No vuelvas a preguntarme si la gastronomía es arte

Cuando recibimos esta colaboración no supimos, la verdad, qué decir al autor. Su calidad, tanto en la forma como en el fondo, excedía con creces el nivel que nosotros somos capaces de producir. Salvado el primer impulso de recomendarle que enviase el texto a Fuet, Apicius, Babelia o algo con más caché y más digno que este pequeño experimento de unos amigos, pero con el descaro y la poca vergüenza de aquel difunto punki (no sabemos tocar…) tenemos el honor de presentaros una reflexión sobre alta cocina y arte. Con ustedes, el más felliniano de los columnistas de aquí: David Remartinez.

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La gastronomía española alcanzó hace dos años un cénit de locura que tardará tiempo en ser superado y al que no se le ha prestado suficiente atención. Vamos a hacerlo.

Los hermanos Roca, cocinero, pastelero y sumiller máximos, tres figuras de la cocina mundial, los tres hijos perfectos que cualquier amante de la gastronomía querría concebir, adiestrar y luego disfrutar en casa como un tío Gilito con sus sobrinos; los Roca, uno de los cuales, por cierto, se parece muchísimo (pero muchísimo) al Phineas de los dibujos animados (“Phineas y Ferb”), organizaron en mayo de 2013 una cena supina cuyo concepto surgió de la siguiente reflexión:“Entendemos que también se puede comer cerebralmente, intelectualmente, conceptualmente, artísticamente”.

Quizá ahora se te haya quedado cara de Perry el ornitorrinco. Paciencia en tal caso.

Esa reflexión punsetiana se tradujo a su vez en la siguiente pretensión: “Crear una sinergia con las nuevas tecnologías, acompañadas de piezas musicales compuestas específicamente, para ligar tanto la imagen visual, como lo que nosotros vamos a dar de comer”. Es decir, quisieron pergeñar un espectáculo absoluto, al modo wagneriano, que de hecho aspiraba a emular el concepto de arte total (música, teatro, poesía) de las óperas del genio alemán chiflado. Los Roca prepararon “una primera y única cena”, con 12 comensales selectos, 12 platos imposibles, 12 vinos recónditos, y con 40 artistas de distintas disciplinas (música, poesía, etcétera) implicados en un convite definitivo que Leonardo, sin duda, se hubiera muerto por retratar (aunque solo fuera por el reto de enfrentarse a una mesa redonda, en lugar de a una larga barra). Los tres hermanos llamaron a su acontecimiento “El somni”,que en catalán significa “El sueño”.

 el somni representación

Para quienes no estuvimos en aquella última cena, el resultado se puede intuir ahora en un documental editado por Mediapro. Los anteriores entrecomillados, y los siguientes, están sacados de dicha película.

Para un aficionado doméstico al yantar, el documental, en sí, resulta frustrante. De lo puramente cocinístico, resume con parquedad el antes, concede solo detalles del durante, y revela muy poco de la sobremesa posterior, donde compartieron mantel Ferran Adrià, Miquel Barceló o Harold McGee. Ni siquiera especifica los vinos servidos, o el porqué de la elección de los ingredientes. Se centra, casi obsesivamente, en “el proceso de creación”; en la verbalización de la inquietud que condujo a los tres hermanos a liar una performance de ese calibre. En ese discurso articulado, Joan, Jordi y Josep defienden, con notable esfuerzo, que la elaboración de comida sofisticada merece ser considerada en sí misma un arte a la altura de Wagner, de Leonardo da Vinci o de las películas animadas de Disney. “El Somni”, en esencia, no muestra el talento de sus promotores, sino que funciona como una reivindicación de un oficio que ha tomado conciencia de su trascendencia actual, y que por tanto reclama un título.

Tiene lógica. En su “Diccionario de las artes, Félix de Azúa explica que lo mismo sucedió hace un siglo con el cine: “Los empresarios norteamericanos deseaban dar un aire de solemnidad a uno de los negocios más rentables del siglo XX . (…). Querían ganar dinero lo más dignamente posible. Pero una vez ganado el dinero, era inevitable proceder al ennoblecimiento de la mercancía. Exactamente el mismo proceso transformó los talleres artesanales del gótico en estudios para artistas filósofos a partir del Renacimiento”.

Quienes disfrutamos todos los días con el simple y milagroso acto de comer y beber sabemos, aunque nunca nos lo hayamos planteado, que la cocina puede ser un arte. Su capacidad de emoción y su misterio puede igualar el de una canción, una película, un edificio, un cuadro, un vestido de Balenciaga o un libro. Es un gozo vivo, fugaz, recurrente, humilde e inefable. Puede hacerte tocar algo por un instante sin saber el qué. Incluso sabemos que, como expresión humana, la comida puede combinarse con otros placeres y multiplicar de esa forma su potencial satisfacción. Yo mismo ceno muchos días viendo una película, leyendo un libro o -si tengo suerte- disfrutando de una buena conversación con alguien inteligente. Y a veces, una combinación certera de esos factores me regala cierto cielo.

Helado de masa madre
Helado de masa madre

Sin embargo, a los genios del fogón les da apuro recolocarse en el olimpo al que saben de sobra que han llegado. “Eso de si somos artistas o no es un debate muy aburrido. Somos cocineros, preparamos comida ante todo. Es cierto que cada vez conceptualizamos más, que elaboramos discursos de la comida. Pero al fin y al cabo, estamos dando de comer. Si eso se concibe como arte, mejor, pero no seremos nosotros quienes lo diremos”, puntualiza uno de los Roca en un momento del documental. ¿Falsa humildad? Claro. Y no porque el propio ‘Somni’, como idea, desmonte esa disculpa de monje, sino porque acto seguido escuchas a otro Roca decir lo siguiente: “Yo, de esta cena tan especial espero una reflexión sobre los sentidos, sobre dónde estamos antropológicamente; dónde está la cocina desde un punto de vista intelectual; cómo podemos llegar a jugar desde esta vertiente transversal con la creatividad; qué puede quedar de lo que simboliza el arte total con el epicentro de la gastronomía. ¿Estamos capacitados para gozar al máximo de todos los sentidos? ¿Cuál es el límite? Con la cena que haremos, con este sueño, entiendo que tendremos la respuesta”. Hasta el infinito y más allá.

La pena es que la respuesta les salió algo batiburrillo y un pelín hortera (o eso se intuye de las escasas pistas que da el documental).

La acumulación de factores no garantiza una buena multiplicación, igual que la abundancia de platos no mejora un menú per se. Hay óperas fallidas, como bien sabe José María Cano. El Somni, en su búsqueda de la “experiencia” definitiva, encadena montajes audiovisuales para cada receta proyectados sobre la mesa y dos paneles traseros, que saltan con atropello del zodiaco al coito, o de la luna a la guerra, intentando armarse a través de un supuesto relato mitológico que no se llega a entender. Los mitos funcionan cuando son relatos sencillos. Mezclar recreaciones de fondos marinos, con budas gigantes, con el David de Miguel Ángel estallando en pedazos o con constelaciones celestiales que servirían de atrezzo a una teleconsulta nocturna desencadena un resultado, en nuestra opinión, más soporífero que onírico. Su estética final se asemeja más a una toalla de resort que a un museo contemporáneo.

Serpiente de anguila ahumada
Serpiente de anguila ahumada

La comida debió de ser brutal, eso sí, aunque parezca enterrada entre tanta presunta vanguardia. Pero falla el punto de partida: concebir el arte como un asunto al alcance de unos pocos elegidos. Siempre me he preguntado si a los grandes cocineros no les dará rabia que su obra llegue a tan poca gente, que solo una minoría tenga el suficiente dinero para comprobar su talento. Si yo fuera músico, querría que todo el mundo escuchase mis canciones aunque luego los críticos censurasen de vulgar mi popularidad. ¿Pero qué más quiere un cocinero que hacer feliz a la mayor cantidad de gente? El Somni, sin embargo, prefiere reivindicar la gastronomía como privilegio de élites. Y la prueba más palmaria es que fue concebido en medio de una terrible recesión económica y social. Su problema, pues, no es que el sueño no resultara hermoso o emocionante, sino que haya contribuido a mantener esa imagen de la alta cocina como algo esnob, y por ende frívolo.

Cuenta Milton Glaser en su libro “Diseñador / Ciudadano” que de joven le carcomía la duda de si el diseño era un arte o no. Un día cayó en sus manos la historia del arte de E. H. Gombrich, libro que comienza así: “No existe realmente el arte. Tan solo hay artistas”. “Qué liberación”, exclama Glaser, “si no existe el arte, el diseño no puede considerarse arte”. Desde entonces, según confiesa, se supo artista sin rubor, e independientemente de cuanto juzgaran sobre su trabajo, pues descubrió que el falso debate filosófico se reducía en realidad a una simple cuestión de actitud. Eso, quizá, deberían haber hecho los Roca: reivindicarse ellos mismos porque sí, en lugar de buscar un aplauso ajeno, mundial y presuntamente intelectual. Reconocerse como artistas, en lugar de pretenderse Arte con mayúsculas.

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2 comentarios en “No vuelvas a preguntarme si la gastronomía es arte”

  1. En efecto, no parece un comentario de andar por casa. No sé si esta página de peroleros es el “target” de ese texto, pero de cualquier manera, se agradecen posts de nivel. Gracias.

    1. Hola Paco,

      Queríamos dar plena libertad al autor que quería colaborar con nosotros. Y David es un maestro en lo suyo.

      Gracias por la felicitación. Seguro que él está muy contento con los lectores que ha tenido este post.

      Un saludo,

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