Restaurante La Hérmida, una grata sorpresa.

Hace unos días quedamos para comer en un restaurante del que nunca había oído hablar, La Hérmida. Lo primero que hay que destacar del lugar es su enclave. Se encuentra a las afueras de uno de esos pueblos con algo especial que hay en Cantabria, Herrera de Ibio. Para llegar al restaurante, metido en un pequeño valle entre montañas de difícil acceso,  hay que conducir unos kilómetros  por un camino de cabras plagado de baches. Nada preocupante si vas despacio.

Paisaje la Hérmida

Al llegar te encuentras con una casa de doble planta completamente rehabilitada. El interior está muy cuidado. Sin romper del todo con la tradición de la piedra y la ambientación rural, si es cierto que tiene un toque de diseño cuidado y agradable. El comedor es pequeño como para unos 20 comensales. Un lugar donde te sientes cómodo, ideal para una comida con amigos.

Interior La HérmidaY ahora pasemos a lo que nos ocupa en este blog, la comida. Empezaremos señalando que el menú es cerrado y se acuerda por teléfono (942091211) a la vez que se reserva. Lo componen unos entrantes, que no sabrás cuales son hasta que te sientes a la mesa, y un plato principal de cuchara a elegir entre cocido montañés, menestra de cordero, alubias rojas, garbanzos, guiso de ternera y arroz con langostinos, lo que ya es motivo de salivación para un perolista.

Al sentarte la primera sorpresa es el pan, un pan de verdad, de esos que huelen y saben a pan. Un pan de pueblo de los de antes.

Nuestros entrantes empezaron por unas croquetas de carne, que sin estar mal, tampoco eran nada del otro mundo, lo cual no fue un inicio muy prometedor. Lo siguiente fue un plato de embutidos compuesto por un muy sabroso salchichón, un lomo bastante apañado y un jamón serrano que no llegue a probar pero que su aspecto no es lo que uno espera de un buen jamón. Y hasta aquí han llegado los escasos defectos que encontré en La Hérmida. Lo siguiente que pasó por nuestra mesa fue una ensalada de lechuga, queso de cabra y calabacín asado montada como si fuese una pieza de lasagna, y unos sabrosísimos pimientos asados rellenos de verdura a los que si tuviésemos que poner un pero, es el palillo con el que son presentados.

Pimientos rellenos La Hérmida

Tras una abundante tanda de entrantes llega el plato fuerte que en nuestro caso fue el cocido montañés. Presentado por separado, cosa que cada vez se ve menos, por un lado un “perolo” de toque moderno con las alubias y por otro lado los sacramentos. Las alubias blandas y cremosas con mucho sabor y la proporción adecuada de berza. Los sacramentos con una morcilla suave pero con mucho sabor y un chorizo de verdad, del resto no puedo opinar porque no los llegue a probar. Un cocido rico, sabroso y abundante, dos platos me metí entre pecho y espalda, que hará que repita visita tan pronto como pueda.

Cocido montañes La HérmidaComo cierre los postres todos caseros con una pinta increíble pero que por mis excesos cometidos con el cocido no llegue a probar. Mi recomendación es que si vas dejes un hueco para el postre. Yo me arrepentí de no hacerlo y de probar las natillas que tenían una pinta de estar de muerte lenta.

En conclusión, un restaurante agradable de la mejor tradición cántabra en el que comerás francamente bien en un ambiente muy relajado.

Dirección: Herrera de Ibio; Cantabria

Cantidad: El summun de un perolero. Paseo obligatorio para bajar la comida.
Calidad: éxito seguro.
Presentación: Cuidada.
Servicio: Ágil y rápido.Gente muy maja.
Precio:sobre 20€ por persona.
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A ración limpia en el Baruco de San Martín

Actualización Abril 2016:  Por desgracia “El Baruco de San Martín” ha cerrado. Sus propietarios siguen ofreciendo sus platos en “El Cocinero”, a unos paso del anterior, muy cerca del Palacio de Festivales.

Teníamos buenas referencias en El Perolo de este establecimiento, situado en una zona algo apartada de los habituales circuitos gastronómicos de la capital, pero a la que merece la pena acercarse para degustar una carta bien presentada, suficientemente abundante, y con un precio razonable.

Empezamos la tunda con una ración de “nuestras queridas” rabas, no siempre bien tratadas a pesar de que en Santander son consideradas Patrimonio de la Humanidad. Debemos decir que el Baruco está a la altura. Cantidad razonable, buen tamaño, textura en su punto (ni chicle, ni bechamel), rebozado en un aceite al menos del mismo día (es que hay sitios donde es demasiado vintage, lo que se nota en el color), en definitiva, recomendables. En la foto se observa un hueco en el plato. No es que las presenten así, es EL ANSIA. Imagen La siguiente parada fue una ensalada de jamón y virutas de foie. Bien, conviene apuntar que la tendencia que venimos observando en los últimos tiempos es que el término “virutas” habría de ser sustituido por el de “espuma” o “polvillo”, porque el foie es cada vez más indetectable en según qué sitios.

Aquí el Baruco pinchó. Bien es cierto que el jamón estaba espectácular, pero tanto el enunciado como la presentación eran engañosas. Por un lado lo ya referido del foie, y por otro una orgía de forraje que a primera vista te hace pensar que es un platazo inabordable. Si lo acabas es posible que te hagas vegetariano, más que nada porque a buen seguro ya se te habrá olvidado que en ese plato hubo también un poco de jamón y algo de foie. Ah, y otra cosa, no hace falta aliñar con media botella de aceite por muy bueno que sea. Muy pasado de aceite el aliño. Post ensalada  Continuamos nuestro viaje con un pulpo a la gallega del que tenemos que decir que cumplió. Por un lado las piezas, de buen tamaño, bien presentadas, y cocinadas en su punto. La textura, perfecta. Al igual que con las rabas se agradece sobre todo no estar mascando pulpo media hora para poder proceder a su deglución, y tampoco esperas que se deshaga en la boca. Lo dicho, el pulpo bien. Las piezas estaban colocadas sobre una cama de sabroso puré de patata quizás un pelín demasiado caliente (con soplar antes de engullir es suficiente, no nos pongamos tiquismiquis). Lo dicho, el plato cumplió y aunque entre los perolistas hay de todo como en botica, a quienes nos sentamos en la mesa nos gustó más el acompañamiento de puré de patata que la clásica patata cocida. Para gustos. Post pulpoPara rematar la faena nos dedicamos una tabla de quesos que tenemos que decir que también cumplió. Sabroso quesuco de Liébana y espectacular el picón, que picaba sin llegar a ser desagradable, y sobre todo tenía un punto cremoso que lo hacía “peligroso”. Hubo polémica en el reparto de raciones, que sin ser escasas, tampoco daban mucho margen dado el número de comensales. El picón, como decía, fue sin duda el gran protagonista. De todas formas recomendamos la tabla en general. Post quesos  Para no repetirnos nos saltamos la tarta de queso del postre y apostamos por un brownie que nos demostró que se puede servir sin que esté frío y duro. En el Baruco se lucieron también en esta cuestión con una pieza muy bien presentada, abundante, sabrosa y CALIENTE, porque el brownie se sirve CALIENTE. Y no, no necesitamos un picahielos para abordarlo. Les felicitamos por ello. Post brownie      La cena fue regada con vino de La Rioja. En este apartado tuvimos la anécdota… bueno no, las anécdotas porque sin duda fue un apartado que pudo haber cambiado muy mucho la impresión general que nos causó este establecimiento. Apostamos por un Luis Cañas y la camarera se presenta con unos “botellines” de medio litro, ante la sorpresa de todos los comensales. En ese momento varios empezamos a afiliar los cuchillos, pensando que iban a cometer la torpeza de cobrarnos 50 cl a precio de 70 cl. Preguntada la camarera se resolvió el entuerto, y nos explicó que no les quedaban botellas normales y que pensó que así al menos podríamos probarlo. No contenta con este “error” que consideramos venial, en el siguiente viaje salió a buscarnos una botella de Melchior a un restaurante cercano, El Cocinero, con el fin de no decirnos lo que al final no quedó más remedio, que tampoco tenían existencias suficientes de ese vino. En ambos casos hubiera acabado antes si nos hubieran mostrado los vinos que sí tenían, y además se habrían ahorrado nuestro breve mosqueo con el tamaño de las botellas y el precio de la carta. Post vinoEl balance final es positivo. Es un sitio para ir a comer raciones más que un picoteo y plato principal, ya que no tiene una carta demasiado extensa.

Decoración y ambiente agradables. Cuidan tanto la calidad del producto como su presentación. Mejorables sin duda el servicio (desbordado con apenas seis/siete mesas), y algunos detalles menores que hemos mencionado arriba.

Dirección: Avenida de la Reina Victoria, 39; Santander

Cantidad: Suficiente a no ser que seas un troglodita.
Calidad: Media. Las rabas y el brownie algo por encima de la media.
Presentación: Cuidada pero sin pasarse.
Servicio: Desbordado por momentos. Unos 30 euros por persona (con lo que bebimos... hasta barato!!!).

Chuletón en Las Portillonas

Si hay una palabra que ponga en marcha las glándulas salivales de un buen grupo de triperos es “chuletón”. Así que, tarde o temprano, nuestros pasos tenían que encaminarnos a Las Portillonas, atraídos por todos los excelentes comentarios que oíamos y leíamos sobre las viandas del lugar. Allí nos plantamos, en un local con suficiente aparcamiento y una pequeña barra, por la que se accede a un comedor de tamaño decente con una decoración un tanto pasada. Pero, vaya, no estábamos allí por los manteles sino por un chuletón de primera.

Siguiendo los consejos del servicio, amable, pedimos unos entrantes para compartir: tabla de embutidos y queso, morcilla frita y croquetas (¿de cocido?). Buena tamaño en las raciones aunque disparidad en las calidades: los embutidos, correctos, sin más; las croquetas, división de opiniones en la mesa, pero decentes, aunque quizá algo blandurrias; la morcilla, paredón para su creador, vulgar, sin gracia, cubierta de una cebolla frita insulsa.

croquetas-las-portillonas

Pasamos al combate principal de la velada, chuletones a la piedra . La calidad de la carne era excelente, pura mantequilla, madurada en su punto justo, aunque de cada chuletón resultaba demasiada grasa sobrante. Servido a la piedra, el camarero esparce un poco de cristal de sal y y separaba los trozos de carne sobre la piedra caliente, luego cada uno se cogía lo suyo, en el punto que quisiese -problema aquí para los que no aman la carne sangrante, que es facil que no vean ni una tajada- para acompañarlo con unas patatas que, aunque no eran congeladas, te dejaban frío y pimientos rojos de lata. Desfilaron varios chuletones, de forma que no se te acumulan en la mesa y se pasan de punto mientras están en las piedras, pero tampoco una cantidad como para quedar saturados. Todo ello regado por un Beronia baratito.

chuleton-las-portillonas

De postre, una tarta de queso de aprobado raspado por una base de bizcocho (imperdonable) más flojo que el último disco de Extremoduro . Y los chupitos, ideales para una chupitería de quinceañeros.

La sorpresa, en la cuenta: 35 euros por cabeza, incluyendo más carne de la que comimos (debieron pesar las piedras, también) y unos chupitos a los que, por la palabras de los camareros, pensabamos estar invitados. Excesivo precio, a todas luces, para lo que comimos y bebimos.

Dirección: Calle de los Heroes del 2 de Mayo,48; Muriedas

Cantidad: Bien, pero sin locuras.
Calidad: media, con altos y bajos
Presentación: ¿presentaqué?.
Servicio: entre majos y os la clavamos
Precio: nos dieron el palo

Taberna Bambara: Caos africano

De forma aleatoria y extraordinaria buscamos un bar por la zona de San Román -Santander- en el que los comensales pudiesen tanto cenar, picar alguna ración o sólo tomar una bebida. Por ello, nos decidimos por la “Taberna Bambara”, un bar con una mezcla decorativa entre la mansión de Flavio Briatore en África y un bar de Cork o Galway.  Si alguno de nuestros lectores tiene intención de ir les indicamos cómo llegar pasando estas 4 zonas:

-El cementerio municipal

-El camping abandonado

-El campo de Baseball

-Llegar al santuario en la isla de la Virgen del Mar

(Son indicaciones reales, no las pantallas del” Super Mario Bros”)

Aunque en un principio rápidamente nos habilitaron una mesa para 6 comensales, parece ser que se les acabó la gasolina. En primer lugar, en un sitio con “media entrada” el camarero no llevaba muy bien lo de tomar nota. Tal es así que tuvimos que explicarle 2 veces las bebidas que queríamos. A continuación,  se olvidó de nuestra comanda (no muy complicada ya que la carta se basa en raciones y comida rápida), llegando al punto de apuntarlo en una servilleta y llevárselo a la barra (habíamos detectado que sería lo más rápido para evitar quedarnos a desayunar allí) para agilizar que nos sirviesen.

En primer lugar, catamos una ración de patatas con dos salsas: alioli y brava. Las patatas, ligeramente pasadas de fritura, eran buenos trozos y de la ración podían picar 3 o 4 personas. Las salsas eran abundantes, no muy picantes  ni molestas al paladar para quien no le gusten los sabores muy fuertes. Eso sí, ni un tenedor para poder pinchar, no sea que los gastemos del uso.

Patatas con salsas: Gochismo
Patatas con salsas: Gochismo

El plato fuerte fue una hamburguesa “Nº 3” que es cómo el “Channel Nº 5”: te echas unas pocas gotas (en la garganta) y ya puedes dormir feliz. Contundencia absoluta: lleva tomate, lechuga, queso, huevo y bacon, además de buena carne hecha al punto y con un pan artesano, que debido al calor o a que los ingredientes excedían su tamaño, se desmigó en un plis-plas. Si vas con hambre, te va a saber a gloria, pero cuidado al comerla, ya que aunque no se le añadió ninguna salsa (porque tampoco nos trajeron los botes de ketchup y mostaza) te puedes manchar más que en la “Tomatina”. Claro, cómo tampoco nos trajeron servilletas en condiciones, agotamos los dispensadores de las de “papel de fumar”. Resultado  final: hamburguesa en el estomago, comensal lleno y la mesa llena de bolitas de papel.

Hamburguesa para carnivoros
Hamburguesa para carnívoros

Si no nos trajeron ni cubiertos, ni botes con las salsas, ni servilletas, ¿Nos traerían la cuenta? Pues tampoco, ya que el camarero andaba todavía con la resaca de Nochevieja, incluyendo que aún tuvimos que repetirle qué bebimos. Aún así, nos apuntó una bebida de más. Qué figura.  Obviando eso, el precio es normal. Para haceros una idea, la hamburguesa más media pinta de cerveza rubia son 5,75 €

Por ello, nuestro juicio no puede ser más dispar: Aunque la comida estaba buena (tampoco teníamos grandes pretensiones) y el lugar donde está situado puede dar mucho juego en verano,  necesita mejorar el servicio mucho para que decidamos embarcar de nuevo y volver a “este rincón de África”  que toda la vida fue el bar de la playa de la Virgen del Mar donde ibamos de pequeños a pedir “frigopies” y “colajets”  cuando salíamos de la playa.

Dirección: Avenida Virgen del Mar S/N; San Román de la Llanilla; 

Cantidad: Bien, no hace falta repetir.
Calidad: baja, comida de zafarrancho.
Presentación: Pasapalabra
Servicio: Necesitan "Espabilina"
Precio: Para no sufrir en la cuesta de Enero

El Solecito, ex-italiano y (ex-restaurante, ha Cerrado)

Editamos esta entrada. Hoy al pasar por el local hemos visto que ha cerrado. Un clásico de Santander que nos deja. Imaginamos que siga con su servicio a domicilio….

Un día te propones ir a un restaurante italiano y como es domingo al mediodía te encuentras con que tus dos primeras opciones están cerradas así que, tirando de memoria, llegar hasta el Solecito en la calle Bonifaz de Santander. Puede que esté equivocado pero este creo que fue de los primeros restaurantes italianos que se pusieron en Santander,  posteriormente se ha volcado en la comida a domicilio y eso le ha hecho perder mucho como italiano pero qué demonios, todo sea por los recuerdos de buenas cenas que hemos tenido allí, ¡vamos a darle una oportunidad!.

El local no es gran cosa, una parte de abajo con barra y tres mesas de estilo moderno y un comedor, en la parte superior con una extraña decoración tribal que te recuerda que allí vas a comer comida italiana de la mismísima Nairobi. Accesibilidad, por cierto, tendiendo a cero, escaleras para entrar al local y escalerazas para subir al comedor,

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Ofrecen un menú un tanto extraño por 10€ que decidimos dejar pasar, ya teníamos el italiano en la cabeza y de ahí no nos iban a mover, queremos nuestros espaghetti, pizza y demás. La carta no va a ganar ningún premio de diseño (ni la web) pero tiene bastantes cosas:

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Al lío, que aquí hemos venido a hablar de comida. Pedimos tres platos de  espaghetti con salsas boloñesa (muy buena), carbonara (bastante buena) y alfredo (salsa de champiñones) que estaba correcta. Las raciones de pasta son para una persona, no se quedan escasas pero tampoco va a sobrar nada en el plato.

Para seguir unos canelones de estilo catalán que no me llamaron mucho la atención ni por el sabor ni por la cantidad (sólo dos canelones cuando un buen tripero se acaba media docena como está mandado). Y por último una pizza que me pareció lo mejor, muy muy rica, con la masa en su punto justo de horno y con el queso abundante y perfectamente derretido. Pedimos una que tenía bonito, anchoas, pimiento rojo y aceitunas negras pero como he dicho lo mejor son la base y el queso así que supongo que estará buena casi cualquiera que elijas (siempre que no lleve piñas ni cosas chungas de esas).

De postre, tiramisú y profiteroles, con aspecto de caseros.

Mención especial para el pan, que te lo traen casero y recién hecho/calentado, muy muy rico, eso sí, a un euro cada bollito.

El precio: unos 55€, no nos quedamos con hambre y menos de 15€ por cabeza, no es caro, en todo caso los postres, el tiramisú 5€ es demasiado para el tamaño que tenía. Eso sí, 3€ por una botella de agua de un litro, miedo me da saber lo que nos habrían cobrado por vino si hubiese sido día propicio para ello.

Dirección: Calle Bonifaz, 19; Santander

Cantidad: lo que se espera en un italiano, no más.
Calidad: Buena, pero sin pasarnos
Presentación: Normal, algún plato de esos grandes
Servicio: Sin quejas ni motivos de albanzas
Precio: No te vas a arruinar

Thrilla in El Manila

Si hay un debate más duro y encarnizado que un combate de boxeo por el título de los pesos pesados ese es el de la tortilla en Santander. Concursos, premios, opiniones para todos los gustos en una ciudad abiertamente tortillera, donde encontramos desde la sabrosa sencillez blues desnuda de Catavinos hasta el barroquismo de rock progresivo del Bar Juani y sus imposibles coberturas que anuncian un día de sal de frutas.

Hay de todo claro, desde muy malo a muy bueno, donde salen nombres como La Compañía, el Davila’s (del que ya hablamos aqui), Oporto, las múltiples encarnaciones del Quebec, Arrabal 11, y un larguísmo etcétera. Sin embargo, hace pocas fechas, @brunocendon hablaba de la baja calidad de uno de los totems santanderinos, para sorpresa de muchos otros insignes paladares del tuiterío cántabro: el Manila, ganador de múltiples premios.

Aquí mi fusil...
Aquí mi fusil, aqui mi pistola…

Pues allí fuimos dos días seguidos un pequeño comando de perolistas, para comprobar si aquello era posible.

El primer día atacamos la tortilla sola, normal, sin nada encima, que es, en nuestra modesta opinión, como se prueba y se mide la calidad de la tortilla: sin disfraces, a pelo. Y el juicio tiene que ser positivo: razonablemente jugosa, aunque podría estarlo más, pero consistente, sin que se desarmase en el plato o en el tenedor, la patata bien frita y en cachos pequeños, la cebolla discreta al ojo, pero presente en en paladar, con este toque dulce de la que está bien pochada. Una buena tortilla, sin exagerar -no creemos que sea la mejor de nuestra ciudad- pero de calidad, aunque quizá demasiado cuajada para los amantes de la tortilla a la gallega.

MANILA
La tortilla de la discordia

El segundo día probamos con la ya clásica de jamón y queso. Repetimos aquí lo que decíamos de la anterior sobre la tortilla base, sumando que la cobertura era sutil pero se notaba. Solo jamón y queso, sin dos kilos de pseudomayonesa, como acostumbran en algunos lugares para disimular la escasa calidad del elemento primario.

Acompañada de lata de cocacola, 2’70 €; con café 2’50 €, precios en la media santanderina.

En definitiva, una tortilla notable, no excelente.

Su web, en tripadvisor, en foursquare

Dirección: Colonia de Los Pinares A-5 (Bajada de La Encina); Santander

Cantidad: Mediano, ni lo miras con lupa, ni te sorprendes por su tamaño.
Calidad: Notable, pero no excelente.
Presentación: Tortilla y pan, tampoco tiene mucho misterio.
Servicio: Indiferente sin ser borde
Precio: Decente, los hay más caros. Y más baratos.

La Rana Verde: Parque natural de las patatas con Salsas

Galería de "Ranas"
Galería de “Ranas”

“La Rana Verde” no es una tienda de mascotas, y tampoco es que ofrezcan pienso para comer; es un bar en el centro de Santander, con bastantes años de historia en el que se decidieron por especializarse en un plato “Typical Spanish”, las bravas, que fuera de Cantabria es  uno de los más populares y famosos (vamos, cómo Revilla).

Reconozcámoslo, Cantabria no es una plaza fácil para degustar unas buenas bravas. Por ello, probamos suerte en este clásico local (no hay zona de comedor salvo las barras del local y los taburetes con altura “Torres Petronas”, notablemente incomodos para los bajitos) y, para intentar tener una opinión fundamentada,  pedimos un plato degustación de patatas con todas sus salsas y dos coca-colas. Ojo, porque el tamaño de las bebidas es de 35 cl;  horrenda moda esta de ofrecer botellas más grandes a costa de que acabes cómo una “burbuja freixenet” de hinchado. El resultado fue el siguiente:

Plato degustación de "La Rana Verde"
Plato degustación de “La Rana Verde”

Una buena ración de patatas para dos personas acompañadas de salsa brava, salsa brava más picante, mostaza, mayonesa y ali oli.

Entre las salsas hay de todo. Siguiendo el orden de la foto, la primera es una brava auténtica, de verdad, a la madrileña, de caldo y pimentón, suave pero muy sabrosa. La mostaza, bien, pero quizá demasiado aguada. La mayonesa es correcta (poco margen aquí por los temas sanitarios). La brava de tomate y tabasco tampoco te hace enloquecer. Y el alioli, muy sosito. Las patatas, aprueban sin problemas, aunque creemos que tras confitarlas les falta una fritura un poco más intensa.

Además se acompaña de cesta de pan para poder rebañar al finalizar el plato: un punto a favor del triperismo. No obviamos para los “patatofobos” que ofrecen sandwiches, hamburguesas y perritos calientes. Por ello, los precio no son excesivos (plato degustación más dos coca-colas fueron 7,80€).

Eso si, el servicio fue más que lento. Sinceramente,  para 8 comensales y dos camareros, tenían menos ritmo que un concierto de Bjork. Incluso para cobrar la cuenta estuvieron parados: les debe ir bien el negocio y no tenían ganas de que les pagasemos.  A veces parece que la hostelería cree que el dinero cae del cielo, y no, sólo Botín lo ve asi.

Su página en Google , foursquare

Dirección: Calle Daoiz y Velarde, 30; Santander

Cantidad: Bastante, para comer dos de cada ración
Calidad: normal, no esperes delicatessen
Presentación: Pioneros del plato cuadrado
Servicio: "La tortuga verde"
Precio: No te arruinaras.