomodidad de los cestillos, al estilo de una freidora, para poner las guarniciones. Las patatas fritas que venían, que estaban buenas por su fritura y tamaño, tenías que buscarlas y destaparlas del papel decorativo del cesto. Así que nos pusimos el sombrero de ala ancha y el látigo para emular a Indiana Jones y extraer hasta la última patatas y poder degustar el sabor de este acompañamiento. Una pura excavación arqueológica. Uno de los comensales pidió la hamburguesa “italiana”. Con este título no podemos dudar de que sus ingredientes serían un derroche de imaginación e introversión en la cocina transalpina. Si, ya lo habéis adivinado… queso mozarella y pesto. Lo dicho, no lo esperábamos. Dejemos de un lado los prejuicios sobre el nombre del plato y vamos al grano. Primer punto a favor: el pan aguanta toda la hamburguesa. No llega a volatizarse a medida que lo vas comiendo. Se acompaña de un palillo para sostener la misma, pero no es necesario. Este pan aguanta más que una lista crítica de “Podemos” en unas primarias. A partir de ahí la mezcla pesto+queso fundido+carne+el resto está muy rica. Igual podrían hacerse un poco más la carne, pero ahí está en vuestra elección pedir con antelación al camarero el punto de la misma. El plato es contudente, y difícil es que llegues con hambre. Pero bueno, si Esperanza Aguirre ha vuelto, porqué no vas a tener sitio para el postre.

1974_hamburguesa_italiana

Sobre la otra hamburguesa que se pidió, se eligió la “mexicana”. Otro título original para que no te pierdas con sus ingredientes. Repetimos lo que hemos dicho sobre carne y pan y los demás elementos comunes. En esta, el guacamole y la salsa mexicana -perdonad nuestra memoria, tenía un nombre más específico- hacían un buen tandem y aportaban un punto fresco y picantillo (tampoco mucho) a una hamburguesa bien equilibrada.

1974_hamburguesa_mexicana

Finalmente, todo salió por una cuenta de 13,70 € por cabeza. Teniendo en cuenta el entrante y que las hamburguesas llevaban su ración de patatas fritas no está tan mal, aunque en lo que es la presentación de los platos podrían volver al año del nombre de local, y presentarlos en duralex, por ejemplo. Seguro que sería más fácil comer sus especialidades. En definitiva, “1974” está en la transición entre una hamburguesería cualquiera o pasar al estado de los “premium” y ser referente de trozo de carne picada entre pan y pan. De momento, sigue ganando tiempo para llegar a 2015.

Os dejamos su Facebook.

Dirección: Plaza de Cañadio, Santander.

Cantidad: Grande. Esta preparado para recibir a hombres con 3 estómagos.
Calidad: Bien. No estará entre las mejores hamburguesas, pero en caso de urgencia cumple.
Presentación: Incómoda. Se tomaron demasiado en serio lo de "se come por la vista".
Servicio: Un pelín lentos, pero nada que os haga mirar el reloj varias veces.
Precio: Normal. No es barato, pero es que no estamos pidiendo un Mc Menu. 13,50€/persona.