Bar Cuesta o las tres B: bueno, bonito y barato

Hace unas fechas pasamos por uno de los restaurantes de más éxito de la actualidad en Cantabria, el Bar Cuesta. En este caso, el éxito no se mide por estrellas michelin ni tonterías de esas; lo marca un local lleno todos los días, en el que sin reserva previa es prácticamente imposible comer.  Su secreto: comida de toda la vida a precios de los de antes.

El Bar Cuesta es una casona de estilo montañés que se encuentra en Cerrazo, muy cerca de Torrelavega, y que cuenta con una zona de terraza con bolera. Su carta es la de cualquier restaurante tradicional de Cantabria: platos de cuchara, carnes, pescados y mucha variedad para picar.

Al ser nuestra primera visita, decidimos pedir un poco de todo para así poder hacernos una idea más aproximada de lo que el Bar Cuesta ofrece. Así que para empezar, como no puede ser de otra manera en este blog, llegaron unas croquetas de carne.

croquetas_Bar_Cuesta

La ración fue generosa. Catorce croquetas, bien fritas, sin exceso de aceite y, aunque la bechamel no era todo lo cremosa que nos gusta a los que escribimos en este blog, sabrosas y más que aceptables.

Posteriormente, llegaron casi a la vez una ración de rabas y otra de albóndigas.

rabas_bar_cuesta

Aquí se produjo el pinchazo de la tarde. Las rabas, que tenían un aspecto inmejorable, estaban sosas, más sosas que Ana Mato,  y quedaba claro que en la cocina lo más cercano que habían estado de la sal era como la Real Sociedad de ganar la Champions de este año. Pero para contrarrestar esta decepción estaban las albóndigas, o mejor dicho, albondigones.

albondigas_Bar_cuesta

Esta fue la ración que a primera vista podía parecer más pequeña, pero el tamaño de cada unidad, y la abundante y estupenda salsa en la que no paramos de hacer barquitos, lo convirtieron en un plato contundente.

Para los segundos pedimos variedad: huevos fritos con patatas, chuletillas y cocido montañés. Del cocido, del que no tenemos fotos, sólo diremos que se sirve en perolo individual (podrían comer dos) y que estaba elaborado con alubia pequeña pero muy suave y con sabor.

huevos_fritos_bra_cuesta

Los huevos eran de granja, y la yema, tal como tiene que estar para los que nos gusta untar las patatas en su interior.  Las patatas caseras y abundantes, aunque las hemos comido mejores.

chuletillas_Bar_cuesta

Por último atacamos las chuletillas. Las chuletillas eran de  carne jugosa y de mucho sabor,  aunque sí que echamos en falta que estuviesen un poquito más pasadas. La decoración del plato muy de semana santa con ese capuchon de pimiento de lata prescindible a todas luces.

La valoración general fue bastante buena. Una comida más que aceptable y a unos precios que ya no se encuentran ni en la España más profunda.

Dirección: Barrio de Cerrazo, 2B; Cerrazo

Cantidad: se recomienda prudencia a la hora de pedir para no salir como una boa constrictor.
Calidad: buena y más si sopesamos lo pagado.
Presentación: de combate. En esa cocina no hay tiempo que perder. 
Servicio: muy rápido. En Ferrari los envidian.
Precio: chollo. Huevos con patatas 3 €. Carnes y pescados 11 € + IVA

Catavinos: el peso pesado de la tortilla

Enconados en la búsqueda de la tortilla perfecta igual que Bodhi en busca de su gran ola, a los peroleros no nos ha quedado más remedio que acercarnos a un local mítico de Santander, el Catavinos, para ver si como algunos dicen es la mejor tortilla de patata de la ciudad.

Como todos nuestros test de tortillas la visita se dio por partida doble y en horario distinto. En una ocasión para pedir café y pincho, el clásico desayuno de todo STV de bien (y estamos en un local muy STV); en otra acompañada de un vinito, como tentempié de media tarde.

El local, chiquitin y oscuro, donde un sitio en la barra es un tesoro, alberga uno de los tesoros gastronómicos de esta ciudad.

Tortilla-catavinos-1

Su tortilla se caracteriza por esta poco cuajada y con el contrapunto de una patata muy frita que cruje en la boca y que le da ese sabor y personalidad única a la tortilla del Catavinos. Además, en consonancia con la patata, la cebolla está perfectamente dorada, un puntín dulzona, pero discreta, contrapunto perfecto en la mezcla. Sin duda, una tortilla con un gran equilibrio entre jugosidad, cohesión entre los ingredientes y sabor.

Tortilla catavinos 2

En definitiva, quizá la mejor tortilla de Santander (así lo creemos algunos miembros de El Perolo),  en dura pugna con la de Stylo.  Como puntazo, al estar bastante demandada a hora punta, no es dificil conseguir tomarla calentita y recién hecha (aunque no desmerece fría: que levante la mano aquel que no guste de guardarse un trozo de la tortilla que sobró de cenar para el desayuno del día siguiente).

Quizá el tamaño del pincho no sea el más grande de Santander; quizá los amantes de las tortillas con coberturas imposibles se sientan un poco decepcionados por se esta la única variedad del establecimiento. Pero no son, ni mucho menos, motivos para desemerecer a un verdadero peso pesado de la tortilla santanderina.

Dirección: Calle Marcelino Saenz de Santuola, 4; Santander

Cantidad: Correcta, ni muy poco ni enorme.
Calidad: Excelente, sin más.
Servicio: Rápido y profesional.
Precio:café y pincho 3,00€

 

 

Casa Setién: Camino a la perdición

En un momento de lucidez ( o no ) gastronómica, decidimos acudir a uno de los restaurantes con mayor popularidad en Cantabria: Casa Setién, en Oruña, un pueblo a 20 minutos de Santander en coche. Aparte de varios comentarios positivos sobre este local, nos pareció muy positivo que tuviera una página web completa, detallada y bien maquetada. Este hecho es inusual en nuestra región, ya que con tener una página en Facebook (y gracias) muchos empresarios de la hostelería se creen que ya están en Internet.

Llegamos al restaurante, con un ambiente muy fino, así que pensamos que no habíamos errado en la elección, y que nuestra apuesta era más segura que un voto del PP en el Sardinero. Dispone de varios comedores, con diferente temática, y nos pusieron la mesa, con el resto de comensales en el espacio denominado “jardín”: rodeados de arboles y vegetación de la finca, pero dentro de una estructura de cristal y madera, ajena a bichos y cambios de temperatura.

Nada más llegar observamos el primer defecto: dos camareros para 13 mesas. Nuestra comida iba a ser lenta.  Es una pena que en épocas de crisis se recorte personal en todos lados, aunque este hecho no corresponde con una bajada de precios. A continuación, el segundo fallo: Eramos 4 adultos, pero sólo nos dieron 2 cartas. Así que la mitad de la mesa tenía que esperar a que la otra parte eligiese sus platos.

Solicitamos dos entrantes a compartir, un plato principal y los postres. Si amigos, nos repetimos más que el ajo, y sin croquetas no nos vamos. El servicio nos indicó que las redondas eran de jamón y las alargadas de bacalao… o ¿al revés? Da igual, no había tropezones en ninguna de los dos tipos. Se habían pasado en la “turmix” con la bechamel. No sabían a nada.

croquetas_casa_setien

Después llegó el segundo entrante, tartar de atún toro marinado en soja, con pimientos y aguacate.  La presentación fue de lo más de moda que hay ahora: sobre hoja de pizarra. Andamos con ansias a ver cual es el primer restaurante en el que ponen platos sobre tejas. O sobre ladrillos directamente. La comida, tenía un defecto fundamental: si el atún está marinado en soja, y además le echas escamas de sal, ¿Cuantas botellas de agua nos vamos a beber? Estaba muy salado, no podías distinguir los ingredientes y fue un desperdicio gastar el maravilloso atún en un plato en el que no podías comer nada sin tragar agua antes.

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Llegamos al plato principal, lubina al horno. Un plato que estaba fuera de carta. No es muy difícil, si eres un chef  profesional, que el pescado te salga mal. Pues lo consiguieron. Las almejas sabían de forma sospechosa (aunque os confirmamos que no nos ha producido intoxicación alguna); el pescado estaba bueno pero  su acompañamiento de patatas panadera impregnaba todo el plato de una grasa, posiblemente aceite, que hacía que el plato brillase. Vamos, parece que el sobrante de freír las croquetas lo hubiesen echado en la lubina, y de paso en el pastel de cochinillo que pidieron el resto de comensales. En definitiva, tanto el pescado cómo la carne tenían la misma textura (y casi sabor) por este “sebo” que cubría los platos.

Lubina_casa_setien

La comida estaba siendo una decepción tras otra. Lo poco que los salvo fue el postre, un “coulant” con helado de frutos rojos. La combinación de sabores estaba muy buena, y no era un postre nada pesado. Pero claro, cómo siempre, el desprecio a que los clientes pidan postre hace que la cuenta suba. La moda que se está extendiendo de cobrar 5€ por cada uno es un abuso.

coulant_casa_Setien

Además para rematar: del vino que pedimos sólo les quedaba una botella; tuvimos que recordar de nuevo después de tomar nota que nos faltaba una bebida (un mosto que llegó iniciado el primer plato) y que se cobró por un chupito de orujo blanco a precio de 2,50 €, sin traer ni la botella para por lo menos contrastar la marca… (el orujo más suave que hemos tomado, sospechamos que era agua con unas gotas de aguardiente) hace que la experiencia sea nefasta. Dos horas y media de continuas decepciones; creíamos que nos habíamos metido en un mitín de las europeas, eso sí, no vimos a Cañete devorar los platos.

En definitiva, tiene mala pinta el camino que lleva este restaurante, más cercano al cierre que a ganar un reconocimiento en una guía gastronómica. Reflejo de ello es que varias mesas alrededor nuestro pagaron con cheques restaurante y se ahorraron el gastar de sus bolsillos, algo que a nosotros todavía nos duele.

Dirección: Barrio el Puente, 5; Oruña de Pielagos

Cantidad: Te quedas a gusto.
Calidad: Más decepcionante que Prosinecki.
Presentación: Nivel premium.
Servicio: Escaso. Ahorro en el personal, gasto en nuestra espera.
Precio: Muy caro. 33€ por persona. Una puñalada.

Bar la Magnolia, una terraza para el verano

Estamos apuntito de empezar el verano y siempre es bueno conocer lugares para comer o cenar cerca de las playas que nos gustan.

En el pueblo de Suesa y pocos kilometros de Langre, una de las playas más bonitas de Cantabria, se encuentra el Bar la Magnolia donde hace poco paramos a comer. Una zona turística donde el surf es el rey de los deportes, y donde están surgiendo muchos locales alrededor del “boom” turístico que genera este deporte.

Al entra en el local ya nos sorprendió una decoración muy cuidada y con toques que le dan al bar una personalidad propia. Pedimos mesa pero todo estaba reservado así que nos invitaron a instalarnos en la terraza, algo que a la postre agradecimos ya que quedo un día espectacular.

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La carta no es muy extensa, pero si completa y que se puede ajustar a todos los gustos. Empezamos pidiendo un vino blanco Finca la fuente, suave y agradable de beber,  y junto a el nos trajeron un platillo con aceite de oliva virgen para que untásemos en el.

vino_carta_la_magnolia

De entrantes para compartir pedimos Matachana, boquerones y como no podía ser de otra forma, croquetas. Las croquetas estaban buenas pero ni se acercan a nuestro referente croquetil, la Conveniente.

croquetas_la_magnolia

La sorpresa de los entrantes fueron sin duda los boquerones que se presentaban junto a un pesto y patatas fritas. Una vez montada la tapa con todos los elementos el resultado fue de chapeau. Un pesto más que correcto que combinaba perfectamente con el boquerón y con el toque salado de la patata, casi como combinan la barba, las New Balance y los cuadros.

boquerones_pesto_la_magnolia

A continuación llegaron los platos principales, hamburguesa Magnolia y secreto ibérico a la plancha. El susto inicial fue el tamaño de la hamburguesa, más propia de haber pasado por la máquina del Chip prodigioso que de los 10 eurazos que valía. Tras la decepción inicial de su tamaño señalaremos que la pieza de carne era muy buena, el pan también  y las patatas fritas estaban correctas.

hamburguesa_lamagnolia

La cosa mejoró con el secreto ibérico. Poco hecho y en su punto de sal estaba muy sabroso y la ración era generosa. Acompañado de patatatas fritas, unos pimientos asados caseros y no esa mierda de piquillos que dan en muchos sitios y champiñones.

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Una vez dado cuenta de los principales nos lanzamos a los postres: tarta tatin y Mousse de Yogurt. Para la elección de los postres pedimos recomendación al camarero, que sin dudarlo ni un momento nos señalo la tarta tatin y nos señalo el coulant de chocolate como el único postre no casero del restaurante, vamos con en todos los sitios pero aquí fueron honestos.  La tatin estaba estupenda y la Mousse no se quedo a la zaga.  Los postres sin duda un acierto y más al precio al que están 3,5 €, que ya no se ve ni en “Cuéntame”.

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La conclusión es que  una visita a la Magnolia merece la pena. Buena comida, restaurante bonito y buen servicio. El único pero el precio de la hamburguesa.

Dirección: Calle Calabazas, 26; Suesa

Cantidad: Si eres comedor se te quedarán cortas.
Calidad: Buena. Buen producto y bien elaborado.
Servicio: Muy bien. Muy amables y acertados en las recomendaciones
Precio: Normal a excepción de la puñalada de la hamburguesa. Sobre 20€ por persona.

 

La Conveniente: croquetismo punk

Hay sitios míticos en Santander, y luego está la bodega La Conveniente: el piano, los bancos corridos, la fama de sus fritos y bechameles. Un sitio único que goza de gran popularidad en nuestra ciudad, salvador de muchas noches en las que nadie encuentra respuesta al “¿dónde cenamos?. Así que ya era hora de que El Perolo posase su ojo clínico sobre este mito. Para los no inicados en el lugar, La Conveniente tiene su comedor en su antigua bodegaza, no reserva mesa -hay que esperar en una cola a la entrada, que suele ir rápido- hay mesas de bancos corridos, no sirve ni café ni postres y suele levantar a los comensales rápido de las mesas para que nadie espere mucho en la cola.

Que nadie busque fusión, sofisticación, mezclas, armonías ni demás palabrería sinfónica aquí. En La Conveniente son como The Clash en su primer disco: tocan tres acordes, los tocan rápido y alto y, sobre todo, sabrosos. Carta pequeña, centrada en fritos -que no fritangas- embutidos y conservas como pimientos, bonito y anchoas. Ni compotas, ni reducciones, ni tartares o carpaccios.

Pasemos a los platos. Las croquetas, de tamaño correcto y generosa ración (12 unidades) harían llorar a José Carlos Capel: una bechamel sabrosa y fluida, generosa en tropiezos, encerrada en un empanado crujiente, casi a punto de romperse. Si las croquetas son un punto clave para valorar un restaurante, La Conveniente no puede salir mejor parada, más si la comparamos con otros desastres pasados, como Casa Sampedro. Lo dicho, como comparar a Los Ramones con El Canto del Loco.

croquetas_conveniente
Hey Ho Let’s Go

Luego, los rollos conveniente (jamón y queso enrollados y empanados) están buenos y nada grasientos, aunque no sea la receta más complicada. La cecina, uno de los tesoros ocultos del local, realmente estupenda, regada con un hilo de aceite, como para comerse un kilo. Ojo con las cantidades, porque con dos raciones y media, tres personas con algo de hambre quedan satisfechas, algo de lo que avisa el servicio, rápido y atento. Para cerrar, lo más parecido a un postre, media tabla de quesos, generosa -da para que todos prueben de cada uno- desde queso azul a un estupendo ahumado y un potente manchego.

rollos_convenientececina_conveniente

¿Y de precio? Pues sumando el pan y una jarra de sangría a 15 euros por cabeza. Nada mal atendiendo a calidad a cantidad.

Nuestro veredicto es simple: La Conveniente rocks, aunque haya despistados en tripadvisor que hablen mal de ella. Ven por su fama, disfruta de sus croquetas de primera, quédate por la cecina y sal dando botes mientras cantas aquello de Hey Ho Let’s Go!

Dirección: Calle de Gomez Oreña, 9; Santander

Cantidad: Hay que pedir medias raciones para no explotar.
Calidad: Top. Quizá de las mejores croquetas de Cantabria.
Presentación: De rancho. 
Servicio: Rápido como Los Ramones. Modera tus ansias de pedir.
Precio: Buena relación calidad-cantidad-precio.